Panorama Católico

Recuperar el foco de la cuestión

Desde hace algunas semanas vemos con cierta preocupación como se va desvirtuando el foco de la cuestión Williamson. No ya por parte de los enemigos, que siempre lo tuvieron en claro, aunque probablemente terminen arrepintiéndose de sus excesos. Sino por parte de los amigos y sobre todos de una gran cantidad de nuevos amigos, quienes, más allá de su sincera intención en muchos casos, no en todos, cometen el error de desenfocar las cuestiones y perjudicar gravemente la obra de la tradición.

Escribe Marcelo González

Desde hace algunas semanas vemos con cierta preocupación como se va desvirtuando el foco de la cuestión Williamson. No ya por parte de los enemigos, que siempre lo tuvieron en claro, aunque probablemente terminen arrepintiéndose de sus excesos. Sino por parte de los amigos y sobre todos de una gran cantidad de nuevos amigos, quienes, más allá de su sincera intención en muchos casos, no en todos, cometen el error de desenfocar las cuestiones y perjudicar gravemente la obra de la tradición.

Escribe Marcelo González

Williamson ¿víctima o victimario involuntario?

Para algunos viejos y sobre todo para los nuevos amigos, Williamson es una víctima personal. A él y solo a él, creen, se dirigen los ataques. En modo alguno al resto de la obra de la tradición, al Sumo Pontífice, a la parte sana de la Iglesia y en definitiva, a la Iglesia misma.

Esta falta de objetividad proviene de que según la idiosincrasia del catolicismo tradicional de muchos países, entre los que se cuenta la Argentina, no es posible ser católico sin haber asumido ciertas posiciones globales sobre temas históricos y políticos.

Hay una evidente confusión entre la profesión de la Fe y la actitud militante o el menos testimonial sobre cuestiones históricas. Por ejemplo, durante muchos años, los que ya tenemos memoria suficiente lo hemos visto, se ha considerado como tradicionalistas “incompletos” o desdeñables a quienes no adherían a la reivindicación de Juan Manuel de Rosas o no tomaban partido en la condena de Juan Domingo Perón. En otros términos, solo se podía ser completamente católico, según este criterio, cuando se era rosista o antiperonista.

En cuestiones históricas de orden global, el pobre católico de a pie, para dar prueba de fe auténtica, ha sido sometido a adherir, al menos con silencios complacientes, a la obra de gobierno, de gobernantes como Antonio Oliveira Salazar o Francisco Franco. También era necesario repudiar la obra de Maritain sin distinciones. O adherir a la militancia carlista. Por mencionar algunos tópicos.

Escollos y estrechez de miras

En personas de innegable militancia, valientes y generosas, estos términos se han confundido con frecuencia. Y las consecuencias han sido poner escollos a los que se han ido acercando a la Fe, por un lado, y una cierta estrechez de miras, al pretender someter la Fe al corsé de nuestras convicciones personales en temas seculares, por vinculados que puedan estar a la Fe.

Por fundadas que sean, no son verdades de Fe, no tienen la obligación ser aceptadas por todos para ser católicos, ni siquiera para ser buenos católicos. Constituyen parte de nuestro patrimonio cultural como corriente de pensamiento que ha resistido más eficazmente los embates del modernismo, pero son elementos accidentales de nuestra cultura católica, no elementos esenciales. De hecho, las habituales internas que son el flagelo de este sector del catolicismo se fundan con mas frecuencia que menos en disputas históricas o preferencias personales.

Hay otros católicos, hay otro mundo auténticamete católico

Lo curioso es que en muchos de los países europeos y aún en otros como los EE.UU., algunos africanos y asiáticos, el movimiento tradicionalista no tiene esta visión de las cosas. Permanece ajeno a la mayoría de estos temas. En algunos casos piensa exactamente al revés… No por eso dejan de ser católicos, y no por eso hemos dejado de recibir su apoyo para las obras de catolicismo tradicional. 

Y son ellos los que hoy, bajo la violentísima tormenta que se ha desatado por la opinión histórica de Mons. Williamson sufren en sus cabezas, en sus escuelas, iglesias, en sus propias conciencias el acoso a causa de temas en los que no tienen la misma opinión, y con frecuencia tienen opinión contraria. Esto no les ha impedido ser católicos hasta hoy ¿hemos de exigirles que den su vida por tal cual visión del mundo en la que no creen sin faltar por ello un ápice a los artículos del credo? ¿Hemos de pedirles que marchen mansamente a la ruina de sus obras, sus familias y hasta de sus almas porque nosotros hemos decidido llevar al punto de prioridad en la agenda teológica un tema que solo lo es tangencialmente y según como se lo mire?

