Panorama Católico

San Bruno


SAN BRUNO, Confesor
1101 d.C.
6 de Octubre


SAN BRUNO, Confesor
1101 d.C.
6 de Octubre

San Bruno, restaurador de la vida solitaria en el Occidente, admiración del mundo cristiano y fundador de una de las más ilustres y santas congregaciones de la Iglesia de Dios, nació en Colonia por los años de 1051. Su familia era una de las más notables del país y se encargaron de la educación de su hijo… esto costó poco por los bellos talentos naturales de Bruno.

San Bruno profesaba una tierna devoción a la Santísima Virgen, la que dejó después como una herencia a sus hijos, preservó su inocencia en todos los peligros. San Bruno además hizo grandes progresos en las ciencias… sobresalió en las letras humanas, en teología y en el estudio de los Santos Padres: de manera que era reputado por uno de los más hábiles doctores de su tiempo. Lo enviaron a París para que se perfeccionara en aquella universidad, se graduó y siendo aún joven ya enseñaba filosofía. Se extendía la fama de su santidad y San Annon, Arzobispo de Colonia, no quiso que su Iglesia estuviese privada de un sujeto que tanto la podía ilustrar. Llamó San Annon a San Bruno y proveyó en él un canonicato de la Iglesia de San Cuniberto de Colonia, le confirió las primeras órdenes sagradas, y luego que murió San Annon la Iglesia de Reims le eligió por su magistral, y poco después fue nombrado cancelario y rector de las escuelas públicas.

Era San Bruno el ejemplo y la admiración de todo el clero: edificaba a la ciudad con la pureza de sus costumbres, cuando por vías simónicas se introdujo Manasés en la silla arzobispal de Reims, procurando mantenerse en ella por todo género de violencias y de disoluciones. La vida santa de Bruno era un duro golpe para la vida mundana de Manasés, afortunadamente el legado papal lo excomulgó y fue echado de la silla arzobispal. Todos convinieron en que Bruno fuese el sucesor pero sabiéndolo éste se escapó secretamente, y supo esconderse tan bien, que fue preciso proceder a la elección de otro, la que recayó en Reynaldo de Bellay, tesorero de la Iglesia de Tours. Algunos historiadores modernos quieren decir que estas inquietudes de la Iglesia de Reims, añadidas al tedio que causaban a nuestro Santo todas las vanidades del mundo, fueron el motivo principal de la resolución que tomó de retirarse a un espantoso desierto para entregarse únicamente al importante negocio de su salvación. Pero se hace poco verosímil que una causa tan ligera produjese un efecto tan ruidoso, ni que una vida tan inocente y tan arreglada se condenase por tan leve motivo a tan espantosa penitencia. Parece que una resolución tan repentina había de tener principio de más estruendo.

Es tradición en la congregación de los Cartujos, autorizada por el testimonio del célebre Juan Gerson, cancelario de la Universidad de París, por el de San Antonino, y por el de todos los hombres grandes que ha habido en la Cartuja, que la verdadera causa de la repentina resolución que tomó nuestro Santo de ir a enterrarse vivo en un horroroso desierto, y de hacer en él la más penitente vida, fue uno de los sucesos más extraños y temerosos que acaecieron jamás en el mundo.

Hallábase nuestro Santo en París, cuando murió, recibidos todos los Sacramentos, un famoso doctor de aquella universidad, hombre, al parecer de todos, de una suma bondad, generalmente reputado por muy virtuoso. Llevado a la Iglesia para darle sepultura, cuando se le estaba cantando el oficio de difuntos de cuerpo presente, al llegar a la cuarta lección, que comienza: "Responde mihi", el cadáver levantó la cabeza en el féretro, y con voz lastimosa exclamó: "Por justo juicio de Dios soy acusado"… dicho esto, volvió a reclinar la cabeza como antes. Apoderóse de todos los asistentes un general terror, y se determinó dilatar para el día siguiente los funerales. Este día fue mucho mayor el concurso… volvióse a entonar el oficio… y al llegar a las mismas palabras, vuelve el cadáver a levantar la cabeza, y a exclamar con voz más esforzada y más lastimera: "Por justo juicio de Dios soy juzgado". Se duplicó en todos los concurrentes el espanto… y se resolvió diferir la sepultura para el tercer día. En él fue inmenso el concurso: se dio principio al oficio, como los días precedentes, y cuando se cantaron las mismas palabras, levanta el difunto la cabeza, y con voz verdaderamente horrible y espantosa exclamó: "No tengo necesidad de oraciones… por justo juicio de Dios soy condenado al fuego sempiterno". Ya se deja discurrir la impresión que haría en los ánimos de todos un suceso tan funesto.

