Panorama Católico

Satanás, el Padre de la Mentira

“Necesitamos confirmar la verdad, necesitamos que Ella, la Virgen, nos confirme que Dios es la verdad y que ésta no cambia” (…) “Sabemos que hay alguien que no quiere la verdad: es el padre de la mentira, el demonio”.

Cardenal Jorge Bergoglio,
De la homilia al culminar la peregrinación juvenil a Luján, 2007

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

“Necesitamos confirmar la verdad, necesitamos que Ella, la Virgen, nos confirme que Dios es la verdad y que ésta no cambia” (…) “Sabemos que hay alguien que no quiere la verdad: es el padre de la mentira, el demonio”.

Cardenal Jorge Bergoglio,
De la homilia al culminar la peregrinación juvenil a Luján, 2007

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Queridos hermanos,

En el santo Evangelio de hoy, los fariseos se deshacen en elogios con Nuestro Señor: “Maestro, dicen, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios según la verdad, y sin consideración a quienquiera que sea, porque no miras a la calidad de las personas”. Dicen, pero no lo piensan. Quieren tender una trampa a Nuestro Señor, preguntándole si es lícito pagar tributo a César. Son hipócritas, son mentirosos. Pues, elogian a Jesús para engañarlo.

La mentira es algo muy pernicioso; puede, incluso, llegar a ser un vicio. Sin embargo, tantos cristianos mienten sin escrúpulo, con una tremenda facilidad. Quizás porque no saben suficientemente lo que es la mentira y en que consiste su malicia.

Mentir es hablar contra su pensamiento, con intención de perjudicar o de engañar. Además, para mentir no es siempre necesario hablar: una señal, un escrito o un silencio cómplice pueden bastar.


Hay 3 tipos de mentiras:

La mentira jocosa, en broma; la mentira oficiosa para hacer un favor a alguien o para su propio interés; y la mentira perniciosa.

Varios pecados se relacionan con la mentira: La hipocresía, la adulación (que es una alabanza exagerada), la simulación (que consiste en esconder sus verdaderos sentimientos para engañar mejor), la calumnia (decir cosas falsas sobre el prójimo). Los fariseos del Evangelio cometen todos estos pecados.

La mentira es mala por sí misma. Nunca es permitido mentir, incluso para evitar un mal o hacer algo bueno, ni siquiera para buscar la salvación de un alma. ¿Por qué? Porque la mentira, en sí misma, se opone a la verdad y pervierte el uso de la palabra. Dios no nos dio una lengua para decir mentiras, sino para decir la verdad, alabarlo y recibir la Sagrada comunión.

Las mentiras para bromear y las oficiosas son pecados veniales por su naturaleza. Por supuesto, si la mentira es cosa tan exagerada que una persona normal sabe que no es verdad, no hay mentira. Sin embargo, en la vida de Santo Tomás de Aquino, hay un hecho interesante: Un monje le dijo que había un buey volando en el claustro. Santo Tomás pensó que era verdad y se dirigió hacia el claustro. El otro monje se burló entonces de Tomás que contestó: “Mire, que un monje mienta, debería ser cosa más imposible que un buey que vuela”.

Las mentiras perniciosas, como calumnias, son cosas graves; es venial si el perjuicio hecho contra el prójimo es pequeño.

¿Por qué no debemos mentir nunca?

– Dios detesta la mentira . Ananías y Sáfira murieron luego después de una mentira hecha a San Pedro, castigados por Dios. Dice el libro del Apocalipsis: “¡Que se vayan lejos de acá, de la ciudad santa, los perros, los que envenenan y los mentirosos!”

– También, la mentira es muy perjudicial para la vida en sociedad: destruye la confianza y engendra el recelo. Imaginen que la mentira sea permitida en una familia; la vida en esta familia será insoportable, evidentemente. ¿Cómo se sabrá si lo que se dice es verdad o mentira? Los enemigos de la sociedad lo saben. Voltaire, un filósofo revolucionario, pernicioso, decía: “¡Mientan, mientan: siempre queda algo!”

– En fin, no hay persona más infeliz que un mentiroso. Nadie le cree. Vive sin verdaderos amigos, solo. Es como un hijo del demonio, “el Padre de la mentira”, dice San Juan. Su lengua es doble, con dos puntas, como la de la serpiente: dice la verdad, dice la mentira, nunca se sabe. Este vicio es tan odioso que incluso los mentirosos lo reconocen, pues, dicen que no mienten.

Pidamos a Nuestro Señor, que tanto sufrió de parte de los mentirosos en su vida terrena, que siempre lo imitemos a Él y nunca a los fariseos.

Ave María Purísima.
En Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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