Panorama Católico

¡Pues era Ud. un alma gemela…! a Dardo Calderón

El singular debate surgido del artículo Primera Misa en el Territorio de la Argentina, se ha enriquecido de tal manera que parece necesario continuarlo en forma independiente. Referimos a ese intercambio, por momentos bravío, para quienes no estén en antecedentes, y con la licencia de todos los amables comentaristas que participaron en aquel (y seguramente participarán también en este) damos comienzo con un texto que por su calidad y espíritu merece distinguirse como artículo. Va dirigido a Dardo Calderón por Ludovico Ben Cidehamete, pero es un desafío a todos los argentinos. Y a todo el mundo hispano. Ver antecedentes aquí.

El singular debate surgido del artículo Primera Misa en el Territorio de la Argentina, se ha enriquecido de tal manera que parece necesario continuarlo en forma independiente. Referimos a ese intercambio, por momentos bravío, para quienes no estén en antecedentes, y con la licencia de todos los amables comentaristas que participaron en aquel (y seguramente participarán también en este) damos comienzo con un texto que por su calidad y espíritu merece distinguirse como artículo. Va dirigido a Dardo Calderón por Ludovico Ben Cidehamete, pero es un desafío a todos los argentinos. Y a todo el mundo hispano. Ver antecedentes aquí.

Debí suponerlo. La honrada confesión de sus perplejidades refleja dos cosas, que Ud. me dirá si son verdaderas o no.

1º San Martín es como el camino de Damasco para los argentinos. Hay una insatisfacción básica en todo lo que uno va conociendo, que mueve insensiblemente a uno destos dos polos; o el desánimo, padre de un escepticismo personal que de inmediato se transfiere a lo político, o la indagación perpetua. En él hay un juicio afectivo que, lejos de enceguecer, es como un llamado. Yo elegí el último camino, la investigación, sin poder librarme nunca del todo del primero, y me parece y creo que Ud. está en esto también.

2º Si he llegado a una conclusión sobre el personaje y su tiempo (provisional, le advierto, pero en un único sentido y sin vuelta atrás) es porque probablemente soy más viejo que Ud. y he gastado mucho más tiempo -robado a mis obligaciones profesionales y familiares- para correr tras este fantasma que me derribara por el camino de la vida. Lo que he dejado atrás sólo Dios lo sabe. Y mi mujer, que me lo reclama en ciertas circunstancias. Pero a ciencia cierta, es un honorable gasto, debido a la virtud romana y cristiana de la Piedad.

Lo que Ud. dice es casi, en mejores palabras, lo que fue mi propio camino personal. En mi caso, seguí una corazonada, no un reflejo intelectual. Pero le puse la inteligencia a su servicio y una actividad de 40 años. En el balance final -si tal cosa es lícito hacerla- el Padre de mi Patria no podía ser un canalla, aún con sus miserias y sus cosas … Descubrí así que San Martín era, como lo soldados de cualquier época, no un «santo de la Espada», un mequetrefe de cartón ni de diamante; era un hombre vivo, de cultura católica, pero no un fiel practicante ni un santo. Era lo que me habían dicho de chico: Era un héroe.

Su vida transcurrió en el plano más alto de lo moral, sin elevarse al religioso (que yo sepa al menos) plano que difícilmente se encontrase ya vigente en su tormentosa época ni su rudo medio vital, fuera de algunos santos propiamente dichos. Lo salvó su buena cepa castellana, esa honradez esencial y tozuda de no rendirse nunca y una repulsión instintiva a lo sórdido, lo plebeyo y lo obscuro. Sentimiento que, si no me equivoco, es lo que lo ha hecho predilecto por tantos, por pura similitud. No tiene caso que se lo diga ni que argumente; los conocimientos son participables, la experiencia, no. Es intransitiva por definición. Cada cual debe hacer la suya.

La historia, pues, debe enseñarse, debe probarse y explicarse, pero es imposible trasmitir la experiencia concreta que su conocimiento brinda a cada uno. Un mismo hecho, puede tener diversa valoración, y hasta opuesta, en dos personas distintas; mas una sucesión de hechos, son ya algo más, como una singladura, y eso ya no puede valorarse a gusto de cada cual, porque demuetra un rumbo. Y junto con la verdad hay un vuelco interior, una nueva forma de ver la Patria y sus desgracias pasadas y presentes unidas por esa misteriosa solidaridad transtemporal, que es como un destello de eternidad en este mundo.

La historia, así, es también la MÍA, personal, vital, única e irrpetible, en ella estoy inserto y nada hay que pueda cambiarlo, para bien o para mal; su desgracia, es la mía también. Quedan dos caminos: o uno se inventa una gloria inexistente, como hacen los yankis y su pragmatismo atroz, que hace bueno todo lo que ellos hacen porque ellos lo hacen, o se trata de descubrir lo de bueno que objetivamente se tenía. No polemizaré («corregir» es el verbo que Ud. usa) sobre algunas posturas discutibles que hallo en su interesante entrada -nada tienen que ver con la Historia- por que supongo podrán ser tratadas amablemente en cualquier otra circunstancia; y porque no quiero salir del camino que me tracé al leerlo. Ni responderé algunas suposiciones de tipo personal, que creo levantaría Ud. si nos conociésemos.

I. D.

L. b-C.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Comentarios

Anónimo
30/03/2010 a las 1:20 am

Al final de su obra «Don José
Al final de su obra «Don José y los chatarreros» , Díaz Araujo transcribe un poema de Víctor Andrade:

«¡No morirá tu nombre!
Ni dejará de resonar un día
tu grito de batalla,
mientras haya en los Andes una roca
y un cóndor en su cúspide bravía»

«El nombre de Don José, el Padre de la Patri, está tallado en roca. Es granítico. Por lo tanto, chatarreros: cuando terminen de extraer las montañas andinas, nos avisan».

Bien Ludovico, por lo de héroe. Yo agregaría, el más grande de nuestros héroes.

A los héroes no se los manosea, se los respeta y se les rinde homenaje. Si Alejandro Magno es cantado por los poetas hasta hoy, no es por sus defectos (¿acaso hay algún hombre que no los tenga?) sino por sus virtudes.

Esto ya lo sabía el viejo Plutarco en sus Vidas paralelas.

Johannes

Uno de estos días, le compongo un poema al Santo de la Espada.
«La historia se ocupa de lo sucedido, la poesía de lo que debería haber sucedido», decía Aristóteles. La historia se ocupa de lo que la Argentina es hoy en día, mi poema sobre el Santo de la Espada, de lo que debería haber sido nuestro país.

Sé que no es tarde.



    Anónimo
    30/03/2010 a las 12:52 pm

    Johaness, si no es tarde
    Johaness, si no es tarde componga el poema!
    Vamos, métale!
    Y avise cuando esté listo, así nos c… de risa!

    EL COJONUDO PINCHEIRA.

    Y que viva el rey!



      Anónimo
      31/03/2010 a las 12:43 am

      uh! parece que te ofendí
      uh! parece que te ofendí chatarrero -habrás suscripto alguna calumnia sobre el Santo de la Espada que ha quedado en triste evidencia- No fué mi intención, pero a veces mi nobleza poética desborda Justicia.

      Para que no digan que sostengo que hay gente que no merece vivir, voy a compartir mi poema con vos, lo único que tenés que hacer es volver a nacer.

      Johannes, el poeta de Dios.



        Anónimo
        31/03/2010 a las 11:21 am

        Johannes, ohhh Johannes,
        Johannes, ohhh Johannes, hombre de nobleza poética y canto sin catarro.
        A su paso se estremecen los versos de Rilke, de los vendedores de elixires y de los botelleros, ohhh Johaness …
        Que usted se califique de Poeta de Dios, ohhh Johannes, habla de la inmensa emotividad que fluyendo desde su alma pasa a su corazón y de allí, por las venas hasta sus garfios, plasmando todo su espíritu alado en este cibernético papel…
        Únicamente un loco no se dejaría conmover ante la magia de su pulso de escritor. Que haya escrito “lo único que tenés que hacer es volver a nacer” es de una lírica griega delicadísima y distinguida, tan original como bella; digna de los estudios filológicos que en los próximos años podrán, quizás, comprenderla mejor en toda su abismal resonancia.
        Por lo demás, ohhh alado Johannes, de alas de colibrí que van echando putas, no me ofendí. Recuerde que pertenezco a la raza de hombres que hicieron flamear por última vez la Cruz de San Andrés por estos lares. Recuerde que mientras a los maricas les espantaba el hecho del afano de ganado al que recurrimos para poder seguir con una guerra legítima contra la Revolución, manteníamos el humor provinciano y la Esperanza cristiana con los buenos curas que nos acompañaron. No olvide que soy un Pincheira, que soy de los que se c… en vuestros argumentos. Somos duros de cuero y no andamos con cuidado de agradarle a las mayorías. La modernidad no nos cambió nada, ohhh Johannes, o muy poco, o mucho menos que ustedes. No es pa’ comprender fácilmente nuestra pietas, que nos retrotrae de forma milenaria, no vamos por el bicentenario, no olvidamos a nuestros padres.
        Por eso le insisto: si no es tarde componga el poema, hágalo de una vez y ponga con sus versos en alto al Santo de la Espada; así, como ya le dije, con algún correligionario amigo, comiendo asado una vez más, desde Luján de Cuyo y al pie de los Andes, lo recordamos, y nos c… de la risa. Pa’ qué le viá mentir…

        EL COJONUDO PINCHEIRA.



          Anónimo
          01/04/2010 a las 2:42 am

          «serás lo que debas ser o te
          «serás lo que debas ser o te autoproclamaras cojonudo y te reirás de las proezas de los héroes desde el anonimato de una página web»

          Muy cojunudo lo tuyo y conmovedoras las características que le atribuís a tu existencia -que al parecer te preocupan bastante, por el enfásis emotivo que les otorgas-, sin embargo, si vos mismo te tomarás en serio, si estuvieras seguro de quien sos; no andarías por aquí propagandeando aquello que ni siquiera con un 100000000 de sponsors, alguien te podría atribuir.

          San Martín no necesita sponsors, le sobran poetas.

          Johannes



          Anónimo
          10/04/2010 a las 5:02 pm

          Entrevista sobre los Pincheira
          Estimados Amigos: los invito a escuchar mañana domingo 11 de abril a las 9 horas, en Radio Provincia AM 1270, o por internet en http://www.amprovincia.com.ar/ el reportaje realizado por Monseñor Aguer y Fernando Estrada al autor del LIbro «LA cueca larga de los Pincheira» quien habló sobre este tema. Saludos cordiales. Félix Della Costa. Ediciones Nueva Hispanidad



          Anónimo
          14/04/2010 a las 1:03 pm

          Sobre Los Pincheira
          Estimados Amigos: los que no pudieron escuchar el reportaje a José Manuel González sobre los Pincheira, realizado por Mosneñor Aguer y Fernando Estrada en el programa radial «Los dos reinos», pueden hacerlo en internet, en

          http://es.sevenload.com/videos/HodpNAb-La-cueca-larga-de-Los-Pincheira

          Un saludo afectuoso.
          Félix Della Costa
          Ediciones Nueva Hispanidad



          Anónimo
          14/04/2010 a las 6:37 pm

          Sobre los Pincheira.
          Muchas gracias, querido Félix por el aviso, ya que no había podido escuchar el reportaje porque a esa hora uno se está preparando para ir a misa o de viaje hacia allí y en el auto no enganchaba la radio.
          Espero que a Johannes le guste, y si no, o importa.

          Ché, Johannes, ¿ya escribiste la poesía al Santo de la Espada?
          Divino colibrí, no nos dejes de avisar cuando lo hayas hecho.

          EL COJONUDO PINCHEIRA.



          Anónimo
          15/04/2010 a las 2:43 pm

          San Martin le vino como el anillo al dedo
          a los revolucionarios, como los nacionalistas conservadores en lo religioso a los conciliaristas. Se necesitan «consevadores» (defienden la verdad contaminada)que aglutinen a los mas refractarios a las revoluciones para que estas avancen, sin oposición directa, en su juego dialectico. En ese sentido es mucho mas defendible lo de los Pincheira que lo de San Martin. Es notable ver como estos «conservadores» una vez que son usados, son descartados y hasta perseguidos. J.



          Anónimo
          15/04/2010 a las 9:39 pm

          J
          J.
          Usted ha hecho una muy buena comparación que se resume así:
          La línea media católica es al tradicionalismo lo que el sanmartinianismo al pichirismo.
          ¿Será por eso que el baluarte de la línea media argentina coincide a su vez el nacionalismo católico de los muchachos de Cabildo siempre en «perfecta comunión» aunque no deban y con San Martín, aunque tampoco deban?
          La línea media vendría a ser entonces una especie de «rebeldes pero no tanto».
          Una especie de «los rebeldes que nunca sacarían los pies del plato».



          Anónimo
          16/04/2010 a las 11:36 am

          Ni mas ni menos estimado anonimo de las 18.39
          Salvando las distancias, como Santa Juana de Arco, por la Fe y por la Autoridad que debe servirle, aunque no siempre lo haga. Pero nunca por una autoridad revolucionaria fundada en la soberanía del pueblo, a la que conciente o inconcientemente sirvió San Martin, y menos contra toda autoridad, como lo hacen los socialistas y los anarquistas.
          Hoy aplicado a nivel eclesiastico, los que defienden las conferencias episcopales, o el sensus fidei por sobre la autoridad del Papa, serian los revolucionarios: ¿Saavedra? Moreno Castelli Rivadavia ¿San Martin ?.
          Golías, Hans Kung, ¿sedevacantistas?, ¿R.C.? serian los anarquistas, contra toda autoridad.
          Y la Fraternidad serían los Pincheira o Santa Juana de Arco, mas alla de que los ultimos Papas, se parecen mas a Fernando VII, que a Isabel la Católica; y a Carlos VII de Francia que a San Luis Rey. J.



          Anónimo
          17/04/2010 a las 12:24 am

          ¿LINEA QUE?
          Esa calificaciòn es anacrónica por la evolución de los hechos.

          ¿Me puede decir en que línea ha quedado la FSSPX dopo el abandono del combate, como si afuera ya no hubiera HIPÓTESÍS DE CONFLICTO, permaneciendo sólo el espiritual ,del fanum puertas adentro?

          Gracias.



      Anónimo
      31/03/2010 a las 2:34 am

      Sobre San Martín y la masonería
      Lo único que no se ha podido probar al momento es que S. Martín se hubiese afiliado a alguna logia masónica regular de Gran Bretaña. Pero cualquiera que conoce algo sobre la masonería, especialmente en el siglo XIX, sabe bien que había logias irregulares y existían otras obediencias. Si como dice Albicíades Lappas en su libro con prólogo de Cresto de la Academia Nacional de la Historia, S.M. se afilió a la masonería en Cádiz, mal podía figurar en los registros de la masonería irlandesa, inglesa o escocesa. Vale decir que las consultas de Patricio MacGuire fueron sólo a tres grandes logias que no incluyen en sí a toda la masonería de esos países.

      Por otro lado, los argumentos de tipo ético, como los que trae el P. Rottjer en su libro sobre la masonería argentina, son improcedentes porque no toda la masonería es declaradamente anticatólica, anticlerical o laicista; menos aún en esos tiempos. De hecho, los artículos «religiosos» del Estatuto Provisional Peruano de 1821 dado por San Martín, son incluso más liberales que los de la española de 1812; porque en esa época los masones pensaban que la religión tenía un efecto moralizante y benefactor. [Cf. Estatuto Provisional Secc. 1ª: http://www.congreso.gob.pe/historico/quipu/constitu/1821b.htm – Constitución Española de 1812 art. 12: http://es.wikisource.org/wiki/Constituci%C3%B3n_espa%C3%B1ola_de_1812#CAP.C3.8DTULO_II:_De_la_religi.C3.B3n%5D

      Pero, lo más importante son los datos que tenemos para sospechar con una alta probabilidad la pertenencia de San Martín a la masonería. A saber:

      – Las normas para la educación de su hija Mercedes (p.ej. el punto 7º, «inspirarla sentimientos de respeto hacia todas las religiones»; pero por supuesto el 6º, «acostumbrarla a guardar un secreto»).

      – Las cartas de S.M. a Miller, como la del 16/X/1827, donde reconoce asistir a las reuniones de la «Sociedad de Comercio» (i.e. la Logia la Parfaite Amistié de Bruselas que se reunía allí). O la de 1838, donde dice: «No creo conveniente hable usted lo más mínimo de la logia de Buenos Aires; éstos son asuntos enteramente privados y que aunque han tenido y tienen una gran influencia en los acontecimientos de la revolución de aquella parte de América, no podrán manifestarse sin faltar por mi parte a los más sagrados compromisos».

      – La carta de Pueyrredón a S.M. del 10/IX/1816; donde le dice: «El establecimiento de matemáticas será protegido hasta donde alcance mi poder. El nuevo secretario Terrada es también matemático y por consiguiente ayudará». (Matemático = masón, creo que está por demás claro.) O la del 9/X, «Omita siempre en sus cartas poner la letra h.·. con que acostumbra a concluir [dice que SM concluye sus cartas con h.·., ¿se entiende?]: basta un . [un punto] pour eviter qu’une surprise donne lieu a des soupcons [en francés en el original]». O la carta del 2/XI de ese mismo año tan significativo, hablando del envío de Castex «a Salta con el designio de persuadir a Güemes de la necesidad de que se dedique al estudio de las matemáticas para mejor conocer el terreno en que ha de hacer la guerra». O la propia carta de S.M. a Pueyrredón del 3/III/17, donde pide que le envíe a Guido «por ser conocedor de las matemáticas».

      – La correspondencia entre S.M. y O’Higgins de 1817, especialmente la de los días 25/III, 17/V, 5/VI, 3, 4, 27, 29, 30 y 31/VII, 1/VIII y 22/IX, se habla textualmente de los «h.·.»

      – La reforma religiosa emprendida por S.M. en Cuyo (decretos del 13/V/1815, el 4/VII/1815).

      – La medalla masónica entregada en 1825 por la Logia «La Parfaite Amitié» de Bruselas a S.M., con la efigie de éste y dedicatoria grabada, y que éste guardó.

      – Las palabras pronunciadas en la conferencia de Punchauca, donde, entre otras linduras, dice: «Los liberales del mundo son hermanos en todas partes.»

      – Cuando la Revolución de 1830 que se le ofrece el mando a S.M. Y éste no rechaza por no estar de acuerdo con sus principios, sino «por hacer valer las leyes de hospitalidad y por su carácter de extranjero».

      – Finalmente, se negó a recibir la Eucaristía antes de morir y ordenó en su testamento (que comienza «En el nombre de Dios Todopoderoso, a quien reconozco como hacedor del universo», típica fórmula masónica. ¡Hasta O’Higgins hizo profesión de fe católica en ese momento final, pero no S.M.!) ser enterrado sin ceremonia religiosa.

      – Podríamos también detenernos en su biblioteca. ¿Algún libro religioso, piadoso, católico? ¿algún libro contrarrevolucionario tal vez? Pues no, dejando afuera los libros militares y navales, de historia o de ciencias básicas, encontramos: «Encyclopedie» (muchísimos tomos que le deben haber costado una fortuna), «Emile ou de l’Education par J.J. Rousseau», «Romans de Voltaire», «Théatre de Voltaire», «Comtes de Voltaire», «Poémes de Voltaire», «Epitres de Voltaire», «La pucelle d’Orléans de Voltaire» (parece que «el santo de la espada» era fanático de Voltaire nomás)… y un tomo enterito de «The Freemason’s Monitor» (el boletín de la masonería inglesa). Qué mal, che, ni un mísero misal…

      No sé si San Martín era o no masón, pero si non è vero, è ben trovato.



        Anónimo
        31/03/2010 a las 8:16 am

        Estimado anónimo de las 23.34
        Creo conveniente sacarlo de algunas graves confusiones que Ud. padece. A la Logia inglesa se la consulta porque como «logia madre» de todas las demás existentes y de todos los «ritos», conserva en sus archivos constancia de la inicación de todos los afiliados, o como se llamen, y pertenezcan o no a la Masonería Inglesa o escocesa. Es decir que don Patricio Maguire no consultó la logia DONDE SAN MARTÍN SE INSCRIBIÓ SUPUESTAMENTE, sino el registro (digamos) «universal» de los iniciados. ¿Quedó claro?
        No existen «logias irregulares», o al menos, no que sean masónicas, por que la Masonería se fundamenta en la obediencia ciega de sus miebros, por que si no, no funcionaría. Decir que existen logias SIN obediencia, es conceder la razón a quienes afirman que la Logia Lautaro, por ejemplo, no fue una logia masónica sino política, y que la causa de no ser masónica ERA QUE MUCHOS DE SUS INTEGRANTES ERAN CATÓLICOS. Esto se lo dijo el brigadier Zapiola, José Matías, a Mitre, Bartolomé.
        El siguiente párrafo suyo me parece un petición de principios; la existencia de logias que fueran expresamente «anticatólicas» se probaría por que existió en el Perú de 1821, un Estatuto bastante «liberal» en materia religiosa. Mas se olvida Ud. de probar, de alguna manera, que tuviera un origen masón. Luego, si me permite decirle, falta «la mayor».
        Ahora, veamos esos puntos concretos que a Ud. parecen determinantes:
        * De los consejos a su hija no sacará Ud. nada en limpio, como no sea un hombre que hablaba con el lenguaje positivista de su tiempo; lenguaje, si se toma Ud. el trabajo ímprobo de leerlos, QUE UTILIZABA LA MAYORÍA DEL CLERO DE FRANCIA en aquella época. ¿Leyó a Montalambert (ya sé, no era cura), o a Lammenais…? Esos eran los grandes «católicos» contemporáneos de San Martín y que vivían, como quien dice, a la vuelta de su casa. El respeto por las demás religiones no lo practicó él nunca en toda su vida en ninguna parte, por lo menos en el sentido de Relativismo religioso, que supongo que es en el que Ud. lo menciona (Posiblemente fuera un antepasado del Concilio Vaticano IIº….)
        ¿Contra quién cree Ud. que reaccionó con tanta inteligencia y paciencia el ahora Beato Antonio de Rosmini-Servati? Pero no pretenderá que San Martín lo hubiera leído.
        * Guardar secretos, le advierto, es una obligación moral grave, a cumplir bajo pena de pecado mortal, tal cual le informará su confesor. Y si Ud. es una mujer, ni le digo… San Martín sabía a quién daba el consejo.
        * Lo de que la «Sociedad de Comercio» era en realidad una Logia, es una CONJETURA, no un hecho, como tantos otros que se dan por sentados o declarados por San Martín, y son de terceros; el parrafo de la carta a Miller, mil veces trillada y recontratrillada, está sacado de contexto, como Ud. mismo podrá comprobar transcribiéndola toda entera. La carta se refiere a la Logia Lautaro, claramente.
        * TODA la correspondencia de San Martín con O’Higgins y Pueyredón y los demás miembros de la Lautaro eran redactados en estos términos. Es una payasada muy del estilo de la época; pero me inclino más (y si me apura le diré en compañía de quien lo hago) a pensar que todos ellos lo hacían ex profeso, sabiendo que su correspondencia era puntualmente abierta y leída clandestinamente por los verdaderos masones. De lo cual o’Higgins, San Martín o los demás generales se quejarán frecuentemente. Muchos años más tarde, San Martín protestará ante Guerrico, de la legación argentina en París, por que sus cartas llegan abiertas. En estas cartas, alguna de las cuales conocemos bien, NO EXISTE NI EL MÁS REMOTO SIGNO O SÍMBOLO O TÉRMINO MASÓNICO, por que el general creía sinceramente que eran entregadas directamente a su destinatario y no eran leídas por nadie.
        * ¿Qué hay de la «reforma religiosa» en Cuyo? ¿Podría ser más explícito por favor? Porque la casi totalidad de los hombres con cierta cultura que andaban sueltos por ahi y que encontró el general, o eran militares, o ERAN CURAS DEFRAILADOS; o ambas cosas a la vez.
        * La medalla no afirma nada, como no sea propiamente QUE NO ERA MASÓN. Si Ud. pertenciese a la Masonería, ¿aceptaría una medalla de su Logia….? No, discúlpeme, son todas conjeturas basadas en el interés de la Masonería por captarlo. Fíjese lo que sigue:
        * San Martín es invitado a comandar la Revolución liberal de 1830 en Bruselas. Rigurosamente cierto. ¿No acepta por mera cortesía…? ¡Que va! No solo se niega por cuestiones de principios, sino que invita a sus visitantes revolucionarios a retirarse dentro de cierto plazo; vencido el cual, comunicará a la Policía el ofrecimiento. Como Ud. sabrá, la Revolución de julio/agosto 1830 fracasará en Belgica (aún no era tal cosa…), pero sí triunfará el Movimiento Revolucionario de Septiembre, que obtendrá la independencia de Bélgica (que por entonces dependía de Holanda) y quedará como un país íntegramente católico y sin persecuciones religiosas, que antes las había. De todos modos, San Martín abandonará Bruselas por esas mismas fechas. Pero además, el General acaba de volver de su angustiosa experiencia en Buenos Aires y Montevide, donde ha visto como uno de sus antiguos oficiales asesinaba a otro, también cercano a él, sin ningún motivo. Esto lo paralizará mucho tiempo y él, hombre fuerte, entero y tenaz, pero sensible y emotivo con sus amigos, entristece inmensamente y decide no volver nunca más. En estas circunstancias se produce la 1ª revolución de Bruselas.
        * Lo de Punchauca, no consta sino por terceros interesados. Y le diré más: a esa conferencia asisten no solamente San Martín y el virrey, sino también Canterac y Valdés, un masón reconocido, que será quien se oponga tenazmente a cualquier arreglo. Benito Pérez Galdós, en sus «Episodios…» recordará esta época y a éstos hombres. Abreu, el enviado español, lo volverá a intentar pero no obtendrá de San Martín ninguna concesión liberal, como hubiese sido, en primer lugar, aceptar la Constitución liberal de 1812. Pero sí, ofrecerá SIN QUE SE LO PIDAN NI LO ACEPTEN, que se constituya una monarquía tradicional encabezada por algún «pariente próximo del rey D. Fernando VII», que todos piensan sería don Carlos. Los españoles se niegan y la guerra continuará 4 años más. ¿Y, quién es quién aquí?
        * ¿Dónde consta que se negó a recibir la Eucaristía, si enfermó enseguida después del almuerzo y, luego de pedir a su yerno que lo llevara a su cuarto, cayó en agonía? San Martín era tuberculoso desde los días en que fuera infante embarcado en la guerra anglo-española. Sus frecuentes hemorragias así lo prueban. Por lo tanto, es lo más lógico pensar que su muerte haya sobrevenido por un paro cardíaco masivo e irreversible, producto del esfuerzo respiratorio de tantos años. La muerte de San Martín es repentina, si esto quiere decir algo. Se descompone y muere enseguida sin recuperse nada. No dice frase ampulosas, salvo un «¡Mariano, a mi cuarto!». Es todo. Esto que Ud. dice no sé de dónde sale.
        De todos modos, no es prueba de nada. Manuel Azaña, de quien nadie duda fue masón y anticatólico, murió confesado y comulgado en un hotelito de París ¿significa esto que no fue masón…? No, significa que no era sonso. Que Dios lo tocó, y él aceptó.
        No, este tipo de argumentos no pruebana nada. Si fuese verdad, que no lo es, solamente demostraria que no era un hombre piadoso. Y en efecto, yo no creo que lo fuera.
        San Martín era un soldado. Culto y refinado por causa de su cuna; pero soldado al fin, y de familia de soldados. Y no un militar de cuartelito ni de salón literario: de campo de batalla, de trinchera, de estarse 6 meses embarcado como infante de marina y enfermarse de tuberculosis para toda la vida; de campaña la mayor parte de su servicio, de vivir mal, dormir peor, comer salteado, bañarse poco o nunca. De compartir la vida con ignorantes, palurdos y gente inferior. No se confunda; San Martín no era un monje ni un hombre especialmente piadoso, salvo a su manera, como demostró mil veces en todas partes.
        Los juicios durísimos contra San Martín en cuanto a su supuesta pertenencia la Masonería, no se han hecho con igual proporción a otros hombres de su tiempo. Pongamos por caso, Carlos IV o Fernando VII, cuyas bibliotecas personales (si existieron, cosa que dudo) nadie ha cuestionado, y cuyas costumbres personales fueron infinitamente más cuestionables que las de San Martín. El respeto por la religión en sus días, era cosa poco o nada frecuente, desde los días de la Revolución Francesa o del Imperio. Y San Martín vivía en Francia, porque queriendo hacerlo en España, no le dejaban utilizar su título de brigadier argentino (un brigadier era una especie de «coronel mayor»). Por otra parte, si Usté viera los libros que yo tengo, se tira por la ventana…
        No creo, ni por un instante, que fuera un hombre cuidado en sus lecturas. Era moral y materialmente imposible encontrar a Bossuet o al de Bellarmino en aquella penosa colección; sí estaba, según parece Garcilaso de la Vega. Otros afirman que leía con placer al autor de las «Veladas de San Petersburgo», que es mucho decir, porque son aburridísimas, salvo algunas páginas memorables y algunos rayos de intuición teológica que deslumbran por su universalidad.
        La vida de San Martín en Europa no está estudiada casi nada. Solo, por supuesto, para denigrarlo. De su constante e inteligentísima campaña para evitar la invasión planeada por el rufián de Luis Felipe, con el apóstata Thiers, ni una palabra de gratitud. De su celo imparable por la independencia argentina amenazada por Inglaterra y Francia, niente, niente… De su asombrosa visión profética sobre el comunismo y el socialismo que asomaban en sus últimos días, nada, nadie sabe nada por aquí. En esto, comparte honores con Rosas, que ve con diáfana claridad la suerte futura de Europa avasallada por las ideas socialistas. Y estos señores no dicen otra cosa que lo que advertirá con pena Nuestra Señora en Fátima medio siglo después: Que Rusia (el comunismo) esparcirá sus errores por el mundo. Es decir, que el comunismo es una mancha de aceite repugnante que resultará imparable. Por eso, San Martín se alegra de la caída del sonso de Luis Felipe (por otro lado, enemigo jurado de la Argentina, que ha intentado invadir tres veces y atacado, dos), a quien despreciaba enormemente por su inferioridad personal. Alberdi dice en su famoso reportaje, que San Martín no aprecia a Luis Felipe por que es Rey. ¡Qué necio! Lo desprecia, en primer lugar, por que es argentino y Luis Felipe ha ocupado algunas porciones de su querida Patria; y después, por que San Martín no es «monárquico constitucional», como querrían los historiadores que no pueden negar el monarquismo del general, sino «tradicional», como escribirá cien veces en la famosísima polémica amistosa mantenida con Rosas, que era republicano.
        Su sable lo lega a Rosas, por la defensa que ha hecho de la soberanía patria… ¡A Rosas! ¿pero no a un masón…? Hubiese merecido una «destitución masónica» por esto.
        Entre paréntesis: las disposiciones funerarias de ambos son muy semejantes, queriendo ambos decir, me parece, que no deberán tributársele honores escandalosos como era costumbre en aquellos tiempos, ni armar un espectáculo de circo de un entierro. Algo sencillito y basta.
        Siempre me impresionaron las palabras del Abogado Gerard, su casero, quien a quien quisiera oirlo, decía que San Martín «era un santo». Gerard consta que era católico. Claro, un católico francés de mediados del siglo XIX; y para él, San Martín era un santo. Llamativo ¿no? Pienso que nuestro general sería un hombre de una religiosidad muy personal y nada aparatosa, contrastante con las prácticas europeas de su tiempo, pero no tanto con las de su país natal.
        Termino. Perdón, Moderador, por la extensión de esta entrada.
        I. D.
        L. b-C.



