Panorama Católico

Por los 150 millones

“Nuestra opción siempre serán los pobres”, agregó –contraponiéndose a esos harpagones rurales- nuestra presidente. No voy a andar con pijoterías acerca de si la presidente y su marido son ricos, o qué carteras o qué zapatos o qué joyas luce. Un político, un gobernante, puede hacer de los pobres su clientela, y congelarlos en la pobreza, y en la indignidad de la dádiva, para mantenerlos sujetos y obedientes.

“Nuestra opción siempre serán los pobres”, agregó –contraponiéndose a esos harpagones rurales- nuestra presidente. No voy a andar con pijoterías acerca de si la presidente y su marido son ricos, o qué carteras o qué zapatos o qué joyas luce. Un político, un gobernante, puede hacer de los pobres su clientela, y congelarlos en la pobreza, y en la indignidad de la dádiva, para mantenerlos sujetos y obedientes. Es también una “opción por los pobres”, aunque no la buena.

Por Luis María Bandieri

Ante la conferencia de la FAO, en la primavera romana que se presenta lluviosa, nuestra presidente anunció que el país está en condiciones de producir y volcar al mercado 150 millones de toneladas de productos agrícolas, con alto valor agregado. “Tenemos (para ello) la experiencia desde hace un siglo”, señaló. Vasto programa, el de aumentar en un 50% nuestra producción agropecuaria global, incorporándole transformación. Un proyecto en el que todos, de De Angeli a D’Elía y de Carrió a todos los Fernández., estarían ciertamente concordes. El único problemita al respecto es que la política no resulta un certamen de buenas intenciones sino un laborioso arte de ejecución. Las intenciones son generalmente buenas; las ejecuciones eficaces, normalmente difíciles. Los gobernantes que multiplican sus justificaciones acudiendo a la santidad de sus propósitos suelen ser aquellos que nada o mal ejecutan o, peor, los que de ese modo disimulan la traición a su causa.

Entonces, si se nos anuncia por quien gobierna que pondremos ciento cincuenta millones de agrotoneladas en el mundo, respondemos : ¡sí! Si se añade que estamos preparados para ello por un siglo de experiencia en el campo, aplaudimos con entusiasmo: ¡bravo! Ahora, tenemos que hacerlo.

Y la presidente vuelve a nuestro otoño, nublado y húmedo, aureolada por la grandeza de su meta. Y entonces se va a La Matanza y le pasan por la cabeza esos incordiantes “piquetes de la abundancia”, formados por aquellos que –como dijo también en Roma- arramblan con “ganancias inusuales”. El caso de los pools de siembra, por ejemplo, que permiten a un don nadie que pone dieciséis mil verdes ganar un 30% en seis meses -¿quién tendrá el teléfono del pool ese? rumiaron muchos nativos, al día siguiente, mientras leían el diario. Y ahí nomás, desde La Matanza, antiguo pago de chacras y hacendados, donde don Juan Manuel supo tener una estancia, la presidente denunció que sólo los que atesoran mucha renta pueden estar noventa días sin trabajar. Y los trató de avaros. Bellamente, apostrofó: “la avaricia es uno de los pecados que Dios más condena, porque dice que es la que congela el corazón de los ricos y no les deja ver el corazón de los pobres”. Completamente de acuerdo. La avaricia rompe el saco. La raíz de todos los males es la avaricia, dice por ahí Pablo apóstol. Y Dante, el terrible florentino, mandó a los avaros al cuarto círculo infernal, donde ni todo el oro bajo la luna es capaz de concederles reposo. Pero, ¿son avariciosos, rapaces, angurrientos, estos tipos al borde la ruta? O, simplemente, unos chacareros culo-en-tierra que no quieren perder a manos del fisco buena parte de lo ganado y desenvuelven una forma de desobediencia civil. Antes obedecieron, aun en las malas; ahora, cuando se da una buena, son capaces de defenderla hasta perdiendo plata. Avaros no; insumisos al abuso del poderoso, parece que sí.

“Nuestra opción siempre serán los pobres”, agregó –contraponiéndose a esos harpagones rurales- nuestra presidente. No voy a andar con pijoterías acerca de si la presidente y su marido son ricos, o qué carteras o qué zapatos o qué joyas luce. Un político, un gobernante, puede hacer de los pobres su clientela, y congelarlos en la pobreza, y en la indignidad de la dádiva, para mantenerlos sujetos y obedientes. Es también una “opción por los pobres”, aunque no la buena. Puede impulsar la prosperidad, para que de algún modo les alcance. Puede –y debe- acudir a la necesidad extrema, al abrazo frío de la miseria, con el medio imperfecto pero obligado de ponerles alguna plata en la mano, cuidando de que no se quede por el camino que va del ministro al puntero. Puede, como nuestra presidente que escucha la palabra de Dios, recordar que siempre habrá pobres entre nosotros, y procurar que no sean siempre los mismos. Puede algunas cosas más, pero lo que no puede, ni debe hacer, es echarles la culpa de que exista pobreza a los que trabajan el campo. Porque eso es lo que dijo en La Matanza Cristina Fernández, errando el vizcachazo.

Volvamos al santo propósito emitido en Roma, que recordábamos al inicio: los ciento cincuenta millones de toneladas. ¿Con quiénes los vamos a alcanzar?.¿Mandaremos a la melga a D’Elía y Pérsico? ¿Habrá una remonta de Fernández reciclados desde los despachos a las faenas rurales? ¿Aparecerá Néstor como Benito Mussolini allá lejos, cosechando en camiseta? La respuesta es obvia: los ciento cincuenta millones de toneladas se alcanzan con los que saben hacerlo. Esto es, con esos que hoy están manifestándose en la banquina. Tienen acumulada la experiencia de un siglo. Y pueden hacer que, celebrando un Bicentenario, no perdamos de vuelta el futuro. Cierto, no son perfectos. Les gusta ganar plata cuando pueden. Resultan medio brutos a ratos. Se van de boca en algún momento. No han leído ni a Hegel ni a Kelsen, y no saben quién es Feinmann. Qué le vamos a hacer, señora Presidente, es lo que hay. Pero si usted quiere cumplir con lo que prometió al mundo en Roma –y es muy buena promesa y un gran programa para todos- hable con ellos, bajándose del caballo. Todos se lo vamos a agradecer y la historia no le será ingrata.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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