Panorama Católico

Romano Amerio: Iota Unum

De pronto nos sorprendimos de no tener una noticia bibliográfica de uno de los libros centrales para entender la crisis actual de la Iglesia: el texto ya clásico de Romano Amerio, Iota Unum.

De pronto nos sorprendimos de no tener una noticia bibliográfica de uno de los libros centrales para entender la crisis actual de la Iglesia: el texto ya clásico de Romano Amerio, Iota Unum.

En el abordaje de este texto hemos de resignarnos a un volumen inevitablemente denso. Esta densidad está impuesta por la materia en cuestión, pero también por la extensión y profundidad de los hechos que el autor revisa a los efectos de analizarla con la mínima extensión que exige un estudio de fondo.

Se trata, nada menos, que de las “Transformaciones de la Iglesia Católica en el S. XX, las cuales no han sido ni pocas ni superfluas. Amerio es un notable teólogo suizo al cual la Iglesia comienza a hacerle justicia, quien, pese a su sangre italiana, tiene marcada la impronta helvética: mesura y precisión.

Amerio habla exponiendo los temas con el orden, la extensión y el grado de profundidad que considera necesarios a su propósito expositivo. No cede un milímetro a la referencia erudita innecesaria, ni se priva de las que estima indispensables para fundar sus juicios, con frecuencia abiertos, porque los problemas apenas si se pueden exponer, dejando su definitiva resolución al juicio de la Iglesia, única autorizada a despejar las incógnitas en la materia.

Dado que el período que analiza con paciencia y rigor, como quien desmonta una maquinaria compleja, que es el inmediato preconciliar, el conciliar y posconciliar (no sin antes orientar al lector mediante un capitulo propedéutico que reseña los conceptos de crisis y transformación aplicándolos a los grandes sucesos desde la Iglesia primitiva hasta la condena del modernismo), en la medida que centra su estudio sobre finales de los cincuenta en adelante, Amerio alude permanentemente y enjuicia los dichos de los pontífices reinantes, además de una pléyade de figuras eclesiásticas. Se interna en sus textos, complejos, e intenta una interpretación de la mente papal, a la luz de sus dichos y sus hechos.

Especialista en el Concilio Vaticano II desde el comienzo, puesto que fue perito teológico del Obispo de Lugano y conoció la gestación de los esquemas preparatorios, no duda en calificar a la última reunión ecuménica de la Iglesia como la más grandiosa de todas en número, aparato propagandístico y repercusión publicitaria mundial. Lo mismo que por su enorme influencia tanto dentro como fuera de la Iglesia, si bien no duda en afirmar que sus características son ciertamente anómalas a la luz de los concilios ecuménicos anteriores y del magisterio en general.

Aquí es donde se encuentran las semillas de los problemas de lo que luego se han designado bajo la expresión “espíritu del Concilio”, recientemente descalificado por el Papa Benedicto XVI.

Amerio debió enfrentar ante todo el problema de la documentación. Hallar con paciencia archivos que no se habían preservado ni siquiera en la biblioteca vaticana ni en las eclesiásticas y sí en algunas civiles. Por ejemplo, los esquemas originales, (20, de los cuales solo sobrevivió 1). Es que salvo el supérstite en cuanto a su contenido (el del Cardenal Bea) estos documentos estaban concebidos en la forma clásica: lenguaje, exposición, precisión terminológica, distinción entre la parte doctrinal y la dispositiva…)

Estos esquemas colapsaron por una maniobra del obispo de Lille (curiosamente el predecesor de Mons. Lefebvre y quien lo ordenara y consagrara). Violentando el reglamento sinodal previo a la apertura del Concilio, el Card. Liénart pidió la palabra –la que le fue denegada porque no se preveía ningún tipo de deliberación en el orden del día, sino la votación- y haciendo uso de ella por la fuerza impidió la elección de los candidatos propuestos para formar las comisiones definitivas. (13 de octubre de 1962). Asimismo, en noviembre de ese mismo año y ya sobre la inauguración, un grupo del que participaba el propio Liénart, pero liderado por Bea propuso la reconfección en términos innovadores de ciertos documentos cuya formulación no era del gusto de dicho partido. Se llevó a votación y triufó la posición conservadora. El Papa, sin embargo, con su autoridad, invalidó la elección y dio razón a los modernos.

.Así, con la anuencia post factum de Juan XXIII se introdujo el precedente de recambio completo de los esquemas preparados y de las autoridades naturales de las 10 comisiones conciliares, principalmente formadas en principo por los redactores de esos esquemas. Fue el propio Bea el encargado de ponderar al Papa las bondades de un procedimiento tan irregular.

Sin embargo, Amerio no aborda el tema bajo una perspectiva anecdótica, al estilo de Ralph Wiltgen (El Rihn Desemboca en el Tiber), aunque lo tenga como fuente de algunos hechos. El menciona los episodios como parte de las razones que explican ciertos hechos, de otro modo doctrinalmente incomprensibles. El cambio de reglamento, desplazamiento de autoridades, reformulación de mayorías cuando no prosperaban los votos de los innovadores y, sobre todo, la inacción y posterior sanatio del Papa ante todos estos hechos, terminó desanimando al fuerte sector tradicional e inclinando a la mayoría bajo el peso de la autorida pontificia que se manifestaba por el laissez faire.

Por otra parte, se fue imponiendo un espíritu de novedad que ganó a la mayoría y, como dice Amerio, los padres conciliares fueron perdiendo el miedo a la contradicción, lo que resultó en formas de redacción viciadas de anfibología, ambigüedad y neologismos de muy poco rigor teológico. Es notable que este defecto está ya fuertemente presente en el discurso inaugural del Papa Juan XXIII, el cual se analiza en detalle en Iotan Unum, con conclusiones sorprendentes.

Otro precedente de una praxis cotidiana luego es el de las traducciones unánimemente equívocas, erróneas u omisivas en el mismo sentido aplicadas luego principalmente a la liturgia. Aquí el autor nota que los textos oficiales son los latinos, pero que la enorme mayoría de los que citan el Concilio utilizan versiones en vernácula viciadas de estos defectos tan graves que por momentos parecen más paráfrasis que traducciones propiamente dichas.

Para no extender más el listado de temas que Amerio aborda, digamos que las apretadas 516 páginas de la edición castellana constituyen un riguroso desmenuzamiento de la transformación conciliar y postconciliar sobre documentos y hechos fielmente documentados, realizados con precisión y desapasionamiento.

Su obra es indispensable para quien quiera comprender la profundidad de estas transformaciones sin caer en la tentación del sedevacantismo (más visceral que intelectual) ni en la de la “obediencia a ciegas”. Las finas distinciones del autor explican lo que muchas veces el católico preparado pero no experto en temas teológicos no puede explicarse. En un caso como puede subsistir la contradicción en la doctrina magisterial sin que esto suponga una “usurpación” de las cátedras, en particular la del Sumo Pontífice. En otro la necesidad de ser concientes de estos problemas (la Fe no obnubila la razón) y sobre todo de la imposibilidad práctica de “obedecer a ciegas”, actitud tan del gusto de un amplio sector conservador. O de justificar textos que, a todas luces, no tienen ni coherencia interna ni con el resto del magisterio. No es una mera cuestión de “callar y obedecer”. Porque obedeciendo a lo que dicen ciertos textos modernos necesariamente estaríamos desobedeciendo a lo que ha sostenido siempre la Iglesia.

Esto no implica asumir funciones de juez, pero si de católico alerta que debe defender y confesar su fe sin contradicciones, dejando a la Iglesia misma la tarea de esclarecer con su juicio supremo este período tan convulsionado.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *