Panorama Católico

Sobre la esperanza de la Navidad

En los tiempos que corren, la Navidad conserva alguna relación con la esperanza para la mayoría de los hombres, al menos los que tienen una cultura de origen occidental. Ha quedado como un lejano recuerdo del sentido propio de la fiesta, reducido a la expectativa de bienes deseables que se podrían alcanzar de un modo casi mágico, puesto que no han bastado los anhelos de las navidades anteriores. Se repite el gesto voluntarista: tiene que ser mejor de aquí en más. Aunque en el fondo, todos sospechan que nada será mejor y probablemente resulte bastante peor, según marcha el mundo.

Escribe Marcelo González

En los tiempos que corren, la Navidad conserva alguna relación con la esperanza para la mayoría de los hombres, al menos los que tienen una cultura de origen occidental. Ha quedado como un lejano recuerdo del sentido propio de la fiesta, reducido a la expectativa de bienes deseables que se podrían alcanzar de un modo casi mágico, puesto que no han bastado los anhelos de las navidades anteriores. Se repite el gesto voluntarista: tiene que ser mejor de aquí en más. Aunque en el fondo, todos sospechan que nada será mejor y probablemente resulte bastante peor, según marcha el mundo.

Escribe Marcelo González

En los tiempos que corren, la Navidad conserva alguna relación con la esperanza para la mayoría de los hombres, al menos los que tienen una cultura de origen occidental. Ha quedado como un lejano recuerdo del sentido propio de la fiesta, reducido a la expectativa de bienes deseables que se podrían alcanzar de un modo casi mágico, puesto que no han bastado los anhelos de las navidades anteriores. Se repite el gesto voluntarista: tiene que ser mejor de aquí en más. Aunque en el fondo, todos sospechan que nada será mejor y probablemente resulte bastante peor, según marcha el mundo.

Escribe Marcelo González

 

El alarma del sentido común todavía suena, aunque con un timbre débil y sofocado. Se desea por superstición, como quien toca madera. Nadie cree que ese contacto táctil con el leño ofrezca alguna protección, pero, por las dudas… Es decir, lo que ha quedado de la Navidad es una suerte de superstición de la Navidad.

No digamos ya que el pesebre, el Niño, la Virgen, San José, el buey y el asno casi no comparecen, reemplazados por figuras grotescas e inimaginables. Y aun cuando aparecen, con mucha frecuencia evocan en la gente solo una esperanza meramente humana, un optimismo más o menos forzado por razones psicológicas o convenciones sociales. ¿Hay algo peor que el desencanto en la Navidad? Aunque el desencanto esté tan profundamente instalado que muchos apenas si pueden disimular su tristeza.

La Navidad de estos tiempos no convoca ya ni siquiera la esperanza ingenua del corazón voluntarista y decidido a creer que lo mejor está por venir. No. Solo el rito vacuo o el cinismo. Sin hablar de los que resuellan de odio y persiguen hasta las formas más ingenuas de conmemorar el nacimiento del Niño Dios, invocando razones de higiene o equidad laicista.

***

Entre las anomalías inherentes a nuestro tiempo moderno tiene un sitio de honor el falso concepto  de la esperanza. Arraigada en lo carnal y en el mejor de los casos, en ese difuso límite que va de lo sensible a lo sentimental, (en el limes de los sentidos externos y los internos), hoy ciertamente católicos, cristianos en general, agnósticos y ateístas comparten de boquilla sus anhelos de progreso necesario e inevitable. Sin distinción de raza, credo, etc… Conocemos el sonsonete.

Así pues, vivimos en un mundo progresista, aunque habiendo pasado varios siglos desde que esta idea del progreso ganó la imaginación popular, y observando sin interferencias mediáticas la realidad mundial, nacional, familiar y personal, esta “esperanza” descarriada de su riel sobrenatural ya no convence a nadie, aunque se repitan mecánicamente sus letanías por inercia de la costumbre y corrección política, puesto que la corrección política ha pasado a ser la religión oficial de nuestro tiempo.

Los romanos del imperio ya no creían en la religión oficial. Y la mayoría no creía en ninguna. Si bien quemaban incienso en honor del emperador, sabían que no era un dios: era a lo sumo un castigo de los dioses. Y aunque podrían frecuentar alguno o varios de los centenares de templos dedicados las divinidades importadas de las provincias, no iba en ello más fervor que el que dedican nuestros coetáneos a algún exótico gurú, o a cualquiera de las supersticiones de moda, llámese new age o pentecostalismo.

Por eso muchos paganos no alcanzaban a comprender la negativa de los cristianos a rendir culto a un dios que nadie tomaba en serio, negativa que terminaba casi siempre en la condena a muerte, y muerte horrible. Los imaginamos aconsejando sinceramente a sus compatriotas fieles a Cristo:

– ¿Te vas a dejar matar por semejante estupidez? Echa el incienso y listo. Nadie cree en lo que está haciendo, solo es una pantomima, una formalidad.

 

Pero los mártires se han negado a adherir al panteón. Sentían una excluyente necesidad de confesar a Cristo por sobre todo, sin compartir cartel con nadie, ni siquiera por prudencia, mucho menos por prudencia carnal. Lo sobrenatural sobrepuja la virtud moral.

Y la razón de esa negativa es la esperanza cristiana, la esperanza sobrenatural. Que es como si los cristianos respondieran:

– Nuestra renta está asegurada en el Cielo por toda la eternidad, ahí están todos nuestros ahorros y nadie los puede incautar. No los pensamos poner en ningún otro lado.

Por eso la recordación del Nacimiento es la fiesta que comparte, con la solemnidad del Domingo de Resurrección, la mayor alegría cristiana. Y por cierto una alegría se sostiene en la esperanza. ¿Cómo no estar alegres si en el Cielo no hay default posible? ¿Cómo no tener esperanza si el cielo y la tierra pasarán pero las palabras del Verbo, fundamento de la esperanza, no pasarán?

Armemos un pesebre (o Belén, como dicen en España) como signo sensible de nuestra esperanza. Y confiemos a la protección del Divino Niño nuestras angustias, no mayores que las de San José en aquella travesía con su esposa, que en término de dar a luz emprendió un viaje tan imprudente, solo por cumplir una profecía, es decir, una esperanza.

En la Navidad, que es fiesta de toda la creación, los ángeles se esmeran para cantar la Gloria de Dios, los pobres piadosos se vuelven más niños que el Niño, y hasta los reyes se prosternan. Es una fiesta de la humildad, cuya forma más perfecta ha sido la Encarnación. ¿Quién se ha abajado más?

Por lo tanto, si queremos vivir una Navidad esperanzada, pero en una esperanza cierta, el primer acto a realizar es el de humilde adoración. El resto viene con la añadidura, comenzando por la alegría de saber que Dios está con nosotros.

Y esto hace irrelevante la persecución de Herodes, las inclemencias del tiempo, la pobreza y tribulaciones, la huida y el escondite donde debemos esperar la gloria. Y la implacable saña de Caifás o la monstruosa traición de Judas.

Si ponemos la esperanza allí donde ni el ladrón la acecha ni el orín la degrada, nadie puede arrebatarnos el sentido ni la alegría de la Navidad. Aunque los jenízaros del Anticristo ya estén merodeando.

FELIZ Y SANTA NAVIDAD 2008

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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