Panorama Católico

Sacramentum Caritatis: Estrategia y táctica del progresismo y la iniquidad enmascarada

Desde hace mucho tiempo existe una estrategia no declarada y una táctica móvil aplicable a cada circunstancia. La estrategia,
término de origen castrense, es el arte de dirigir las operaciones y se
identifica con un plan inmutable que tiene también un fin inmutable.

Desde hace mucho tiempo existe una estrategia no declarada y una táctica móvil aplicable a cada circunstancia. La estrategia,
término de origen castrense, es el arte de dirigir las operaciones y se
identifica con un plan inmutable que tiene también un fin inmutable.
Como lo denunciaba hace un siglo San Pío X ”traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro”; según el gran Papa Santo, el plan se aplica “a la raíz misma” de la Iglesia.

 

Escribe Alberto Caturelli

1. Estrategia y táctica del “espíritu del mundo”

La exhortación apostólica Sacramentum Caritatis fue promulgada por el Santo Padre Benedicto XVI el 22 de febrero de 2007.

 

Los
diarios de las primeras semanas de marzo, en sus títulos y crónicas
permiten identificar el “espíritu del mundo” interesado solamente en lo
“sensacional” que pudiera dañar, horadar o desprestigiar a la Iglesia
Católica. Al mismo tiempo es interesante analizar las reacciones de
personajes de entrecasa en las que puede percibirse la interpretación
sin compromiso, la sordina aplicada a toda la composición, la sordera
respecto de lo “dicho”, el velamiento progresivo de lo develado. Ante
el gran documento, terriblemente vinculante, algunos se desvinculan
manifestando que no hay sorpresa, que era lo esperado
(sobre todo de Ratzinger!), que es un intento de recuperar la
tradición, que –después de todo- el documento aunque refleja el
pensamiento del Papa “es el producto del trabajo en el sínodo de
Obispos, que se hizo hace dos años”; que el documento, dice el titular
de un diario, tiene “el sello de Ratzinger”… Pero lo mejor es un
silencio que se puede “oír”.

 

Desde
hace mucho tiempo, detrás de esta malla de innumerables hilos, existe
una estrategia no declarada y una táctica móvil aplicable a cada
circunstancia. La estrategia, término de origen castrense, es
el arte de dirigir las operaciones y se identifica con un plan
inmutable que tiene también un fin inmutable. Como lo denunciaba hace
un siglo San Pío X ”traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino
desde dentro”; según el gran Papa Santo, el plan se aplica “a la raíz misma” de la Iglesia (Pascendi,3). La estrategia, ciertamente diabólica, es inmutable en su propósito esencial. La táctica,
compuesta de “reglas” o procedimientos que orientan las operaciones (a
veces hábilmente disimuladas para lograr el fin) es cambiante,
dinámica. San Pío X habla de “una táctica… insidiosa” que caracteriza a
los modernistas y que consiste “en no exponer jamás sus doctrinas de un
modo metódico”. El “teólogo” progresista habla por sí mismo, es
“creador” y las “originalidades” doctrinarias son casi tantas como el
número de “teólogos” y de “opinadores” esparcidos por todas partes.

 

La
estrategia es siempre la misma –desde el seno de los Doce con el primer
traidor- hasta el fin de los tiempos. La táctica es cambiante,
“insidiosa” y así será hasta el fin de la historia.

 

En medio de esta “tensión” cargada de misterio, se promulga la exhortación apostólica.

2. El contenido esencial de la Sacramentum Caritatis

La
primera línea del documento recuerda que la Eucaristía “es el don que
Jesucristo hace de si mismo”, su “infinita humildad” y su amor también
infinito porque tanto nos amó que nos hizo “el don de su cuerpo y de su
sangre”; de ahí la colaboración litúrgica que nos obliga a “leer los
cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza
el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas
artificiosas”.

 

Se trata del misterio que se ha de creer, que se ha de celebrar y que se ha de vivir.

 

En
cuanto a lo que se ha de creer, es el “misterio de la fe” por
excelencia que supera toda comprensión humana; pan “que baja del cielo
y da la vida al mundo haciéndonos partícipes de la intimidad
trinitaria” (I, nº 6,7). La Cena ritual es “conmemoración del pasado” y
también “memoria profética” anticipando la crucifixión y la victoria de
la Resurrección que es cambio radical (nº 9-11). Es lo que hace la
Iglesia guiada por el Espíritu Santo revelando “la precedencia no sólo
cronológica sino también ontológica del habernos “amado primero” (nº
14). Se iluminan así la sacramentalidad eucarística de la Iglesia, el
vínculo íntimo entre Bautismo, Confirmación y Eucaristía y el papel
esencial de la Penitencia. Inmersos, hoy, en una (pseudo) cultura que
quiere borrar el pecado, favorece esa actitud que lleva a olvidar la
necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la
comunión sacramental (nº 20).

 

Resalta
aquí la relación entre la Eucaristía y el sacramento del Orden (Lc
22,19) en cuya celebración el sacerdote actúa en nombre de toda la
Iglesia; invierte su misión el que se pone a sí mismo o sus “opiniones”
en primer plano; por el contrario, debe evitar todo lo que pueda dar…
la sensación de un protagonismo inoportuno (nº. 23). A esta verdadera
configuración con Cristo se asocia íntimamente el celibato sacerdotal
cuyo “carácter obligatorio” el Santo Padre reafirma (nº 24). De ahí la
extrema importancia de la formación de los sacerdotes y es grave
obligación de los Obispos que deben omitir la ordenación de “candidatos
sin los requisitos necesarios” (nº 25).

 

Simultánemente,
surge luminosa la íntima relación de la Eucaristía y el Matrimonio que
“copia” la santísima e indisoluble unión esponsal de Cristo y la
Iglesia. De ahí que sea “una verdadera plaga” la existencia de esposos
separados que contraen nuevas “nupcias” (es decir, que viven en
adulterio o en concubinato); en ningún caso pueden recibir la Comunión
“porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa
unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza
en la Eucaristía” (nº 29). Es lo que siempre supimos: todo católico que
cae en pecado mortal (y se vuelve miembro muerto del Cuerpo Místico) no
puede comulgar hasta restaurar la gracia por medio de la confesión
sacramental.

 

La
exhortación no podía concluir esta primera parte sin recordarnos que la
Eucaristía inaugura objetivamente el tiempo escatológico (nº 31) y su
vinculación íntima con María y su “docilidad incondicional” (nº 33).

 

En cuanto a lo que se ha de celebrar,
precisamente porque Cristo es el “pan del Cielo” es también una
epifanía de la belleza constitutiva de la liturgia. Al recibirlo somos
el que recibimos y “Él nos asimila a sí”. De ahí la necesidad de
impedir toda separación entre “el arte de celebrar rectamente” y la
“participación plena” de los fieles. En punto tan delicado, el liturgo
y el modelo es el Obispo quien tiene ante Dios la responsabilidad de
que se “respeten plenamente” las reglas del ars celebrandi ( nº 39 y 57); normas, gestos, silencios, movimientos… sobriedad.

 

El
“cántico nuevo” del misterio, rechaza que se pueda utilizar “cualquier
canto”: se han de “evitar la fácil improvisación” (¡hemos soportado
tantas en tantos lugares!) y valorar adecuadamente el canto gregoriano
como canto propio de la liturgia romana” (nº 42). Esto es así debido a
“la unidad intrínseca del rito de la Santa Misa” (nº 44), la que
implica “la necesidad de mejorar la calidad de la homilía” que debe ser preparada con esmero
(nº 46); el documento recomienda sobriedad, la conveniencia de moderar
algunos gestos como el saludo de la paz (nº 49) y ese tiempo precioso
de acción de gracias después de la Comunión: “permanecer recogidos en
silencio” (nº 50).

 

La despedida de la Misa: en el detestado latín se dice Ite, missa est. El documento lo relaciona con el sentido que en latín tiene como misión (nº 51). Cada uno de los miembros del Cuerpo Místico participa de la misionalidad de la Iglesia. Con esa missio sale del templo y va al mundo.

 

Todo
lo dicho implica: necesidad de claridad en la actuación del sacerdote
que es “quien preside de modo insustituible” (nº 53); evitar los abusos (nº 54); imposibilidad de dar la comunión a los cristianos no católicos que no están en plena comunión
con la Iglesia (nº 56). Además, para mejor expresar la unidad y
universalidad de la Iglesia, “exceptuadas las lecturas, la homilía y la
oración de los fieles (quisiera recomendar) que igualmente dichas
celebraciones fueran en latín; del mismo modo rezar en latín las
oraciones más conocidas” (nº 62). La exhortación recomienda a los
futuros sacerdotes ¡que aprendan el latín! y que los mismos fieles
(como nuestros abuelos) “conozcan las oraciones más comunes en latín y
que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia”. Emocionan
nuestro corazón católico las líneas dedicadas a la catequesis
mistagógica y a la relación entre celebración y adoración (nº 64-69).

 

En cuanto a lo que se ha de vivir,
todo está dicho en el texto de San Juan con el cual comienza la tercera
parte de la exhortación: ”De la misma manera que Yo, enviado por el
Padre viviente, vivo por el Padre, así el que me come, vivirá también por Mí (Jn 6,57).
Las palabras que he subrayado muestran que el culto no es desencarnado
sino que “nos hace partícipes de la vida divina” (nº 70) de modo
absolutamente concreto: en el día del Señor (el domingo) “día
de la nueva creación y del don del Espíritu Santo” (nº 73), en nuestra
pertenencia total a Cristo en la espiritualidad y en la evangelización
de toda cultura; subraya la exhortación la inmensa importancia del Pan
del cielo en la espiritualidad sacerdotal (nº 80) y en la “coherencia
eucarística” que debe tener nuestra vida (nº 83) manifestada como
misión y como testimonio (nº 84, 85). Es lo que ofrecemos al mundo y a
la comunidad social (nº 89, 91), hasta tal punto que debemos tener
conciencia que cuando damos gracias por medio de la Eucaristía, lo
hacemos “en nombre de toda la creación” (nº 92).

 

La Eucaristía
es, pues, “el origen de toda forma de santidad” a la que todos somos
llamados (nº 94), como María, “Mujer eucarística” que nos conduce
amorosamente con “el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús”
( nº 97).

3. La táctica “insidiosa”

a) Antecedentes prototípicos

 

Ahora que hemos estudiado y sintetizado el documento Sacramentum Caritatis, lo consideraremos en la perspectiva de la tensión entre estrategia y táctica “modernistas” que si alcanzara la victoria imposible, la Iglesia Católica dejaría de existir. Creo que por esta razón San Pío X calificó de “insidiosa” la campaña modernista ad intra
de la Iglesia. Insidiar es poner acechanzas; por eso, cuando decimos
que tal sujeto o tal plan es insidioso, queremos señalar que es dañino
con apariencias inofensivas; también lo decimos de una enfermedad que,
bajo apariencia benigna oculta suma gravedad.

 

El lector observará que estas reflexiones señalan a cada paso hechos locales y frecuentemente personales. Este modo de exponer es deliberado porque, aunque se trate de experiencias singulares, también lo son de muchos
hermanos en la fe que por comprensibles causas no pueden expresarse ni
exponer sus intuiciones, sus preocupaciones, sufrimientos y
perplejidades, sus errores, sus sorpresas y su confusión.