          Anónimo
          31/03/2010 a las 2:34 pm

          Vd. pidió pruebas
          Vd. pidió pruebas en un mensaje anterior y yo le di pruebas. Luego Vd. las descalifica y está en todo su derecho. Sobre lo que son conjeturas suyas («una payasada muy del estilo de la época»), por supuesto que no puedo oponer opinión contra opinión. Ahora bien, permítame que corrija algunos de sus errores:

          – Respecto a la masonería, me parece que Vd. desconoce algunos términos propios. «Una obediencia es una corporación integrada por logias que acuerdan asociarse o federarse, dándose una Constitución y unos Reglamentos Generales a fin de coordinar sus esfuerzos y sus medios.» Las logias irregulares o adogmáticas son las que no están en obediencia (confederadas) con una Gran Logia de la masonería simbólica tradicional (la de los «landmarks»), también se la suele designar masonería liberal (aunque incluye logias martinistas, roscacruces, iluminati, etc. y algunos autores incluyen a los rotarios, leones, progresistas, etc.), sino que están en obediencia con otra Gran Logia. Desde fines del siglo XIX, la llamada masonería inglesa intenta que sólo exista una Gran Logia por país, pero no siempre lo ha logrado (aún hoy en día, en la Argentina fuera de la obediencia de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, existen logias en obediencia con el Gran Oriente Federal de la República Argentina, el Gran Oriente Central de la República Argentina o dependen directamente de la Confederación Interamericana de Masonería Simbólica — y esto sólo dentro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado).

          – Respecto a San Martín:

          1) La logia Parfaite Amitié de Bruselas se reunía justamente en la sede de la Sociedad de Comercio. No sé a qué otras reuniones podía referirse San Martín, donde hubiese un oficial inglés que pudiese traducir las cartas de Miller.

          2) En sus intervenciones anteriores Vd. dice que la Pepa, la Const. de Cádiz de 1812, fue masónica. Concedo. Ahora bien, digo que el Estatuto Provisional del Perú, autoría de S.M., es mucho más liberal que aquélla (en la que según numerosos autores peruanos S.M. se basó). Lo pruebo con los textos. No he ido más allá. Es un indicio adicional.

          3) Lo que S.M. ofrece no es una monarquía tradicional sino «constitucional», i.e. liberal. En cualquier caso, S.M. no era nadie para ofrecer nada, la monarquía se reconoce no se implanta (mal que le pese a algún franquista). Tampoco es electiva. ¿Qué es eso de ir por ahí buscando monarcas? El monarca era Fernando VII que, mal que le pese, S.M. había jurado. Desde Carlos V estaba prohibido fraccionar el Reino de Indias y estaba unido a la Corona de Castilla. San Martín no tenía ningún derecho (sino el revolucionario) para ofrecer el trono a nadie, sea un inca o un miembro de la familia real española que no fuese el mismo Rey.

          4) Supongamos que S.M. fue un católico no practicante o no piadoso, como Vd. dice (lo que ya de por sí, da por tierra con la tesis del P. Furlong que afirma rotundamente lo contrario), y que por lo tanto, no pidió el Viático. Eso que hoy podría ser normal y en principio no quiere decir nada. A mediados del siglo XIX, Vd. sabe bien que era un signo inequívoco. Lo mismo que el testamento, en tiempos en que éste solía estar plagado de afirmaciones de Fe católica e invocaciones a la Ssma. Trinidad y la Virgen, S.M. sólo invoca al supremo arquitecto. De vuelta, es un indicio más.

          Me parece que los nacionalistas necesitan el mito San Martín, como necesitan el mito Revolución de Mayo. No hay evidencia ni razonamiento que pueda contra esos mitos. Lástima. Sólo la verdad nos hará libres.

          In Dómino,

          CyF



          Anónimo
          01/04/2010 a las 7:39 pm

          ¡Mi querido amigo…!
          Así pues, era ud. nomás. Lo perdí de vista hace como dos años. Su blog fue uno de los mejores que he leído en «la web» y, fuera de las discrepancias que tenemos en algunos asuntos históricos y acaso jurídicos, realmente lo considero a Ud. un amigo.
          Bueno, nada, que no quería dejar pasar la oportunidad de saludarlo después de tanto tiempo. A lo nuestro, entonces.
          * Obediencia masónica; conozco este término y su alcance. También el de su «parálogo» «potencia masónica». Lo único que me interesa de todo esto es lo siguiente: Nunca, ninguna logia ha reconocido como propio a San Martín. Como ejemplo (por favor, no como tema de discusión), algo similar ocurre con Julio A. Roca quien, si de hecho vivía y pensaba como masón, jamás se afilio. La Logia inglesa consultada es «madre» en el sentido que lleva registros puntuales de todas las demás, y sus iniciados miembros. No de ser la «potencia máxima», que es otra cosa, o que todas dependan della. Solo en ese sentido fue interesante la consulta de Patricio Maguirse.
          * No consta que San Martín formara parte de la Logia de Bruselas que Ud. dice; es más: un hermano masón NO puede asistir a tenidas en logias ajenas a la suya, que no sean «correspondientes» o de una misma «obediencia», salvo como invitados. Así lo dice la Enciclopedia masónica, edición chilena. No creo que esta frase de una carta de San Martín fuese concluyente respecto de lo que se le asigna. Ud. dirá, y con razón, que es un problema de interpretación. Y yo respondo: Correcto, pero lo que no puede hacerse es tomar un texto cualquiera y afirmar que prueba un hecho QUE NO ESTA AFIRMADO TEXTUAL NI CONTEXTUALMENTE, a partir de una frase unida un hecho distinto y no contenido en el texto ni el contexto. Como por ejemplo: San Martín iba (en el sentido de «formar parte») a una Logia en Bruselas, por que dijo haber concurrido al lugar público donde esta Logia se reunía. El código civil, art. 901, llama a esto «consecuencia mediata o indirecta» de un hecho, y debe probarse especialmente.
          * ¿El Estatuto Provisional de 1821 es MÁS Liberal que la Pepa….? Tengo un texto publicado junto a otros documentos de época en un librito de Junta de Historia de Lima; comencé a tipearlo en HTML y encontré otro muy bien hecho, aquí: (http://www.congreso.gob.pe/historico/quipu/constitu/1821b.htm). Perdóneme, ¿qué le encuentra de liberal? Ni siquiera tiene una formal «divisón de poderes», pues es de un absolutismo casi total, y acaso, necesario para la hora en que fue dictado. Le ruego lea el ejemplar que le remito en HTML y me haga sus comentarios. La «Pepa», en cambio parte, como art. 1º, de considerar que América es parte de «la nación española», lo cual es un error jurídico enorme y NO FUE VOTADO por los diputados americanos. Además, establecía el sufragio universal directo, custión benemérita de la Masonería y el liberalismo, que NO contiene el Estatuto de 1821. Perdóneme, pero si no me menciona los textos concretos en que apoya su crítica a este Estatuto, debo decirle que NO comprendo qué quiere decir. Como ejemplo, le citaré 3 artículos del Estatuto que, desde luego, NO ESTÁN la la Pepa: «Art. 1º La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la Religión del Estado: El Gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o privadamente sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiese dado. Art. 2º Los demás que profesen la Religión Cristiana, y disientan en algunos principios de la Religión del Estado, podrán obtener permiso del Gobierno con consulta de su Consejo de Estado, para usar el derecho que les compete, siempre que su conducta no sea trascendental al orden público. Art. 3º Nadie podrá ser funcionario público ni no profesa la Religión del Estado». Esto NO es liberal, me parece. Este Estatuto, en todo caso, debería ser aceptado por sus impugnadoras como un argumento que demostraría que San Martín NO FUE MASÓN, si seguimos el orden argumental de conferir la masonería a quienes sostuviesen, propugnasen o impusiesen ideas liberales en política, que parece ser uno de los más utilizados por quienes sostienen el masonismo sanmartiniano.
          Para ilustración va aqui una copia de la Pepa (leer especialmente los 4 primeros articulos con «soberanía popular» incluida, y los referidos al Territorio » de las Españas»): http://es.wikisource.org/wiki/Constituci%C3%B3n_espa%C3%B1ola_de_1812

          * Este punto Ud. lo desdoba en dos partes. Seguiré su camino.
          * I. Ud. afirma que San Martín ofrece a los españoles una monarquía «constitucional» y no «tradicional». No, lo niego terminantemente. San Martín jamás fue partidario de las Constituciones estilo liberal (recuerde por favor que, en boca de muchos contemporáneos, la palabra «constitución» aludía primero, y acaso solamente, al modo en que ya estaban constituídas políticamente las naciones (así, por ejemplo, en Aristóteles o San Tomás) y no al texto jurídico por medio del cual se les daba algún modo o régimen político nuevo y se reconocían «derechos individuales», al estilo yanki o de Sièges). En su correspondencia con Rosas rechaza categóricamente estas «constituciones» nuevas y toda posible «recaída» republicana. Su correspondencia, sus juicios, sus actos, desmienten tremendamente esta afirmación. Como opinión mía, le diré que pienso que se trata de un artilugio desesperado de los liberales para apropiarse de un Libertador que fue, siempre y en todo lugar (el Estatuto que Ud. menciona lo prueba en su faz más impecable: el ejercicio del poder) un hombre de ideas y prácticas políticas tradicionales, a ultranza; un monárquico público y sin vueltas, indisimulable. «Impresentable» para los historidadores liberales como Mitre, que no sabía qué hacer con esto, que les explotaba entre las manos.
          * II. San Martín no tenía derecho a ofrecer coronas ni a crear monarquías. Concédame que esto es otra cuestión completamente distinta, acreedora a un debate distinto a éste. Yo creo que él, o Franco -ejemplo que Ud. menciona- tenían pleno derecho a hacer lo que hicieron: instaurar monarquías, o repúblicas, o lo que considerasen más ajustado al Bien Común, que es el fin apetecido y no está subordinado a ninguna forma política, ni ninguna forma política le queda por encima. La monarquia fue electiva en muchísimas naciones. Don Pelayo, fundador de la monarquía asturleonesa, fue elegido por sus soldados como rey y muchos reyes europeos descienden de él.
          * .III Ud. afirma: «Desde Carlos V estaba prohibido fraccionar el Reino de Indias y estaba unido a la Corona de Castilla». Exactísimo, y uno de los grandes aspectos jurídicos ignorados al tratar del problema de la Independencia Americana. Agregaré que el territorio americano, como reino independiente de todos los demás y perteneciente a la Corona de Castilla, era inenajenable. Las cesiones que los reyes borbones hacen de dicho territorio a Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal o Estados Unidos, los ponen en mora en sus obligaciones y estas acciones militarán negativamente contra ellos. De hecho, la Independencia de México está «detonada» por dos hechos casi simultáneos: el conocimiento de la cesión hecha por Fernando VII de la Florida a EE. UU. (y algunos dicen que les vendió también algunos territorios al norte del Rio Grande, pero que no se terminó de perfeccionar el negocio….) con el argumento (falso de acá a la China) que no eran originarios de Castilla por la bula Inter Caetera, sino por se adquiridos a Francia …. Sólo le diré que fueron descubiertos y conquistados por «nuestro» don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, en nombre del Soberano Pontífice y para el rey de Castilla. Las actas respectivas los yankis las guardan y las muestran, aunque Fernando VII se ponga (más) colorado en su actual morada. Y el otro hecho: la obligación de jurar la Pepa.

          * ¿Por qué nadie quiere hablar ni de la Pepa ni de México cuando habla de la Independencia, como si fuera «otro mundo…»? Los movimientos fueron paralelos y el pensamiento religioso y jurídico que motivó a unos y otros, el mismo. Y todos fueron monárquicos. ¿Por qué nadie quiso ir a reinar en México….? ¿Por qué no se siguió el ejemplo de los Braganza, que tan mal no les fue…?

          * No consta que San Martín NO haya pedido los Sacramentos como Viático. Sí consta que murió repentinamente y rápido, en pocos minutos y casi sin agonía, del corazón, sin tiempo para recurrir a un sacerdote. Sí consta que hubo un funeral católico, y que sobre el ataúd del general, bajo su espada, lucía el pendón de Pizarro. No sé quien pueda afirmar lo que ud. dice sobre el Viático. Por lo demás, no es que yo discrepe con el P. Furlong (al que de todos modos considero más un apologeta que un historiador; no he recurrido a él más que para establecer ciertos hechos), sino que doy mi propio juicio sobre una cuestión que he estudiado con antiguos y nuevos documentos. Le aclaro que un hombre «no muy piadoso» de aquellos tiempos, iba igual a Misa los Domingos y fiestas de guardar y educaba cristianamente a sus hijos. Mercedes San Martín fue a un colegio católico en Inglaterra, y luego a las monjas ursulinas (me parece) en Bruselas, con su prima hija de Maria Elena San Martín, viuda de Menchaca. Pero nadie con platita suficiente ha ido a investigarlo, y yo no tengo cómo … Así que, en este renglón, me es lícito hacer algunas conjeturas.

          * Excurso final para todo el mundo: Los papeles de San Martín. Muchas, muchísimas cosas se sabrian si tuviésemos el archivo de San Martín, ahora desaparecido. La reconstrucción de su correspondencia, de sus papeles personales, sus notas, sus ideas inconclusas o icoadas, ha sido compuesta por medio de los archivos de sus amigos, ocasionales o habituales corresponsales o por medio de arbitrios extradocumentales. ¿Por qué este misterio, y en todo caso, a quién beneficia…? Mariano Barlcarce, que tenía el encargo personal y testamentario de su padre de remitir un gran cajón de madera con papeles a Tomás Guido, afirma haberlo enviado a Bartolomé Mitre, el cual lo convenció de entregarle los documentos con el fin de completar la «Historia…» que estaba escribiendo, para luego reenviarlos a su propietario. No consta que uno y otro tuvieran siquiera la autorización de Guido, o que la familia del general amigo de San Martín, recibiera finalmente estos papeles, sobre los cuales rige al presente el más tenebroso silencio. ¿Los habrá destruido Mitre? No lo creo posible; en el fondo, era un angurriento de estas cosas. Pienso que algún día aparecerán y desvelarán tanto equívoco.

          Mis más cordiales saludos pascuales I.D.
          Ludovico ben Cidehamete



          Anónimo
          02/04/2010 a las 2:44 am

          Para que nos vayamos por las manos
          Querido amigo Ludovico,

          en primer lugar, le agradezco por sus palabras para con mi finiquitado blog. El suyo también es muy bueno así que no lo deje abandonado tanto tiempo…

          1) No estoy negando el papel de Patricio Maguire en esa investigación, lo que estoy diciendo es que no es para nada concluyente; esas tres grandes logias no abarcan a toda la masonería británica, menos aún la europeo continental. Dice que ninguna Logia ha reconocido a S.M. como propio; según los masones Canter y Onsari, la medalla masónica de que le hablo (que está en el Museo Mitre) sólo se entrega a los miembros de una logia. Si le dice S.M. a Miller que el concurre a «las reuniones del Salón de Comercio» (lugar donde eran las tenidas de la logia Parfaite Amitié -la misma que condecoró a S.M.-) podemos inducir razonablemente que S.M. fue miembro de la misma.

          2) En la comparación del Estatuto Provisional de 1821 y la Constitución española de 1812, me ceñí exclusivamente a los artículos religiosos. Pero vayamos a los textos nomás.

          Est. Provisional (San Martín)
          SECCIÓN PRIMERA. Art. 1o.- La Religión Católica, Apostólica,Romana, es la Religión del Estado: El Gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque en público o privadamente sus dogmas y principios, será castigado con severidad a proporción del escándalo que hubiese dado. Art. 2o.- Los demás que profesen la Religión Cristiana, y disientan en algunos principios de la Religión del Estado, podrán obtener permiso del Gobierno con consulta de su Consejo de Estado, para usar el derecho que les compete, siempre que su conducta no sea trascendental al orden público.

          Const. Esp. de 1812
          CAPÍTULO II: De la religión. Art. 12. La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohibe el ejercicio de cualquiera otra.

          Recapitulemos. La Pepa (según Vd. masónica) dice: «prohibe el ejercicio de cualquiera otra [religión]». El Estatuto sanmartiniano (según Vd. tradicionalista) dice: «podrán obtener permiso del Gobierno».

          3) Me dice que S.M. no pretendía una monarquía constitucional. ¿Cómo entonces debo interpretar las instrucciones a García del Río y a Paroissien para negociar con las potencias europeas? «…la alianza o protección de una de las potencias de las de primer orden de Europa… la Gran Bretaña por su poder marítimo, su crédito y vastos recursos; como por la bondad de sus instituciones [BONDAD DE SUS INSTITUCIONES]… Darán la preferencia al Duque de Sussex, con la precisa condición que el nuevo jefe de esta monarquía abrace la religión católica, debiendo aceptar y jurar al tiempo de su recibimiento la Constitución que le dieren los representantes de la nación» [ACEPTAR Y JURAR… LA CONSTITUCIÓN]. Lima, 24/XII/1821. Fdo. por San Martín y sus ministros.

          4) Respecto al punto II, me tienta Vd. a contestarle in extenso pero no quiero derivar este hilo hacia otros temas. Me limito a decir que Vd. está poniendo casos muy distintos en contextos históricos completamente diversos. Los ejemplos de la monarquía polaca o la elección de Don Pelayo (quien descendía de los reyes visigodos), igualmente no vienen al caso. En 1810/1816 lo que había eran unas leyes y una tradición monárquica hispánica particular. Por incumplirla de forma sacrílega (faltando a juramentos), estamos como estamos.

          5) Podemos extendernos sobre los errores, irregularidades y crímenes de algunos reyes borbónicos, pero eso no justifica provocar una verdadera guerra civil, contraria al derecho heredado, el derecho de gentes y los principios de la guerra justa. Siempre ha habido reyes malos y siempre hubo formas de hacerlos modificar sus errores o, en el peor de los casos, eliminarlos. Pero faltar a juramentos en forma sacrílega contra todo derecho, eso es otra cosa. También la Casa de Austria cometió errores (el mismo Carlos V saqueó la Roma de los Papas y Felipe II sacrificó a María Estuardo) y a la misma monarquía danubiana no le fue mejor con María Teresa (la protectora de iluministas y esposa de un masón) o José II (con su reforma religiosa). Pero lo bueno de la monarquía es que quita de enmedio la lucha por el poder y que asegura la sucesión, cosa que las repúblicas (sean democráticas, sean dictatoriales) nunca han podido resolver. Además, al identificar el bien particular, el bien raíz y el bien de la patria con una misma familia, evita las formas más nefastas de corrupción como las que padecemos los hispanoamericanos en forma sistemática desde 1810.

          6) Nos faltan los papeles de San Martín. Es una pena. Pero, aunque sean sólo partes, sí tenemos cosas que le han pertenecido y algunos de sus papeles, además de buena parte de su correspondencia (¿me dirá que adulterada por Mitre?), tenemos inventarios de algunas de sus pertenencias (como la biblioteca que regaló a la ciudad de Lima), y también tenemos sus actos de gobierno, suyos y de sus ministros como Monteagudo o Torre Tagle. Creo hay numerosísimos indicios para «reconstruir» al S.M. histórico. Pero lamentablemente también hay muchos intereses creados para que sea mejor no enterarnos; y no lo digo únicamente por los nacionalistas sino también por liberales y marxistas.

          De vuelta, no afirmo rotundamente que San Martín haya sido masón; pero sostengo que no existen elementos concluyentes para afirmar lo contrario. Ahora bien, San Martín sí fue un liberal, a la manera termidoriana, medio bonapartista, del hombre liberal del orden y el progreso, como el lema de la bandera brasileña, el «conservador de la revolución» que denunciaba Balmes.



          Anónimo
          06/04/2010 a las 6:39 am

          Estimado amigo:
          Aquí, mis respuestas:
          1) Sí, coincido, la investigación de Maguire no es concluyente; pero como tampoco lo era cualquiera otra que pretendía demostrar el masonismo de San Martín a través de indicios, interpretaciones o afirmaciones de terceros, este aporte adquiere un importancia superlativa, por que despeja un asunto capital. De más está decir que las fundaciones masónicas requieren «patente» de alguna logia «madre» para poder ser consideradas masónicas. Repito: no existen masonerías completamente al margen de las «obediencias» tradicionales. Precisamente esto de las «patentes» contribuye a crear una dependencia ideológica básica o mínima entre distintas logias, cualquiera que fuese su inclinación propia.
          2) Perdóneme, pero eso no prueba nada, por que las instituciones de gobierno de la Pepa SON efectivamente liberales (como por ejemplo la «soberanía popular») y las del Estatuto, no. Le recuerdo que no se llama «liberal» una constitución por su contenido religioso (que en la práctica se limita a tolerar al clero), expreso o tácito, sino por la regulación de las instituciones políticas. En el caso de la Pepa, es liberal con relación al régimen anterior, periclitado. El estatuto, en cambio y sobre ser provisorio, no deroga completamente el antiguo régimen sino que le superpone su propio régimen hasta que se establezca una constitución permanente. ¿Es esto signo de liberalismo? De ninguna manera: ya he explicado que, para la mayoría de las gentes de aquel entonces, «constitución» era un alusión al régimen político que imperaría en el futuro, con prescindencia de su orientación ideológica o religiosa; de esta forma, el uso del término era más semejante al utilizado por Aristóteles, Santo Tomás o hasta el propio Locke, que lo que hicieran los revolucionarios liberales. No olvidemos que Fernando VII había abandonado América a los liberales peninsulares, desconociendo las representaciones que le llegaron entre 1815 y 1816 y tratando de «rebeldes» a los americanos. Y esto, después de traicionar el pacto de inenajenabilidad americana (él personalmente) en Bayona, al permitir que la Corona fuese cedida a Bonaparte.
          En todo caso, Ud. verá que el Estatuto americano permite la práctica religiosa no católica privada (algo común y corriente en el los países católicos desde siempre, especialmente en España) pero impide a los no católicos el desempeño de funciones políticas públicas, algo que la Pepa no prohibe ni menciona siquiera, aludiendo en su lugar a la «igualdad» esencial de todos los españoles y cosas por el estilo.
          No, sin duda la Pepa ES liberal y el Estatuto no lo es, en lo más mínimo.
          3) Las cartas credenciales que Ud. menciona fueron dictadas por el Consejo de Estado del Perú (creado por el Estatuto Provisional), y no personalmente por San Martín. Eso, para arrancar. Para seguir: La Misión Abreu y el virrey LIBERAL La Serna (que había depuesto al tradicionalista Pezuela con la excusa de que ese general quería convenir la independencia con los insurgentes), habian rechazado todas las propuestas de San Martín a principios de 1821, quedando en estado de que continuase la guerra. Las propuestas españolas eran cierta forma de «commonwealth» a la española, con Fernandito a la cabeza PERO CON LA PEPA DEBIDAMENTE ACEPTADA, es decir, aceptando el liberalismo formalmente. San Martín propone una monarquía tradicional, que NO jurará la Pepa, pero reconocerá la corona en cabeza del príncipe de la familia real que Fernando VII designe… ¡Y no aceptan! Los masones como Valdés (más tarde gobernador liberal de Cuba) y Canterac (muerto en Madrid cuando, ya retirado, pretendía enfrentar una de las miles de revoluciones liberales…) se oponen, diciendo que se trataba de una estratagema de San Martín para obtener la Independencia e imponer la república …. Pero San Martín seguirá buscando príncipes para coronar, abandonado por la infame casa de Borbón. Es sabido que a la casa de Austria no podía recurrir, por oponerse la todavía poderosa Francia; de los Borbones franceses, ni hablar… No quedaban, pues, muchas opciones. Pero lo importante era la monarquía y a esto se atuvo (y debo agregar: toda su vida) nuestro Libertador.
          La presencia del término «constitución» aquí es clarísima, como es claro que NO ESTÁ presente en las negociaciones con Abreu. Los príncipes españoles conocían la «constitución» americana, que es el juramento de Carlos V, y los extranjeros, casi con seguridad, no. La «constitución» no es una constitución liberal, sino las leyes fundamentales del país, del continente. Sostengo que NO ES LÍCITO afirmar que dicha palabra, en el contexto de las Instrucciones Peruanas, sea para señalar una Constitución liberal, sino para condicionar la monarquía a los antecedentes castellano-americanos. Y para afirmarlo, me atengo a lo que estaba ocurriendo en aquel mismo momento en México cuya historia de la Independencia, inexplicablemente, sigue sin hacerse presente en la nuestra, pese a la similitud de situaciones y, sobre todo, a aquello en lo cual fue diferente. En México la Independencia la declaró el primer general realista (Ithurbide) en acuerdo con el partido católico mexicano, y el quasi virrey O’Donoju, para impedir el despojo territorial que se venía y la revolución liberal…..
          Pero no hay caso, nadie quiere verlo.
          4) Discrepo con Ud. en este punto. Mas acierta Ud. en decir que no es el lugar para abrir la discusión. Le diré simplemente que entre los más notables antecedentes hispano-castellanos está el carácter electivo de la monarquía en casos singulares, como prueba el Compromiso de Caspe, entre otros hechos. Y que el titular del Sacro Imperio Romano Germánico era regularmente elegido, lo que obligó a Carlos I de España a comprar las voluntades de los príncipes electores (los Fürst alemanes) a un precio que le pesaría toda su vida.
          5) Con la primera parte, no estoy de acuerdo; con la segunda (las ventajas de la monarquía hereditaria), absolutamente sí. Le reitero que no existen formas políticas por encima del Bien Común. Cuando una dinastía no asegura el Bien Común, debe ser reemplazada. Pero como dijimos en 4), es otra historia.
          6) En esto, querido amigo, es Ud. contradictorio. Los papeles de San Martín con que contamos no son muchos, más bien lo contrario; y lamentablemente, de sus cartas quedan pocas y fuera de contexto, por que no tenemos la carta que él contesta con la propia (que también estaba en su archivo) y sólo nos queda la anotación del corresponsal (no siempre una copia completa de la carta original, sino, y las más de las veces, un mero borrador) que no puede pensarse se corresponda con lo original. De modo que esta situación torna penosa en extremo la reconstrucción de su pensamiento político. Un hombre ordenadísimo como Rosas, nos ha dejado su correspondencia con San Martín y una copia exacta (o así lo pensamos) de su anterior correspondencia, de manera de poder reconstruir la secuencia completa. Pero ni Miller, ni Guido ni ningún otro hombre de su tiempo tuvieron la maniática precisión de Rosas por el orden ni su perfección «archivera» que, según algunos, sólo fue comparable a la de Felipe II, pero con menor cantidad de Secretarios. Ignoro si Mitre destruyó los papeles de San Martín, aunque me inclino por responder negativamente a esta pregunta, a causa primero de cierto temor supersticioso y, segundo, al sentimiento de poder sobre el personaje que supone poseer todos, o casi todos, los secretos que puedan revelar sus papeles. Y por fin, sospecho que Mitre, siendo masón, hubiera publicado todos los papeles de San Martín si de estos se desprendiese sin duda ninguna su pertenenncia a la logia.
          Si a través de su exhibición San Martín pudiiese ser convertido en el paladín «probado» del liberalismo, no inquietaría a nadie publicar sus papeles privados. Pero no, no están disponibles… ¿Los tienen los terribles «nacionalistas», que tanto han hecho «en contra» de la causa de la VERDAD histórica ….? Vamos, querido amigo, esto NO SE SOSTIENE. Los marxistas, si vamos a lo que San Martín escribe a Rosas y a otros amigos suyos entre 1848 y 1850, no creo que esperen nada favorable de su correspondencia. ¿Quién queda entonces…?
          La verdad parece ser otra y los papeles de San Martín perjudican solamente a dos sectores: El primero, el más detestado por el general: los liberales autóctonos, autores de todos los crímenes contra los cuales combatió en su tiempo y a los cuales desnudó en cartas impagables, con nombres y apellidos. El segundo: los realistas españoles, liberales y masones ellos también.
          Conclusión: No es justo, ni lógico que, como Ud. dice, si no existen elementos concluyentes para afirmar que San Martín fuese masón, se lo tenga por tal simplemente por que «no existen elementos concluyentes para afirmar lo contrario». Esto va contra toda lógica. Las pruebas de un hecho debe aportarlas quien lo afirma; si se afirma que San Martín era masón, las pruebas deben aportarlas quienes lo dicen, no quienes lo negamos, porque las afirmaciones se prueban y no las negaciones. Los hechos negativos NO SE PRUEBAN. Esto es una regla de oro en materia histórica, judicial o lógica.
          Ud. podría decir que Fulano es mujer por que no parece suficientemente varón, pero considerando que, si no es varón, se es mujer y no existe otra posibilidad. Pero es conceder demasiada importancia a la masonería afirmar que alguien, si no se prueba suficientemente que no fuera masón, entonces deba serlo. No, mi querido, es inadmisible.
          Sus enemigos fueron todos, sin excpeción, masones y liberales. En América y en España. ¿De dónde ha sacado Ud. por ejemplo, eso de haber sido «medio bonapartista». o que fue un liberal «termidoriano», cuando entre sus enemigos jurados se contaban, precisamente, esta clase de hombres «conservadores de revoluciones», como Valdés, Canterac, Rivadavia, La Serna, Lavalle, Abreu, Bolívar, Martín Rodríguez ….?
          Le recomiendo leer un libro MALO: «La Masonería» de Emilio J. Corbière. Fíjese que notable la similitud de argumentos que hay entre este autor (masón confeso, liberal, librepensador, anticatólico declarado) y los «tradicionalistas» borbónicos, al tratar el capítulo de la llamada «Revolución Americana».
          Si yo siguiera su línea argumental, su criterio para delimitar lo masón, bonapartista o liberal termidoriano de lo que no les, debería afirmar sin dudas de ninguna especie que todos los enemigos de San Martín lo fueron sin lugar a dudas. Con lo cual, la lucha de la Independencia, o que terminó en la Independencia, carece en absoluto de sentido alguno.
          No, eso no es hacer historia.
          No por añeja, esta discusión con Ud. me parece menos importante; Ud. consciente o no de ello, representa una corriente de pensamiento político que, aún respetable como la veo yo, se afirma en un contexto histórico presunto y no real y, a ratos, muy funcional a la idea que sostiene. Pero alejada de la realidad de los hechos históricos.
          Los hechos históricos NO SON cualquier hecho que, a nuestro juicio, demuestre una verdad cualquiera. El hecho histórico es el suceso con proyección histórica definida. Si San Martín fue mujeriego o no (y según parece no lo fue) no es un hecho histórico, sino una anécdota histórica, por que no tiene ningún suceso en el desenvolvimiento del futuro. En cambio, sí es un hecho histórico el pensamiento político de San Martín y si era o no era conocido y compartido por sus contemporáneos; no es indiferente que San Martín apoyara a Rosas en todo momento, porque gracias tambien a esto, la Argentina permaneció independiente (no solamente de España, sino de Francia e Inglaterra). Si algunos juzgan que San Martín fue «funcional» a los planes de Inglaterra, es porque desprecian, precisamente, los hechos históricos para quedarse con la anécdota histórica, que nada prueba. Y dejan de lado que si la planeada invasión de Inglaterra de 1835 / 1845 fue un fracaso, se debe en gran medida a la acción decidida de San Martín y a su correspondencia con sus amigos ingleses.
          Bien, termino aquí, estimado CyF.
          Si desea Ud. descender más en cada punto, lo haré con mucho gusto; pero considero que el camino empeñado no es correcto, por que NUNCA NADIE HA PROBADO EL MASONISMO DE SAN MARTIN, ni ha demostrado que su pensamiento político fuera liberal, o anticatólico.
          Y que la defensa que hacemos de su figura es, a la vez, la causa de la cordura histórica, por un lado, y la de la grandeza de una Patria que Dios no permitió fuera cobijo de delincuentes y traidores.
          Mejorando lo presente, claro.
          I. D.
          L. b-C.



        Anónimo
        31/03/2010 a las 12:02 pm

        Perdón, olvidé destinatario y firma
        mi mensaje iba dirigido a L. b-C., a quien, por otro lado, si es quien yo pienso, le conservo admiración y aprecio aunque no comparta alguna de sus tesis históricas.

        Y se me olvidó firmar.

        — Cruz y Fierro

        PD: Si más tarde tengo tiempo, me gustaría hacer algunas observaciones de carácter filosófico-político e histórico a algunas de las aseveraciones dichas al pasar en el debate, sobre la monarquía, los Borbones, la Revolución de mayo, etc.



        Anónimo
        01/04/2010 a las 2:14 am

        Si San Martín hubiese sido
        Si San Martín hubiese sido masón, tendríamos que concluir que era un mentiroso, un inmoral, etc.; puesto que los bandos del Ejército de los Andes amenazaban materialmente a quienes injuriasen la Fe Católica.

        Además, ¿San Martín fan volteriano? ¿De donde sacaste esos datos sobre su biblioteca? Asimismo, aunque así fuera, esos son solo datos indicativos. No es lo que leemos lo que nos define, sino lo que hacemos.

        Para finalizar: «no toda la masonería es declaradamente anticatólica, anticlerical o laicista; menos aún en esos tiempos». No soy un especialista en masonería, así que no conozco a ninguna logia de importancia de «esos tiempos» que tuviese las caracteristicas que mencionas. Menciona algunas.

        Johannes, el beato de la Espada



          Anónimo
          01/04/2010 a las 9:30 pm

          Ilustrándolo un poquito
          Estimado Johannes,

          no suelo tutear a quienes no tengo el placer de conocer personalmente, por lo que le pediré que me respete.

          La dos proposiciones que Vd. da no son mutuamente excluyentes. Si Vd. hubiese leído un poco más, sabría por ejemplo que en el Ejército Inglés de la India se solía azotar por blasfemia, además de castigos mucho más severos. Tampoco sé si Vd. sabe que los batallones ingleses entraban a la batalla cantando Salmos. Si Vd. supiese sobre el particular, también sabría que la campaña de la India fue dirigida íntegramente por oficiales masones. Ve cómo no hay contradicción. Una parte de la masonería ve con buenos ojos la religión, como un remedio contra la anarquía y un factor de orden. Lea, estimado Johannes, lea, estudie. ¿Sabía Vd. que el mismísimo Voltaire dijo «el que tenga que gobernar un pueblo necesita que éste tenga una religión» (Diccionario Filosófico, To. 3)?

          El detalle de esos libros está en el «Catálogo de la Biblioteca que poseía San Martín y que regaló a la Ciudad de Lima» (editador por el Instituto Sanmartiniano, no dice fecha pero estimo que fue durante el Año Sanmartiniano en la época de Perón). ¿Quiere que le diga también el cajón y las dimensiones de cada tomo?

          Respecto a su último párrafo, ¿sabía Vd. que para ser miembro de una logia en obediencia con la Gran Logia Unida de Inglaterra no se podía ser ateo, sino cristiano (luego se permitió a los judíos) y practicante («churchgoer»)? Estudie, lea, aprenda, pregunte… Está bien que no se quede con la Leyenda Negra pero tampoco se trague leyendas rosas.

          N.B. Todo esto no quiere decir que los fines de la masonería universal no sean contrarios a la Santa Iglesia Católica. Pero muy distinto es creer en un Dios que es el Supremo Arquitecto del Universo (deísmo) que en un Dios personal y providente. Muy distinto es creer en los efectos benéficos, civilizadores, ordenadores, etc. de la religión que creer que una religión es la religión verdadera único camino de Salvación. Por supuesto que Vd. en San Martín nunca leerá sobre un Dios providente ni sobre una única religión verdadera.

          P.S. Dado que Vd. me ha desafiado poniendo en duda mis afirmaciones y pidiendo datos precisos de la fuente, ahora, como caballero que sé que es, otórgueme Vd. a mí el mismo derecho: si va a decir algo, hágalo probándolo con citas de primera mano.

          In Dómino,

          CyF



          Anónimo
          02/04/2010 a las 3:40 pm

          Estimado C y F.
          Los bandos de

          Estimado C y F.

          Los bandos de San Martín hacen referencia explícita a la religión Católica, hasta donde sé, los ejércitos de la pérfida Albión –luego de la reforma- son protestantes. Para los masonachos, eso no constituirá una diferencia esencial, sino de grado. Para mí es tan distinto como el día de la noche.
          Con respecto a Voltaire, y teniendo en cuenta sus dichos sobre que “hay que destruir a la Infame”, también podrías decir que comulgaba en Pascua –lo cual hacía, y no por cuestiones de Fe-, podrías citar cartas y partes de su obra que lo hacen parecer un hombre religioso de Fe sobrenatural, pero si con todo ello, pensás que Voltaire no odiaba a la Iglesia Católica, o no adhería a un orden de índole natural, es solo porque no entendiste –a juzgar por el hecho de citar una frase de él- el propósito de su obra, en el contexto ilustrado de la época.

          “Respecto a su último párrafo, ¿sabía Vd. que para ser miembro de una logia en obediencia con la Gran Logia Unida de Inglaterra no se podía ser ateo, sino cristiano (luego se permitió a los judíos) y practicante («churchgoer»)?”

          ¿Era exigencia ser cristiano católico? O cristiano hereje como los protestantes? Recordemos las implicancias del rey en la Iglesia anglicana, y las consecuencias religiosa-políticas de que alguien se declarara ateo abiertamente.
          Porque en última instancia, ¿no entran en contradicción los fines de la masonería con los del catolicismo? ¿vos estas diciendo que es posible ser a la vez masón y católico? Nombra a algún masón católico de renombre, que sea algo más que un mero iniciado. “O lo uno o lo otro”, al decir de Sören.
          En parte respondiste a esta pregunta en tu párrafo final, por ello no comprendo el fin de tus citas de Voltaire y de los “requisitos” para ser miembro de la “Logia Unida”.

          Sobre los libros, no prueban nada, de hecho yo tengo en casa las obras completas de Marx, y en una de esas se las dono a algún socialista pachamamico, espero que un exegeta como vos, no diga en el futuro que yo era zurdo. También espero, al menos, que aquel historiador del futuro, haya refinado sus métodos de análisis heurísticos para orientar su meta-teoría historiográfica.

          “Por supuesto que Vd. en San Martín nunca leerá sobre un Dios providente ni sobre una única religión verdadera.”
          En la Sección 1ª. Del Estatuto Provisional del Perú, dictado por San Martín (8-10-1821) se lee:
          “La Religión Católica Apostólica Romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes mantenerla y conservarla por todos los medios…”

          Para finalizar, te recomiendo la lectura de la correspondencia entre el San Martín , y el Arzobispo de Lima (B. M. de las Heras) referidas a la religión y le re-bolu-ción francesa.

          Johannes



          Anónimo
          02/04/2010 a las 10:27 pm

          Contesto
          Estimado Johannes,

          por segunda vez, le solicito respeto. Si Vd. insiste tuteándome y sin sustentar sus afirmaciones con citas de primera mano (del mismo modo que Vd. me las exige a mí), aquí terminó nuestro intercambio.

          Paso a contestar:

          1) Desde 1778 (Primera Ley de Liberación) los católicos dejaron de ser perseguidos en Inglaterra. A partir de 1829 (Ley de Emancipación), los católicos tenían los mismos derechos políticos (con la única excepción de la limitante para el rey, que aún persiste). De nuevo, lea, infórmese, aprenda, y recién ahí juzgue.

          2) S.M. dice expresamente en varios lugares que la religión católica debe ser la religión del estado porque es la preponderante en estas tierras. En ningún lado dice que lo sea porque es la única religión verdadera. Para mí esto es como el día y la noche.

          3) Por supuesto que Voltaire era anticatólico, Vd. no me entendió. Lo que Voltaire afirma es que la religión (cualquiera ella) es instrumento de orden. ¿Hace falta explicar la diferencia enorme? Esto también lo sostiene buena parte de la masonería, aún hoy.

          4) Era exigencia ser cristiano, de cualquier «denominación» que sea, y sí, católico bien podía ser.

          5) Vd. dice: «Recordemos las implicancias del rey en la Iglesia anglicana, y las consecuencias religiosa-políticas de que alguien se declarara ateo abiertamente.» ¡Justamente! Esto es lo que digo. ¿Son éstas las benévolas instituciones de que habla S.M. en referencia a Gran Bretaña? Yo creo que sí, y he dado varios indicios de que así era.

          6) Su preguntas a continuación se responden solas de lo que dije en intervenciones anteriores. Por supuesto que son contradictorios los fines de la masonería y de la Iglesia. Pero… eso no quiere decir que muchos católicos no se hayan afiliado a las sectas masónicas. Cosa que ha ocurrido en el pasado y sigue ocurriendo en el presente. Tampoco eso quiere decir que la masonería no acepte católicos en sus filas en tanto éstos no se declaren «fanáticos», que para la masonería seríamos aquéllos que creemos que la Católica es la única religión verdadera y único camino ordinario de salvación. ¿Ve la diferencia?

          7) Me dice que los libros no prueban nada. Le hago una pregunta: ¿si Vd. al morir sólo tuviese la colección completa de la obra de Marx, incluída la correspondencia en inglés con Engels que hasta donde sé no se ha reproducido en castellano, y faltaran completamente otros libros que no fuesen marxistas? ¿No sería un indicio claro de que o Vd. es un especialista en Marx o que directamente Vd. es un marxista? Pues, bueno, S.M. no era catedrático de filosofía del siglo XVIII.

          8) De vuelta. Decir que una religión es la religión del estado, ¿es lo mismo que decir que esa religión es la única verdadera? ¿No le suena a ley positiva de carácter conveniente o convencional (como decir que se conduce por la derecha)? Especialmente si en el artículo 2º que sigue se da la posibilidad de inscribir cultos disidentes…

          9) He leído la correspondencia de S.M. con el arzobispo de Lima y le pido que Vd. haga lo mismo con espíritu crítico y me diga dónde dice S.M. que la católica es la única religión verdadera y si los argumentos esgrimidos por S.M. no son únicamente de carácter ordenador o conservador.

          In Dómino,

          CyF



          Anónimo
          05/04/2010 a las 12:02 am

          Estimado C y F,
          En historia

          Estimado C y F,

          En historia hay que distinguir entre conocimiento histórico adquirido e hipótesis en vías de demostración. Es decir, al delimitar un problema historiográfico dado (y en este caso, establecer un paradigma o metateoría comprensiva guiarán los estudios por venir sobre el tema –por lo tanto hay que andar con mucho cuidado, y responsabilidad al expresarse), lo cual implica la utilización de un método determinado (ante el cual hay que tener conciencia de sus límites –para ello es menester tener conocimientos no vulgares de filosofía de la ciencia) quizás, porque sea la metodología de moda entre las corrientes historiográficas que a un investigador profesional, lo rodean; de ninguna manera porque sea el Método omnicomprensivo total, puesto que…no hay método, hay métodos al decir de Feyerabend.

          De esta manera, uno puede incorporar el conocimiento existente sobre el tema (tal historiador dice “…”), hasta que llega un momento en que uno puede decir: “Yo digo”, lo cual implica distinguir las diferentes hipótesis planteadas por otros historiadores, elaboración de hipótesis propias y la propuesta de solución a la cuestión, o al menos su replanteo.
          Ahora bien, ¿puede el método historiográfico que ud. elija, determinar si San Martín era un hombre de Fe cristiana o si no lo era? No se enoje, no estoy insultando su inteligencia, solo es un pregunta retórica para estimular la reflexión ante tanta datística esgrimida.
          De la misma manera ¿puede ud. sostener la hipótesis de que la conversión de Constantino era falsa? Claro que puede, lo que no puede es negar las influencias que esa conversión tuvo en el triunfo de la Iglesia sobre el paganismo. Quede el interior del corazón de Constantino a los ojos de Dios.

          Pense –en primera instancia- en aportar datos como lo hace ud., pero el oficio de historiador no se termina en el ámbito datistico, sino que estos son la materia prima bruta, para comenzar a pensar; y por ello, ante las preguntas que hace, solo las contesto de manera suscinta:
          1) .” Por supuesto que son contradictorios los fines de la masonería y de la Iglesia. Pero… eso no quiere decir que muchos católicos no se hayan afiliado a las sectas masónicas. Cosa que ha ocurrido en el pasado y sigue ocurriendo en el presente. Tampoco eso quiere decir que la masonería no acepte católicos…”

          El partido comunista también acepta católicos, y debe haber algún católico despistado que se haya afiliado, o algún teólogo que pretenda unir el Sermón de la Montaña con el manifiesto comunista (los ejemplos sobran). ¿A que viene entonces la mención de esta obviedad? Lo suyo, más que investigación científica histórica, parece una caza de brujas, tratando de demostrar aquella conclusión desde la que se parte. Es decir, San Martín habría sido masón porque nunca habría confesado de manera indubitable su fe católica; a lo que alguien podria comentar: “San Martín nunca fue masón porque nunca lo manifestó de manera indubitable”.
          Su argumento no se sostiene por si mismo amigo, excepto por el afán de demostrar aquello que se presupone, una petición de principio diría mi profe de lógica I.

          2) “Me dice que los libros no prueban nada. Le hago una pregunta: ¿si Vd. al morir sólo tuviese la colección completa de la obra de Marx, incluída la correspondencia en inglés con Engels que hasta donde sé no se ha reproducido en castellano, y faltaran completamente otros libros que no fuesen marxistas? ¿No sería un indicio claro de que o Vd. es un especialista en Marx o que directamente Vd. es un marxista? Pues, bueno, S.M. no era catedrático de filosofía del siglo XVIII.”

          Si al ir a cursar un seminario obligatorio sobre dialéctica marxista, y choco con el auto, muero, y en mis vestimentas se me encuentran ejemplares de la Ideología alemana y el Capital, me imagino que si ud. fuese periodista que cubriera ese hecho, concluiría que yo era un zurdo recalcitrante.

          Asimismo, si San Martín encontraba iluministas por todos lados (porque esa era la corriente de moda en aquellos días) y alguien le regala algunos libros de Voltaire, de Rousseau, de D Alembert y Diderot, y el los guardo en su biblioteca. ¿No podríamos pensar que si S. M. hubiese vivido en la Alemania nazi -y alguien le regala “El mito de occidente” o “Mi lucha”- no los habría también guardado en su biblioteca?

          Luego, si San Martín, en sus cartas, en sus discursos, hubiese mencionado de forma adherente, aspectos de la ideología nazi, entonces podríamos concluir que era nazi.
          Ahora, ¿adonde están las menciones explicitas de San Martín sobre su supuesta adherencia a los aspectos más radicales del iluminismo masónico? Si me decís donde leer en una fuente primaria sobre ello, me callo la boca, ¡pero solo tiene indicios endebles!