Se hallaba presente Bruno en este espectáculo, y se le grabó tan profundamente, que retirándose todo estremecido y horrorizado, determinó dejar cuanto tenía, y enterrase en algún desierto para pasar en él toda la vida, entregado únicamente a ejercicios de rigor, de mortificación y de penitencia. Parecía necesario un suceso tan trágico para una resolución tan generosa. Estando en estos pensamientos, le entraron a ver seis amigos suyos… y apenas tomaron asiento cuando con las lágrimas en los ojos les dijo: "Amigos, ¿en qué pensamos? Se condenó un hombre que a juicio de todos hizo siempre una vida tan cristiana… pues ¿quién podrá fiarse ya con seguridad del testimonio que le de su enloquecida conciencia? ¡Oh qué terribles son los altos juicios de Dios!. El difunto ya no habló para sí… a nosotros se dirigió el grito de aquel espantoso milagro. Por lo que a mí toca, ya he tomado mi partido… resuelto estoy a abandonarlo todo para siempre: beneficios, empleos, rentas, todo se acabó ya para mí… voy a enterrarme vivo en el desierto más horroroso que encuentre, y allí voy a pasar la vida en amargura, en soledad y en penitencia". Movidos todos aquellos amigos, ya de lo que habían visto, ya de lo que acababan de oír, protestaron que todos estaban en el mismo pensamiento y en la misma resolución… prontos todos a seguirle. Se llamaban éstos Landuino, que después de San Bruno fue el primer prior de la gran Cartuja… Esteban de Bourg y Esteban de Dié, ambos canónigos de San Rufo en Valencia del Delfinado… un sacerdote, por nombre Hugo, y dos seglares, que se llamaban Andrés y Guerino. Comenzaron a discurrir sobre el desierto a donde se retirarían, y los dos canónigos de San Rufo dijeron que en su país había un santo Obispo, cuyo obispado tenía muchos bosques, muchos peñascos inaccesibles, y muchos sitios inhabitables, y que no dudaban de su celo y de su gran bondad que favorecería sus intentos si recurrían a él. Era este prelado Hugo, Obispo de Grenoble, célebre por su santidad. Aplaudieron todos este parecer.

Hecha por San Bruno la dimisión de su prebenda y la renuncia de todo, tomó el camino del Delfinado con sus seis compañeros, y se echó a los pies del santo Obispo de Grenoble, pidiéndole se sirviese conceder a todos un sitio solitario donde poder retirarse. Se acordó entonces San Hugo de un sueño que había tenido la noche precedente, en la que le pareció veía al mismo Dios que estaba fabricando un templo en un desierto de su obispado, que se llamaba la Cartuja, y que siete estrellas, elevadas de la tierra en forma de círculo, iban delante del mismo Obispo como para mostrarle el camino. Los mandó sentar a todos e intercambiaron experiencias, ellos contaron lo del muerto y el Obispo lo de su sueño. El Obispo los abrazó con ternura y les ofreció el desierto de la Cartuja, y se los pintó de esta manera: "Si buscaban un sitio inaccesible a los hombres, no hallarán otro que menos haya pisado humana planta… pero adviertan que es una silenciosa soledad, cuya vista solo estremece y horroriza… es un conjunto de peñas escarpadas cuyas puntas suben hasta esconderse en las nubes: las cubren todo el invierno las nieves y las oscurecen las nieblas, siendo el frío por una parte insufrible, y por otra interminable… en una palabra, es un lugar que hasta ahora sólo le han poblado las fieras". Viendo que esta descripción lejos de acobardarlos encendía más su fervor, añadió: "Conozco claramente que Dios los destina para esta horrorosa soledad… el mismo Señor sabrá mantenerlos en ella". Se quedaron los siete con el Obispo en el palacio algunos días y después él mismo los instaló en el desierto. Lo primero que hicieron Bruno y sus compañeros fue fabricar un oratorio o capilla en honor de la Santísima Virgen, con unas celdillas a moderada distancia unas de otras, en un terreno que se extiende un poco entre tres grandes peñascos, a cuyo pie brota una pequeña fuente, que hasta el día de hoy se llama fuente de San Bruno, todo cerca de la Capilla, que se desde entonces se intituló Santa María de las Chozas: Santa María de Cassallibus. Comenzaron estos hombres a habitar el desierto, y a hacer en él la vida más austera y penitente que se había visto en la Iglesia por aquellos días inmediatos a la festividad de San Juan Bautista del año 1084.

Su riguroso ayuno era continuo, y su perpetuo silencio sólo se interrumpía para cantar en el coro las alabanzas al Señor. Fuera de la indispensable abstinencia de carne, aun en las más graves y peligrosas enfermedades… además de la perpetua clausura y del cilicio que jamás se desnudaban, siendo éste uno de los puntos esenciales de la Regla, estaban expuestos a todas las inclemencias del tiempo en aquellas reducidas chozas. Todos eligieron por superior suyo a San Bruno, y San Hugo le nombró por tal pesar de su resistencia. Bruno era el más humilde, el más pobre, el más mortificado, el más observante, y no parecía modelo más cabal de la vida monástica. Pero el Obispo admirado de su sabiduría y de su santidad, tomó a San Bruno por su director y maestro de la vida espiritual… tanto que sin acobardarle la aspereza del camino, hacía tan frecuentes viajes a la Cartuja para pasar en ella algunos días siguiendo la vida de los monjes bajo la dirección de San Bruno, que algunos creyeron había tomado el hábito, haciéndose en todo su discípulo.

El Papa Urbano II lo mandó llamar a Roma y los otros seis hermanos decidieron acompañarlo en el viaje. Encargó San Bruno el cuidado de su ermita a Seguin, abad de Casa de Dios… y recibida la bendición de San Hugo, partió a Roma con sus seis compañeros. Fue recibido por el Papa con demostraciones de estimación y de afecto. Lo detuvo cerca de su persona y le pidió que fuera su consejero eclesiástico en los negocios de conciencia y de religión. A sus compañeros se les dio una casa en la ciudad, donde procuraban vivir retirados, y practicar sus ejercicios monásticos como en la soledad de la Cartuja… pero experimentaron que no hallaban aquella facilidad para la meditación, para el coro, para la oración y para el recogimiento que se habían prometido. Poca dificultad tuvo San Bruno en persuadirles que se volviesen a su amada soledad. Nombró por prior en su lugar a San Duino… y recibida la bendición del Papa con un breve dirigido a San Hugo para que los volviese a poner en posesión de su desierto, se restituyeron a la Cartuja.

Pero luego que volvieron a los ejercicios de su primitivo fervor, faltó poco para que del todo los perdiese una violenta tentación. Sobresaltado el demonio a vista de aquellos primeros principios, les metió en la cabeza que era tentar a Dios empeñarse en una vida tan rigurosa y tan superior a las fuerzas de la naturaleza. Conferenciando un día sobre este punto, se les apareció un venerable ancinao, y les dijo que no tenían razón para desconfiar de la asistenca del cielo, y que la Santísima Virgen los tomaría a todos debajo de su especial protección, con tal que todos fuesen muy exactos en rezar cada día las siete horas canónicas de su oficio parvo. Dicho esto, desapareció el santo viejo, que todos conocieron que era el Apóstol San Pedro… y consagrándose todos a la Santísima Virgen Madre de Dios, pusieron toda la Orden bajo su protección, renovaron su propósito de no abandonar el desierto, de no admitir la más mínima moderación de la severidad de su Instituto, y al instante se disipó aquella tentación. De aquí tuvo principio la Ley de los Cartujos de rezar todos los días cada uno en particular el oficio parvo de la Virgen.

Mientras tanto, no pudiendo San Bruno obtener licencia del Papa para volverse a la dulce compañía de sus queridos hijos, los instruía y los esforzaba por medio de cartas. Llegaron a Roma los diputados de Regio en Calabria con la pretensión de que se les diese a Bruno por Arzobispo. El Papa se los concedió al instante, pero Bruno importunó tanto con sus ruegos y con sus lágrimas, que al cabo Su Santidad cedió, y le dio licencia para se volviese a su desierto.

Conociendo que se acercaba su última hora, convocó a todos sus monjes, hizo en su presencia la protestación de la fe, particularmente sobre los artículos de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, de la muerte de Jesucristo por todos los hombres. El domingo 6 de octubre, recibidos todos los Sacramentos, armado con su cilicio y un devoto crucifijo arrimado a los labios murió el año 1101, aun no cumplidos sus 50 años de edad, en el decímocuarto de la fundación de la Cartuja en el Delfinado, y el quinto después de su retiro a la Calabria.

Fuente: www.legionhermosillo.com.mx

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *