Panorama Católico

Roger-Thomas Calmel, O.P.: El Canon Romano

"Nosotros rezamos la nueva misa con piedad", le respondían buenos sacerdotes a las advertencias del autor sobre los peligros de la reforma del Canon y su traducción a lengua vernácula. A lo que Calmel les retrucaba: ¿y piensan Uds. que todos los sacerdotes y obispos de mundo serán tan seguros, piadosos y reflexivos como para evitar los peligros de desviación?

"Nosotros rezamos la nueva misa con piedad", le respondían buenos sacerdotes a las advertencias del autor sobre los peligros de la reforma del Canon y su traducción a lengua vernácula. A lo que Calmel les retrucaba: ¿y piensan Uds. que todos los sacerdotes y obispos de mundo serán tan seguros, piadosos y reflexivos como para evitar los peligros de desviación? El tiempo, lamentablemente, hizo de este liturgista dominico un profeta.

Roger-Thomas Calmel, O.P.
El Canon Romano

Prólogo de Jean Madirán
Editorial ICTION
Buenos Aires, 1983, 192 págs.

Habiendo leído en mi juventud este libro, no comprendí completamente su importancia, Hoy, orillando los 50 años y con más de treinta en la defensa de la Misa Tridentina sobre mis hombros lo aprecio en toda su valor y profética anticipación. ¡Qué sabios eran esos viejos buenos sacerdotes, más allá de su erudición, cuando nos advertían sobre el peligro de los "cambios" en aquellas cosas que nos vienen de Dios.

Ha dicho recientemente el Card. Arinze, en su intervención de las jornadas celebratorias del cincuentenario del Insitute Supérieur de Liturgie de Paris:

"La sagrada liturgia no es algo inventado…"

"Muchos de los abusos in el campo litúrgico no son producto no de la voluntad, sino de la ignorancia…"

"Que un sacerdote trate de compartir con los fieles laicos el rol que ejerce en la liturgia en virtud de su carácter sacerdotal [ministerial], el cual está estrictamente reservado a él, es una evidencia de falsa humildad y de una concepción inadmisible de la democracia o de la fraternidad…"

"Si uno debilita el papel del sacerdote o falla al justipreciarlo, la comunidad católica puede caer peligrosamente en la idea de que es posible concebir una comunidad sin sacerdotes…" (Alocución del 26 de octubre de 2006).

Esto en octubre de 2006. El libro del P. Calmel que comentamos es una recopilación de ensayos publicados en la revista Itineraires entre 1968 y 1975. Allí señala el autor que tanto la falsa traducción del Canon Romano como su versión "recortada" (segunda plegaria eucarística) y también las otras dos novedosas, aprobadas por el misal reformado de 1969, eran (usemos la expresión de Michael Davies) bombas de tiempo litúrgicas. Solo podrían ir en un sentido centrífugo de la fe, hacia infinitas formas de abuso y herejía.

La Misa Nueva no es inválida, dice Calmel, pero tiene en sí los virus que la invalidarán en el futuro en la mayor parte de sus versiones. Solo los sacerdotes piadosos, firmemente adheridos a Canon Romano, sobre todo en latín, pero aún en lengua vernácula guardarán celosamente su validez. Y pagarán por ello un duro precio: la persecución de sus hermanos en el sacerdocio y de sus pastores. Y ¡atención! hablamos solo de la "validez" que no se la cumbre del acto litúrgico, sino su presupuesto mínimo. No olvidemos que -como repite con incansable piedad el Canon Romano- es necesario que esta oblación sea grata y acepta a Dios, puesto que es ofrecida por hombres pecadores, como el sacrificio de Abel, el de Abraham o de Melquisedec.

Muchos de los sacerdotes y fieles que leen estas líneas saben que lo antedicho es verdad, una dolorosa verdad hoy.

El padre Calmel proponía, pues, mantener el Canon Romano intacto. ¡Tocar el Canon Romano!, algo inconcebible apenas unos años atrás para la mayoría del clero y de los fieles, aunque ¡ay! ya ignorantes, como ha dicho el Card. Arinze. Pero la idea de introducir novedades era vieja y trabajada eficazmente por una elite de subversivos liturgistas y teólogos "nuevos". Y recibida por buenos sacerdotes "ignorantes".

Así lo atestigua León Bloy ya en 1904, año de la elección de San Pío X. "Conozco a un sacerdote verdaderamente piadoso al que quiero y que me confunde hasta la desazón. Hay en él una necesidad de contradicción, sobre todo en materia de exégesis e incluso de liturgia, que me paraliza. Me hablaba hoy del Papa, y suprimía nombres de santos reconocidos o supuestamente apócrifos, aunque venerados por toda la Iglesia desde siempre. La idea de que el Canon de la Misa pudiera ser retocado no lo turba. Por mi parte yo veo en ello la semilla de la desesperación".

De toda presunción y desesperación, ¡líbranos Señor!

"Si alguno dijera que el Canon de la Misa contiene errores y que, por lo tanto, debe ser abrogado, sea anatema", dice el Concilio de Trento, añadiendo sobre el particular "Y puesto que conviene que las cosas santas sean administradas santamente, y siendo este sacrificio el más santo de todos, la Iglesia Católica, a fin de que digna y reverentemente fuera ofrecido y recibido, instituyó hace muchos siglos el sagrado Canon, de modo tan puro de todo error que nada se contiene en él que no respire en grado eminente cierta santidad y piedad y que no levante a Dios las mentes de los que lo ofrecen".