          No es lo que leemos lo que nos define, sino lo que hacemos. Su argumento sobre la biblioteca no prueba nada.

          Quedan cuestiones por atender, pero esto se esta haciendo demasiado largo.

          Un cordial saludo.



    Anónimo
    30/03/2010 a las 2:15 pm

    Pequeña posdata
    Estimados, no quisiera irritar a los totalmente peninsulares en su ascendencia, pero hay más de un relato que lo hace bien criollo al general. Al igual que a Don Juan Manuel Ortiz de Las Rosas, se ha forzado una historia que omite cualquier origen local, que lo hace más aceptable a una enorme mayoría emigrada de Europa en tiempos recientes. Pero esto es discutible, sobre todo si hilamos en la genealogía «oral» de estos caballeros, que en el primer caso es dicho que descendía del ilustre Don Diego de Alvear y una índia guaraní, mientras que en el segundo podemos rastrear una larga prosapia americana por línea materna. Además, en el caso del Brigadier General, debemos recordar que su padre decía ser descendiente de los Duques de Normandía. Ambas eran identidades con un terrible mandato heredado, un «deber ser» que les quemaba como fuego, y que los llevó a realizar sacrificios incomparables para compensar la identidad heredada.

    En cuanto a la crisis de fe que ambos compartían, debemos recordar que la masónica y usurpadora monarquía borbónica de entonces había ordenado la destrucción del Reino de Indias, y la magna ofensa de expulsar a la Orden de Jesús. Esta última hasta el día de hoy no es perdonada en las antiguas familias argentinas, que adhirieron posteriormente a la masonería ó el izquierdismo revolucionario, por la memoria ya inconsciente de la vejación recibida. ¿Nadie se preguntó de dónde salieron los habitantes de las villas miseria? Si se molestan en preguntarles sus nombres y apellidos, verán que muchos de ellos son de familias que tuvieron numerosos conquistadores y adelantados (hasta parientes directos del Brigadier General… y tristemente legítimos, con conciencia de serlo!), pero que el centralismo borbónico relegó a la miseria desde hace siglos. Se olvidaron los méritos conquistados en la conquista más grande de todos los tiempos, y en su lugar se impuso un burocratismo decadente, en el que solo valía el acomodo peninsular. De allí que las revoluciones encontraron tantos aliados en estas tierras y hasta el día de hoy encuentran siempre quien se sume. Las heridas en el alma de un Reino, dividido y corrompido hasta sus entrañas, son las que más cuesta sanar.

    En mi humilde opinión, la única solución es un Catolicismo que retome la tradición Parusaica del SJ Manuel Lacunza y a su vez el espíritu de Cabeza de Vaca ó del propio Domingo Martinez de Irala, todos hombres que tuvieron numerosas sombras… pero la gloria de ser verdaderos heroes. De no terminar la batalla en la comodidad de la España autocomplaciente, sino en el horizonte interminable que es américa, la que aún está por ser… ¿Nadie se preguntó porqué no es mencionada nuestra tierra en ninguna profecía, ni en relato bíblico alguno? Dios tiene para nosotros un destino diferente al resto del mundo, que creo, puede llegar a estar presente en el Apocalipsis, o almenos eso dejaba traslucir el buen hermano Jesuita.

    AMDG +

    Crux Australis



      Anónimo
      31/03/2010 a las 1:01 am

      Pequeña posdata
      Con ánimo constructivo deseo señalar que el nombre completo de Don Juan Manuel de Rosas no era Juan Manuel Ortiz de Las Rosas sino Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas. Atentamente. Un descendiente.



      Anónimo
      31/03/2010 a las 6:14 am

      Apreciado Crux:
      La supuesta «ascendencia» india de San Martín es una falsedad sin ningún fundamento histórico, ni escrito, ni nada de nada. Lo reproducía en su chocheante vejez una hija de Carlos María de Alvear, más como un chiste que como una noticia o una verdad, y así pasó pa’lante. Alvear era un difamador profesional, agudo e inteligente.
      San Martín lo había echado del gobierno a tiros por masón, junto a su tío Posadas, en 1815 y Alvear no lo perdonó.
      Si consigue las Memorias del Gral. Tomás de Iriarte y logra liberarse del pesadísimo «estudio instroductorio» de Enrique de Gandía, que ocupa en cualquiera de los siete tomos más de la mitad del volúmen, conseguirá información de primerísima mano sobre este grave defecto suyo que Alvear sabía emplear para su beneficio.
      Lo cierto, y creo que hay varios historiadores que han despejado suficientemente el panorama, es que Diego de Alvear, según sus propias palabras (resulta que el hombre llevaba algo así como un diario escrito, que ha llegado hasta nosotros) estuvo residiendo alternativamente en Rio de Janeiro, Buenos Aires y la zonas de demarcación hasta 1781 , fecha esta que fue cuando pasó definitivamente al Virreinato del Rio de la Plata. Para esa época, los San Martín ya vivían en la Estancia Las Vacas, en Uruguay (donde habían estado viviendo varios años y donde habían nacido los tres primeros hermanos de José Francisco) o en Buenos Aires, y no residían más en Yapeyú.
      La madre de San Martín lo reconoció como propio en su testamento; y no solo eso, sino que lo elogió como el hijo que nunca le causó ningún trabajo. ¿Miente Alvear o la madre de San Martín….?
      De Alvear sabemos que utilizaba la mentira con frecuencia. El mismo Iriarte lo acusa de fraguar el parte de batalla de Ituzaingo, entre otras menos graves, con el sólo propósito de enaltercerse y ocultar los tremendos errores tácticos en la conducción de la batalla que, no obstante ganada, acarreó la muerte de muchísimos soldados argentinos, como el coronel francés Brandzen. Iriarte, como coronel jefe de la Artillería argentina, sabía lo que decía.
      De doña Gregoria Matorras no tenemos mala información, no existe nada que nos permita afirmar que falsea la verdad.
      De esta supuesta mentira, andando el tiempo, surgirán dos versiones más para acrecentar la difamación: Que San Martín tenia aspecto indígena, y que hablaba como español por haber vivido tanto tiempo fuera del país. Alberdi, Juan Bautista, al conocer al general en Francia ( http://es.wikisource.org/wiki/Entrevista_de_Alberdi_y_San_Mart%C3%ADn ) , desmiente categóricamente las dos falseades, afirmando que San Martín es simplemente un hombre moreno y que conserva el acento y entonación patrios a pesar de haber vivido tanto tiempo fuera de la Argentina. La entrevista está fechada en 1843.
      «Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos. … No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombre de América, coetáneos suyos »
      De paso, deshace una de las tantas infamias inventadas por Mary Graham en su «artículo», donde afirma que San Martín ha hablado solamente él, por espacio de varias horas, de la política, de lo que haría en el futuro, de lo grande que él es…. y todo esto lo hace con afectación, según refiere la sra. Graham (puntal eternamente referido por sus detractores).
      Alberdi dice que lo vió entrar «…con su sombrero en la mano, con la modestia y el apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente lo hallé del tipo que yo me había formado oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América!… Me llamó la atención su metal de su voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común. Al ver el modo de como se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así…. Rara vez o nunca habla de política -jamás trae a la conversación con personas indiferentes sus campañas de Sudamérica-; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares….»
      Casi todo, palabra por palabra, lo contrario de lo sostenido por la señora Mary Graham, una extraña, una mujer extranjera y viuda, por añadidura, ante quien San Martín habría hablado imparablemente durante horas sobre y de sí mismo … Esta señora, en su librito de memorias bien escrito y sospechosamente reeditado muchas veces en Chile, era formalmente la amante del pícaro ladron almirante Cocrhane, el mismo que huyera con los barcos de la flota y el tesoro del Ejército Libertador ¿Me siguen?
      A su vez, otro difamador profesional, el tal «historiador» Hugo Chumbita, sostiene la tesis del carácter mestizo de San Martín -lo cual, vamos, no es un agravio por sí mismo: sencillamente es una mentira- con palabras y suposiciones que desconocen las prubas mismas que alega. ¿No me creen? Lean esto que sigue y confróntenlo con lo que acabamos de transcribir del Dr. Alberdi.
      «…En un libro publicado al año siguiente, «El secreto de Yapeyú», expuse las evidencias sobre el origen mestizo del Libertador, concordantes con numerosas afirmaciones de testigos de la época como Alberdi, Olazábal, ….» (http://hugochumbita.com.ar/actualizaciones/el_otro_san__martin.doc) ¿Alberdi….? ¡Pero si acaba de decir que NO era mestizo….? Las otras citas son parecidas y el «estudio» es el «trabajo» de un cachafaz.
      En todo esto, es un hecho que existe en esta cuestión un interés ideológico EXPRESAMENTE declarado por la izquierda «americana», como puede leerse en la página de la «Central de Trabajadores dela Argentina», http://www.cta.org.ar/base/article6066.html , y también de parte de algún partido político local que buscaría por este medio, una mayor semejanza con su fundador. Chumbita no ha escrito en lugares propicios, sino en periódicos de escasa tirada y altísimo voltaje ideológico, motivo único de su inexplicable subsistencia. Él mismo jamás ha negado esta convenciencia ideológica.
      Estos son, en prieta síntesis, los «serios Trabajos» (masónicos) de los «historiadores» que se han dedicado a mancillar al general, a su madre, a su padre y a sus hermanos.
      Es cosa que debe saberse, que San Martín no solamente frecuentó a sus hermanos cuando vivió en Bélgica, sino que vivió con ellos muchos años y, probablemente, viviera permanentemente con la familia del Libertador su sobrina, hija de su hermana María Elena. Sin duda sus hermanos Manuel Tadeo y Justo Rufino vivieron con él en algún momento. De su restante hermano, Juan Fermín, sólo puedo decir que llegó a ser oficial de alta graduación en Filipinas y es probable que esté enterrado allí; fue el único hermano que tuvo descendientes varones y el primero en morir, en 1822.
      El último, fue el mayor de todos Manuel Tadeo, hombre de una vida aventurera increíble. Justo Rufino acompañó a Fernando VII en el motín de Aranjuez; más tarde, cuando el trienio liberal, siendo él lo que podríamos llamar un «liberal moderado», tuvo que exilarse en París, probablemente en casa de su hermano el Libertador de América….
      ESto solo quería comentarle.
      Cordialmente
      L. b-C.



Anónimo
05/06/2010 a las 10:40 pm

KARL MARX ESCRIBE PESTES SOBRE SIMON BOLIVAR
Marx, como Sarmiento, no quería que Iberoamérica fuera independiente de Inglaterra. Prefería que Inglaterra instalara cuanto antes en Iberoamérica el sistema de producción capitalista, para que aquí surgiese el proletariado que muy pronto liberaría a Iberoamérica del capitalismo… No hay nada como ser masón y materialista para pensar que la sangre criolla sirve sólo para abonar la tierra; he aquí la síntesis histórica de Karl Marx, que ignora displicentemente a San Martín … por algo habrá sido.
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Artículo de Carlos Marx: BOLÍVAR Y PONTE (1858)

BOLÍVAR Y PONTE, Simón, el «Libertador» de Colombia, nació el 24 de julio de 1783 en Caracas y murió en San Pedro, cerca de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Descendía de una de las familias mantuanas, que en la época de la dominación española constituían la nobleza criolla en Venezuela. Con arreglo a la costumbre de los americanos acaudalados de la época, se le envió Europa a la temprana edad de 14 años. De España pasó Francia y residió por espacio de algunos años en París. En 1802 se casó en Madrid y regresó a Venezuela, donde su esposa falleció repentinamente de fiebre amarilla. Luego de este suceso se trasladó por segunda vez a Europa y asistió en 1804 a la coronación de Napoleón como emperador, hallándose presente, asimismo, cuando Bonaparte se ciñó la corona de hierro de Lombardía. En 1809 volvió a su patria y, pese a las instancias de su primo José Félix Ribas, rehusó adherirse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810. Pero, con posterioridad a ese acontecimiento, aceptó la misión de ir a Londres para comprar armas y gestionar la protección del gobierno británico. El marqués de Wellesley, a la sazón ministro de relaciones exteriores, en apariencia le dio buena acogida. pero Bolívar no obtuvo más que la autorización de exportar armas abonándolas al contado y pagando fuertes derechos. A su regreso de Londres se retiró a la vida privada, nuevarnente, hasta que en setiembre de 1811 el general Miranda, por entonces comandante en jefe de las fuerzas rectas de mar y tierra, lo persuadió de que aceptara el rango de teniente coronel en el estado mayor y el mando de Puerto Cabello, la principal plaza fuerte de Venezuela.

Cuando los prisioneros de guerra españoles, que Miranda enviaba regularmente a Puerto Cabello para mantenerlos encerrados en la ciudadela, lograron atacar por sorpresa la guardia y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar, aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo ocurría ni a sus propias tropas, arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo. Cuando la guarnición se enteró de la huida de su comandante, abandonó en buen orden la plaza, a la que ocuparon de inmediato los españoles al mando de Monteverde. Este acontecimiento inclinó la balanza a favor de España y forzó a Miranda a suscribir, el 26 de julio de 1812, por encargo del congreso, el tratado de La Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio español.

El 30 de julio llegó Miranda a La Guaira, con la intención embarcarse en una nave inglesa. Mientras visitaba al coronel Manuel María Casas, comandante de la plaza, se encontró con un grupo numeroso, en el que se contaban don Miguel Peña y Simón Bolívar, que lo convencieron de que se quedara, por lo menos úna noche, en la residencia de Casas. A las dos de la madrugada, encontrándose Miranda profundamente dormido, Casas, Peña y Bolívar se introdujeron en su habitación con cuatro soldados armados, se apoderaron precavidamente de su espada y su pistola, lo despertaron y con rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera, tras lo cual lo engrillaron y entregaron a Monteverde. El jefe español lo remitió a Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de varios años de cautiverio. Ese acto, para cuya justificación se recurrió al pretexto de que Miranda había traicionado a su país con la capitulación de La Victoria, valió a Bolívar el especial favor de Monteverde, a tal punto que cuando el primero le solicitó su pasaporte, el jefe español declaró: «Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar, como recompensa al servicio prestado al rey de España con la entrega de Miranda».

Se autorizó así a Bolívar a que se embarcara con destino a Curazao, donde permaneció seis semanas. En cornpañía de su primo Ribas se trasladó luego a la pequeña república de Cartagena. Ya antes de su arribo habían huido a Cartagena gran cantidad de soldados, ex combatientes a las órdenes del general Miranda. Ribas les propuso emprender una expedición contra los españoles en Venezuela y reconocer a Bolívar como comandante en jefe. La primera propuesta recibió una acogida entusiasta; la segunda fue resistida, aunque finalmente accedieron, a condición de que Ribas fuera el lugarteniente de Bolívar. Manuel Rodríguez Torices, el presidente de la república de Cartagena, agregó a los 300 soldados así reclutados para Bolívar otros 500 hombres al mando de su primo Manuel Castillo. La expedición partió a comienzos de enero de 1813. Habiéndose producido rozamientos entre Bolívar y Castillo respecto a quién tenía el mando supremo, el segundo se retiró súbitamente con sus granaderos. Bolívar, por su parte, propuso seguir el ejemplo de Castillo y regresar a Cartagena, pero al final Ribas pudo persuadirlo de que al menos prosiguiera en su ruta hasta Bogotá, en donde a la sazón tenía su sede el Congreso de Nueva Granada. Fueron allí muy bien acogidos, se les apoyó de mil maneras y el congreso los ascendió al rango de generales.

Luego de dividir su pequeño ejército en dos columnas, marcharon por distintos caminos hacia Caracas. Cuanto más avanzaban, tanto más refuerzos recibían; los crueles excesos de los españoles hacían las veces, en todas partes, de reclutadores para el ejército independentista. La capacidad de resistencia de los españoles estaba quebrantada, de un lado porque las tres cuartas partes de su ejército se componían de nativos, que en cada encuentro se pasaban al enemigo; del otro debido a la cobardía de generales tales como Tízcar, Cajigal y Fierro, que a la menor oportunidad abandonaban a sus propias tropas. De tal suerte ocurrió que Santiago Mariño, un joven sin formación, logró expulsar de las provincias de Cumaná y Barcelona a los españoles, al mismo tiempo que Bolívar ganaba terreno en las provincias occidentales. La única resistencia seria la opusieron los españoles a la columna de Ribas, quien no obstante derrotó al general Monteverde en Los Taguanes y lo obligó a encerrarse en Puerto Cabello el resto de sus tropas.

Cuando el gobernador de Caracas, general Fierro, tuvo noticias de que se acercaba Bolívar, le envió parlamentarios para ofrecerle una capitulación, la que se firmó en La Victoria. Pero Fierro, invadido por un pánico repentino y sin aguardar el regreso de sus propios emisarios, huyó secretamente por la noche y dejó a más de 1.500 españoles librados a la merced del enemigo. A Bolívar se le tributó entonces una entrada apoteótica. De pie, en un carro de triunfo, al que arrastraban doce damiselas de unos trece años vestidas de blanco y ataviadas con los colores nacionales, elegidas todas ellas entre las mejores familias caraqueñas, Bolívar, la cabeza descubierta y agitando un bastoncillo en la mano, fue llevado en una media hora desde la entrada la ciudad hasta su residencia.

Se proclamó «Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de Venezuela» –Mariño había adoptado el título de «Dictador de las Provincias Orientales»–, creó la «Orden del Libertador», formó un cuerpo de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se rodeó de la pompa propia de una corte. Pero, como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento y su dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que arruinaban las finanzas públicas y luego recurrían a medios odiosos para reorganizarlas. De este modo el novel entusiasmo popular se transformó en descontento, y las dispersas fuerzas del enemigo dispusieron de tiempo para rehacerse. Mientras que a comienzos de agosto de 1813 Monteverde estaba encerrado en la fortaleza de Puerto Cabello y al ejército español sólo le quedaba una angosta faja de tierra en el noroeste de Venezuela, apenas tres meses después el Libertador había perdido su prestigio y Caracas se hallaba amenazada por la súbita aparición en sus cercanías de los españoles victoriosos, al mando de Boves. Para fortalecer su poder tambaleante Bolívar reunió, el 1de enero de 1814, una junta constituida por los vecinos caraqueños más influyentes y les manifestó que no deseaba soportar más tiempo el fardo de la dictadura. Hurtado de Mendoza, por su parte, fundamentó en un prolongado discurso «la necesidad de que el poder supremo se mantuviese en las manos del general Bolívar hasta que el Congreso de Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela unificarse bajo un solo gobierno». Se aprobó esta propuesta y, de tal modo, la dictadura recibió una sanción legal.

Durante algún tiempo se prosiguió la guerra contra los españoles, bajo la forma de escaramuzas, sin que ninguno de los contrincantes obtuviera ventajas decisivas. En junio de 1814 Boves, tras concentrar sus tropas, marchó de Calabozo hasta La Puerta, donde los dos dictadores, Bolívar y Mariño, habían combinado sus fuerzas. Boves las encontró allí y ordenó a sus unidades que las atacaran sin dilación. Tras una breve resistencia, Bolívar huyó a Caracas, mientras que Mariño se escabullía hacia Cumaná. Puerto Cabello y Valencia cayeron en las manos de Boves, que destacó dos columnas (una de ellas al mando del coronel González) rumbo a Caracas, por distintas rutas. Ribas intentó en vano contener el avance de González. Luego de la rendición de Caracas a este jefe, Bolívar evacuó a La Guaira, ordenó a los barcos surtos en el puerto que zarparan para Cumaná y se retiró con el resto de sus tropas hacia Barcelona. Tras la derrota que Boves infligió a los insurrectos en Arguita, el 8 de agosto de 1814, Bolívar abandonó furtivamente a sus tropas, esa misma noche, para dirigirse apresuradamente y por atajos hacia Cumaná, donde pese a las airadas protestas de Ribas se embarcó de inmediato en el «Bianchi», junto con Mariño y otros oficiales. Si Ribas, Páez y los demás generales hubieran seguido a los dictadores en su fuga, todo se habría perdido. Tratados como desertores a su arribo a la localidad de Juan Griego, isla Margarita, por el general Arismendi, quien les exigió que partieran, levaron anclas nuevamente hacia Carúpano, donde, habiéndolos recibido de manera análoga el coronel Bermúdez, se hicieron a la mar rumbo a Cartagena. Allí a fin de cohonestar su huida, publicaron una memoria de justificación, henchida de frases altisonantes.

Habiéndose sumado Bolívar a una conspiración para derrocar al gobierno de Cartagena, tuvo que abandonar esa pequeña república y seguir viaje hacia Tunja, donde etaba reunido el Congreso de la República Federal de Nueva Granada. La provincia de Cundinamarca, en ese entonces, estaba a la cabeza de las provincias independientes que se negaban a suscribir el acuerdo federal neogranadino, mientras que Quito, Pasto, Santa Marta y otras provincias todavía se hallaban en manos de los españoles. Bolívar, que llegó el 22 de noviembre de 1814 a Tunja, designado por el congreso comandante en jefe de las fuerzas armadas federales y recibió la doble misión de obligar al presidente de la provincia de Cundinamarca a reconociera la autoridad del congreso y de marchar luego sobre Santa Marta, el único puerto de mar fortificado granadino aún en manos de los españoles. No presentó dificultades el cumplimiento del primer cometido, puesto que Bogotá, la capital de la provincia desafecta, carecía de fortificaciones. Aunque la ciudad había capitulado, Bolívar permitió a sus soldados que durante 48 horas la saquearan.

En Santa Marta el general español Montalvo, disponía tan sólo de una débil guarnición de 200 hombres y de una plaza fuerte en pésimas condiciones defensivas, tenía apalabrado ya un barco francés para asegurar su propia huida; los vecinos, por su parte, enviaron un mensaje a Bolívar participándole que, no bien apareciera, abrirían las puertas de la ciudad y expulsarían a la guarnición. Pero en vez de marchar contra los españoles de Santa Marta, tal como se lo había ordenado el congreso, Bolívar se dejó arrastrar por su encono contra Castillo, el comandante de Cartagena, y actuando por su propia cuenta condujo sus tropas contra esta última ciudad, parte integral de la República Federal. Rechazado, acampó en Popa, un cerro situado aproximadamente a tiro de cañon de Cartagena. Por toda batería emplazó un pequeño cañón, contra una fortaleza artillada con unas 80 piezas. Pasó luego del asedio al bloqueo, que duró hasta comienzos de mayo, sin más resultado que la disminución de sus efectivos, por deserción o enfermedad, de 2.400 a 700 hombres. En el ínterin una gran expedición española comandada por el general Morillo y procedente de Cádiz había arribado a la isla Margarita, el 25 de marzo de 1815. Morillo destacó de inmediato poderosos refuerzos a Santa Marta y poco después sus fuerzas se adueñaron de Cartagena.

Previamente, empero, el 10 de mayo 1815, Bolívar se había embarcado con una docena de oficiales en un bergantín artillado, de bandera británica, rumbo a Jamaica. Una vez llegado a este punto de refugio publicó una nueva proclama, en la que se presentaba como la víctima de alguna facción o enemigo secreto y defendía su fuga ante los españoles como si se tratara una renuncia al mando, efectuada en aras de la paz pública.

Durante su estada de ocho meses en Kingston, los generales que había dejado en Venezuela y el general Arismendi en la isla Margarita presentaron una tenaz resistencia las armas españolas. Pero después que Ribas, a quién Bolívar debía su renombre, cayera fusilado por los españoles tras la toma de Maturín, ocupó su lugar un hombre de condiciones militares aun más relevantes. No pudiendo desempeñar, por su calidad de extranjero, un papel autónomo en la revolución sudamericana, este hombre decidió entrar al servicio de Bolívar. Se trataba de Luis Brion. Para prestar auxilios a los revolucionarios se había hecho a la mar en Londres, rumbo a Cartagena, con una corbeta de 24 cañones, equipada en gran parte a sus propias expensas y cargada con 14.000 fusiles y una gran cantidad de otros pertrechos. Habiendo llegado demasiado tarde y no pudiendo ser útil a los rebeldes, puso proa hacia Cayos, en Haití, adonde muchos emigrados patriotas habían huido tras la capitulación de Cartagena. Entretanto Bolívar se había trasladado también a Puerto Príncipe donde, a cambio de su promesa de liberar a los esclavos, el presidente haitiano Pétion le ofreció un cuantioso apoyo material para una nueva expedición contra los españoles de Venezuela.

En Los Cayos se encontró con Brion y los otros emigrados y en una junta general se propuso a sí mismo como jefe de la nueva expedición, bajo la condición de que, hasta la convocatoria de un cóngreso general, él reuniría en sus manos los poderes civil y militar. Habiendo aceptado la mayoría esa condición, los expedicionarios se hicieron a la mar el 16 de abril de 1816 con Bolívar como comandante y Brion en calidad de almirante. En Margarita, Bolívar logró ganar para su causa a Arismendi, el comandante de la isla, quien había rechazado a los españoles a tal punto que a éstos sólo les restaba un único punto de apoyo, Pampatar. Con la formal promesa de Bolívar de convocar un congreso nacional en Venezuela no bien se hubiera hecho dueño del país, Arismendi hizo reunir una junta en la catedral de Villa del Norte y proclamó públicamente a Bolívar jefe supremo de las repúblicas de Venezuela y Nueva Granada.

El 31 de mayo de 1816 desembarcó Bolívar en Carúpano, pero no se atrevió a impedir que Mariño y Piar se apartaran de él y efectuaran, por su propia cuenta, una campaña contra Cumaná. Debilitado por esta separación y siguiendo los consejos de Brion se hizo a la vela rumbo a Ocumare [de la Costa], adonde arribó el 3 de julio de 1816 con 13 barcos, de los cuales sólo 7 estaban artillados. Su ejército se componía tan sólo de 650 hombres, que aumentaron a 800 por el reclutamiento de negros, cuya liberación había proclamado. En Ocumare difundió un nuevo manifiesto, en el que prometía «exterminar a los tiranos» y «convocar al pueblo para que designe sus diputados al congreso. Al avanzar en dirección a Valencia, se topó, no lejos de Ocumare, con el general español Morales, a la cabeza de unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando los cazadores de Morales dispersaron la vanguardia de Bolívar, éste, según un testigo ocular, perdió «toda presencia de ánimo y sin pronunciar palabra, en un santiamén volvió grupas y huyó a rienda suelta hacia Ocumare, atravesó el pueblo a toda carrera, llegó a la bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un bote y subió a bordo del « Diana», dando orden a toda la escuadra de que lo siguiera a la pequeña isla de Bonaire y dejando a todos sus compañeros privados del menor auxilio».

Los reproches y exhortaciones de Brion lo indujeron a reunirse a los demás jefes en la costa de Cumaná; no obstante, como lo recibieron inamistosamente y Piar lo amenazó con someterlo a un consejo de guerra por deserción y cobardía, sin tardanza volvió a partir rumbo a Los Cayos. Tras meses y meses de esfuerzos, Brion logró finalmente persuadir a la mayoría de los jefes militares venezolanos -que sentían la necesidad de que hubiera un centro, aunque simplemente fuese nominal- de que llamaran una vez más a Bolívar como comandante en jefe, bajo la condición expresa de que convocaría al congreso y no se inmiscuiría en la administración civil. El 31 de diciembre de 1816 Bolívar arribó a Barcelona con las armas, municiones y pertrechos proporcionados por Pétion. El 2 de enero de 1817 se le sumó Arismendi, y el día 4 Bolívar proclamó la ley marcial y anunció que todos los poderes estaban en sus manos. Pero 5 días después Arismendi sufrió un descalabro en una emboscada que le tendieran los españoles, y el dictador huyó a Barcelona. Las tropas se concentraron nuevamente en esa localidad, adonde Brion le envió tanto armas como nuevos refuerzos, de tal suerte que pronto Bolívar dispuso de una nueva fuerza de 1.100 hombres. El 5 de abril los españoles tomaron la ciudad de Barcelona, y las tropas de los patriotas se replegaron hacia la Casa de la Misericordia, un edificio sito en las afueras. Por orden de Bolívar se cavaron algunas trincheras, pero de manera inapropiada para defender contra un ataque serio una guarnición de 1.000 hombres. Bolívar abandonó la posición en la noche del 5 de abril, tras comunicar al coronel Freites, en quien delegó el mando, que buscaría tropas de refresco y volvería a la brevedad. Freites, confiado en la promesa, rechazó un ofrecimiento de capitulación y después del asalto fue degollado por los españoles, al igual que toda la guarnición.

Piar, un hombre de color, originario de Curazao, concibió y puso en práctica la conquista de la Guayana, a cuyo efecto el almirante Brion lo apoyó con sus cañoneras. El 20 de julio, ya liberado de los españoles todo el territorio, Piar, Brion, Zea, Mariño, Arismendi y otros convocaron en Angostura un congreso de las provincias y pusieron al frente del Ejecutivo un triunvirato; Brion, que detestaba a Piar y se interesaba profundamente por Bolívar, ya que en el éxito del mismo había puesto en juego su gran fortuna personal, logró que se designase al último como miembro del triunvirato, pese a que no se hallaba presente.

Al enterarse de ello, Bolívar abandonó su refugio y se presentó en Angostura, donde, alentado por Brion, disolvió el congreso y el triunvirato y los remplazó por un «Consejo Supremo de la Nación», del que se nombró jefe, mientras que Brion y Francisco Antonio Zea quedaron al frente, el primero de la sección militar y el segundo de la sección política. Sin embargo Piar, el conquistador de Guayana, que otrora había amenazado con someter a Bolívar ante un consejo de guerra por deserción, no escatimaba sarcasmos contra el «Napoleón de las retiradas», y Bolívar aprobó por ello un plan para eliminarlo.

Bajo las falsas imputaciones de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo, Piar fue llevado ante un consejo de guerra presidido por Brion y, condenado a muerte, se le fusiló el 16 de octubre de 1817. Su muerte llenó a Mariño de pavor. Plenamente consciente de su propia insignificancia al hallarse privado del concurso de Piar, Mariño, en una carta abyectísima, calumnió públicamente a su amigo victimado, se dolió de su propia rivalidad con el Libertador y apeló a la inagotable magnanimidad de Bolívar.

La conquista de la Guayana por Piar había dado un vuelco total a la situación, en favor de los patriotas, pues esta provincia sola les proporcionaba más recursos que las otras siete provincias venezolanas juntas. De ahí que todo el mundo confiara en que la nueva campaña anunciada por Bolívar en una flamante proclama conduciría a la expulsión définitiva de los españoles. Ese primer boletín, según el cual unas pequeñas partidas españolas que forrajeaban al retirarse de Calabozo eran «ejércitos que huían ante núestras tropas victoriosas», no tenía por objetivo disipar tales esperanzas. Para hacer frente a 4.000 españoles, que Morillo aún no había podido concentrar, disponía Bolívar de más de 9.000 hombres, bien armados y equipados, abundantemente provistos con todo lo necesario para la guerra. No obstante, a fines de mayo de 1818 Bolívar había perdido unas doce batallas y todas las provincias situadas al norte del Orinoco. Como dispersaba sus fuerzas, numéricamente superiores, éstas siempre eran batidas por separado. Bolívar dejó la dirección de la guerra en manos de Páez y sus demás subordinados y se retiró a Angostura. A una defección seguía la otra, y todo parecía encaminarse a un descalabro total. En ese momento extremadamente crítico, una conjunción de sucesos afortunados modificó nuevamente el curso de las cosas. En Angostura Bolívar encontró a Santander, natural de Nueva Granada, quien le solicitó elementos para una invasión a ese territorio, ya que la población local estaba pronta para alzarse en masa contra los españoles.