 

No
comprenden que Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Ion Sobrino, Forte,
sean invitados de honor en Universidades e Instituciones católicas y me
preguntan si Roma no estará equivocada; recientemente, en marzo de 2006
una señora (presidenta de las llamadas “abuelas de Plaza de Mayo”) fue
designada “doctora honoris causa” de la Universidad Católica de
Córdoba, sin mérito académico alguno ni como reconocimiento a virtudes
heroicas. La autoridad guardó SILENCIO. Recordé vívidamente un episodio personal entre muchos otros: en 1993 fue promulgada la Encíclica Veritatis Splendor e inmediatamente publiqué un artículo en Gladius
(X, nº 28, p. 3-32, 1993); allí me preguntaba qué pasaría en Seminarios
y Universidades si se cumplieran fielmente las instrucciones del Santo
Padre; dice el Papa: “nunca están exonerados de sus propias
obligaciones. Compete a ellos, en comunión con la Santa Sede, la
función de reconocer, o retirar en casos de grave incoherencia, el
apelativo de “católicas” a escuelas, universidades o clínicas,
relacionadas con la Iglesia” (cap. III, nº 16 in fine). En esos días
regresaba en un vuelo de Aerolíneas de una jornada de trabajo en el
Conicet y quiso la casualidad que me tocara sentarme al lado de un
eclesiástico, antiguo alumno mío; dirigí a él mi saludo cordial… apenas
un gesto frío… y la mirada hacia otro lado. Quedé sorprendido hasta que
me di cuenta: ¡el artículo de Gladius! ¡Había olvidado que yo era acusado de “papista”! ¡qué honra para mí”!

 

Al leer minuciosamente la exhortación Sacramentum Caritatis
comprendí más hondamente lo que suelo llamar “antecedentes
prototípicos” que he sufrido y sufro todavía, algunos de los cuales
irán reapareciendo en esta exposición. Recuerdo con dolor aquellas
risitas con que fueron recibidas mis citas de Royo Marín, de Spicq, de
Schmaus o de …Ratzinger.

 

Como el lector ve, el Espíritu Santo tiene buen humor.

 

b) Coincidencias no-casuales y el escándalo del silencio La desilusión de cinco jesuitas de Córdoba.

 

Para
los que nos dedicamos al estudio, Jon Sobrino es viejo conocido y el
lector puede encontrar –en las librerías “católicas”- varios de sus
libros editados por ejemplo por Editorial Sal Terrae de Santander y no
es novedad que su “cristología desde abajo” (la sola expresión lo dice
todo) afecta gravemente la divinidad de Cristo, el misterio de la
Encarnación y su mediación salvífica.

 

El diario La Nación
informa de la notificación a Sobrino por parte de la Sagrada
Congregación para la Fe (15.3.07, 1ª sec., col. 1-2) la cual, sin que
haga falta entrar en detalles doctrinales, advierte que las obras de
Sobrino (uno de los antiguos inspiradores de los Sacerdotes para el
Tercer Mundo) muestran “notables discrepancias con la fe de la
Iglesia”. Para un católico eso basta: es un caso gravísimo sin hablar
todavía de franca apostasía. La noticia de La Nación firmada
por la corresponsal en Italia recuerda que Sobrino enseña en la
Universidad de Centro América de los jesuitas de El Salvador. Allí
fueron asesinados por los “escuadrones de la muerte” seis religiosos
(entre ellos Ignacio Ellacuría, discípulo de Zubiri que se decidió por
la acción “revolucionaria”). Sobrino se salvó porque estaba ausente.
Esto ocurrió en 1989. La periodista no sabe que en esa misma época, el
filósofo católico Francisco Peccorini, mi amigo, profesor a la vez en
la California State University y en El Salvador, habló por televisión
contra la guerrilla marxista. Fue inmediatamente asesinado. Tengo ahora
a la vista algunos de los libros de aquel caballero cristiano hoy un
“desaparecido” por el cual nadie pide ”justicia”.

