Panorama Católico

¿Qué será de Europa sin Cristo?

Finalmente se impuso la nueva constitución de la Unión Europea sin ninguna referencia a sus raíces cristianas como lo había pedido la Iglesia Católica por la voz del Sumo Pontífice. Se trata de un acto de testarudez así como de irracionalidad y, en definitiva, una victoria del espíritu totalitario y relativista que campea &#8211…cada vez con más intensidad y con renovados ímpetus- por la cultura del viejo continente.

Escribe Víctor Eduardo Ordoñez

Claro que si se prefiere una óptica apocalíptica podemos remitirnos a Vladimir Soloviev (el “Newman ruso”, como lo calificara Juan Pablo) quien hacia fines del siglo XIX había profetizado que una Europa unida pero vaciada engendraría, aun después de haber derrotado a un ejército asiático que la había invadido, al Anticristo. No sabemos si se llegó tan lejos ahora (siempre resultará difícil determinar si estamos en los últimos tiempos según los textos de San Juan) pero el hecho es que la vieja patria europea se encuentra integrada pero herética y hundida en su autonegación.

Decimos que es irracional porque desconoce (o, mejor, oculta) precisamente la raigambre cristiana de Europa que es decir de Occidente. Que está integrado desde hace 500 años por América… y, aunque sin detenernos mayormente no obstante su extraordinaria importancia en este aspecto, señalemos que el centro sobreviviente de lo que fue el Occidente prerenacentista sigue siendo Iberoamérica, lo cual nos está marcando a los países de este lado del Atlántico. un destino y una función.

Volviendo al problema de esta Europa que se niega a reconocerse cristiana por procedencia y por vocación “connatural” según sus orígenes concretos, tal pretensión significa sencillamente que se niega lo que es cierto y evidente: que la Europa abatida por las invasiones bárbaras y por la caída del imperio romano -una Europa inimaginable hoy aun para los historiadores- fue reconstruida y resurgió de sus cenizas y tinieblas por la acción del cristianismo no solo como religión y como ética sino como cultura en la amplia acepción. Sin un San Agustín que la pensó políticamente, sin un San Benito que le propuso el modelo de hombre que habría de convertirse en un paradigma universal, el de la libertad armonizada con el deber, sin un San Ambrosio reivindicando la dignidad de la naturaleza humana, sin un San Isidoro rescatando los fueros de la ciencia desinteresada, sin un San Bernardo describiendo una mística que tendrá vigencia plena por lo menos hasta el siglo XVII, la Europa que se pensó (y nos pensó) como Reino de Dios en la tierra no existiría y nunca hubiera sido.

Ese pasado riquísimo, ese pretérito inmortal -que completa y sobrepasa la grandeza clásica- es abominado hoy y arrojado por la borda por una mentalidad economicista e inmanentista que se recoge en lo peor del paganismo que para nada fue previsto por los fundadores de la Europa de posguerra como Adenauer y De Gásperi. Ahora bien, ¿éste es un paganismo redivivo, un neopaganismo o un pospaganismo? He aquí otra cuestión trascendental que no estamos en modo alguno en condiciones de resolver pero que se presenta acuciante como ninguna otra y esencial no sólo para Europa sino para todos aquellos que nos consideramos e identificamos como occidentales.

En su nueva integración Europa planea incorporar a Turquía, más por consideraciones económicas, geográficas y geomilitares que de índole espiritual, impensable y sin lugar en su actual estructura. Por supuesto los responsables de la UE no se detendrán en atender que el nuevo socio que está a sus puertas y que no disimula su interés por ingresar a un espacio altamente industrializado sea un estado laico aunque de sustento islámico. Esta no es una problemática que siquiera le deba ser planteada a estos dirigentes de una cultura decadente, puesto que el mundo mahometano sigue siendo para sus analistas y aun para sus estudiosos un enigma que, en el fondo, no les preocupa. Pero ¿qué pasaría si un día Turquía, célebre por su ferocidad, decidiera, quizá mediante un giro revolucionario como el de Kemal Ataturk a comienzos del siglo XX, pero inverso, tornar al radicalismo islámico? ¿Estará en aptitud esta descristianizada Europa de oponer algo más que sus energías físicas frente a un universo decididamente religioso como el que parece estar diseñándose en estos momentos en Irak, Afganistán y otras naciones, defender sus acotados valores naturalistas (los derechos humanos, la democracia, el capitalismo, la libertad de mercado), podrá siquiera comprender por lo que lucharía ante un enemigo que sí lo sabe y que está dispuesto a llevar sus principios hasta sus últimas consecuencias, esto es la propia muerte? Nos viene a la memoria las palabras tan valientes como sinceras de Ramiro de Maeztu que dirigiéndose a los sicarios republicanos que lo habrían de fusilar les gritó: ” ¡Vosotros no sabeis porque me matais pero yo sé porque muero!” Muy pocos europeos del siglo XXI podrán repetir ese testamento de un hombre profundamente religioso.

La decadencia europea ahora aparece disimulada por el estallido de prosperidad y por el goce antinatural de la libertad más total, porque cree vivir la culminación de aquellos principios que se empezaron a forjar en el Humanismo y que se nuclearon sobrecogedoramente en la Revolución Francesa. Pero el disfrute sin medida y como fin en sí mismo y la libertad sin ética ni contenido (excepto la autonomía con respecto a Dios) así como una concepción vital sin más allá, son limitaciones y bajezas y hasta contradicciones que ninguna cultura puede tolerar sin aniquilarse en el propio vacío.

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