Bolívar satisfizo hasta cierto punto esa petición, e ínterin llegó de Inglaterra una fuerte ayuda bajo la forma de hombres, buques y municiones, y oficiales ingleses, franceses, alemanes y polacos afluyeron de todas partes a Angostura.

Finalmente, el doctor [Juan] Germán Roscio, consternado por la estrella declinante de la revolución sudamericana, hizo su entrada en escena, logró el valimiento de Bolívar y lo indujo a convocar, para el 15 de febrero de 1819, un congreso nacional, cuya sola mención demostró ser suficientemente poderosa para poner en pie un nuevo ejército de aproximadamente 14.000 hombres, con lo cual Bolívar pudo pasar nuevamente a la ofensiva.

Los oficiales extranjeros le aconsejaron diera a entender que proyectaba un ataque contra Caracas para liberar a Venezuela del yugo español, induciendo así a Morillo a retirar sus fuerzas de Nueva Granada y concentrarlas para la defensa de aquel país, tras lo cual Bolívar debía volverse súbitamente hacia el oeste, unirse a las guerrillas de Santander y marchar sobre Bogotá. Para ejecutar ese plan, Bolívar salió el 24 de febrero de 1819 de Angostura, después de designar a Zea presidente del congreso y vicepresidente de la república durante su ausencia. Gracias a las maniobras de Páez, los revolucionarios batieron a Morillo y La Torre en Achaguas, y los habrían aniquilado completamente si Bolívar hubiese sumado sus tropas a las de Páez y Mariño. De todos modos, las victorias de Páez dieron por resultado la ocupación de la provincia de Barinas, quedando expedita así la ruta hacia Nueva Granada.

Como aquí todo estaba preparado por Santander, las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el destino de Nueva Granada merced a las victorias sucesivas alcanzadas el 1 y 23 de julio y el 7 de agosto en la provincia de Tunja. El 12 de agosto Bolívar entró triunfalmente a Bogotá, mientras que los españoles, contra los cuales se habían sublevado todas las provincias de Nueva Granada, se atrincheraban en la ciudad fortificada de Mompós.

Luego de dejar en funciones al congreso granadino y al general Santander como comandante en jefe Bolívar marchó hacia Pamplona, donde paso mas de dos meses en festejos y saraos. El 3 de noviembre llego a Mantecal, Venezuela, punto que había fijado a los jefes patriotas para que se le reunieran con sus tropas Con un tesoro de unos 2.000.000 de dólares, obtenidos de los habitantes de Nueva Granada mediante contribuciones forzosas, y disponiendo de una fuerza de aproximadamente 9.000 hombres, un tercio de los cuales eran ingleses, irlandeses, hanoverianos y otros extranjeros bien disciplinados, Bolívar debía hacer frente a un enemigo privado de toda clase de recursos, cuyos efectivos se reducían a 4.500 hombres, las dos terceras partes de los cuales, además, eran nativos y mal podían, por ende, inspirar confianza a los españoles. Habiéndose retirado Morillo de San Fernando de Apure en dirección a San Carlos, Bolívar lo persiguió hasta Calabozo, de modo que ambos estados mayores enemigos se encontraban apenas a dos días de marcha el uno del otro. Si Bolívar hubiese avanzado con resolución, sus solas tropas europeas habrían bastado para aniquilar a los españoles. Pero prefirió prolongar la guerra cinco años más.

En octubre de 1819 el congreso de Angostura había forzado a renunciar a Zea, designado por Bolívar, y elegido en su lugar a Arismendi. No bien recibió esta noticia, Bolívar marchó con su legión extranjera sobre Angostura, tomó desprevenido a Arismendi, cuya fuerza se reducia a 600 nativos, lo deportó a la isla Margarita e invistió nuevamente a Zea en su cargo y dignidades. El doctor Roscio, que había fascinado a Bolívar con las perspectivas de un poder central, lo persuadió de que proclamara a Nueva Granada y Venezuela como «República de Colombia», promulgase una constitución para el nuevo estado –redactada por Roscio– y permitiera la instalación de un congreso común para ambos países. El 20 de enero de 1820 Bolívar se encontraba de regreso en San Fernando de Apure. El súbito retiro de su legión extranjera, más temida por los españoles que un número diez veces mayor de colombianos, brindó a Morillo una nueva oportunidad de concentrar refuerzos. Por otra parte, la noticia de que una poderosa expedición a las órdenes de O’Donnell estaba a punto de partir de la Península, levantó los decaídos ánimos del partido español.

A pesar de que disponía de fuerzas holgadamente superiores, Bolívar se las arregló para no conseguir nada durante la campaña de 1820. Entretanto llegó de Europa la noticia de que la revolución en la isla de León había puesto violento fin a la programada expedición de O’Donnell. En Nueva Granada, 15 de las 22 provincias se habían adherido al gobierno de Colombia, y a los españoles sólo les restaban la fortaleza de Cartagena y el istmo de Panamá. En Venezuela, 6 de las 8 provincias se sometieron a las leyes colombianas. Tal era el estado de cosas cuando Bolívar se dejó seducir por Morillo y entró con él en tratativas que tuvieron por resultado, el 25 de noviembre de 1820, la concertación del convenio de Trujillo, por el que se establecía una tregua de seis meses. En el acuerdo de armisticio no figuraba una sola mención siquiera a la Republica de Colombia, pese a que el congreso había prohibido, a texto expreso, la conclusión de ningún acuerdo con el jefe español si éste no reconocía previamente la independencia de la república.

El 17 de diciembre, Morillo, ansioso de desempeñar un papel en España, se embarcó en Puerto Cabello y delegó el mando supremo en Miguel de Latorre; el 10 de marzo de 1821 Bolívar escribió a Latorre participándole que las hostilidades se reiniciarían al término de un plazo de 30 días. Los españoles ocupaban una sólida posición en Carabobo, una aldea situada aproximadamente a mitad de camino entre San Carlos y Valencia; pero en vez de reunir allí todas sus fuerzas, Latorre sólo había concentrado su primera división, 2.500 infantes y unos 1.500 jinetes, mientras que Bolívar disponía aproximadamente de 6.000 infantes, entre ellos la legión británica, integrada por 1.100 hombres, y 3.000 llaneros a caballo bajo el mando de Páez.

La posición del enemigo le pareció a Bolívar tan imponente que propuso a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea que, sin embargo, rechazaron sus subalternos. A la cabeza de una columna constituida fundamentalmente por la legión británica, Páez, siguiendo un atajo, envolvió el ala derecha del enemigo; ante la airosa ejecución de esa maniobra, Latorre fue el primero de los españoles en huir a rienda suelta, no deteniéndose hasta llegar a Puerto Cabello, donde se encerró con el resto de sus tropas. Un rápido avance del ejército victorioso hubiera producido, inevitablemente, la rendición de Puerto Cabello, pero Bolívar perdió su tiempo haciéndose homenajear en Valencia y Caracas.

El 21 de setiembre de 1821 la gran fortaleza de Cartagena capituló ante Santander. Los últimos hechos de armas en Venezuela –el combate naval de Maracaibo en agosto de 1823 y la forzada rendición de Puerto Cabello en julio de 1824– fueron ambos la obra de Padilla. La revolución en la isla de León, que volvió imposible la partida de la expediúión de O’Donnell, y el concurso de la legión británica, habían volcado, evidentemente, la situación a favor de los colombianos.

El Congreso de Colombia inauguró sus sesiones en enero de 1821 en Cúcuta; el 30 de agosto promulgó la nueva constitución y, habiendo amenazado Bolívar una vez mas con renunciar, prorrogó los plenos poderes del Libertador. Una vez que éste hubo firmado la nueva carta constitucional, el congreso lo autorizó a emprender la campaña de Quito (1822), adonde se habían retirado los españoles tras ser desalojados del istmo de Panamá por un levantamiento general de la población. Esta campaña, que finalizó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, se efectuó bajo la dirección nominal de Bolívar y el general Sucre, pero los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al coronel Sands.

Durante las campañas contra los españoles en el Bajo y el Alto Peru –1823-1824– Bolívar ya no consideró necesario representar el papel de comandante en jefe, sino que delegó en el general Sucre la conducción de la cosa militar y restringio sus actividades a las entradas triunfales, los manifiestos y la proclamación de constituciones. Mediante su guardia de corps colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo simulacro de renuncia, Bolívar se aseguró la reelección como presidente de Colombia. Mientras tanto su posición se había fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo estado por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de Bolivia.

En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del Code Napoleón. Proyectaba trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú. Como presidente y libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado la cúspide de su gloria.

Pero en Colombia había surgido un serio antagonismo entre los centralistas, o bolivistas, y los federalistas, denominación esta última bajo la cual los enemigos de la anarquía militar se habían asociado a los rivales militares de Bolívar. Cuando el Congreso de Colombia, a instancias de Bolívar, formuló una acusación contra Páez, vicepresidente de Venezuela, el último respondió con una revuelta abierta, la que contaba secretamente con el apoyo y aliento del propio Bolívar; éste, en efecto, necesitaba sublevaciones como pretexto para abolir la constitución y reimplantar la dictadura. A su regreso del Perú, Bolívar trajo además de su guardia de corps 1.800 soldados peruanos, presuntamente para combatir a los federalistas alzados. Pero al encontrarse con Páez en Puerto Cabello no sólo lo confirmó como máxima autoridad en Venezuela, no sólo proclamó la amnistía para los rebeldes, sino que tomó partido abiertamente por ellos y vituperó a los defensores de la constitución; el decreto del 23 de noviembre de 1826, promulgado en Bogotá, le concedió poderes dictatoriales.

En el año 1826, cuando su poder comenzaba a declinar, logro reunir un congreso en Panamá, con el objeto aparente de aprobar un nuevo código democrático internacional. Llegaron plenipotenciarios de Colombia, Brasil, el Plata, Bolivia, México, Guatemala, etc. La intención real de Bolívar era unificar a toda América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo.

Mientras daba así amplio vuelo a sus sueños de ligar medio mundo a su nombre, el poder efectivo se le escurría rápidamente de las manos. Las tropas colombianas destacadas en el Perú, al tener noticia de los preparativos que efectuaba Bolívar para introducir el Código Boliviano, desencadenaron una violenta insurrección. Los pruanos eligieron al general Lamar presidente de su república, ayudaron a los bolivianos a expulsar del país las tropas colombianas y emprendieron incluso una victoriosa guerra contra Colombia, finalizada por un tratado que redujo a este país a sus límites primitivos, estableció la igualdad de ambos países y separó las deudas públicas de uno y otro.

La Convención de Ocaña, convocada por Bolívar para reformar la constitución de modo que su poder no encontrara trabas, se inauguró el 2 de marzo de 1828 con la lectura de un mensaje cuidadosamente redactado, en el que se realzaba la necesidad de otorgar nuevos poderes al ejecutivo. Habiéndose evidenciado, sin embargo, que el proyecto de reforma constitucional diferiría esencialmente del previsto en un principio, los amigos de Bolívar abandonaron la convención dejándola sin quórum, con lo cual las actividades de la asamblea tocaron a su fin.

Bolívar, desde una casa de campo situada a algunas millas de Ocaña, publicó un nuevo manifiesto en el que pretendía estar irritado con los pasos dados por sus partidarios, pero al mismo tiempo atacaba al congreso, exhortaba a las provincias a que adoptaran medidas extraordinarias y se declaraba dispuesto a tomar sobre sí la carga del poder si ésta recaía en sus hombros. Bajo la presión de sus bayonetas, cabildos abiertos reunidos en Caracas, Cartagena y Bogotá, adonde se había trasladado Bolívar, lo invisteron nuevamente con los poderes dictatoriales.

Una intentona de asesinarlo en su propio dormitorio en Bogotá, de la cual se salvó sólo porque saltó de un balcón en plena noche y permaneció agazapado bajo un puente, le permitió ejercer durante algún tiempo una especie de terror militar. Bolívar, sin embargo, se guardó de poner la mano sobre Santander, pese a que éste había participado en la conjura, mientras que hizo matar al general Padilla, cuya culpabilidad no había sido demostrada en absoluto, pero que por ser hombre de color no podía ofrecer resistencia alguna.

En 1829, la encarnizada lucha de las facciones desgarraba a la república y Bolívar, en un nuevo llamado a la ciudadanía, la exhortó a expresar sin cortapisas sus deseos en lo tocante a posibles modificaciones de la constitución. Como respuesta a ese manifiesto, una asamblea de notables reunida en Caracas le reprochó públicamente su ambiciones, puso al descubierto las deficiencias de gobierno, proclamó la separación de Venezuela con respecto a Colombia y colocó al frente de la primera al general Páez. El Senado de Colombia respaldó a Bolivar, pero nuevas insurrecciones estallaron en diversos lugares. Tra haber dimitido por quinta vez, en enero de 1830 Bolívar aceptó de nuevo la presidencia y abandonó a Bogotá para guerrear contra Páez en nombre del congreso colombiano.

A fines de marzo de 1830 avanzó a la cabeza de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se había sublevado, y se dirigió hacia la provincia de Maracaibo, donde Páez lo esperaba con 12.000 hombres en una fuerte posición. No bien Bolívar se enteró de que Páez proyectaba combatir seriamente, flaqueó su valor. Por un instante, incluso, pensó someterse a Páez y pronunciarse contra el congreso. Pero decreció el ascendiente de sus partidarios en ese cuerpo y Bolívar se vio obligado a presentar su dimision ya que se le dio a entender que esta vez tendría que atenerse a su palabra y que, a condición de que se retirara al extranjero, se le concedería una pensión anual. El 27 de abril de 1830, por consiguiente, presentó su renuncia ante el congreso.

Con la esperanza, sin embargo, de recuperar el poder gracias a la influencia de sus adeptos, y debido a que se había iniciado un movimiento de reacción contra Joaquín Mosquera, el nuevo presidente de Colombia, Bolívar fue postergando su partida de Bogotá y se las ingenió para prolongar su estada en San Pedro hasta fines de 1830, momento en que falleció repentinamente.

Ducoudray-Holstein nos ha dejado de Bolívar el siguiente retrato: «Simón Bolívar mide cinco pies y cuatro pulgadas de estatura, su rostro es enjunto, de mejilla hundidas, y su tez pardusca y lívida; los ojos, ni grandes ni pequeños, se hunden profundamente en las órbitas; su cabello es ralo. El bigote le da un aspecto sombrío y feroz, particularmente cuando se irrita. Todo su cuerpo es flaco y descarnado. Su aspecto es el de un hombre de 65 años. Al caminar agita incesantemente los brazos. No puede andar mucho a pie y se fatiga pronto. Le agrada tenderse o sentarse en la hamaca. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano, es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado beau monde, posee un talento casi asiatico para el disimulo y conoce mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas.»

Por un decreto del Congreso de Nueva Granada los restos mortales de Bolívar fueron trasladados en 1842 a Caracas, donde se erigió un monumento a su memoria.

Véase: Histoire de Bolivar par Gén. Ducoudray-Holstein, continuée jusqu’á sa mort par Alphonse Viollet (Paris, 1831); Memoirs of Gen. John Miller (in the service of the Republic of Peru; Col. Hippisley’s Account of his Journey to the Orinoco (London, 1819).

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Artículo publicado en el tomo III de The New American Cyclopedia. Escrito en enero de 1858. Apareció en la edición alemana de MEW, t. XIV, pp. 217-231. http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/58-boliv.htm.



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