Panorama Católico

Sobre el Doctor Sampay y su Sapiencia Constitucional

A propósito del artículo del Dr. Ricardo Fraga editado la pasada semana, otro docto lector y colaborador de Panorama Católico hace reflexiones sutiles sobre la Constitución argentina. Nos inscribimos pues, con estas notas, en una corriente de -revisionismo constitucional- que apunta a comprender en profundidad los bienes -sin cerrar los ojos frente a los males- que nos ha aportado la Magna Ley Nacional. En particular en estos tiempos de escaso amor por las leyes-

A propósito del artículo del Dr. Ricardo Fraga editado la pasada semana, otro docto lector y colaborador de Panorama Católico hace reflexiones sutiles sobre la Constitución argentina. Nos inscribimos pues, con estas notas, en una corriente de -revisionismo constitucional- que apunta a comprender en profundidad los bienes -sin cerrar los ojos frente a los males- que nos ha aportado la Magna Ley Nacional. En particular en estos tiempos de escaso amor por las leyes-

Escribe el Dr. Luis María Seligmann Serantes

Señor Director:

He leído con verdadero interés no exento de placer, el artículo del señor Fraga sobre la personalidad de un ilustre argentino olvidado, don Arturo Sampay, desarrollado a propósito de ciertas justas objeciones críticas que -avatares históricos aparte- le ha merecido la redacción y texto de la Constitución Argentina. La primera observación que quisiera formular, se refiere al "realismo" histórico que profesa al autor, quien se aparta de la lisonja barata y aburrida que la generalidad de los escritores jurídicos argentinos dispensan a nuestra constitución escrita… sin acabar por ser maestros, ni estudiosos, ni juristas.

Es preciso también admitir, que la crítica avispada pero poco profunda que se le dirige desde sectores tradicionalistas es, por su simplificación contra ideologista, igualmente injusta, al no contemplar con pareja circunspección las circunstancias históricas y culturales en las cuales "vió la luz" dicha Carta. Sería fácil demostrar que, en 1852, no existía ni un sólo argentino capaz de asumir con solvencia y perspectiva histórica y jurídica, la tarea de legislar alguna cosa con un mínimo de prudencia y acierto. No digo ya, capaz de ejecutar el magno esfuerzo de juzgar sobre la conveniencia misma de dictar una constitución "política" escrita, descubriendo a su paso la aberración que podía suponer semejante tarea.

Recién hacia finales del siglo XX hubo quien se atreviera a señalar que era más constitucional el código civil que el texto de Santa Fe… pero en 1852, era tarea casi impensable soslayar una constitución política escrita como sinónimo de estabilidad de régimen. En Francia, Siéyes había escrito no se cuántos textos constitucionales al ritmo de cada caprichito de la Asamblea o gritos destemplados de algún general protector, desvalorizando así el sentido mismo de lo que debe significar una constitución escrita… en toda Europa empero, no existía tampoco un solo pensador político de gran talla y alguna consideración, cuyos juicios fuesen capaces de moderar el empedernido "evolucionismo" político imperante y que concluía casi fatalmente en el dictado de una nueva constitución. Las revoluciones comunistas de 1830 y 1848 asolaron las calles, las familias y las ideas, a no dudar, de manera que la Constitucionalización (perdóneme la palabreja) era el último grito en política.

"Filosofía" era sinónimo de revolución cultural y el "filósofo", una bestia que debía hacerse desaparecer a la fuerza u obedecerse ciegamente. Ciertamente, los positivistas del medio del siglo XIX no merecían mejor suerte que la que pensaba depararles el enojo popular. En este clima, del cual también la Iglesia era víctima (recordemos, por ejemplo, que los estudios tomistas serios son retomados recién a partir de las instancias de S. S. León XIII, y no verán su mejor momento sino hasta San Pío X) ¿cómo lograr, pues, ese esfuerzo de la razón, de la prudencia y de la sensatez, que es una ley "suprema", que fuera admirable por sus justos mandatos, para la Argentina, nación envilecida por años de guerra civil … ? La ley es un mandato de la razón ordenado al bien general. Pero cuando la razón está encanallecida, no hay nada que hacer, como de lo presente podemos declarar sin temor a equivocarnos.

Y como presumo que de los excesos, defectos, declamaciones ideológicas y demás fantasías de nuestra Constitución podríamos escribir tratados interminables sin mayor provecho para quienes nos dedicamos al ramo (y además ya están hechos), quisiera ceñirme a un punto, solamente uno, que fuera destacado por el maestro Sampay con inmodesto orgullo argentino.

El articulo 19 de nuestra constitución de 1852 -que junto al 29, el 33 y otros pocos más, se mantuvo en el texto reformado de 1949- representa para el destacado pensador, un exótico monumento de la filosofía política clásica, en la cual llega a entrever inclusive el tomismo más robusto que haya podido encontrarse en un "subrproducto" de la revolución liberal triunfante en Caseros. En una conferencia pronunciada en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Buenos Aires en los años &#39…60 (publicada más tarde como folleto: "La filosofía jurídica del art. 19 de la Constitución Nacional", Cooperadora de Derecho y ciencias Sociales, Bs. As. 1973), atribuye su confección al ya por entonces finado Presbítero Antonio Sáenz, y cuya permanencia en todos los proyectos constitucionales desde su aparición en el Estatuto Provisorio de 1815, se ha debido, justamente, a su condición netamente argentina.

Ciertamente, la disposición no se verá repetida en ningún otro texto legal moderno de alguna importancia. El neto paralelismo entre las tres exigencias constitucionales que contiene el artículo para cubrir con su legitimidad los actos públicos, a saber: observancia de la Moral pública, del orden y evitación de daños a terceros, y los tres pilares de la convivencia social recomendados por San Pablo y la ley romana: vivir honestamente, no dañar a los demás y dar a cada cual lo que le corresponde, evoca su origen de manera inconfundible.

Su redacción en sentido negativo: "las acciones privadas de los hombres que NO afecten…", refuerza la idea de que su destinatario es el poder público y su beneficiario el gobernado… lo que hace estallar de inconsciente alegría al constituyente general Ferré: "Ahora sí que se han terminado las tiranías". ¡Iluso! Faltábale todavía ver la democracia "moderna, fuerte y estable" de fines del siglo XX y principios del XXI, para desanimarse con respecto a estas leyes "eternas"…

El sobreponer por encima de la ley suprema la Moral objetiva, y declarar exento de toda autoridad humana el fuero interno, es doctrina política clásica de la Cristiandad, que supera las modestas esperanzas de Ferré respecto del sentido y utilidad de la norma. La distinción entre los dos órdenes en que se desenvuelve la virtud de la Justicia: el medio real, medium rei y el medio ideal, medium rationis, confirma la hipótesis de Sampay en cuanto al cuño tomista del artículo. El broche de cierre es una declaración sobre la interpretación de la ley, tan famosa como ignorada por nuestros jueces: nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda, ni le está vedado hacer lo que ella no prohíbe.

En la Argentina actual, si cualquiera emprende alguna cosa que los demás no hagan habitualmente, le preguntarán " ¿quién le dió permisoooo …?" con acta policial y todo… y acto seguido, se voceará la necesidad de "regular la actividad", es decir, de robársela a los pobres que la inventaron, para dejársela a los amigos del gobierno. Como el caso del colectivo y la Corporación de Transportes, o tantas otras cosas que no me quiero acordar.

Según el estudio del profesor Sampay y la interpretación que del artículo nos da, casi todas las actuales leyes contrarias a la Moral serían inconstitucionales precisamente por ser inmorales. Coincidamos en que no hace falta esforzar la imaginación ni profundizar la búsqueda, para satisfacer con algún ejemplo al intelecto remolón …

Si se cumpliera bien lo bueno que tiene y se evitara con prudencia lo malo que permite, nuestra Constitución de 1852, al lado de las de otros países que presumen de mayor civilización política, sale ganando por lejos. Por de pronto, nos ha evitado mayores males en los momentos malos, lo cual no es poca cosa, si se considera que las leyes humanas no garantizan ni procuran la felicidad, sino que impiden la maldad a lo sumo. Perón persiguió a la Iglesia y una Constitución sensata (y una revolución triunfante) impidió que las cosas llegaran demasiado lejos… siendo Perón el primer agradecido, si no me equivoco.

Siendo profesionales del latrocinio casi todos nuestros políticos, la Constitución ha sido un freno nada pequeño a sus ilícitos apetitos. Por el momento, es por su causa que no se extienden y generalizan las depravadas prácticas deshonestas e infanticidas que preconizan casi todos los mandones locales… si descontamos, cosa que no deberíamos hacer, la Gracia de Dios… la constitución, mejorable ciertamente, es una gracia de Dios más, al menos en lo malo que impide. Pero en Yankilandia, su proclamada democracia eterna no impidió que la Guerra Civil dejara en el campo tendidos a más de 650.000 muertos… ni le sirvió a Francia el ingenio de Sieyes para retener los millones de vidas (inocentes y culpables, tanto da) que se llevó la Revolución, etcétera, etcétera.

Este es un asunto más que está pendiente de un debate serio y profundo, en un país que necesita con acuciante urgencia la vitalidad de la Verdad. Y como me consta que en vuestras páginas se unen Dios, la Patria y el amor a la Verdad, me permito solicitarle, con atrevimiento, la publicación de la presente.

Y que Dios N. S. lo bendiga le desea

Luis María Seligmann Serantes

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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