Panorama Católico

Radiomensaje de Navidad de Su Santidad PÍO XII

Las últimas, profundas, lapidarias, fundamentales normas
de la sociedad no pueden ser violadas por obra del ingenio humano; se podrán
negar, ignorar, despreciar, quebrantar, pero nunca se podrán abrogar con
eficacia jurídica. Es cierto que, con el correr del tiempo, cambian las
condiciones de vida; pero nunca se da un vacío absoluto ni una perfecta
discontinuidad entre el derecho de ayer y el de hoy, entre la desaparición de
antiguos poderes y constituciones y el surgir de nuevos ordenamientos. De todas
maneras, en cualquier cambio o transformación, el fin de toda vida social
permanece idéntico, sagrado y obligatorio: el desarrollo de los valores
personales del hombre como imagen de Dios; y permanece la obligación de todo
miembro de la familia humana de realizar sus inmutables fines, sea el que sea el
legislador y la autoridad a quien obedece. Subsiste, pues, siempre y no cesa por
oposición alguna su inalienable derecho, que ha de ser reconocido por amigos y
enemigos, a un ordenamiento y a una práctica jurídica que sientan y comprendan
su esencial deber de servir al bien común.

 

Las últimas, profundas, lapidarias, fundamentales normas
de la sociedad no pueden ser violadas por obra del ingenio humano; se podrán
negar, ignorar, despreciar, quebrantar, pero nunca se podrán abrogar con
eficacia jurídica. Es cierto que, con el correr del tiempo, cambian las
condiciones de vida; pero nunca se da un vacío absoluto ni una perfecta
discontinuidad entre el derecho de ayer y el de hoy, entre la desaparición de
antiguos poderes y constituciones y el surgir de nuevos ordenamientos. De todas
maneras, en cualquier cambio o transformación, el fin de toda vida social
permanece idéntico, sagrado y obligatorio: el desarrollo de los valores
personales del hombre como imagen de Dios; y permanece la obligación de todo
miembro de la familia humana de realizar sus inmutables fines, sea el que sea el
legislador y la autoridad a quien obedece. Subsiste, pues, siempre y no cesa por
oposición alguna su inalienable derecho, que ha de ser reconocido por amigos y
enemigos, a un ordenamiento y a una práctica jurídica que sientan y comprendan
su esencial deber de servir al bien común.

 

RADIOMENSAJE DE NAVIDAD DE SU SANTIDAD PÍO XII

24 diciembre de 1942

 

La santa Navidad y la humanidad atormentada

1. Con siempre nuevo frescor de alegría y de piedad, amados
hijos de todo el mundo, cada año, al retornar la santa Navidad, resuena desde
el pesebre de Belén hasta el oído de los cristianos, reproduciéndose dulcemente
en sus corazones, el mensaje de Jesús, luz en medio de las tinieblas; un mensaje
que ilumina con el esplendor de verdades celestiales un mundo obscurecido por
trágicos errores, infunde alegría exuberante y confiada a una humanidad
angustiada por profunda y amarga tristeza, proclama la libertad de los hijos de
Adán, aherrojados con las cadenas del pecado y de la culpa; promete misericordia,
amor y paz a la infinita muchedumbre de los que sufren y de los atribulados, que
ven desaparecida su felicidad y rotas sus energías por el huracán de la lucha y
de odios en estos nuestros días borrascosos.

2. Y las sagradas campanas que anuncian este mensaje por todos
los continentes, no sólo recuerdan el don divino otorgado a la humanidad en el
alba de la edad cristiana, sino que anuncian y proclaman también una consoladora
realidad presente, realidad tan eternamente joven como siempre viva y vivificante:
la realidad de la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este
mundo
(Jn 1, 9), y que no conoce ocaso. El Verbo eterno, camino, verdad y vida, al
nacer en la estrechez de una cueva y al realzar de esta manera y santificar la
pobreza, daba así principio a su misión docente, salvadora y redentora del
género humano, y pronunciaba y consagraba una palabra que aun hoy día es palabra
de vida eterna, capaz de resolver los problemas más atormentadores, no
resueltos e insolubles para quien pretenda resol-verlos con criterios o medios
efímeros y puramente humanos; problemas que se presentan sangrantes, exigiendo
imperiosamente una respuesta, al pensamiento y al sentimiento de una humanidad
amargada y exacerbada.

3. El lema misereor super turbam (Mc 8.2) es para Nos una
consigna sagrada, inviolable, válida y apremiante en todos los tiempos y en
todas las vicisitudes humanas, como era la divisa de Jesús; y la Iglesia se negaría
a sí misma, dejando de ser madre, si se hiciera sorda ante el grito angustioso y
filial que todas las clases de la humanidad hacen llegar a sus oídos. La Iglesia
no pretende tomar partido por una u otra de las formas particulares y concretas
con que los varios pueblos y Estados tienden a resolver los gigantescos
problemas de orden interior y de colaboración internacional, siempre que
respeten la ley divina; pero, por otra parte, la Iglesia, columna y
fundamento de la verdad
(1Tim 3,15) y guardiana, por voluntad de Dios y por misión de
Cristo, del orden natural y sobrenatural, no puede renunciar a proclamar ante
sus hijos y ante el mundo entero las normas fundamentales e inquebrantables,
salvándolas de toda tergiversación, oscuridad, impureza, falsa interpretación y
error; tanto más cuanto que de su observancia, y no simplemente del esfuerzo de
una voluntad noble e intrépida, depende la estabilidad definitiva de todo orden
nuevo, nacional e internacional, invocado con tan ardiente anhelo por todos los
pueblos. Pueblos cuyas dotes de valor y de sacrificio conocemos, así como
también sus angustias y dolores, y a todos los cuales, sin excepción alguna, en
esta hora de indecibles pruebas y luchas, nos sentimos unidos por un amor
profundo, imparcial e imperturbable y por el ansia inmensa de hacerles llegar
todo el alivio y el socorro que de alguna manera esté a nuestro alcance.

