Panorama Católico

Sócrates, una semblanza

Como una cruel ironía de su vida bohemia el partido democrático lo
condenó a beber la cicuta. Los cargos fueron: ateísmo e impiedad y
corrupción de los jóvenes. Ambos, naturalmente, falsos.

Como una cruel ironía de su vida bohemia el partido democrático lo
condenó a beber la cicuta. Los cargos fueron: ateísmo e impiedad y
corrupción de los jóvenes. Ambos, naturalmente, falsos. Sócrates fue
varón profundamente religioso pero con una religión fundada en la
“trascendencia” y no en los mitos inmanentes de la polis que, a lo más,
representaban la “pietas” o “piedad de las cosas patrias”, a las cuales
siempre reverenció.

Escribe Ricardo Fraga
La figura de Sócrates marca un antes y un después de la filosofía antigua: presocráticos fueron todos aquellos filósofos (básicamente jónicos) que centraron su interés en la búsqueda del “arjé” o primer principio originario de todas las cosas. Se los conoce también con el nombre de “cosmólogos” en mérito a su indagación del cosmos o mundo armónico de todos los seres.

El primero de todos ellos (a estar a la breve historia de Aristóteles) fue Tales de Mileto de quien se cuenta que, abstraído en su pensamiento, tropezó con una charca ante la risa sarcástica y burlona de su sirvienta, sino final de tantos pensadores futuros desconectados de lo real, mas símbolo también del desprecio de los mentecatos por todos aquellos que, elevados por sobre la mediocridad común, alzan su mirada hacia la visión o teoría de las cosas celestiales. Al fin y al cabo “ánthropos” (hombre) designa en lengua griega a quien es capaz de elevarse o de dirigirse hacia lo alto.

Sócrates pertenece ya al siglo V A.C. y el contenido de sus enseñanzas (al no quedar consignadas en libro alguno) ha dado lugar al planteo de la “cuestión socrática”: largo e inacabado debate a fin de determinar la exactitud de algunas de sus doctrinas transmitidas, principalmente, por Platón, Jenofonte y Aristóteles.


Es innegable que Sócrates privilegió el sistema de transmisión oral y por ello, puede decirse, se pasó la vida disputando con sus discípulos a quienes encaminaba en el descubrimiento de la verdad por medio de la dialéctica y polemizando con sus adversarios (los sofistas) a quienes reprochaba lo que en la Argentina llamaríamos su tilinguería intelectual.

La dialéctica socrática (tan magistralmente recogida por Platón en sus “Diálogos”) se fundaba, de modo esencial, en tres etapas que los interlocutores del maestro recorrían casi sin advertirlo: en primer lugar la introspección según el famoso oráculo de Apolo délfico (“conócete a ti mismo”); luego la ironía o paladina confesión del “sólo sé que no sé nada” y, por último, la mayéutica o “parto de las ideas” ya que, según la tradición, Sócrates imitaría así el oficio de su madre quien, como comadrona que fue, ayudaba a “dar a luz”, imagen natural del filósofo que intenta dar nacimiento a las ideas.

Sócrates se rodeó de lo más granado de la juventud ateniense y en los galanos textos que Platón, su más celebérrimo y destacado discípulo, nos ha conservado se respira un ambiente de franca y diáfana intercomunicación que ayer y ahora constituye el clima absolutamente imprescindible para la ociosa reflexión del filósofo, esto es, del reverente amigo o amante de la sabiduría.

Con Sócrates la filosofía, por vez primera, se centra sin ambages en la meditación del hombre y en su relación con un saber universal que finca en la “areté” como virtud dotada de firmeza y profundidad, todo lo contrario, por ende, del relativismo gnoseológico de la sofística, tan consustanciado con nuestro tiempo histórico que, por lo mismo, está casi en las antípodas del conocimiento socrático.

También se estructura en las enseñanzas de Sócrates el llamado “problema del valor” o naturaleza negativa del bien. En efecto, éste puede ser mirado desde una triple perspectiva: el bien como utilidad (utilitarismo), como placer (hedonismo) y como dominio del señor (naturalismo).

Contra la primacía hedónica que pregonaban los sofistas (véase la discusión con Calicles que recoge el “Gorgias”) tuvo que vérselas Sócrates. Diversas respuestas fue columbrando a lo largo de su vida: desde la “areté” como “sabiduría y prudencia” que está en el “Laques”, o bien como “piedad” del “Eutifron”, o la “cordura y discreción” del “Cármides”, hasta la “virtud en general” que está en la cima de su doctrina y que se encuentra en el “Protágoras”.

