Panorama Católico

Sobre la representatividad de los legisladores

Y recuérdese siempre -en contra del absurdo de la "soberanía del pueblo"- que quien elige no gobierna: sólo opta entre las alternativas que se le ofrecen. Este principio vale no sólo para el plebiscito y el referendum, sino principalmente para el método de designación de los gobernantes que hoy rige. En particular, en este caso específico, se opta entre las alternativas, pero entre las alternativas ofrecidas desde arriba por el sistema partitocrático (versión contemporánea de la clásica forma llamada "oligárquica" desde Aristóteles).

Escribe Víctor Félix Correa

Y recuérdese siempre -en contra del absurdo de la "soberanía del pueblo"- que quien elige no gobierna: sólo opta entre las alternativas que se le ofrecen. Este principio vale no sólo para el plebiscito y el referendum, sino principalmente para el método de designación de los gobernantes que hoy rige. En particular, en este caso específico, se opta entre las alternativas, pero entre las alternativas ofrecidas desde arriba por el sistema partitocrático (versión contemporánea de la clásica forma llamada "oligárquica" desde Aristóteles).

Escribe Víctor Félix Correa

 

    I) El mandato imperativo del elector respecto del representante se halla proscripto dentro del sistema vigente.

 

    Esto no es de ahora; ya es canónica la distinción moderna entre representación jurídica (Vertretung, en alemán) y representación política (Repräsentation). En la primera el mandatario se halla ligado  a la voluntad del representado (se trata de un verdadero mandato, con comisarios y comitentes); pero no así en la segunda. Sobre el tema es clásico el libro -que sostiene la legitimidad de la distinción, y se preocupa por la amenaza en que lo pone la "democracia de masas (i. e., de partidos)"- de Gerhardt Leibholz.
 
    II) Ahora bien, ¿es ésta la única forma histórica en que se ha manifestado la representación política? No. En el medioevo y en la modernidad se dieron otras formas, que sin dejar de ser políticas comportaban la vinculación resolutoria de la acción del representante con la voluntad del representado. Además, ¿es acaso esta forma de mandato ("libre") la única legítima en política? No parece. Es cierto que Burke decía magníficamente a sus electores que no pensaran en que él haría lo que ellos querían, porque, les decía, él haría lo que conviniese a sus auténticos intereses, regionales y nacionales. Es cierto, asimismo, que la democracia de consejos, por ejemplo en la forma que asumió en la comuna de París, no resulta una forma viable (por lo menos, de gobierno). Y hasta Marx lo reconoció.. Pero, con todo, y si le asignamos algún valor a la posibilidad de representación de los intereses sociales frente a la facultad decisoria del Estado (representación "ante el poder"; que en el caso de facultades colegisladoras sería ya representación "en el poder"), no deja de echarse de menos que el llamado sistema democrático-representativo hoy vigente haya proscripto legalmente y anatematizado doctrinalmente el mandato imperativo. "No taxation without representation" parece hoy una quimera.
 
    III) Sea como fuere, hoy el elector del órgano legislativo no tiene en sus manos resortes de control de las decisiones del elegido; y repárese en que el legislativo es el ámbito en que históricamente y un poco "por la naturaleza de la cosa" se ha manifestado -cuando se manifestó, y en la medida en que pudo hacerlo- la representación "ante" (o "en") el poder. Este estado de cosas se consolida (en cuanto a la impermeabilidad del sistema de mando) con la introducción de la categoría de la "Nación", postulada por el gran formulador del cañamazo del sistema constitucionalista, Siéyès. Pues entonces los diputados ya no sólo serán libres frente a la voluntad y criterios de los electores, sino que además representarán a la Nación, y no a un distrito o región o grupo de personas en particular. Aquí la desconexión aparece en su grado más agudo. No sólo el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sis representantes (Siéyès dixit, y la constitución argentina reitera), sino que además los concretos electores no eligen sino en nombre de la Nación.
    En resumidas cuentas: de jure no hay mandato imperativo de "abajo hacia arriba".
 
    IV) Pero hete aquí que al socaire de la modificación sociológica del sistema de elección y sufragio, que ha dado lugar a la llamada "la democracia de masas", aparecida a principios del s. XX, los partidos políticos han adquirido, de facto -y de jure (caso argentino)-, el monopolio de la representación. Este fenómeno, advertido con preocupación por Leibholz y Schmitt ya en la década del ’20, no viene a significar que los partidos necesariamente detenten el monopolio de la real decisión política (última) -pues, más que en los ’20, hoy rige laentente Prensa-Partido-Capital-. Pero, con todo, y sea quien sea quien decida, lo hará a través de la estructura de los partidos encaramada en la conducción del Estado. La llamada democracia contemporánea es democracia de partidos. De hecho, García Pelayo, sin ningún ánimo crítico, clasifica a la democracia en tres subformas: directa, indirecta y, actualmente, de partidos.
 
    V) Así las cosas, hoy la estructura del poder institucionalizado del Estado se identifica, por lo menos materialmente, con los cuadros de los partidos. Luego el Parlamento no se compone en realidad (en el sistema bicameral del Estado federal) de una cámara de los estados miembros y una cámara de los representantes de la Nación, sino que es cámara de los partidos. De allí que hoy se verifique de facto el mandato imperativo, de arriba hacia abajo, esto es, de la cúpula del partido hacia los diputados y senadores. El mandato es nominalmente (i. e., en la teoría liberal-constitucionalista) libre, pero efectivamente cautivo de la voluntad que expresa el partido. Quien ose desafiar esta máxima pasará a la categoría de "muerto político": ya no será incluido en la lista del partido en las próximas elecciones. Por lo demás, si bien se mira, son pocos los representantes que deban sus votos a su prestigio personal: en realidad se hallan en el poder del Estado por concesión y comisión del partido. No es de extrañar, así, que se consagren al servicio del partido y sólo a él. Pero quien acate al partido seguirá formando parte de sus cuadros; sea cual fuere el descrédito que colectivamente haya caído sobre él al legislar, en las próximas elecciones integrará el cuerpo de posibles alternativas que se ofrece a la ciudadanía a la hora de votar. Y recuérdese siempre -en contra del absurdo de la "soberanía del pueblo"- que quien elige no gobierna: sólo opta entre las alternativas que se le ofrecen. Este principio vale no sólo para el plebiscito y el referendum, sino principalmente para el método de designación de los gobernantes que hoy rige. En particular, en este caso específico, se opta entre las alternativas, pero entre las alternativas ofrecidas desde arriba por el sistema partitocrático (versión contemporánea de la clásica forma llamada "oligárquica" desde Aristóteles).
 
    VI) A partir de estas breves consideraciones, surge una razonable preocupación respecto de cuál vaya a ser la conducta de las cámaras frente al proyecto de ratificación del impuesto confiscatorio pretendido por el ejecutivo. Preocupación que no viene motivada por la particular coyuntura de tratarse de un gobierno con voluntad hegemónica y verticalista, sino que se sustenta en la peculiarísima estructura doctrinal -bien reflejada en la práxis concreta- del Estado ¿democrático?-¿representativo? hoy vigente en el mundo

 

 

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