Relaciones internacionales y orden interno de las naciones

4.
Nuestro último mensaje navideño
exponía los principios, inspirados en el pensamiento cristiano, para establecer
un orden de convivencia y colaboración internacional conforme a las normas
divinas. Hoy Nos queremos ocuparnos, seguros del asentimiento y del interés de
todos los hombres honrados, con particular cuidado y con igual imparcialidad, de
las normas fundamentales del orden interior de los Estados y de los pueblos. Las
relaciones internacionales y el orden interno están íntimamente unidos, porque
el equilibrio y la armonía entre las naciones dependen del equilibrio interno y
de la madurez interior de cada uno de los Estados en el campo material, social e
intelectual. Ni es posibles realizar un sólido e imperturbado frente de paz en
el exterior sin un frente de paz en el interior que inspire confianza. Por
consiguiente, únicamente la aspiración hacia una paz integral en los dos campos
será capaz de liberar a los pueblos de la cruel amenaza de la guerra, de
disminuir o superar gradualmente las causas materiales y psicológicas de nuevos
desequilibrios y convulsiones.

Doble elemento de la paz en la vida social

5. Toda convivencia social digna de este nombre, así como tiene
su origen en la voluntad de paz, así tiende también a la paz; a aquella
tranquila convivencia en el orden en la que Santo Tomás, repitiendo la conocida
frase de San Agustín (Summa Theologica 2-2 q. 29 a. I ad I; San
Agustín, De civitate Dei XIX 13, 1), ve la esencia de la paz. Dos elementos primordiales
rigen, pues, la vida social: la convivencia en el orden, la convivencia en la
tranquilidad.

I. CONVIVENCIA EN EL ORDEN

6. El orden, base de la vida social de los hombres, es decir,
de seres intelectuales y morales, que tienden a realizar un fin conforme a su
naturaleza, no es una mera yuxtaposición extrínseca de partes numéricamente
distintas; es más bien, y debe ser, la tendencia y la realización cada vez más
perfecta de una unidad interior, que no excluye las diferencias, fundadas en la
realidad y sancionadas por la voluntad del Creador o por normas sobrenaturales.

7. Una clara inteligencia de los fundamentos genuinos de toda
vida social tiene una importancia capital hoy más que nunca, cuando la
humanidad, intoxicada por la virulencia de errores y extravíos sociales,
atormentada por la fiebre de la discordia de ambiciones, doctrinas e ideales, se
debate angustiosamente en el desorden por ella misma creado y se resiente de
los efectos de la fuerza destructora de ideas sociales erróneas, que olvidan las
normas de Dios o son contrarias a éstas. Y como el desorden no puede ser
vencido sino por un orden que no sea meramente forzado y ficticio (lo mismo que
la obscuridad, con sus pavorosos y deprimentes efectos, no puede ser disipada
sino por la luz, y no por fuegos fatuos), la salvación, la renovación y una
progresiva mejora no pueden esperarse y originarse si no es a través del retorno
de numerosos e influyentes grupos humanos a la recta ordenación social; retorno
que requiere una extraordinaria gracia de Dios y una voluntad inquebrantable,
pronta y presta al sacrificio, de las almas buenas y previsoras. Desde estos
grupos más influyentes y más dispuestos para comprender y considerar la
atractiva belleza de las justas normas sociales, pasará y entrará después en las
multitudes la convicción del origen verdadero, divino y espiritual, de la vida
social, allanando de esta suerte el camino al resurgimiento, al incremento y a
la consolidación de aquellos principios morales sin los cuales aun las
realidades más altas serán como una nueva Babel, cuyos habitantes, aunque
convivan juntos, hablan lenguas diversas y contradictorias.

Dios, causa primera y fundamento último de la vida individual y
social

8. De la vida individual y social hay que ascender hasta Dios,
causa primera y fundamento último, como Creador de la primera sociedad conyugal,
fuente de la sociedad familiar, de la sociedad de los pueblos y de las naciones.
Reflejando, aunque imperfectamente, a su Ejemplar, Dios uno y trino, que con el
misterio de la encarnación redimió y ensalzó a la naturaleza humana, la vida
social en su ideal y en su fin posee, a la luz de la razón y de la revelación,
una autoridad moral y un carácter absoluto, que se hallan por encima del cambiar
de los tiempos, y una fuerza de atracción que, lejos de quedar aniquilada o
mermada por desilusiones, errores, fracasos, mueve irresistiblemente a los
espíritus más nobles y fieles al Señor para comenzar de nuevo, con renovada
energía, con nuevos conocimientos, con nuevos estudios, medios y métodos, lo que
en vano se había intentado en otros tiempos y en otras circunstancias.

Desarrollo y perfeccionamiento de la persona humana

9. Origen y fin esencial de la vida social ha de ser la
conservación, el desarrollo y el perfeccionamiento de la persona humana,
ayudándola a poner en práctica rectamente las normas y valores de la religión y
de la cultura, señaladas por el Creador a cada hombre y a toda la humanidad, ya
en su conjunto, ya en sus naturales ramificaciones.

10. Una doctrina o construcción social que niegue esa interna y
esencial conexión con Dios de todo cuanto se refiere al hombre, o prescinda de
ella, sigue un falso camino, y, mientras construye con una mano, prepara con la
otra los medios que tarde o temprano pondrán en peligro y destruirán su obra. Y
cuando, desconociendo el respeto debido a la persona y a su propia vida, no le
concede puesto alguno en sus ordenamientos, en la actividad legislativa y
ejecutiva, en vez de servir a la sociedad, le daña; lejos de promover y
fomentar el pensamiento social y de realizar sus ideales y esperanzas, le quita
todo valor intrínseco, sirviéndose de él como de una frase utilitaria, que
encuentra resuelta y franca oposición en grupos cada vez más numerosos.

11. Si la vida social exige de por sí unidad interior, no
excluye, sin embargo, las diferencias causadas por la realidad y la naturaleza.
Pero, cuando se mantiene fiel a Dios, supremo regulador de todo cuanto al hombre
se refiere, tanto las semejanzas como las diferencias de los hombres encuentran
su lugar adecuado en el orden absoluto del ser, de los valores y, por
consiguiente, también de la moralidad. Si, por el contrario, se sacude aquel
fundamento, ábrese entre los diversos campos de la cultura una peligrosa
discontinuidad, aparece una incertidumbre y variabilidad en los contornos,
límites y valores tan grande que sólo meros factores externos, y con frecuencia
ciegos instintos, vienen a determinar más tarde, según la tendencia dominante
del momento, a quién habrá de pertenecer el predominio de una de las dos
orientaciones.

12. A la dañosa economía de los pasados decenios, durante los
cuales toda vida social quedó subordinada al estímulo del interés, sucede ahora
una concepción no menos perjudicial, que, al mismo tiempo que lo considera todo
y a todos en el aspecto político, excluye toda consideración ética y religiosa.
Confusión y extravío fatales, saturados de consecuencias imprevisibles para la
vida social, la cual nunca está más próxima a la pérdida de sus más nobles
prerrogativas que cuando se hace la ilusión de poder re-negar u olvidar
impunemente la eterna fuente de su dignidad: Dios.

13. La razón, iluminada por la fe, asigna a cada persona y a
cada sociedad particular en la organización social un puesto determinado y
digno, y sabe, para hablar sólo del más importante, que toda actividad del
Estado, política y económica, está sometida a la realización permanente del bien
común; es decir, de aquellas condiciones externas que son necesarias al
conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de sus cualidades y de sus
oficios, de su vida material, intelectual y religiosa, en cuanto, por una parte,
las fuerzas y las energías de la familia y de otros organismos a los cuales
corresponde una natural precedencia no bastan, y, por otra, la voluntad
salvífica de Dios no haya determinado en la Iglesia otra sociedad universal al
servicio de la persona humana y de la realización de sus fines religiosos.

14. En una concepción social impregnada y sancionada por el
pensamiento religioso, la laboriosidad de la economía y de todos los demás
campos de la cultura representa una universal y nobilísima fragua de actividad,
riquísima en su variedad, coherente en su armonía, en la que la igualdad
intelectual y la diferencia funcional de los hombres consiguen su derecho y
tienen adecuada expresión; en caso contrario, se deprime el trabajo y se rebaja
al obrero.

El ordenamiento jurídico de la sociedad y sus fines

15. Para que la vida social, según Dios la quiere, obtenga su
fin, es esencial un ordenamiento jurídico que le sirva de apoyo externo, de
defensa y de protección; ordenamiento cuya misión no es dominar, sino servir,
tender al desarrollo y crecimiento de la vitalidad de la sociedad en la rica
multiplicidad de sus fines, conduciendo hacia su perfeccionamiento a todas y
cada una de las energías en pacífica cooperación y defendiéndolas, con medios
apropiados y honestos, contra todo lo que es dañoso a su pleno desarrollo. Este
ordenamiento, para garantizar el equilibrio, la seguridad y la armonía de la
sociedad, posee también el poder de coacción contra aquellos que sólo por esta
vía pueden ser mantenidos dentro de la noble disciplina de la vida social; pero
precisamente en el justo cumplimiento de este derecho, una autoridad
verdaderamente digna de tal nombre jamás dejará de sentir su angustiosa
responsabilidad ante el eterno Juez, en cuyo tribunal toda falsa sentencia, y
muy singularmente toda trasgresión de las normas dictadas por Dios, recibirá
su indefectible castigo y condenación.

16. Las últimas, profundas, lapidarias, fundamentales normas
de la sociedad no pueden ser violadas por obra del ingenio humano; se podrán
negar, ignorar, despreciar, quebrantar, pero nunca se podrán abrogar con
eficacia jurídica. Es cierto que, con el correr del tiempo, cambian las
condiciones de vida; pero nunca se da un vacío absoluto ni una perfecta
discontinuidad entre el derecho de ayer y el de hoy, entre la desaparición de
antiguos poderes y constituciones y el surgir de nuevos ordenamientos. De todas
maneras, en cualquier cambio o transformación, el fin de toda vida social
permanece idéntico, sagrado y obligatorio: el desarrollo de los valores
personales del hombre como imagen de Dios; y permanece la obligación de todo
miembro de la familia humana de realizar sus inmutables fines, sea el que sea el
legislador y la autoridad a quien obedece. Subsiste, pues, siempre y no cesa por
oposición alguna su inalienable derecho, que ha de ser reconocido por amigos y
enemigos, a un ordenamiento y a una práctica jurídica que sientan y comprendan
su esencial deber de servir al bien común.

17. El ordenamiento jurídico tiene, además, el alto y difícil
fin de asegurar las armónicas relaciones ya entre los individuos, ya entre las
sociedades, ya también dentro de éstas. A lo cual se llegará si los
legisladores se abstienen de seguir aquellas peligrosas teorías y prácticas,
dañosas para la comunidad y para su cohesión, que tienen su origen y difusión en
una serie de postulados erróneos. Entre éstos hay que contar el positivismo
jurídico, que atribuye una engañosa majestad a la promulgación de leyes
puramente humanas y abre el camino hacia una funesta separación entre la ley y
la moralidad; igualmente, la concepción que reivindica para determinadas
naciones, estirpes o clases el instinto jurídico, como último imperativo e
inapelable norma; por último, aquellas diversas teorías que, diferentes en sí
mismas y procedentes de criterios ideológicamente opuestos, concuerdan, sin
embargo, en considerar al Estado o a la clase que lo representa como una entidad
absoluta y suprema, exenta de control y de crítica, incluso cuando sus
postulados teóricos y prácticos desembocan y tropiezan en la abierta negación de
valores esenciales de la conciencia humana y cristiana.

18. Quien considere con mirada limpia y penetrante la vital
conexión entre un genuino orden social y un genuino ordenamiento jurídico y
tenga presente que la unidad interna, en su multiformidad, depende del
predominio de las fuerzas espirituales, del respeto a la dignidad humana en sí y
en los demás, del amor a la sociedad y a los fines que Dios le ha señalado, no
puede maravillarse ante los tristes efectos de ciertas ideologías jurídicas,
que, alejadas del camino real de la verdad, avanzan por el terreno resbaladizo
de postulados materialistas, sino que comprenderá inmediatamente la
improrrogable necesidad de un retorno a una concepción espiritual y ética seria y
profunda, templada por el calor de una verdadera humanidad e iluminada por el
esplendor de la fe cristiana, la cual hace admirar en el ordenamiento una
refracción externa del orden social querido por Dios, luminoso fruto del
espíritu humano, que es también imagen del espíritu de Dios.

19. Sobre esta concepción orgánica, la única vital en la que
florecen armónicamente la más noble humanidad y el mas genuino espíritu
cristiano, se encuentra esculpida la sentencia de la Escritura comentada por el
gran Aquinate: «Opus justitiae pax» (Summa Theologica 2-2 q.29 a.3), que
se aplica tanto al aspecto interno como al aspecto externo de la vida social.

20. Esta concepción no admite ni oposición ni alternativa: amor
o derecho, sino la síntesis fecunda: amor y derecho.

21. En el uno y en el otro, irradiación ambos del mismo
espíritu de Dios, se funda el programa y el carácter de la dignidad del
espíritu humano; uno y otro se completan mutuamente, cooperan, se dan vida, se
apoyan, se dan la mano en el camino de la concordia y de la pacificación,
mientras el derecho allana el camino al amor, el amor suaviza el derecho y lo
sublima. Ambos elevan la vida humana a aquella atmósfera social en la que, aun
entre las deficiencias, dificultades y durezas de esta vida, se hace posible una
fraterna convivencia. Pero haced que domine el malvado espíritu de ideas
materialistas; que el ansia del poder y del predominio concentre en sus rudas
manos las riendas de los acontecimientos; veréis entonces aumentar a diario sus
efectos disgregadores, desaparecer el amor y la justicia, triste presagio de
amenazadoras catástrofes sobre una sociedad apóstata de Dios.

II. CONVIVENCIA EN LA TRANQUILIDAD

22. El segundo elemento fundamental de la paz, hacia el cual
tiende casi instintivamente toda sociedad humana, es la tranquilidad ¡Oh feliz
tranquilidad, tú no tienes nada de común con el aferrarse duro y obstinado,
tenaz e infantilmente terco con lo que ya no existe; ni con la repugnancia, hija
de la pereza y del egoísmo, a aplicar la mente a los problemas y a las
cuestiones que el variar de los tiempos y el curso de las generaciones, con sus
exigencias y con el progreso, hacen madurar y traen consigo como improrrogable
necesidad del presente! Mas para un cristiano consciente de su responsabilidad
aun para con el más pequeño de sus hermanos, no existen ni la tranquilidad
indolente ni la huida, sino la lucha, el trabajo frente a toda inacción y
deserción en la gran contienda espiritual en la que está puesta en peligro la
construcción, aun el alma misma, de la sociedad futura.

Armonía entre tranquilidad y actividad

23. La tranquilidad en el sentido del Aquinate y la ardorosa
actividad no se contraponen, sino que más bien se acoplan armoniosamente para
quien está penetrado de la belleza y necesidad del fondo espiritual de la
sociedad y de la nobleza de su ideal. Y precisamente a vosotros, jóvenes,
inclinados a volver la espalda al pasado y dirigir al futuro la mirada de las
aspiraciones y esperanzas, os decimos, movidos por vivo amor y por paterna
solicitud: el entusiasmo y la audacia no bastan por sí solos si no se hallan
puestos, como es necesario, al servicio del bien y de una bandera inmaculada.
Vano es agitarse, fatigarse y afanarse sin apoyarse en Dios y en su ley eterna.
Debéis estar animados del convencimiento de combatir por la verdad y de hacerle
entrega de las propias simpatías y energías, de los anhelos y de los
sacrificios; de combatir por las leyes eternas de Dios, por la dignidad de la
persona humana y por la consecución de los fines. Cuando los hombres maduros y
los jóvenes, anclados siempre en el mar de la eternamente viva tranquilidad de
Dios, coordinan la diversidad de temperamentos y de actividad con un espíritu
genuinamente cristiano, entonces, si el elemento propulsor se armoniza con el
elemento moderador, la diferencia natural entre las generaciones nunca llegará a
ser peligrosa, sino que, por el contrario, conducirá felizmente a la
realización de las leyes eternas de Dios en el mudable curso de los tiempos y
de las condiciones de vida.