Los  nuevos amigos

Desde esta web hemos tendido siempre a ser amplios y generosos en nuestra concepción del catolicismo. Lo cual no pocas veces nos fue reprochado por los sectores “duros” del tradicionalismo. Y sigue siéndolo, porque los insultos nos llegan con tanta frecuencia como riguroso anonimato.

Por establecer puentes de diálogo con amigos que no militaban en la Tradición católica nos han estigmatizado. Ahora nos estigmatizan por no apoyar esta repentina amistad de muchos de estos hermanos en la Fe, con los que tenemos cuestiones que dirimir, pero, digámoslo con sinceridad, hasta hace poco más de un mes no tenían la menor simpatía y con frecuencia eran muy críticos de Mons. Williamson.

Tenemos que señalar al menos que hay una visión sesgada. Y una militancia cuyas consecuencias caen en cabeza ajena. Ellos proclaman y otros, los que siempre han estado y apoyado, sufren las consecuencias. Y no falta entre el tradicionalismo quienes aplauden esta erección de Mons. Williamson en héroe de cierta corriente de pensamiento histórico, sin tener en mente el daño que esto puede causar a la institución en la que se han cobijado durante décadas para su asistencia espiritual. Ni el daño que puede causar al propio pontificado, que ha dado pasos increíbles poco tiempo atrás a favor de la restauración de temas esenciales de la Tradición. Pasos que con frecuencia son discretos y que la mayoría de los críticos emotivos desconocen absolutamente.

Aliados y lobos

También es penoso comprobar como algunos aliados se vuelven lobos: los que adhieren al tradicionalismo siempre y cuando el tradicionalismo diga lo que yo quiero oír. Como si fuese esto una cuestión de libre examen.

Se milita en el tradicionalismo porque se obedece al Magisterio, a la Tradición apostólica, aún cuando esto pueda llevar, como penosa e indeseable consecuencia, al enfrentamiento con las autoridades romanas en los puntos en los que no está involucrada la indefectibilidad de la Iglesia, y solo como un hecho inevitable.

Así procedió Mons. Lefebvre, a quien hoy se reivindica para justificar todo tipo de criticismo insustancial. Mons. Lefebvre no consideró necesario plantear como parte de su lucha por la Iglesia las cuestiones atingentes a la historia moderna que hoy se ventilan como si fuesen, tanto su afirmación como su negación, dogmas de Fe.

Solo la preservación más elemental de la Fe, los sacramentos, el sacerdocio. Por eso con frecuencia rechazó o puso coto al apoyo de quienes querían instrumentalizar su figura para promover sus propios fines políticos o ideológicos. Por sincero que fuese cada uno de estos en sus convicciones.

Hoy por hoy, agitando fantasmas como el de un “Mons. Williamson héroe abandonado por todos”, o el otro, el del “dar testimonio de la verdad sobre hechos históricos” vinculados a la Segunda Guerra Mundial se postula ligeramente llevar a una situación sin salida. El martirio se declama con demasiada facilidad, sobre todo cuando no sentimos el silbido de las balas.

¿Daños colaterales o irresponsabilidad?

Se está poniendo en grave riesgo a miles de almas que se han acercado al tradicionalismo en busca de la Fe, y desconocen o no tienen opinión sobre estos temas… o tienen la opinión contraria a la de Mons. Williamson, como él bien sabe. Como él bien sabe, porque sus visitas a Alemania nunca generaron mucha alegría entre los tradicionalistas.

Es hora de dejar de jugar a las declaraciones, y de quitarse de la cabeza las fantasías del martirio. Una cabeza sensata y católica ha de poner toda su energía en la preservación de las misas, los sacramentos, las escuelas, todas las instituciones católicas que se han erigido con el sacrificio de varias generaciones y que nosotros no tenemos el derecho de dilapidar por veleidades personales.

Han de fijarse en que están sus hijos, en qué colegio los educan, en sus costumbres, en su lenguaje, si son dignos de las recomendaciones del Apóstol San Pablo. Basta ver sus facebooks… y no es necesario decir más.

Allí es por donde más peligra la Fe. No por guardar para sí sus opiniones sobre campos, números y métodos.

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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