Panorama Católico

Primero la Libertad de Expresión o La voz de los Voceros

Presencias insólitas

 

Presencias insólitas

 

Después de ver la película “El Código Da Vinci”, a la salida del cinematógrafo posaron para La Nación (2l.5.06) tres personajes sonrientes. Eran dos religiosos católicos y un filósofo judío: el Vocero del Arzobispado porteño, P. Guillermo Marcó, el Vocero del Opus Dei, Esteban López del Pino, y el filósofo Santiago Kovadloff. Ni la menor señal de disgusto en ninguno, aunque venían de presenciar todos los insultos plasmados en el film contra N.S. Jesucristo. De no ser por los dos religiosos católicos, la escena carecería de interés.

 

Fisonomías comunes, el filósofo con atuendo semideportivo… el sacerdote de abundante cabellera con matices blondos, traje azul, camisa y sweater al tono… el vocero del Opus de parecido atuendo pero con la corbata floja y suelta, mirando para otro lado con cierto dejo de timidez. Ello no obstante, el cuadro tiene implicancias que no pueden soslayarse. Porque a no ser para alimentar una reacción proporcionada a la ofensa, carece de explicación que dos cristianos patenticen su presencia indiferente o divertida, en un espectáculo donde acababan de denigrar gravísimamente la figura de Cristo.

 

Jactancia liberal

 

Tal circunstancia suscita curiosidad por saber las respectivas conclusiones vertidas en la crónica, con la esperanza de encontrar explicaciones o atenuantes. El vocero del Opus, adelantando que no es crítico de cine, expresó que la película es una caricaturización de la realidad en todos sus aspectos (?). Y al vocero del Arzobispado porteño le “gustó un crítico francés bastante progresista que dijo que Dan Brown es el Harry Potter de los ateos incrédulos (sic)&hellip… Además, ante un interrogante expresado por la periodista, contestó categóricamente que “nunca se planteó el boicot contra la película desde la voz oficial de la Iglesia, ni se dijo que la gente no fuera a verla (sic). Lo que diga un representante de la “Casa Pontificia” (sic) es una opinión personal y no del Vaticano”. Todo lo cual -podría acotarse- no necesita ningún comentario especial, salvo la comprobación de la enérgica “apertura al mundo” de este sacerdote progresista, privilegiando el dogma de la libertad de expresión sobre el honor del Hijo de Dios. Y para que no se alegue exageración en esta crítica, el risueño vocero arzobispal se jactaba enseguida con orgullo, de que “sólo en Occidente pueden darse estas cosas”no como lo ocurrido con las viñetas sobre Mahoma…

 

Acompañando aquella idea, el Vocero del Opus concluyó que “acá había dos derechos (sic) la libertad de expresión (para insultar a Cristo) y el derecho a la expresión religiosa de cada persona (asombrosamente sic)&hellip…”. “El Opus Dei nunca llamó ni a frenar la libertad (para insultar a Cristo) ni a un boicot contra la película”. (Lo puesto entre paréntesis es obvio, pero personal del crítico). Verdaderamente se trata de toda una sentencia condenatoria contra el Opus, dictada por su propio Vocero. El cual remata sus lucubraciones decretando que “se necesita diálogo para mejorar la cultura planetaria” (rigurosamente sic).

 

Lección notable

 

Hasta este punto llega el esfuerzo crítico, quedando en La Nación (21.5.06, p.24) todas las demás ocurrencias de tan imparciales soldados de Cristo. Pero para terminar sus respectivos autorretratos, el Vocero del Arzobispado ha dicho “quiero hacer una autocrítica muy personal”. Y poco después afirmaba que “hay una incomodidad de la Iglesia frente a un mundo que avanza con un vértigo que la supera”. ¡Este es el secreto pesar del notable vocero, y de treparse a este mundo se trata! En cuanto al vocero del Opus, hay un saldo favorable de la experiencia: “Desde que comenzó el tema de “El Código Da Vinci” aumentamos –dice– de 50.000 a 1.000.000 de visitantes” en la página web del Opus Dei. Está todo dicho, un buen negocio. ¿Y Kovadloff? Aparte de su curioso atajo por los Protocolos de los Sabios de Sión, una sola confesión del filósofo lo enaltece frente a sus acompañantes, al enrostrarles de algún modo su claudicación apostólica y su mudez: “Aún hoy estamos desorientados sobre cómo tenemos que movernos en un mundo secularizado”.

 

Mayo de 2006
Juan Olmedo Alba Posse

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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