Panorama Católico

Reflexiones de un Papabile

El 24 de marzo, Viernes Santo, el Card. Camillo Ruini cargó la Cruz durante el tradicional ejercicio del Santo Vía Crucis. La meditaciones estuvieron a cargo del por entonces Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el Card. Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio, uno de los “papabili” y sin duda el más prestigioso “formador de opinión”entre los cardenales. Es decir, uno de los hombres que, en virtud de su experiencia, edad y cargos será un referente importantísimo de los cardenales a la hora de definir el perfil del próximo pontificado y de sugerir candidatos. A proposito de esta función que le cabrá sin la menor duda, queremos destacar algunos textos de sus reflexiones y oraciones del Viernes Santo. Parecen indicios de que en la Curia Romana la actual situación de la Iglesia y del mundo se ve con gran preocupación.

Escribe Agustín Moreno Wester

Si bien en cualquier caso estas reflexiones y oraciones redactadas por el Card. Ratzinger para el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005 ameritan una lectura detenida, su importancia se realza por la ocasión. Fueron pronunciadas pocos días antes de la muerte -ya evidentemenente muy cercana- de Juan Pablo II, de quien el cardenal bávaro ha sido estrechísimo colaborador, aunque no siempre ha tenido la misma sintonía en todos los temas con el fallecido pontífice.

El Viernes Santo es el día de mayor duelo del calendario litúrgico. Es el día de la Pasión de Cristo, tan eficazmente reflejada por el film de Mel Gibson. El santo Via Crucis representa a lo largo de sus 14 estaciones o detenciones, momentos que la tradición de la Iglesia ha querido resaltar particularmente. Los ejercitantes escuchan una reflexión adecuada a la escena que se evoca. Comienza con la condena a muerte de Jesús y culmina con la colocación de su cuerpo sacratísimo en el sepulcro cavado en la roca, que donó José de Arimatea, uno de los pocos miembros del Sanedrín que reconocieron y siguieron al Mesías.

Creemos que todo el texto del Card. Ratzinger es digno de lectura atenta y meditación, por lo cual lo incluimos completo al pie de este comentario. Aquí solo queremos fijar la atención sobre algunos pasajes que parecen ser una descripción serena pero duramente realista del estado de la Iglesia en estos tiempos.

Sin que estas reflexiones aporten datos desconocidos por quienes seguimos a diario los acontecimientos de la vida de la Iglesia, la autoridad de quien las ha escrito les da una trascendencia mayor. Porque es nada menos que el Custodio de la Doctrina de la Fe quien reconoce en los pasajes que destacamos el estado del mundo, al cual tanto se ha pretendido seducir y conciliar con la Fe de Cristo, y en particular el estado del clero, como verdaderamente preocupantes.

Así en la Septima Estación, el Card. Ratzinger afirma:

“La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán -en nuestra condición de seres caídos- y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro… él nos mira para que despierte nuestro corazón… cae para levantarnos”.

En tanto, en la meditación de la Octava Estación nos previene:

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios -pensamos- hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí… llorad más bien por vosotros… porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco? »”

Para concluir en la oración correspondiente:

“Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva… no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15, 1-10)”.

Pero es sin duda la reflexión de la Novena Estación la que nos estremece. Las palabras del Cardenal son durísimas:

” ¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, tan piedad de nosotros. (cf Mt 8,25)”.

Y en la oración correspondiente afirma:

“Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos… espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos”.

La Estación Duodécima nos recuerda el misterio de la Cruz de un modo tan genuinamente católico que ya casi nos sorprende, acostumbrados como estamos a las vaguedades sentimentales de los predicadores de hoy:

“Sobre la cruz -en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo- está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado ». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? » (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo”.

Para concluir en la Oración que parece evocar el lema de la profecía de San Malaquías asignado al pontífice fallecido, De labore solis (del ocaso o el eclipse del sol) que hoy interpretar con más claridad como un anuncio del oscurecimiento de la luz de Cristo para el mundo y para la Iglesia:

“Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.”

Concluyendo con la oración:

“Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección”.

Solo nos queda esperar que estas reflexiones sean las que ocupen el pensamiento del Sagrado Colegio Cardenalicio y las que preparen el programa del nuevo pontificado, que estará bajo el lema De Gloria olivae, una esperanza de paz para la Iglesia y para el mundo, según la promesa de nuestra Señora de Fátima&#8230… “le será dado al mundo un tiempo de paz”.

Descargue el completo el texto del Cardenal Ratzinger

Volver a la Portada

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *