Panorama Católico

Queridos amigos (3) Entre miserias humanas y realidades eternas…

Las particulares situaciones personales que he vivido en las últimas semanas, y de las cuales he participado a nuestros lectores me permiten cavilar algunas reflexiones, y deseo compartirlas en tono casi confidencial.

Escribe Marcelo González

Las particulares situaciones personales que he vivido en las últimas semanas, y de las cuales he participado a nuestros lectores me permiten cavilar algunas reflexiones, y deseo compartirlas en tono casi confidencial.

Escribe Marcelo González

 

Las miserias del cuerpo [hoy, Miércoles de Cenizas, “Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás”], cuerpo castigado por las consecuencias del pecado original se manifiestan del modo más crudo con las enfermedades. En particular, cuando la decrepitud del cuerpo contrasta con el brío del espíritu.

La infirmitas de la carne se ve y se palpa al mover un cuerpo lacerado para darle un alivio efímero. Se siente en el aliento agitado y en los ojos que piden “no me dejen, quédense conmigo: es un trance demasiado difícil de afrontar sin la ayuda de otros”.

Aquel pudor de los primeros tiempos, la humillación de verse desvalido, el tener que confiar a terceros el manejo del cuerpo, aún en aquellas cosas en las que nos independizamos desde la niñez temprana… va cediendo. Ya se acepta mansamente. Se vuelve a ser niño. “Si no os hacéis como niños…”

Dividida por las consecuencias del Concilio Vaticano II, parte de mi familia hoy se goza en una agonía cristiana y edificante. Y otra parte se pregunta, desde el tímido rescoldo de su fe adormecida, ¿qué sentido tiene este sufrimiento? Es un dolor ajeno que anticipa el propio dolor y el propio destino. Resulta repulsivo, incomprensible.

Esta pregunta de algún modo se eleva como una queja a Dios; a modo de holocausto no grato, emana un humo gris que mortifica los ojos de quien la pronuncia bajo el signo de un paradójico contrasentido: no se puede dejar de sufrir, y se sufre más aún cuando no se entiende el sentido trascendente del sufrimiento.

Nada más lejos de mí que el deseo de emitir un juicio o una censura. Dios lo sabe. Es una simple comprobación empírica de lo que ya sabía por la doctrina y la experiencia más lejana.

Pero Dios nos regala, cada tanto, estos consuelos sensibles, aunque nunca antes de haberlos profesado áridamente durante años con los ojos ciegos de la fe.  Hoy siento con sensibilidad humana a flor de piel el valor del sufrimiento, veo el misterio de la Caridad que une a las tres Iglesias casi como puedo ver los árboles del jardín. Lo veo colorido y agradable, grato y atrativo.

Y no puedo dejar de percibir el escándalo que esto produce entre los que no tienen Fe o la tienen de un modo demasiado humano.

No crea nadie que esta es la confidencia de una persona insensible al dolor, ni mucho menos al de los seres queridos, como es humano y natural. Como tampoco lo son esos miembros de la familia que han permanecido, por la gracia de Dios, en el espíritu que siempre animó a los cristianos ante el dolor y la muerte: la Esperanza de merecer y alcanzar los bienes celestiales.

Solo que quien esto escribe ha podido gustar muy tímidamente ese misterio de gozo del sufrimiento del que hablan los santos.

Ni crean los lectores que estoy bajo la ilusión de un estado pseudomístico. Tan poco proclive he sido en lo personal durante toda mi vida al misticismo fácil, que me sorprendo al escribir estas líneas para publicar.

Sin embargo, es la realidad: Dios ha querido abrir un hilo de luz en la ceguera propia de la Fe, una luz que nos ilumina por encima de nuestra capacidad de comprensión. Ya no solo creo con obstinación, sino que algunas cosas las he dejado de creer, porque las veo.

Por eso me aflige el laberinto en el que están encerrados quienes, encuentran en el mismo trance un argumento no solo para no ver, sino para descreer. Un argumento de cuya sinceridad no puedo dudar. Pero que tropieza con la inmanencia sentimental, estranguladora de toda vida espiritual.

Sean cuales fueren las miserias humanas y los pecados, este privilegio está al alcance de cualquier pecador con fe, aunque parece resulta inalcanzable al hombre de fe mustia, que apenas mantiene rescoldos de fe sobrenatural trascendente.

Percibo allí casi en la punta de los dedos los efectos de otra enfermedad peor que el cáncer, porque no carcome el cuerpo sino el espíritu.

Es el modernismo que San Pío X condenó con tan preclara lucidez hace más de 100 años. Sin embargo no es un modernismo militante y con convicciones. No se manifiesta en forma de teoría, de concepción escrituraria o de arqueologismo litúrgico, ni como ideología de la indiferencia religiosa ni como negación del reinado social; ni como distinción entre el “Cristo de la fe y el Cristo de la historia”. Se manifiesta en la forma que ha sido más venenosa para el simple fiel: como inmanencia sensible, como desesperanza de los bienes eternos, como religiosidad intraterrenal.

Después de tantos años de pelear contra la teoría modernista me enfrento con sus efectos en el hombre de a pie, cercano y querido: en ese sector de la familia que no logra entender el valor del sufrimiento, y se queja a Dios como si todo tuviera un fin en esta tierra. Se queja a un dios de esta tierra, de este mundo. A un dios inmanente. Y sin embargo se queja todavía a Dios. Es un laberinto. Y de los laberintos se sale por arriba, hacia arriba. Pero se debe querer salir…

Hoy por hoy entiendo también mucho más cabalmente lo que es el estado de necesidad.

¡La Fe infusa en el bautismo es tan tan difícil de arrancar de raíz…! Pero es posible. Dios nos conceda la gracia de una pronta restauración de la Iglesia, porque millones de almas están en peligro de muerte espiritual.

Durante un descanso en la vigilia, Miércoles de Cenizas de 2009

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *