Panorama Católico

Rebelión en el campo

Debido a lo que se está viviendo en nuestro País, sobre todo en estos días pasados, pensamos hacer las siguientes reflexiones. Roguemos a Dios que ayude a nuestra Patria e interceda por ella el manto Inmaculado celeste y blanco de Nuestra Señora de Luján.

Por el R. P. Guillermo Devillers, FSSPX

Debido a lo que se está viviendo en nuestro País, sobre todo en estos días pasados, pensamos hacer las siguientes reflexiones. Roguemos a Dios que ayude a nuestra Patria e interceda por ella el manto Inmaculado celeste y blanco de Nuestra Señora de Luján.

Por el R. P. Guillermo Devillers, FSSPX

Desde hace tres meses, arde la huelga del campo, con sus cortes de rutas y desabastecimientos, en repudio del mega-impuesto sobre la soja. El 17 de junio, habló la Sra. Presidenta, pero del tema de la soja dijo poco o nada: prefirió reafirmar los grandes principios de su credo liberal, con aquella extraña tela de fondo del bombardeo del 55. Y frente a la rebelión del campo reafirmó su propia autoridad y gritó: ¡No a la democracia corporativista!. Eso sí que merece nuestra atención, puesto que el corporativismo es un elemento esencial de la doctrina social tradicional de la Iglesia. En el espíritu de la Iglesia, la corporación tiene la función de defender los intereses materiales y espirituales de la profesión con todos los medios a su alcance: regulación de la competencia y de los precios, defensa de la justicia en los contratos y de la estabilidad del trabajo, ayuda a los más necesitados, centros de salud, centros de educación y formación profesional, etc. Obviamente la corporación será también el interlocutor natural del Estado a la hora de repartir las cargas impositivas, para evitar las posibles huelgas y enfrentamientos, siempre tan perjudiciales para todos.
 
Los liberales odian las corporaciones y la primera ley de la Revolución Francesa fue para prohibirlas (ley “Le Chapelier”).

 Para el liberal existe un solo derecho: el de depositar cada cuatro años su voto en la urna electoral. Todo lo demás queda abandonado a la libre voluntad y arbitrariedad del gobierno elegido, como bien lo recordó la Presidenta: yo he sido elegida, a los representantes del campo no los votó nadie, por lo tanto ¡la que manda soy yo!

La democracia corporativista defiende en cambio para los ciudadanos un poder más amplio que el solo derecho al voto. Favorece y acompaña las libertades reales que cada ciudadano puede ejercer, a su nivel, para el bien de su familia, de su empresa y de toda la profesión. Los representantes son elegidos en cada lugar por sus compañeros sobre el criterio de su valor moral y profesional, y no por motivos de política o ideología pasional.

El pueblo sencillo tiene muchas veces un olfato certero, y sabe valorar lo valioso y despreciar lo despreciable. Ahora bien, todos sabemos que la mayoría no va a
votar si no es obligada, y hasta algunos se muestran dispuestos a vender su voto por 50 pesos o una bolsa de comida. De modo que el único derecho que les garantiza la democracia liberal no vale siquiera a sus ojos lo que un poco de comida. Pero los derechos reales y concretos son más valiosos y la presente crisis ha demostrado una vez más de qué sacrificios es capaz un hombre cuando están en juego el bien de su familia, de su empresa o de su profesión.

La Sra. Cristina dijo: No a la corporación, sí al partido político. Si el campo argentino quiere sobrevivir y progresar, le convendrá probablemente hacer al revés: esforzarse en fortalecer su corporación y no apurarse en querer formar un partido. Porque todo partido es una construcción artificial, desencarnada, ideologizada, terreno favorable para el desarrollo de todas las plagas de la utopía y de la corrupción. Mientras la corporación está firmemente arraigada en el suelo fértil de las realidades profesionales y familiares. Compuesta de hombres de trabajo y no de charlatanes, la corporación está mejor situada para saber distinguir lo valioso de lo despreciable. Y sabrá en particular defender aquellos bienes que nuestra actual presidenta y los de su partido se esfuerzan en destruir: familia, salud, trabajo, vida del niño por nacer, educación, religión, sacrificio.

O sea, todo aquello que hace progresar la civilización y la felicidad de un pueblo.

Estas cosas no tienen sentido alguno para nuestros gobernantes actuales, imbuidos de relativismo. Para la Sra. Presidenta, está claro
que no existe ninguna verdad absoluta que se imponga a nosotros. O mejor dicho, la única verdad es la voluntad popular, es decir, la voluntad de Cristina, desde el momento en que Cristina ha sido elegida por el pueblo: “¡Yo he sido elegida por el voto popular!” Ése es su mega-dogma, y es mucho peor que su mega-impuesto sobre la soja. Pero ese dogma es absurdo y contradice tanto nuestra fe católica como el más elemental sentido común.

Contradice el sentido común: bien sabe el hombre del campo que existe una verdad y que esta verdad no la ha hecho Cristina ni la voluntad popular ni nadie. La soja se siembra a principios del verano y el herbicida se echa tantos días después, y si no se respetan las leyes de la agricultura, no hay cosecha.

La verdad, estimada Sra., no pertenece a ningún partido ni depende del número de los votos. No la hace Ud., ni yo, ni nadie. Porque las cosas son lo que son, tales como Dios las ha hecho. 

Lo que es es, y lo que no es no es; el bien es bien y el mal es mal, lo mismo que dos más dos hacen cuatro y no cinco. Por lo más que Ud. se empeñe en convencernos de que el aborto es justo, no dejará por eso de ser un crimen que grita hasta el cielo. E injusto también es el comunismo que pretende despojar a un trabajador del fruto de su trabajo.

Pero el absurdo dogma liberal es también y sobre todo contrario a nuestra fe católica tradicional, a la cual va minando y destruyendo paulatinamente desde hace dos siglos. Gracias a Dios, nuestros hombres del campo no han renegado aún, al menos en su mayoría, de su fe y de sus tradiciones. Si una triste experiencia les enseñó a tener poca confianza en los hombres y menos aún en los gobernantes, tienen en cambio mucha fe en Dios, en Nuestro Señor Jesucristo y en su santa Madre.

 Así pues, para que alcancen sus objetivos, sea su partido el partido de Dios y su política, la del Padre nuestro: “Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. El reino de Dios es reino de verdad, de justicia y de amor. Mientras el liberalismo de la Sra. Presidenta es al contrario: desprecio de toda verdad, injusticia, incitación al odio.
 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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