El mundo obrero

24. En un campo particular de la vida social, en el que
durante un siglo surgieron movimientos y ásperos conflictos, se observa hoy
calma, al menos aparente; esto es, en el vasto y siempre creciente mundo del
trabajo, en el ejército inmenso de los obreros, de los asalariados y de los
empleados. Si se considera el presente, con sus necesidades bélicas, como un
hecho real, esta tranquilidad se podrá llamar exigencia necesaria y fundada;
pero, si se mira la situación actual desde el punto de vista de la justicia, de
un legítimo y regulado movimiento obrero, la tranquilidad no será más que
aparente mientras no se obtenga tal fin.

25. Movida siempre por motivos religiosos, la Iglesia ha
condenado los varios sistemas del socialismo marxista, y los condena también
hoy, porque es su deber y derecho permanente preservar a los hombres de
corrientes e influencias que ponen en peligro su eterna salvación. Pero la
Iglesia no puede ignorar o dejar de ver que el obrero, en su esfuerzo por
mejorar de situación, tropieza con un ambiente que, lejos de ser conforme a la
naturaleza, contrasta con el orden de Dios y con el fin que El ha señalado a los
bienes terrenos. Por falsos, condenables y peligrosos que hayan sido y sean los
caminos que se han seguido, ¿quién, sobre todo siendo sacerdote o cristiano,
podría permanecer sordo al grito que se alza de lo profundo, y que en el mundo
de un Dios justo invoca justicia y espíritu de fraternidad? Sería un silencio
culpable e injustificable ante Dios y contrario al iluminado sentir del apóstol,
quien, si inculca que es necesario ser animosos contra el error, sabe también
que es menester estar llenos de consideración hacia los que yerran y con ánimo
abierto para escuchar sus aspiraciones, sus esperanzas y sus razones.

26. Dios, al bendecir a nuestros progenitores, les dijo:
«Creced y multiplicaos y henchid la tierra y dominadla» (Gen 1,28). Y dijo después al
primer jefe de familia: «Mediante el sudor de tu rostro comerás el pan» (Gen
3,19). La
dignidad de la persona humana exige, pues, normalmente, como fundamento natural
para vivir, el derecho al uso de los bienes de la tierra, al cual corresponde la
obligación fundamental de otorgar a todos, en cuanto sea posible, una propiedad
privada. Las normas jurídicas positivas, reguladoras de la propiedad privada,
pueden modificar y conceder un uso más o menos limitado; pero, si quieren
contribuir a la pacificación de la comunidad, deberán impedir que el obrero que
es o será padre de familia se vea condenado a una dependencia y esclavitud
económica inconciliable con sus derechos de persona.

27. Que esta esclavitud se derive del predominio del capital
privado o del poder del Estado, el efecto no cambia; más aún, bajo la presión
del Estado, que lo domina todo y regula toda la vida pública y privada,
invadiendo hasta el terreno de las ideas y convicciones y de la conciencia, esta
falta de libertad puede tener consecuencias aún más graves, como lo manifiesta y
atestigua la experiencia.

Cinco puntos fundamentales para el orden y la pacificación de la
sociedad humana

28. Quien pondera a la luz de la razón y de la fe los
fundamentos y los fines de la vida social, que hemos trazado en breves líneas, y
los contempla en su pureza y altura moral y en sus benéficos frutos en todos los
campos, se convencerá necesariamente de los poderosos principios de orden y
pacificación que las energías encauzadas hacia grandes ideales y resueltas a
afrontar los obstáculos podrían comunicar, o, digamos mejor, restituir a un
mundo interiormente desquiciado, una vez que hubieran abatido las barreras
intelectuales y jurídicas creadas por prejuicios, errores e indiferencias y por
un largo retroceso de secularización del pensamiento, del sentimiento, de la
acción, cuyo resultado fue arrancar y apartar la ciudad terrena de la luz y
fuerza de la ciudad de Dios.

29. Hoy más que nunca suena la hora de reparar, de sacudir la
conciencia del mundo del grave letargo en que le han hecho caer los tóxicos de
falsas ideas ampliamente difundidas; tanto más cuanto que, en esta hora de
convulsión material y moral, el conocimiento de la fragilidad y de la
inconsistencia de todo ordenamiento meramente humano está ya para desengañar
incluso a aquellos que, en días aparentemente felices, no sentían en sí y en la
sociedad la falta de contacto con lo eterno y no la consideraban como un defecto
esencial de sus sistemas.

30. Lo que aparecía claro al cristiano que, profundamente
creyente, sufría por la ignorancia de los demás, nos lo presenta clarísimo el
fragor de la espantosa catástrofe del presente desquiciamiento, que reviste la
terrible solemnidad de un juicio universal aun a los oídos de los tibios, de los
indiferentes, de los despreocupados: una verdad antigua que se manifiesta
trágicamente en formas siempre nuevas y que con fragor de trueno resuena de
siglo en siglo, de pueblo en pueblo, por boca del profeta: «Todos los que te
abandonan serán confundidos. Los que te dejan se cubrirán de vergüenza, porque
dejaron a la fuente de aguas vivas, a Yavé» (Jer 17, 13).

31. No lamentos, acción es la consigna de la hora; no lamentos
de lo que es o de lo que fue, sino reconstrucción de lo que surgirá y debe
surgir para bien de la sociedad. Animados por un entusiasmo de cruzados, a los
mejores y más selectos miembros de la cristiandad toca reunirse en el espíritu
de verdad, de justicia y de amor al grito de "¡Dios lo quiere!", dispuestos a
servir, a sacrificarse, como los antiguos cruzados. Si entonces se trataba de
liberar la tierra santificada por la vida del Verbo de Dios encarnado, se trata
hoy, si podemos expresarnos así, de una nueva expedición para liberar, superando
el mar de los errores del día y de la época, la tierra santa espiritual,
destinada a ser la base y el fundamento de normas y leyes inmutables para
construcciones sociales de sólida consistencia interior.

32. Para tan alto fin, desde el pesebre del Príncipe de la
Paz, confiados en que su gracia se difundirá en todos los corazones, Nos nos
dirigimos a vosotros, amados hijos, que reconocéis y adoráis en Cristo a vuestro
Salvador; a todos cuantos nos están unidos al menos con el vínculo espiritual de
la fe en Dios, a todos, finalmente, cuantos, ansiosos de luz y guía, suspiran
por liberarse de las dudas y de los errores; y os exhortamos y os conjuramos con
paterna insistencia, no sólo a comprender íntimamente la angustiosa seriedad de
la hora actual, sino también a meditar sus posibles auroras benéficas y
sobrenaturales y a uniros y trabajar juntos por la renovación de la sociedad en
espíritu y en verdad.

33. Fin esencial de esta cruzada necesaria y santa es que la
estrella de la paz, la estrella de Belén, brille de nuevo sobre toda la
humanidad con su fulgor rutilante, con su consuelo pacificador, cual promesa y
augurio de un porvenir mejor, más feliz y más fecundo.

34. Es verdad que el camino, desde la noche hasta una luminosa
mañana, será largo; pero son decisivos los primeros pasos en el sendero, que
lleva sobre las primeras cinco piedras miliarias, esculpidas con cincel de
bronce, las siguientes máximas:

Dignidad y derechos de la persona humana

1) Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se
detenga sobre la sociedad» contribuya por su parte a devolver a la persona
humana la dignidad que Dios le concedió desde el principio; opóngase a la
excesiva aglomeración de los hombres, casi a manera de masas sin alma; a su
inconsistencia económica, social, política, intelectual y moral; a su falta de
sólidos principios y de fuertes convicciones; a su sobreabundancia de
excitaciones instintivas y sensibles y a su volubilidad;

favorezca, con todos los medios lícitos» en todos los
campos de la vida» formas sociales que posibiliten y garanticen una plena
responsabilidad personal tanto en el orden terreno como en el eterno;

apoye el respeto y la práctica realización de los
siguientes derechos fundamentales de la persona: el derecho a mantener y
desarrollar la vida corporal, intelectual y moral, y particularmente el derecho
a una formación y educación religiosa; el derecho al culto de Dios privado y
público, incluida la acción caritativa religiosa; el derecho, en principio, al
matrimonio y a la consecución de su propio fin, el derecho a la sociedad
conyugal y doméstica; el derecho de trabajar como medio indispensable para el mantenimiento
de la vida familiar; el derecho a la libre elección de estado; por
consiguiente, también del estado sacerdotal y religioso; el derecho a un
uso de los bienes materiales consciente de sus deberes y de las limitaciones
sociales.

Defensa de la unidad social y particularmente de la
familia

2) Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se
detenga sobre la sociedad, rechace toda forma de materialismo, que no ve en el
pueblo más que un rebaño de individuos que, divididos y sin interna
consistencia, son considerados como un objeto de dominio y de sumisión;

procure concebir la sociedad como una unidad interna crecida y
madurada bajo el gobierno de la Providencia; unidad que» en el espacio a ella
asignado y según sus peculiares condiciones, tiende, mediante la
colaboración de las diferentes clases y profesiones, a los eternos y siempre
nuevos fines de la civilización y de la religión;

defienda la indisolubilidad del matrimonio; dé a la familia,
célula insustituible del pueblo, espacio, luz, tranquilidad, para que pueda
cumplir la misión de perpetuar la nueva vida y de educar a los hijos en un
espíritu conforme a sus propias y verdaderas convicciones religiosas;
conserve, fortifique o reconstituya, según sus fuerzas, la propia unidad
económica, espiritual, moral y jurídica; procure que también los criados
participen de las ventajas materiales y espirituales de la familia; cuide de
procurar a cada familia un hogar en donde una vida doméstica sana material y
moralmente llegue a desarrollarse con toda su fuerza y valor; procure que los
locales de trabajo y los domicilios no estén tan separados que hagan del jefe
de familia y del educador de los hijos casi un extraño en su propia casa;
procure, sobre todo,
que entre las escuelas públicas y la familia renazca aquel vínculo de confianza
y de mutua ayuda que en otro tiempo produjo frutos tan benéficos, y que hoy ha
sido sustituido por la desconfianza allí donde la escuela, bajo el influjo o el
dominio del espíritu materialista, envenena y destruye todo cuanto los padres
habían sembrado en las almas de los hijos.

Dignidad y prerrogativas del trabajo

3) Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se
detenga sobre la sociedad, dé al trabajo el puesto que Dios le señaló desde el
principio. Como medio indispensable para el dominio del mundo, querido por Dios para su gloria, todo trabajo posee una dignidad
inalienable y, al mismo tiempo, un íntimo lazo con el perfeccionamiento de la
persona; noble dignidad y prerrogativa del trabajo, en ningún modo envilecidas
por el peso y la fatiga, que se han de soportar, como efecto del pecado
original, en obediencia y sumisión a la voluntad de Dios.

El que conoce las grandes encíclicas de nuestros
predecesores y nuestros anteriores mensajes, no ignora que la Iglesia no duda en
deducir las consecuencias prácticas que se derivan de la nobleza moral del
trabajo y en apoyarlas con toda la fuerza de su autoridad. Estas exigencias
comprenden, además de un salario justo, suficiente para las necesidades del
obrero y de la familia, la conservación y el perfeccionamiento de un orden
social que haga posible una segura, aunque modesta propiedad privada a todas las
clases del pueblo; favorezca una formación superior para los hijos de las clases
obreras particular-mente dotados de inteligencia y buena voluntad; promueva en
las aldeas, en los pueblos, en la provincia, en el pueblo y en la nación el
cuidado y la realización práctica del espíritu social que, suavizando las
diferencias de intereses y de clases, quita a los obreros el sentimiento del
aislamiento con la experiencia confortadora de solidaridad genuinamente humana
y cristianamente fraterna

El
progreso y el grado de las reformas sociales improrrogables depende de
la potencia económica de cada nación. Sólo con un intercambio de
fuerzas, inteligente y generoso, entre los fuertes y los débiles, será
posible llevar a cabo una pacificación universal de forma que no queden
focos de incendio y de infección, de los que podrían originarse nuevas
catástrofes.

Señales evidentes inducen a pensar que, en medio del
torbellino de todos los prejuicios y sentimientos de odio, inevitable, pero
triste parto de esta aguda psicosis bélica, no se ha apagado en los pueblos la
conciencia de su íntima recíproca dependencia en el bien y en el mal, sino que
incluso se ha hecho más viva y activa. ¿Acaso no es verdad que profundos
pensadores ven, cada vez con mayor claridad, en la renuncia al egoísmo y al
aislamiento nacional, el camino de la salvación general, hallándose dispuestos a
solicitar de sus pueblos una parte gravosa de sacrificios, necesarios para la
pacificación social de otros pueblos? ¡Ojalá que este nuestro mensaje navideño,
dirigido a todos los dotados de buena voluntad y generoso corazón, anime y
aumente los escuadrones de la cruzada, social en todas las naciones! ¡Y quiera
Dios conceder a su pacífica bandera la victoria de la que es merecedora su noble empresa!

Reintegración del ordenamiento jurídico

4) Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se
detenga sobre la vida social, coopere a una profunda reintegración, del
ordenamiento jurídico.

El sentimiento jurídico de hoy ha sido frecuentemente
alterado y sacudido por la proclamación y por la práctica de un positivismo y de
un utilitarismo sumisos y vinculados al servicio determinados grupos, clases y
movimientos, cuyos programas señalan y determinan el camino a la legislación y a
la práctica judicial.

El
saneamiento de esta situación puede obtenerse, cuando se despierte la
conciencia de un ordenamiento jurídico, fundada en el supremo dominio
de Dios y defendida de toda arbitrariedad humana; conciencia de un
ordenamiento que extienda su mano protectora y vindicativa también
sobre los inviolables derechos del hombre y los proteja contra los
ataques de todo poder humano.

Del ordenamiento jurídico querido por Dios deriva el
inalienable derecho del hombre a la seguridad jurídica, y con ello a una esfera
concreta de derecho, protegida contra todo ataque arbitrario.

La
relación entre hombre y hombre, del individuo con la sociedad, con la
autoridad, con los deberes sociales; la relación de la sociedad y de la
autoridad con cada uno de los individuos, deben cimentarse sobre un
claro fundamento jurídico y estar protegidas, si hay necesidad, por la
autoridad judicial. Esto supone:

a) Un tribunal y un juez que reciban sus normas directivas
de un derecho claramente formulado y circunscrito.
b) Normas jurídicas claras, que no puedan ser
tergiversadas con abusivas apelaciones a un supuesto sentimiento popular y con
meras razones de utilidad.

c) El reconocimiento del principio que afirma que también
el Estado y sus funcionarios y las organizaciones de él dependientes están
obligados a la reparación y a la revocación de las medidas lesivas de la
libertad, de la propiedad, del honor, del mejoramiento y de la vida de los
individuos.

Concepción del Estado según el espíritu cristiano

5) Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se
detenga sobre la sociedad humana, coopere a formar una concepción y una práctica
estatales fundadas sobre una disciplina razonable, una noble humanidad y un
responsable espíritu cristiano;

ayude a conducir de nuevo al Estado y su poder al servicio
de la sociedad, al pleno respeto de la persona humana y de la actividad de ésta
para la consecución de sus fines eternos;

esfuércese y trabaje por disipar los errores que tienden a
desviar del sendero moral al Estado y su poder y a desatarlos del vinculo
eminentemente ético que los une a la vida individual y social, y a hacerles
rechazar o ignorar en la práctica la esencial dependencia que los subordina a la
voluntad del Creador;

promueva el reconocimiento y la difusión de la verdad, que
enseña, aun en la esfera terrena, cómo el sentido profundo y la última
legitimidad moral y universal del «reinar» es el «servir».

Consideraciones sobre la guerra mundial y sobre la
renovación de la sociedad

35. ¡Amados hijos! Quiera Dios que, mientras nuestra
voz llega a vuestro oído, vuestro corazón se sienta hondamente
impresionado y conmovido por la profunda seriedad, por la ardiente
solicitud, por el conjuro insistente con que Nos os inculcamos estas
ideas, que quieren ser un llamamiento a la conciencia universal y un
grito de alarma para todos cuantos se hallan dispuestos a pesar y medir
la grandeza de su misión y responsabilidad ante la amplitud de la
tragedia universal.

36. Gran parte de la humanidad, y, no rehusamos decirlo, aun
no pocos de los que se llaman cristianos, están de algún modo dentro de la
responsabilidad colectiva del desarrollo erróneo, de los daños y de la falta de
altura moral de la sociedad actual.