 

Casi al mismo tiempo, con ocasión de la notificación a Sobrino y la publicación de la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis,
cinco jesuitas de Córdoba, uno de ellos Rector de la Universidad
Católica, publicaron una suerte de carta titulada irónicamente “¿Y la
Buena Noticia?” (La Voz del Interior, 17.3.07, Ap. 14,
col 4, Cba.). Después de recordar a Sobrino como uno de los teólogos
“más reconocidos” y hacer una vaga referencia a sus “herejías”, se
lamenta: “Si a esto se le suma la reciente carta apostólica firmada por
Benedicto XVI sobre la Eucaristía en la cual se vuelve a insistir en
que no pueden comulgar los divorciados y vueltos a casar salvo que
‘vivan como hermanos’ (con lo que se confirma la sospecha de que ‘lo
malo’ es el sexo), y que se recomienda volver al uso del latín en
algunas oraciones de la misa, el panorama de retroceso es claro… y
lamentable”.

 

Volveré
sobre esto. Por ahora diré que lo realmente lamentable es el rechazo
explícito de la autoridad del Vicario de Cristo, la exaltación de un
Concilio Vaticano II que jamás existió (enseguida me ocuparé también de
ello), el rechazo del latín y del canto gregoriano como al menos un
“cultismo litúrgico de dudoso gusto y escasísimo sentido pastoral” y
ese “cachetazo” de negar la Comunión (el Cuerpo y la Sangre de Cristo)
a los que viven en pecado mortal. ¿Qué desean? ¿Un pecado mayor? Claro,
para decir esto hay que tener fe. La desilusión de los cinco jesuitas
es grande. Por eso concluyen con un elocuente “qué lastima”.

 

Quizá
el lector piensa que estoy escandalizado por el documento. No. No lo
estoy a causa del documento. Pero sí estoy inmensamente escandalizado;
siento una especie de escándalo sin retorno y sin remedio aquí y ahora.
Estoy escandalizado por el SILENCIO. No me interesa que se hayan
realizado entrevistas, ni siquiera admoniciones no públicas, que el
Canciller de la Universidad haya o no considerado el documento (no lo
sé) y lo mismo digo de las otras autoridades jerárquicas. Los fieles
necesitan no ser “aturdidos” por el SILENCIO sino que “la potestad
sagrada sea ejercida” en nombre de Cristo, potestad “propia, ordinaria
e inmediata” (
Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 27). Ese es el escándalo que siento: el escándalo del SILENCIO.

 

c)
La eliminación del término “pecado” y la imposibilidad de dar la
Comunión a los adúlteros y a los que viven en concubinato. Presencia
activa de una estupidez arrasadora.

 

Tanto en el documentito de los cinco como en diversas “declaraciones” que he leído después de la promulgación de la Sacramentum Caritatis,
se percibe la no utilización de términos que parecen tácitamente
prohibidos: el primero es el término “pecado”. Suele ser sustituido por
el vocablo “error”. Un error puede no ser pecado, debido a
múltiples causas; no siempre la no adecuación del predicado a la
realidad es falta moral; puede haber error pecaminoso in causa
en cuyo caso sí sería pecado. Pero eso es filosofía. Aquí hablamos del
pecado como la libre ruptura con el mandamiento divino y el desalojo de
la gracia (del mismo Dios Vivo) de nuestra alma. Por eso, cuando
pecamos mortalmente (muere el alma para la gracia) desalojamos
a Dios Uno y Trino. Esto no es “error”: es diverso e infinitamente más
grave, terrible mal que sólo puede “curar” el arrepentimiento y el
sacramento de la Penitencia (por cualquier duda, ¡consulte el
Catecismo!). Con ocasión del pecado público de sodomía de un alto
personaje, en Santiago del Estero, se dijo públicamente que “cayó en un
singular error humano”; que de todos modos ayudó (¡sic!) a los
seminaristas “a fortalecer su fe” y su “vocación sacerdotal” (La Nación, 30.8.05, 1ª sec., p. 8, col. 3-5). Cuesta leer semejante declaración.

 

Ahora,
con motivo de la reafirmación pontificia de la imposibilidad de dar la
Comunión (Cristo vivo sacramentado) a los divorciados “vueltos a casar”
(o juntar) se afirma que es un lamentable “retroceso” (dicen los cinco
jesuitas). Otro ha dicho a la prensa: “Los divorciados vueltos a casar
siguen siendo tan católicos como el Papa y los Obispos. No pueden
comulgar porque tienen un obstáculo que no les permite llegar a la
plenitud de unión con Jesús. Pero si ponen el esfuerzo en Dios,
mantienen la vida de oración, Dios no los va a dejar de lado” (La Nación, 18.3.07, 1ª sec., p. 22, col 2).

 

Veamos:
los divorciados (siendo así que la Iglesia sostiene la indisolubilidad
del vínculo) no son tales, sino “separados” y vueltos a “casar”, por
ejemplo, por la ley civil que acepta la disolución del vínculo; son
pues adúlteros que ahora viven en concubinato. Sea como fuere están en pecado mortal habitual.
Ese es, nada menos, el “obstáculo” por el cual no deben comulgar
agregando otro pecado aún mayor; la verdad es que han desalojado la
Gracia y, en ese sentido, son menos católicos que el Papa y los Obispos porque el pecado mortal los convierte en miembros muertos
de la Iglesia. Por otra parte, dan un pésimo ejemplo tanto a sus
hermanos en la fe como a todos los demás. Para poder “llegar a la
plenitud de la unión” con Cristo, deben arrepentirse, dejar el pecado
habitual (y cualquier otro, es claro); lo único verdadero de las
líneas transcriptas es que Dios “no los va a dejar de lado”. También se
recomienda que se mantenga la vida de oración. Uno se pregunta: ¿cómo
hago para mantener y aumentar “la vida de oración” si estoy en pecado
mortal?

 

Otra
persona ha declarado (sin emplear ni por casualidad el término
“pecado”) que quien no mantuvo el compromiso “y concretó una nueva
unión, se encuentra en una situación en la que no puede acceder a la
Comunión” (La Voz del interior, 25.3.07, p. 21 A, col.. 2, Cba.) No se habla de infidelidad (que destruye la castidad conyugal) ni de pecado mortal
(concretar la “nueva unión”); pecado grave por el cual comete una falta
mayor como sería recibir a Cristo Sacramentado. Ya sabemos, por
supuesto, que para la Santa Iglesia no es éste un caso de excomunión
(en el sentido canónico) pero Ella los espera por medido de la
Penitencia y el infinito amor de Cristo.

 

En verdad “me duele” saber que Fulano y Mengana no pueden y no deben
recibir a Cristo Sacramentado; pero si digo que “la Iglesia está
buscando la forma de resolver esto, siempre”… en realidad debería decir
que la Iglesia desde su fundación, no busca sino que ofrece la única
forma sacramental de resolverlo instituida por Cristo. No hay caso:
parece que no se pueden emplear términos tan claros como “pecado
mortal”, “gracia”, “fornicación”, “adulterio”, “concubinato”… quizá
porque caen socialmente mal, porque no quiero “ofender” a nadie.
Infinitamente peor es la ofensa que permanentemente se infiere a Dios y
el corrosivo ejemplo o anti-ejemplo para los demás, sobre todo para los
niños y adolescentes. ¿Cómo puedo decir a mis hijos que “no me voy a
poner a hacer una lucha contra el preservativo”? ¡Por supuesto que voy
a luchar! ¿Que respeto a quien los usa? (como persona sí, pero debo
“odiar” el pecado que comete). ¿Es posible que un padre de familia como
yo tenga que leer u oír esto?

 

Cuando
alguien dice que esta imposibilidad de comulgar que afecta a los
“vueltos a casar” (léase re-juntados, adúlteros o concubinos) “nos
obliga a ofrecerles toda la ayuda pastoral que merecen” (AICA, LI,
2623, p. 391, 28.3.07), creo que debemos entender que la “ayuda
pastoral” consiste en exhortarlos con la ayuda de Dios a que dejen el pecado mortal habitual y vuelvan a la vida de la gracia. Y si es necesario, actuar enérgicamente. El verdadero amor es a veces “violento” y tierno, “intolerante” y firme.

 

En
el documento de los cinco, los autores se quejan: “la ratificación
explícita de que se continúa excluyendo de la comunión a los
divorciados y vueltos a casar, es la confirmación de lo que ya se
sabía, pero en este contexto no deja de ser un nuevo cachetazo. Algo
así como si la comunión fuera un premio para “los buenos”, en
particular para los que tienen conductas sexuales adecuadas a las que
las encíclicas indican, y no fuera lo que es -Pan para el camino-
alimento para los peregrinos…”

 

Aclaremos las cosas:

 

1) No se trata de una “exclusión” sino de la imposibilidad de recibir a Cristo Hostia en pecado mortal.

 

2)
Estrictamente hablando, para los católicos, no existe un “volverse a
casar” si el otro cónyuge está vivo. Es adulterio o concubinato, o las
dos cosas.

 

3)
¿Cuáles son las conductas sexuales “adecuadas”? Las Encíclicas (o la
doctrina de siempre) no hacen más que enseñar lo que el mismo orden
natural promulga en la conciencia y por qué la unión sexual en el
matrimonio cristiano es canal de gracia y santificación como copia del
amor fiel de Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. ¿De dónde salió el
error de que el sexo es malo? No salió de la Iglesia Católica. Eso es
seguro y la bibliografía, inmensa.

 

4) ¿Cuando califican a la Santa Comunión como “Pan para el camino” quieren decir que ese Pan es
Cristo en Persona, o no? Si lo es, no debe recibírselo en pecado
mortal; si no lo es (como a veces sospecho de algunos “teólogos”)
entonces… no tiene importancia. No creen en la presencia real.

 

5)
¿Sólo son buenas las “conductas sexuales adecuadas a lo que las
Encíclicas indican?”. Sí. así es. O los cinco niegan toda autoridad al
Magisterio Ordinario. Eso sí está claro.

 

En
esto de las “conductas sexuales” se desliza y manifiesta una enorme
estupidez. En la metafísica y en la Teología del matrimonio (orden
natural y sobrenatural) se revela una insensatez esencial, “infinita”,
propia de una razón que ha perdido la luz de la inteligencia, a la cual Sciacca llamaba la estupidez tan omnipresente como el ser,
una inteligencia “oscurecida” que, en este caso, niega lo que no ve y
no comprende. Por eso es torpeza notable, aturdimiento, pasmo. Ante la
sexualidad, estos cinco caen en una estupidez arrasadora. La
sexualidad, implicante de toda la persona, es perfección constitutiva
del hombre como imago Dei. Por eso la unión sexual sacramental
es santificante y supone: castidad pre-matrimonial, castidad conyugal
(que es la misma fidelidad) hasta el fin. Si se me permite el
atrevimiento menos pudoroso, hablando como hombre con más de cincuenta
y cinco años de matrimonio, ocho hijos y veintiséis nietos, quienes
practican “conductas sexuales” no acordes con la docencia perenne de la
Iglesia no saben lo que se pierden. La fidelidad hace de
la actividad sexual algo hermoso, profundo y lleno de sentido. Les digo
a los fornicarios, a los adúlteros y a los “otros”: ¡No saben lo que se han perdido! Stultorum infinitus est numero!

 

d) La exhortación apostólica ¿implica un pre y un post Concilio?

 

Ante la Sacramentum Caritatis,
las ovejas no necesitamos que nos digan: quédense tranquilos, el
documento “confirma” el Vaticano II; menos aún que aquellos cinco
afirmen que es “un retroceso”; mucho menos que alguien nos advierta que
“el mensaje del Papa no contiene ni un retorno a la época preconciliar
ni nada “que implique alejar a los fieles de la Iglesia” (La Nación,
18.3.07, 1ª Sec., p. 22, col 1). No hay “retorno” en el sentido
empleado porque no existe, desde el punto de vista del sacro depósito
una “época preconciliar”. Desde las Actas del Vasticano II -que he
estudiado de veras hace muchos años- retrocediendo hasta la primera
reunión de Jerusalén, la Iglesia (no “nuestra” sino de Cristo) ha dicho
siempre lo mismo. No existe un pre y un post Concilio. Decía el cardenal Ratzinger en Raporto sulla fede, ed. Paoline, Roma, 1985, p. 33: “Es necesario oponerse decididamente a este esquematismo de un antes y de un después
en la historia de la Iglesia, absolutamente injustificado por los
mismos documentos del Vaticano II que no hacen más que reafirmar la
continuidad del Catolicismo. No existe una Iglesia “pre” o “post”
conciliar: existe una sola y única Iglesia…”. Dice más adelante: “no
son los cristianos los que se oponen al mundo. Es el mundo el que se
opone a ellos cuando es proclamada la verdad sobre Dios, sobre Cristo,
sobre el hombre. El mundo se rebela cuando el pecado y la gracia son llamados con su nombre” (op. cit., p. 35). Veintidós años más tarde comprobamos en documentos publicados ese vergonzante temor de llamar pecado al pecado y gracia a la gracia.

4. Reflexiones conclusivas y los verdaderos “excluidos”

Dentro
de la estrategia general inamovible, la táctica dinámica especula con
situaciones de hecho: muy pocos, poquísimos, leerán bien y aun serán
muchos menos quienes estudien cuidadosamente la exhortación. Algo
semejante pasó con las Actas del Concilio Vaticano II al que le hacen
decir lo que no dijo y consideran como un punto de partida
“revolucionario” que nada tiene que ver con su contenido doctrinal. La
iniquidad enmascarada y la “táctica insidiosa” de que hablaba San Pío
X, no se detienen. Cuando terminé de estudiar la exhortación recordé
algún texto de Orígenes en el cual nos habla de los “sentidos
espirituales” (Contra Celso, I, 48); porque lo que más me
impresiona como oveja del rebaño de Cristo es una suerte de enfermedad
o de gangrena que pretende “disolver” o “demoler” la Iglesia. Hablaba
Orígenes de la vista que ve las cosas superiores; del oído que “percibe voces” o palabras o la Palabra; del gusto que saborea el pan y el vino que vienen del Cielo; del olfato que huele “el buen olor de Cristo”; del tacto que palpa con las manos al Verbo de la Vida.

 

La “táctica insidiosa” logra que en muchos la vista se corrompa en ceguera; el oído en sordera; el olfato en pestilencia del pecado; el tacto en la insensibilidad al Verbo que nos llama; el gusto en la amargura del pecado contra Cristo. La sordera produce la mudez y el SILENCIO cuando hace falta la palabra y la decisión.

 

La
“conspiración del silencio” tanto fuera como dentro: fuera porque el
mundo prohíbe hasta nuestros nombres; dentro porque el iscariotismo nos
entrega inermes: “¿qué me dais?”. Los católicos que piensan en sintonía
con la Iglesia y con el Papa somos los excluidos, los
verdaderamente excluidos. Cuando alguno súbitamente descubra que algo
de lo que enseña o hace no es combatido sino aceptado por el mundo de
fuera y de dentro, piense: ¡algo anda mal! ¿qué habré hecho mal? Lo
sobrenaturalmente normal es que nos odien. Así está bien.

 

Adhesión plena al sagrado depositum fidei, a la tradición, al Magisterio, al Vicario de Cristo, son motivos más que suficientes: condenados a exclusión perpetua.

 

No
olvide el lector para su propia alegría: hoy, la exclusión por la
táctica insidiosa es gracia de elección. Como tal, es inmerecida.
Sufrimiento, aceptación, humildad, entrega. Y allende las amarguras, el
gozo inconmutable de existir adheridos a la Verdad, al Camino y a la
Vida.

Y todo, gratis.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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