Panorama Católico

¿Qué es lo que Sabemos?

“Según san Pablo, Dios somete a prueba a todos los que adopta y recibe como hijos” Meister Eckhart

” ¿Qué son un curso de historia o filosofía o poesía por muy selecto que fuere, o la mejor sociedad o el hábito más admirable de vida, comparados con la disciplina de mirar siempre a lo que ha de ser visto?”
Henry D. Thoreau

“En la disciplina humana, el esfuerzo de hacer el trabajo precede a la alegría de captar la verdad”
San Agustín (Contra Fausto 22, 52)

“Según san Pablo, Dios somete a prueba a todos los que adopta y recibe como hijos” Meister Eckhart

” ¿Qué son un curso de historia o filosofía o poesía por muy selecto que fuere, o la mejor sociedad o el hábito más admirable de vida, comparados con la disciplina de mirar siempre a lo que ha de ser visto?”
Henry D. Thoreau

“En la disciplina humana, el esfuerzo de hacer el trabajo precede a la alegría de captar la verdad”
San Agustín (Contra Fausto 22, 52)

“Oh alma mía, estáte preparada para la venida del Forastero,
estáte preparada para aquel que sabe hacer preguntas”
T. S. Eliot (La Piedra)

Es cosa del común el pensar que Dios nos pone a prueba solamente cuando nos aprieta, nos zamarrea, nos manda contrariedades o enfermedades, que siempre recibimos con desgano, por no decir rabiados. Es cierto, Dios nos quiere de esa manera, es decir, nos corrige y “mantiene cortitos” porque no quiere que nos desboquemos. El sabe mejor que nosotros del mal que somos capaces de hacer. Pero hay pruebas que a veces son más difíciles de sortear, ya porque, maravillosas, alegres, benéficas, nos contentamos con dar las gracias sin reconocerlas como tal, o, en todo caso, ya no reconocemos este pretendido y generalizado bien, sino como su contrario. Sea como sea, no vemos en esto la prueba, o no sabemos que esto también constituye una prueba, y no sólo los males del mundo y la biología que se nos vienen encima. Entonces, cuidado, porque después no sabemos qué hacer con ello.

Una película puede ser un obstáculo o un estímulo a nuestra fe. Una película puede ser un indicio, pero, ¿cómo determinar eso? Una película puede ser una gracia, y también una prueba. Nos corresponde a nosotros el deber de, con la ayuda divina que nos otorgue el buen discernimiento a partir de nuestro deseo de la verdad, atravesar victoriosamente esta prueba. Pobre de nosotros si, con el acostumbrado desdén del que subestima el arte, nos quedamos con un “solo es una película”, y seguimos, “lo más campantes”, con el corazón encerrado y reseco a toda influencia vital, atiborrado de piedad a la mano, “prestigiosa” e inocua, es decir, comodona, sin pensar lo que es en sí, lo que puede en nosotros y lo que podemos hacer en nuestras vidas para reconciliarnos, sí, a partir de una película.

Debemos aclarar, en primer lugar, que tanto usar un criterio equivocado para analizar este film, como su visión teñida de recelosos prejuicios culturales o ideológicos, harán derrapar casi de inmediato del mismo, al que se preste a ello, quedando lejos del recogimiento y la penetración que el film nos demanda, por no decir que, si no se entra de lleno desde el comienzo, el corazón se quedará perplejo, probablemente esgrimiendo razones convincentes para sí mismos que ya se cargaban en la mochila de antemano.

“Sin duda alguna el cine -dice Alberto Tricárico- ha logrado convertirse en sus primeros cien años de vida en una de las formas de arte más populares y representativas de nuestro tiempo. Aún así, algunos de sus detractores pretenden seguir viendo en él sólo una forma de entretenimiento para luego terminar reconociendo ciertas cualidades “artísticas” pero únicamente en aquel cine que lamentablemente sigue arrastrando el lastre literario-teatral-pictórico que han querido endosarle desde siempre. Nacido y pensado como mera curiosidad científica, como una continuación mejorada de la fotografía, el cine ha luchado cíclicamente contra este estigma, esta marca cainita que dificulta su comprensión. Ha querido leerse el cine según las claves &#8211…siempre deficientes- del relato literario, la representación teatral o, en el peor de los casos, la reducción semiológica evitando, en la mayoría de los casos por pereza intelectual o simple incapacidad, un acercamiento más directo, desprovisto de muletillas culturales”.

Para aquellos que autocomplacientes se aletargan en el lugar común de subestimar al cine como un pasatiempo o mero arte que se declara tal mediante la verborrea declamatoria libresca cuyo ser se justifica por la herencia cultural que se ostenta (cuya sede sería, claro, la vieja Europa), pero que no osan buscar más allá de la fábula, en la forma o puesta en escena &#8211…es decir, el ritual por el que se disponen los elementos que construyen las relaciones y dotan de sentido y significación visual que trasciende la simple anécdota-, para ellos bien vale lo que dijera Heráclito: “No encontrarás nunca la verdad si no estás dispuesto a aceptar también aquello que no esperabas” (claro que aquél debió aplicársela a sí mismo, para que la verdad no se le escapara como agua de entre las manos, pero ese es otro tema). “Nuestra comprensión y valoración de un film &#8211…dice V. F. Perkins- dependerá en gran medida del esfuerzo por comprender la naturaleza de las relaciones creadas y evaluar su calidad. Andamos errados si nos creemos que un film es más sutil o profundo que otro porque sus puntos de referencia típicos incluyan elementos procedentes de la filosofía de Hegel o de la poesía de Goethe, en lugar de las convenciones en el vestir o la moda automovilística. La sutileza, complejidad o inteligencia de un film no la hallaremos entre sus significados inherentes. Dichas cualidades pueden verse en su organización… no deben reclamarse en las unidades aisladas (ni achacar a éstas su ingenuidad, tosquedad o trivialidad)” (El lenguaje del cine).

Nos apuramos a decir que, entre los tantos detractores que tiene esta película, los hay de la más variada estirpe, de los que luego nos iremos ocupando. Pero es evidente que los que más nos interesan son no los imbéciles o los ladinos siempre vociferantes, sino los que, cercanos a nosotros, aún algunos dentro de la tradición católica, se muestran horrorizados o descontentos. Con respecto a los que, ante su indiferencia frente al film, habiéndose alejado de la Iglesia, no reniegan de la misma ni de su fe abiertamente, mas permanecen atareados con las cosas del mundo, nos recuerdan esta sentencia de San Buenaventura: “Verdad es que Dios derrama sus dones sobre todas las criaturas, pero sólo a los que viven piadosamente les comunica el conocimiento de la verdad” (sentencia que nos apremia a cada instante a vivir en tal estado). El abandono progresivo (y progresista) de la fe, deviene en oscurecimiento de la capacidad de intelección y discernimiento, como así también en la esterilidad y falta de creatividad. Una fe también puede perderse o anquilosarse aún con profusión de sacramentos, por tomar sólo los símbolos y vaciarlos de la verdad interior, la Verdad de Dios. A nuestros hermanos más cercanos, aquellos que piadosamente obedecen la tradición de la Iglesia no entregada al mundo, pero que, sin embargo, se espantan y rechazan esta película (que los hay), contra lo que decía el santo, habría en todo caso que conocer mejor esa clase de piedad, e intentar comprender su postura. Es lo que vamos a intentar hacer a continuación, para seguir pensando en este film inagotable. Pero no debe olvidarse que el cine, cuando es cine, no sólo afirma, sino que también nos plantea preguntas, que cada uno de nosotros en particular debemos responder. Principalmente, el cine (que, como afirma Angel Faretta, “es un ajuste de cuentas con el Renacimiento y el Romanticismo”, y con el Modernismo también), nos viene a enrostrar esta pregunta: ¿Qué es lo que sabemos? ¿Qué es lo que sabemos de nosotros mismos? ¿Qué del dolor, qué de la vida, qué de la Pasión? ¿Cómo vemos las cosas, cómo conocemos? ¿Qué sabemos del cine? ¿Examinamos humildemente el propio entendimiento, a la luz de la fe?

LO QUE SE MUESTRA

“Yo le mostraré cuánto habrá de padecer por mi Nombre”
Hech. IX, 16

“Luego de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? Conociendo Jesús que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: ¿Esto os escandaliza? Pues ¿qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí donde estaba antes?”
Jn 6, 60-62

“Y cuando llegó el “tiempo”, lo mataron del modo más torpe, bullanguero, escandaloso, desbaratado y disparatado que puede imaginarse… aunque también (y en eso sí no les falló el instinto) del modo más horriblemente cruel”
R. P. Castellani (Cristo y los fariseos)

“El hombre moderno no quiere solamente oír, él quiere ver. ¿Queda algo todavía para mostrarle?”
A. D. Sertillanges, O. P. (Los grandes temas de la vida cristiana)

Cristo no debe ser mostrado así.

Esto es lo que sostienen los que objetan y rechazan este film. No encontrando nada que rechazar por contradecir a la enseñanza tradicional y a la teología católica, nada por modernista o fomento de herejías, centran su airado desdén en la representación en sí, por considerarla impiadosa, irrespetuosa, extremadamente violenta y sangrienta. Sostienen que este modo de mostrar el Via Crucis es indecoroso, por lo cual Nuestro Señor no muestra o manifiesta su dignidad. Mucho nos tememos que en este caso se está usando un buen criterio en un lugar equivocado. Luego veremos qué razón puede haber para esta especie de ceguera. Otro ardid es ponerse verosimilistas, como arqueólogos que fruncen el ceño ante un detalle que no condice con su saber científico. Son los que esperan ver un documental, y desde tal ajeno lugar, peroratan.

Ahora bien, ¿es de mal gusto mostrar esa lapidación, ese castigo a tal extremo? Respondemos: si no se tratara de Dios mismo en la persona de Cristo o un mártir que portara a Cristo en su persona, sí. (Y no hablamos del tratamiento visual del artista, sino del hecho de esa mostración). Pero se trata de entender y de sentir, a nuestra manera, lo que nuestro Redentor sufrió y aceptó por nosotros, por cada uno de nosotros. Si soslayamos esto, todo el film sería una estafa.

Cierta vez, el Padre Castellani hablaba de esta manera acerca de la talla de un Crucifijo: “Lo ha clavado como un animal en un palo horroroso: ha querido representar solamente la atrocidad de la muerte, la rota y el derrumbe. Las piernas están entrelazadas de puro espasmo, los brazos son como picanas, la piel gruesa se ha arrugado al contacto de los clavos como un hipopótamo, los huesos de la osamenta dinumerados uno a uno… no sólo ya no es Dios, pero no es ni siquiera hombre… es el Gusano, el Gran Verme de Isaías. Sí… tenía razón Podestá del todo… éste aquí no es Dios… y si lo ha sido, nadie jamás va a querer creerlo más. Pero por lo menos en medio de su torsión tiene esto de religioso, este palo sincero: que puede servir para agarrarlo al rey de los apóstatas, el dulzón, almibarado, llorón, maricón, degenerado y literatuso Ernesto Renán, y sacudirle por la cabeza este Cristo lamentable, más cierto que el suyo”. (Sobre una muestra de escultura sacra, Nueva crítica literaria). Nuestros hermanos en la fe, a no dudarlo, suscribirían “de pe a pa” estos dichos de Castellani. Y nosotros también, pero aplicado a una escultura. Ellos olvidan que esta referencia se aplica a una talla, algo fijo en el espacio, que debe abarcar sin un desarrollo temporal todo el dolor humano y la grandeza de Dios, Dios y Hombre que vence en la derrota. Pero el cine es imágenes en movimiento, sonidos y música, narración, un arte con recursos y estructura narrativa propia y autónoma. Si el film de Mel Gibson acabara no ya sin la resurrección, y sin siquiera la manifestación tremenda que sacude todo el Universo al morir Nuestro Señor, y si el director no hubiera interpolado magistralmente en diversos flash-backs la predicación, infancia, última cena de Jesucristo, en perfecta simetría con los momentos de la Pasión del Salvador, si nada de esto se hubiese mostrado para quedarse solamente con los padecimientos y la muerte en la Cruz, entonces los detractores tendrían razón. Pero lo que ocurre a continuación le da sentido a todo lo que antecede, y eso es manifestación de Dios. Ya no hay dudas. El problema está en aceptar o no (creer o no) que Nuestro Señor sufrió como un hombre, como ningún otro hombre. Si esto lo aceptamos, si aceptamos que siendo Dios aceptó todo el tormento por nosotros, ¿cuál es el inconveniente en verlo representado, siendo que estamos llamados a cargar nuestra propia cruz y seguirlo?