37. Esta guerra mundial y todo cuanto a ella se refiere ya
sean remotos o próximos, ya sus procedimientos y efectos materiales, jurídicos
y morales, ¿qué otra cosa representa sino el derrumbamiento, inesperado tal vez
para los despreocupados, pero previsto y temido por quienes con su mirada
penetraban hasta el fondo de un orden social que, bajo el engañoso rostro o la
máscara de fórmulas convencionales, ocultaba su debilidad fatal y su
desenfrenado instinto de ganancia y de poder?

38. Lo que en tiempos de paz estaba reprimido, al estallar la
guerra ha explotado en una triste serie de actos contrarios al espíritu humano y
cristiano. Los acuerdos internacionales para hacer menos inhumana la guerra,
limitándola a los combatientes, para regular las normas de la ocupación y de la
prisión de los vencidos, han sido letra muerta en distintos países; y
¿quién es capaz de ver el fin de este progresivo empeoramiento?

39. ¿Quieren tal vez los pueblos asistir impasibles a un
avance tan desastroso? ¿No deben más bien, sobre las ruinas de un ordenamiento
social que ha dado prueba tan trágica de su ineptitud para el bien del pueblo,
reunirse los corazones de todos los hombres magnánimos y honrados en el voto
solemne de no darse descanso hasta que en todos los pueblos y naciones de la
tierra sea legión el número de los que, decididos a llevar de nuevo la sociedad
al indefectible centro de gravedad de la ley divina, suspiran por servir a la
persona y a su comunidad ennoblecida por Dios?

40. Este voto la humanidad lo debe a los innumerables muertos
que yacen sepultados en los campos de batalla; el sacrificio de su vida en el
cumplimiento de su deber es holocausto para un nuevo y mejor orden social.

41. Este voto la humanidad lo debe al interminable y doloroso
cortejo de madres, de viudas y de huérfanos que se han visto despojados de la
luz y el consuelo y el apoyo de su vida.

42. Este voto la humanidad lo debe a los innumerables
desterrados que el huracán de la guerra ha arrancado de su patria y ha
dispersado por tierras extrañas; ellos podrían lamentarse con el profeta:
«Nuestra heredad ha pasado a manos extrañas; nuestras casas, a poder de
desconocidos» (Jer Lam. 5, 2).

43. Este voto la humanidad lo debe a los cientos de millares
de personas que, sin culpa propia alguna, a veces sólo por razones de
nacionalidad o de raza, se ven destinados a la muerte o a un progresivo aniquilamiento.

44. Este voto la humanidad lo debe a los muchos millares de no
combatientes, mujeres, niños, enfermos y ancianos, a quienes la guerra aérea
—cuyos horrores Nos ya desde el principio repetidas veces denunciamos—, sin
discriminación o con insuficiente examen, ha quitado vida, bienes, salud, casa, asilos de caridad y de
oración.

45. Este voto la humanidad lo debe al torrente de lágrimas y
amarguras, al cúmulo de dolores y sufrimientos que proceden de la ruina
mortífera del descomunal conflicto y claman al cielo, invocando la venida del
Espíritu, que liberte al mundo del desbordamiento de la violencia y del terror.

Invocación al Redentor del mundo

46. Y ¿dónde podréis depositar este voto por la renovación de
la sociedad con más tranquila seguridad, confianza y fe más eficaz que a los
pies del «desideratus cunctis gentibus», que yace ante nosotros en el pesebre con
todo el encanto de su dulce humanidad de niño, pero también con el atractivo
conmovedor de su incipiente misión redentora? ¿En qué lugar podría esta noble y
santa cruzada para la purificación y renovación de la sociedad tener
consagración más expresiva y hallar estímulo más eficaz que en Belén, donde en
el adorable misterio de la encarnación apareció el nuevo Adán, en cuyas fuentes
de verdad y de gracia tiene la humanidad que buscar el agua salvadora si no
quiere perecer en el desierto de esta vida? «De su plenitud hemos recibido todos»
(Jn 1, 6). Su plenitud de verdad y de gracia, como hace veinte siglos, se derrama
también hoy sobre el mundo con fuerza no disminuida; más poderosa que las
tinieblas es su luz; el rayo de su amor es más vigoroso que el gélido egoísmo
que a tantos hombres retrae de perfeccionarse y sobresalir en lo que tienen de
mejor. Vosotros, cruzados voluntarios de una nueva y noble sociedad, alzad el
nuevo lábaro de la regeneración moral y cristiana, declarad la lucha a las
tinieblas de la apostasía de Dios, a la frialdad de la discordia fraterna; una
lucha en nombre de una humanidad gravemente enferma y que hay que sanar en
nombre de la conciencia cristianamente levantada.

47. Nuestra bendición y nuestro paterno auspicio y aliento
acompañe a vuestra generosa empresa y permanezca con todos cuantos no rehúyen
los duros sacrificios, armas mucho más poderosas que el hierro para combatir el
mal que sufre la sociedad. Sobre vuestra cruzada por un ideal social, humano y
cristiano, resplandezca consoladora e incitante la estrella que brilla sobre la
cueva de Belén, lucero anunciador y perenne de la era cristiana. De su vista ha
sacado, saca y sacará fuerzas todo corazón fiel: «Aunque acampe contra mí un
ejército…, estoy tranquilo» (Sal 27 [26], 3). Donde esta estrella resplandezca, allí está
Cristo: «Ipso ducente, non errabimus; per ipsum ad ipsum eamus ut cum nato hodie
puero in perpetuum gaudeamus» («Bajo su dirección no nos extraviaremos: por medio de él
vayamos a él, para regocijarnos eternamente con el niño nacido hoy» (San
Agustín, Serm. 189, 4: PL 38, 1007). ).

Fuente: Vatican.va

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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