Panorama Católico

Por un momento, Francisco, perdón, Bartolomé, habló como Pedro

Durante esta gira tan publicitada de Francisco por Jordania e Israel hemos asistido a toda clase de gestos y declaraciones. La mayoría de ellas determinadas por un irenismo profundo, que es el pecado original de la Iglesia Conciliar. 

Actualización: Por más esfuerzos que uno haga, la realidad se impone. La cita que creímos de Francisco, es de Bartolomé. Lamentamos el error. Más de lo que Uds. pueden imaginar…

“En vano hacen sus estrategias a largo plazo los poderosos de este mundo – todo está supeditado en último término al juicio y a la voluntad de Dios. Todo intento de la humanidad contemporánea de programar el futuro por su cuenta, sin contar con Dios, constituye una vana presunción”.

Francisco Bartolomé, discurso ante el Patriarca Bartolomé Papa Francisco

Durante esta gira tan publicitada de Francisco por Jordania e Israel hemos asistido a toda clase de gestos y declaraciones. La mayoría de ellas determinadas por un irenismo profundo, que es el pecado original de la Iglesia Conciliar. Sobre este peligro del irenismo nos advierte el Magisterio en boca de Pío XII, en su Humani Generis:

El viejo irenismo redivivo y virulento

“Señálese también otro peligro, tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud. Muchos deplorando la discordia del género humano y la confusión reinante en las inteligencias humanas, son movidos por un celo imprudente y llevados por un interno impulso y un ardiente deseo de romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; por ello, propugnan una especie tal de irenismo que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático.

Y así como en otro tiempo hubo quienes se preguntaron si la apologética tradicional de la Iglesia no era más bien un impedimento que una ayuda en el ganar las almas para Cristo, así tampoco faltan hoy quienes se atreven a poner en serio la duda de si conviene no sólo perfeccionar, sino hasta reformar completamente, la teología y su método —tales como actualmente (hasta 1950, n.del.e.), con aprobación eclesiástica, se emplean en la enseñanza teológica—, a fin de que con mayor eficacia se propague el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilización o su opinión religiosa.

“Si los tales no pretendiesen sino acomodar mejor, con alguna renovación, la ciencia eclesiástica y su método a las condiciones y necesidades actuales, nada habría casi de temerse; mas, al contrario, algunos de ellos, abrasados por un imprudente irenismo, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina. (Carta Encíclica Humani Generis, 7).

“Unificación universal en la ruina común”

Tal vez no imaginó el papa Pacelli quiénes serían los principales promotores de este irenismo triunfante hoy: sus sucesores inmediatos en el pontificado. O tal vez sí, y por eso advirtió debidamente.

En nombre de la paz, que es un bien por el que los más grandes esfuerzos merecen realizarse, no se puede, sin embargo, minar los fundamentos de la verdadera paz, la paz de Cristo, reemplazándola por esta que ofrece el mundo. “Os dejo mi paz, os doy mi paz, no como la da el mundo” (Jn 12, 27). Es decir, hay dos modos de ofrecer la paz. Uno de ellos, el modo del mundo, contrario a la paz de Cristo. Esta es una paz que conduce a la ruina común. La paz de Cristo, fundada en la Verdad Revelada, que se somete a los mandamientos de Dios en el orden privado y público, esa es la paz fundada sobre la piedra, la que perdura porque mueve a los hombres acciones a realizar acciones inspiradas en la caridad sobrenatural.

Hace poco más de 60 años un papa nos advertía sobre el peligro de esta doctrina irenista, que se iba arraigando en el clero. Hoy otro papa la practica abiertamente con el aplauso del mundo, ese mundo cuya paz es falsa, según las palabras de Nuestro Señor, y el papa asume como meta de su pontificado.

Gestos desconcertantes y gestos escalofriantes

Francisco ha hecho y dicho muchas cosas, sobre todo, ha realizado gestos, algunos de los cuales producen escalofríos y otros desconcierto, incluso a los que solo esperan una paz mundana.

Ha honrado a Teodoro Herlzt, padre del sionismo y fundador intelectual del Estado de Israel, a la vez que ha rezado (así debemos interpretar su silencio de cara a un bloque de cemento) ante el muro que el Estado sionista de Israel erigió a lo largo de 700 kms. para excluir a los palestinos. Lo segundo, esta oración-protesta contra el muro ha sido interpretada como una condena de los procedimientos del Estado de Israel, algo que generó enorme entusiasmo entre los palestinos. Las honras a Herltz y al resultado de su obra política son la causa indirecta de ese muro. Recordemos que Israel se fundó sobre una insurrección promovida por guerrilleros cuyos métodos contra los palestinos ancestralmente radicados en Tierra Santa no difieren demasiado de los que utilizan hoy los mismos palestinos para detener el avance de Israel sobre más territorios. Nuevamente, honras a las causas, condenas a las consecuencias: marca registrada del liberalismo, otro de los puntales sobre los que se sostiene la Iglesia Conciliar.

Indiferentismo

También ha invitado Francisco a islámicos y judíos a rezar junto con él, tanto en su viaje como en el Vaticano, por la paz en la región. Nuevamente, ¿a qué Dios? ¿Al que propicia el triunfo de Israel, o al que inspira la jihad islámica?

Al Dios verdadero, dirá algún católico arañando la realidad para ver si puede asirse de algún repliegue. Pero la expresión “Dios verdadero” ha sido desterrada del lenguaje católico por la Iglesia Conciliar. Ahora Dios es el dios de todos. Y es verdad, Dios es uno, y es el Dios de todos. Pero no todos creen en ese Dios, sino en el “Dios” de Israel, o el Allah de Mahoma. Y el primero ha sido rechazado por los propios judíos, como bien recuerda la Iglesia en su liturgia y en su catecismo, en su Magisterio y en su teología. Y Allah es una idea de Dios falsa. A ninguno de estos dos dioses falsos les reconocen los rasgos que el propio Jesucristo nos ha revelado: la Trinidad, la Encarnación, la Redención, y su legado obligatorio: la Iglesia.

Más contribuyó San Pío X a la paz cuando, como se ha recordado mucho en estos días, respondió al pedido del propio Teodoro Herlzt, que solicitaba el apoyo de la Iglesia al proyecto de un futuro Estado de Israel: “No podemos favorecer vuestro movimiento. (…). Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.” 

Cuando los papas respondían así, los judíos se convertían. Cuando los papas hablan de un “Dios común”, muchos católicos se judaízan. Y otros no pocos católicos ganados por el islamismo en Europa terminan peleando en Siria por la causa de Allah la misma guerra que Francisco quiere detener… Causas y consecuencias…

Gestos terribles

Francisco, en cambio, ha realizado un gesto particularmente terrible: ha besado las manos de sobrevivientes de los campos de concentración como si fuesen personas sagradas. El, Vicario de Cristo, no se deja besar las manos, ungidas además con los oleos sagrados del sacerdocio católico. Pero besa la de laicos que no son siquiera cristianos, que muchas veces manifiestan una calumniosa enemistad hacia la Iglesia, enemistad ingrata y llena de hipocresías.

Muchos seres humanos han sufrido cárcel y persecuciones injustas. Eso no los hace personas sagradas. Merecen veneración los que han sido perseguidos por la Fe de Cristo, no aquellos que lo niegan.

Por sus miserias y sufrimientos de los judíos –el mismo San Pío X dio ejemplo de esto, y ni hablar de la obra ingente de Pío XII a favor de los perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial- merecen los esfuerzos que inspira la caridad cristiana incluso heroicos. Pero ese besamanos va mucho más allá, es un gesto teológico.

La doble vía de salvación, otro horror contra la Fe

Ese besamanos, esa “unción” para venerar y aprobar todo el mito surgido y creado sobre esa tremenda tragedia, es la aprobación –implícita, pero de un modo inequívoco- de esa doctrina perversa que no aceptan siquiera todos los judíos, la de la “redención” por la “shoa”.

De hecho, shoa es el término hebreo para “holocausto”. La misma palabra tan políticamente utilizada que hasta se nos pretende imponer con fuerza de ley, es una palabra de la teología. Es una tesis teológica, más bien teológico-política, según la cual el Mesías que esperan vanamente los judíos no será una persona sino que ha sido ya una “autorredención” por el sufrimiento padecido en los campos de prisioneros, con todos sus discutidos episodios que no es nuestra intención negar ni aprobar. Otro será el momento, si la historia da tiempo, para estudiar el alcance de los hechos. Lo cierto es que millones sufrieron en esa terrible Guerra Mundial profetizada por Nuestra Señora de Fátima como producto de la impiedad humana.

Pero la tesis de la “shoa” redentora que sustituye al Mesías vanamente esperado en su primer advenimiento, porque ya ocurrió (“Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor”) es ahora asumida, alentada y sostenida por los papas conciliares en abierta contradicción con el dogma católico, a partir del Conciclio Vaticano II y su famosa declaración Nostra Aetate?, que fue consensuada con los dirigentes judíos extraoficialmente siendo el Card. Bea mediador de dichas negociaciones.

Esta tesis no solo implica la negación de Cristo, como salvador universal, sino la admisión de que tal Salvación no vale para los judíos, los cuales esperan otra. Ellos tienen su propia alianza, sus propios caminos de redención, hoy, después del Sacrificio de la Cruz, vigentes y queridos por Dios… Tremendo disparate.

El indiferentismo, como todas la herejías, se funda en la deformación de la divina palabra, apartándose de lo que el Magisterio enseña como intérprete único autorizado de las Escrituras y la Tradición. Dios no nos ha dado otro nombre por el cual podamos ser salvos. Así lo afirmó el primer papa, Pedro, al dirigirse a los judíos con esa parresía de los apóstoles que Francisco alguna vez a pedido, pero no practica.

“Príncipes del pueblo y ancianos, si nosotros hoy somos interrogados acerca del bien hecho a un hombre enfermo por virtud de quién ésta haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que en nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, por El se presenta sano ante vosotros.  Esta es la piedra que fue desechada por los edificadores, la cual ha venido a ser la piedra angular, y no hay salvación en ningún otro nombre. Pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres por medio del cual podamos salvarnos”. (Hech. 4, 12)

Pese a todo, no hay que temer. En vano hacen sus estrategias a largo plazo los poderosos de este mundo – todo está supeditado en último término al juicio y a la voluntad de Dios. Todo intento de la humanidad contemporánea de programar el futuro por su cuenta, sin contar con Dios, constituye una vana presunción”.  En este breve párrafo, Francisco, Bartolomé quizás sin querer haya profetizado. Y por un momento habló como Pedro.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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