Otro argumento para el repudio (nunca faltan) es que “los Evangelios no lo cuentan así”, o “el factor sangre es mínimo”. Si nos limitáramos a transcribir los Evangelios por el “cómo” lo dice textualmente, sería un sinsentido, tan absurdo como que, simplemente, plantáramos la cámara y filmáramos a una persona leyendo los Evangelios. Pero los Evangelios dicen “lo flagelaron”, ¿y qué se piensan nuestros amigos que esto significaba? ¿Qué imaginan? ¿Piensan acaso que porque estos tormentos y padecimientos no los describieron en detalle, no existieron? ¿A quién se le ocurre que esto pudiera cuajar en ese estilo en que los Evangelios fueron redactados, siendo además que en principio esas verdades se enseñaron y predicaron oralmente, resultando luego los Evangelios un resumen escrito de la predicación apostólica?

Es de destacar que muchos de estos “críticos” insisten y se quedan solamente con los golpes y la sangre, obviando la resurrección en gloria de Nuestro Señor, que, no por ser breve, deja de ser efectiva en su presencia e impresión sobre nosotros, tal vez justamente por el hallazgo de su resolución.

Volviendo a la Pasión de Cristo, en sus meditaciones según San Mateo, Santo Tomás abunda en referencias a, entre otros textos del Antiguo Testamento y los profetas, Isaías.

“Is. 53,7: fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca”. Y luego el Aquinate: “Y a Jesús después de azotarlo se los entregó para que lo crucificaran. Y ¿por qué lo flagelaron? Jerónimo responde que era costumbre entre los romanos que quien era condenado a muerte, fuese primero flagelado. Y esto también se expresa en Jn 19,1 diciendo que el mismo Pilato le flageló, por eso se cumple lo que se anuncia en Sal 37,10: Yo estoy preparado para los azotes. Algunos dice que lo flageló para moverlos a compasión, para que así, viéndolo flagelado, lo perdonaran”. Bien puede decirse que Mel Gibson nos entrega esta flagelación representada para movernos a compasión, a compunción, a comprensión y penitencia, y aún con todo, consuelo y fortaleza para animarnos.

Otro pasaje de Santo Tomás: “Por el hecho que es desnudado de sus propios vestidos y vestido con ropa ajena, los herejes son refutados, pues ellos dijeron que Él no era verdadero hombre. Este manto puede significar la carne de Cristo enrojecida con su propia sangre, tal como se lee en Is. 53,5: El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. O puede significar la sangre de los mártires, que lavaron sus mantos en la sangre del Cordero. O también el pecado de los gentiles”. Luego refiere este otro pasaje, Is 50, 6-7: “Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado”. ¿Acaso esta otra afrenta, que algunos consideran menor a los latigazos, no debería haber sido omitida, para no mostrar una imagen indigna, como parecen querer los ofendidos por esta película? Habría que leer nuevamente todas estas profecías, y recordar que Nuestro Señor quiso sufrir esto. En Lc. 24, 25-27, Cristo les explica a los discípulos de Emaús: “Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en la gloria? Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras”.

Y si aún algunos insisten, vaya a saber a santo de qué, con que “es cierto que Cristo padeció, pero no tanto”, modulando palabras como macabro o escabroso para calificar al film, les recordamos que “la aversión a la santidad se materializa en la persecución y cacería del santo. Tal es el drama de la Vida y de la Pasión de Jesucristo” (Castellani). Si tantas atrocidades se cometieron contra innumerables mártires y santos, ¿qué no había de padecer Jesucristo, que, encima, cargaba sobre sus espaldas con todos y cada uno de los pecados del pasado, el presente y el futuro de todos nosotros?

El Padre Castellani dice algo más acerca del castigo recibido por Jesús: “Los azotes a Jesús fueron crueles: Él estaba ya agotado. Hay una visión de Santa Brígida donde dice que Cristo recibió “5000 y tantos azotes”. No parece creíble, porque los Romanos tenían una ley prohibiendo dar más de 40 azotes… porque se le morían allí mismo los reos de otro modo (&#8230…) Pero si Santa Brígida quiso decir que 40 azotes con correas de cuero armadas de cápsulas de plomo y uñas de hierro equivalían a 5000 rebencazos comunes, allí dijo verdad. (&#8230…) Cristo sufrió en su Pasión más que ningún hombre en este mundo. Su sensibilidad exquisita y la suma exagerada de torturas a que fue sometido hicieron que ahora ningún mortal pueda decirle: “Yo estoy sufriendo lo que tú no tienes idea” (El rosal de Nuestra Señora).

Fray Secundino Martín O.P., en relación a la pintura, suscribe algo muy característico de una mentalidad que reconoce con justeza que en tales representaciones hay un equilibrio muy difícil de conseguir, pero son palabras que algunos proferirán equivocadamente en relación no a una pintura, sino a un film: “Dice un refrán que a mal Cristo mucha sangre… y es certísimo que la falta de genio lleva a los malos imagineros a esas espantosas visiones de cristos chorreando sangre de la cabeza a los pies y cubiertos de heridas purulentas e inverosímiles”. El cine es impresión de la realidad, no pintura, y no puede representar la Pasión sino como debió haber sido, a fuer de faltar a la verdad, ¿o le pediremos al cruel verdugo que se ponga delicadito y suave para no molestar a estos señores tan impresionables, siendo que tienen al demonio detrás, destilando un odio purulento en esos hombres de por sí extremadamente crueles y salvajes, pues se trata de torturadores? Si queremos entenderlo en términos cinematográficos, la realidad le tiende un puente y formula lo que Hitchcock sabía definir: “Cuanto mejor es el malo, mejor es el film”. Mejor en el sentido de su verdadera representación. El Bien, la Verdad, la Vida, no podía sino tener aquella clase de antagonistas. (A propósito de esto, véase el grabado del belga Víctor Delhez “La coronación de espinas”, que ilustra la portada de “Cristo y los fariseos” de Castellani. Allí, el elenco farisaico en plena befa y escarnio a Jesús, con la cabeza gacha, sometido y dejando hacer, muestra ese antagonismo absoluto entre humildad y soberbia, dulzura y crueldad, belleza y fealdad, ese contraste que está tan bien mostrado en este film).