Y para sustentar la afirmación de Arinze respecto a que "la liturgia no se inventa…" dice el concilio tridentino a renglón seguido: "Consta él [Canon] en efecto, ya de las palabras mismas del Señor, ya de tradiciones de los apóstoles, y también de piadosas instituciones de los pontífices". (Sesión XXII; Dz 942).

Pero su rigurosa estabilidad conduce a la rutina en el celebrante…objetaban los novadores litúrgicos. Y el hecho de que se diga en voz baja no permite a los fieles participar del sagrado misterio

Bien pues, ahora hay de todo menos "rutina". Y el canon, si es que algo queda de él, se grita, canta, recita o lo que Uds. quieran. Si los fieles no lo oyen es porque están hablando, fumando o aplaudiendo, o las guitarras atruenan… Hasta aquí llegamos, como previó Calmel y tantos otros…

Un anticipo del libro, sus primeros dos capítulos, porque se pinta solo.

I

Numerosos sacerdotes que ya se habían puesto a decir en voz bien alta el canon romano, en una traducción sistemáticamente errónea, se han puesto de ahí en adelante a recitar otros cánones a la buena de Dios y según su fantasía: tres Cánones más; ¿Por qué no diez, quince u ochenta? Me pregunto yo. ¿Estarían obligados a obedecer a alguna prescripción legítima? De ningún modo. No existe en la materia ninguna obligación. ¿Se favorecería así la devoción del celebrante? Antes de responder, espero tener pruebas.

El “Pueblo de Dios”, según la expresión que hace furor por un momento, ¿tenía acaso tanta necesidad de oír gritar el Canon, y en lengua vulgar, y en cuatro formularios intercambiables? El Pueblo de Dios no aspiraba a nada de eso. Que se haga más bien el recuento de los fieles que, a la muerte de Pío XII, hace pues apenas diez años, habían pedido el Canon en francés, en voz alta y según cuatro formularios diferentes. El recuento se acabará pronto. Hay que convenir honestamente que hace diez años los fieles no deseaban estos cambios, ni siquiera los presentían.

Pero su confianza y su docilidad se vieron sorprendidas por sacerdotes inquietos, situados o disimulados en puestos importantes, sacerdotes enfermos de subversión, generalmente desprovistos de responsabilidad pastoral directa, echados a perder por el espíritu de sistema o gangrenados por el neomodernismo.

II

Antes de proseguir, podría demostrar largamente que el Canon Romano “traducido” es en realidad un canon falsificado. Si por ejemplo se sigue suplicando al Padre, ese Padre ya no es más clementísimo, sino sólo infinitamente bueno; ya no se recuerda que Él manifiesta su bondad infinita por el don supremo de su clemencia y de su misericordia: la inmolación por nosotros de su propio Hijo. Ese padre ya no tiene que ser apaciguado por el sacrificio de Nuestro Señor: basta con que acepte nuestra ofrenda con benevolencia. Ya no se le pide que considere con una mirada favorable una hostia de propiciación, sin mancha e inmaculada, sino solamente que mire nuestra ofrenda con amor. Como era de temer, silencio absoluto sobre la eternidad de la condenación. Sin duda, todavía se reza por los difuntos, pero sin recurrir a la indulgencia del Padre, así como sin hacer alusión al refrigerio del paraíso después de las llamas del purgatorio. La devoción, expresada formalmente en el texto latino, es cambiada en simple apego, con el fin de velar lo más posible la trascendencia al Creador y nuestra condición de criaturas. Para terminar con ésta enumeración, que está lejos de ser exhaustiva, de los arreglos y trampas ante los cuales no han retrocedido unos innovadores sin escrúpulos ni piedad, señalemos ésta omisión insolente, odiosa, en el relato de la institución que enmarca las palabras consagratorias: El término venerable ya no es empleado para calificar las manos de nuestro Salvador. Esas manos Divinas que antes de ser clavadas en la Cruz, partieron para todos los redimidos el pan eucarístico y nos presentaron para siempre el cáliz de la salvación, ya no se dirá más de ellas que son manos infinitamente dignas de veneración.

Pero ¿para qué insistir? Es por un verdadero abuso de confianza que los traductores se permiten llamar Canon Romano a un formulario de su cosecha, que no es ni una traducción, ni siquiera una paráfrasis; es un formulario diferente que, sin hacer inválida la Misa, ha sido sin embargo exactamente combinado para no atraer la atención sobre la esencia de la Misa: Sacrificio de propiciación por nuestros pecados; sacrificio idéntico al de la cruz (siendo sólo diferente el modo) y por lo tanto sacrificio satisfactorio y que no es alabanza perfecta sino porque es primero satisfacción infinita; en fin, sacrificio que debe ser ofrecido con toda la veneración, devoción y humildad de que es capaz una Iglesia santa pero compuesta de pecadores siempre frágiles, siempre expuestos a perderse. En el Canon falsificado es visible que se ha tenido cuidado de no despertar en el corazón del sacerdote o del fiel ya sea sentimientos de Fe, en lo que es constitutivo de la Misa: sacrificio de propiciación con el mismo título que el de la cruz, no difiriendo de éste sino en la manera de ofrecerlo.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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