Castellani considera a Doré pueril al lado de las ilustraciones de Delhez del Nuevo Testamento &#8211…como pueriles son a la enésima potencia muchas de las anteriores versiones cinematográficas de la Pasión si las medimos con esta que ahora nos ocupa-. Señala muy bien a la fuerza como la característica de este dibujante, a la vez que menciona que este artista &#8211…y acá la relación con el film es válida- hace hablar al conjunto, “dándole un ambiente psíquico, un tono emocional y una especie de vibración afectiva que lo vivifica todo” (El arte sacro de Víctor Dhelez). Luego aclara que siendo esas imágenes artísticas y ortodoxas, son más bien raras y no lo que se suele decir devotas, algunas al menos. Acá corresponde apartarnos en cuanto a la relación con el film… Mel Gibson nos conduce &#8211…mediante los recursos propios de este arte- a un acercamiento íntimo con Cristo y los otros personajes, nos implica emocionalmente, dejando su marca, su visión personal artística sin diferir del “qué” de los Evangelios. Esa intervención que, lejos de la reverencia temerosa de otros directores de cine, temerosa por no decir incrédula, significa en este caso el coraje de sumergirse completamente en la Pasión. De alguna manera, podría decirse que lo que Mel Gibson hace es lo que Martín Fierro llamaría un “cantar opinando”, si se me permite la comparación, pero en el sentido de que acá el director sabe que ese “opinando”, ese no ser simplemente un narrar la historia, y que en realidad, claro no es opinión sino Verdad, ese cantar intencionado, eso está inscripto en la misma historia, y para ser fiel a ella y todo lo que contiene, es que emplea esta, su forma que es verdadera. De lo contrario estaría traicionando la historia. Pero también, claro, el director no deja de tener en cuenta que este film tiene espectadores, no se olvida de para quién la realiza, para un hombre determinado que él siente está necesitado de tal forma. Cuando en su articulo Castellani define a Delhez como artista actual o moderno (no modernista) y lo vincula con la poesía, dice que ella, la poesía “es reflejamente ontológica… no ya una mera expresión, la cual supone un previo conocer, sino un obscuro intento de conocer elaborándose juntamente, en causalidad recíproca, con la expresión. Adrede puse arriba, pues comentario y no ilustración para el pueblo creyente, más o menos bonita, agradable o bella, como las acuarelas de William Hole, este robusto y tormentoso trabajo de Delhez. El artista con él proyecta el Evangelio sobre la vida de hoy y su propia vida, filosofa con la punta experta del cuchillo sobre la tabla de cedro o arce, investiga su personal cristianismo. No solamente dice lo que él sabe, sino ansiosamente eviscera lo que él siente, y por tanto también lo que él es, anímicamente. Porque en el fondo secreto de lo que sentimos, sabed que allí yace lo que individual y específicamente somos”. En su marca determinada en el film, está la autoconciencia del director, que conoce las versiones anteriores y las supera con paso de gigante, pero también está su forma de llevar la fe. “El estilo no es el hombre, el estilo es la idea”, decía Eugenio d&#8217…Ors, pero es la idea dicha por el hombre, ese tal hombre a partir de su propia experiencia del conocer. Es vivir la verdad y transmitirla.

Hay una oración de San Alfonso María de Ligorio, rezada al finalizar el Via Crucis, que resume admirablemente lo que paso a paso y fielmente va mostrando la película de Mel Gibson:

“Señor mío Jesucristo, que para redimir al mundo de la esclavitud del demonio, quisiste nacer entre nosotros mortal y pasible, ser circuncidado, reprobado de los judíos y entregado por Judas con ósculo sacrílego, ser preso y, como inocente cordero que llevan al matadero, ser presentado ignominiosamente en los tribunales de Anás, Caifás, Pilatos y Herodes… ser acusado por testigos falsos, azotado crudelísimamente, coronado de espinas, herido con bofetadas, golpeado con una caña, escupido y cubierto de oprobios, despojado de tus vestidos, crucificado, levantado en la Cruz entre dos ladrones, abrevado con hiel y herido con una lanza, por esas tus amargas penas que yo, aunque indigno pecador, voy meditando, y por tu Pasión y Muerte, líbrame de los tormentos del infierno y dígnate llevarme a donde llevaste a aquel dichoso ladrón, que fue crucificado contigo, ¡Oh Jesús mío! Que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén”.

” ¡Duras son estas palabras! ¿Quién podrá aceptarlas?” (Jn 6,60) ¿Acaso duras son estas imágenes, que no pueden ser aceptadas? Y si esto los escandaliza, ¿cómo estar preparado a esa perspectiva siempre presente que el cristiano tiene ante sí, esto es, la del martirio, que, a no dudarlo, se aproxima? Allí donde este film mete el dedo en la llaga, allí donde más golpea, es donde ha provocado los rechazos más airados o camuflados pero evidentes, pues, como dice muy bien Castellani, “al fariseísmo sólo lo puede desafiar el mártir”. ¿Y qué es un mártir? El hombre que sufre esto libremente por amor a Cristo. Acaso podría decirnos: “Vean ustedes, cobardes y pueriles, tibios que disputan por necedades y se quejan por naderías. Vean y aprendan lo que es un Hombre, lo que el hombre debe estar dispuesto a atravesar para ser llamado hombre”.

“Y a estos hombres podridos de sensualidad vienen los apóstoles a predicar la humildad, la castidad, la mortificación” (P. Hillaire).

Busquemos ahora entender cómo algunos, en el seno mismo de la Iglesia, pueden llegar a engañarse. No se trata aquí de juzgarlos, desde luego, sino de entender cómo juzgan o pueden llegar a hacerlo. La primera impresión es que ese rechazo visceral ante la visión de Cristo atravesando su Pasión, proviene de un celo amoroso tal, que les impide aceptar que Cristo padeció así, tal vez porque ven sólo al hombre y no ven a Dios, refulgente, soberano, incólume ante el dolor. O porque debió ser un dolor “más ordenado”, menos sangriento. Esta negación está basada en una idea tal de dignidad y realeza de Nuestro Señor que no se condice con la imagen de un hombre deshecho ( ¿cómo creerán que se ve un hombre luego de haber sido golpeado y flagelado brutalmente?). En sus cabezas no entra que Dios mismo pueda ser arrastrado por el piso y pateado vilmente como una nada por los soldados romanos, pero sí que pueda ser atrozmente crucificado. Si lo pensamos bien, ¿no es el escándalo que sintieron los judíos? Si el puritanismo es la convención, ¿no se trataría acá de un puritanismo en el imaginario? “He aquí un artista en medio de una sociedad puritana. El arte es la libertad, el “juego” de la inteligencia. El puritanismo es la convención, la podredumbre del corazón bajo el antifaz de fórmulas morales y devotas” (Castellani, Cristo y los fariseos). Esto que dice Castellani referido a Oscar Wilde puede, claro, aplicarse a Cristo, que hace nuevas todas las cosas. Y si lo asentamos, no es como juicio sino como advertencia, para que este film nos ilumine verdaderamente el entendimiento y llegue a nuestro corazón. Sigue Castellani:”No penséis que eso se ha acabado: la moral puritana en Inglaterra, la moral jansenista en Francia, la moral de Kant y la moral laica, fueron (y son) morales cerradas… y eso existe también entre católicos… existen gentes de moral cerrada, cuyas normas tiran más a lo correcto, a lo irreprochable, a los convencionalismos incluso, que a la caridad y a la verdad. O sea, es la Moral de la Ley, que decía San Pablo, no la moral de la pureza de corazón y la caridad” (Domingueras prédicas II, Epifanía).

Otra lectura muy interesante encontramos en Cesare Pavese, en un artículo titulado “Leer”, y que puede aplicarse en muchos casos ante quien se enfrenta a la visión de una película desde un lugar previsiblemente estrecho, y por lo tanto difícil de persuadir. Dice: “Hay un obstáculo al leer &#8211…y es siempre el mismo, en cualquier campo de la vida-: la demasiada seguridad en sí mismo, la falta de humildad, el rechazo del prójimo, del que es distinto. Siempre nos hiere el inaudito descubrimiento de que alguien ha visto, no mucho más lejos que nosotros, pero sí de un modo distinto. Estamos hechos de tristes costumbres. Nos gusta asombrarnos, como los niños, pero no demasiado. Cuando el estupor nos obliga a salir realmente de nosotros mismos, a perder el equilibrio para encontrar otro, quizá más arriesgado, entonces fruncimos la boca, pataleamos, verdaderamente nos volvemos niños. Pero de éstos nos falta la virginidad que es inocencia. Nosotros tenemos ideas, tenemos gustos, ya hemos leído libros: poseemos algo, y como todos los poseedores, tememos por ese algo”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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