Los títulos citados corresponden todos a diálogos platónicos que la Academia nominó y subtituló, herencia que ha llegado a nosotros sin interrupción.
Por fin en la “República” se sostendrá que “el inteligente es sabio y el sabio es bueno”, coronando un intelectualismo ético al cual Platón, posteriormente, introducirá sustanciales reformas.

Si bien desde un punto de vista puramente teórico podría parecer que la moral socrática se inscribe en cierto nivel utilitario e incluso algo hedonístico, no debe uno dejar de lado jamás la vivencia personal del genial maestro que, amén de sus especulaciones racionales, encarnó con su vida y muerte el gran ideal de la “paideia” helénica, vale decir, el “bíos theoretikós” o paradigma intelectual de la vida humana, orientada a la búsqueda, contemplación y “sabor” de la verdad. En latín “sapientia” es aquello que se saborea con el paladar del entendimiento y en griego “sophia” es, desde la versión alejandrina de los Setenta, el clásico nombre de la divinidad trascendente y, aún más, en el lenguaje neotestamentario el divino Nombre del Verbo encarnado.

La síntesis de su austera personalidad, que todavía hoy marca derroteros y estilos, se podría condensar en su casi evangélica máxima de que “el mayor mal no es padecer la injusticia sino cometerla”, o bien esta otra (que los argentinos nos obstinamos en practicar): “una injusticia no reparada es una cosa inmortal”, recogidas ambas cuidadosamente por Platón en su “Gorgias”.

Como una cruel ironía de su vida bohemia el partido democrático lo condenó a beber la cicuta. Los cargos fueron: ateísmo e impiedad y corrupción de los jóvenes. Ambos, naturalmente, falsos. Sócrates fue varón profundamente religioso pero con una religión fundada en la “trascendencia” y no en los mitos inmanentes de la polis que, a lo más, representaban la “pietas” o “piedad de las cosas patrias”, a las cuales siempre reverenció.

La segunda acusación constituyó una infamia generada por los sofistas a quienes les restaba público. Se trataba, por cierto, de una hipotética corrupción intelectual que traía origen en la reflexión crítica y razonada a la cual orientaba el maestro a todos sus espontáneos auditores e interlocutores. De la fascinación que su discurso producía da cuenta formidable el conmovedor encomio que, a su respecto, pronuncia Alcibíades en la conclusión del “Banquete”, donde se luce, no hay dudas, la pluma de Platón pero cuya verosimilitud histórica no fue cuestionada por sus contemporáneos.

Los últimos momentos de Sócrates están delicadamente narrados por Platón en su insuperable “Fedón” o de la inmortalidad del alma. Vale la pena leerlo completo.

Fedro fue su primer amigo a quien rescató de un lugar non sancto y el diálogo platónico sobre la belleza lleva, precisamente, su nombre. Este célebre texto comienza con el encantador encuentro entre Sócrates y Fedro en las umbrosas orillas del río Iliso. Un poeta de estos lares así lo describió:

“Aquí está junto a ti, muy cerca (Sócrates) le tienes a tu lado siempre que quieras”:

“A las orillas del Iliso amado / caminas junto a mí, Fedro querido, / desgranando palabras sin olvido / que marcan de mi mundo su legado. /
En el misterio del amor sagrado / con mi discurso quedas complacido, / tu corazón dialoga y su latido / fluye en el cauce antiguo, suscitado. /
Yo sólo sé que nada me es negado / si tu dulce candor estremecido / a mis ojos conmueve, desbordado. /
La estela de mi púber fascinado / por el tiempo discurre, repetido, / y emerge cual destello iluminado”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Comentarios

Anónimo
29/05/2010 a las 9:44 pm

Gran semblanza, sí. Sócrates hizo un gol esencial para Occidente
Fue en 2007 en el Mundial de Filosofía, cuando disputaban la semifinal Alemania vs. Grecia con Kung Fu Tzeu como árbitro y dos santos varones (el de Hipona y el de Aquino) eran sus insospechables linesmen. Alemania había revolcado a los mediocampistas británicos Bentham, Locke y Hobbes, pero otro cantar fue con los clásicos. En el último minuto, sobre una novedosa idea de Arquímedes de poner el balón en movimiento extramental, recibe Sócrates, vuelta a Arquímedes, recibe Heráclito y tras superar a Hegel tira, aunque el esférico se le desvía fuera del arco. ¡Pero allí estaba Sócrates! Ataja el desvío y con potente conato testáceo lo reconduce al arco donde Leibniz deviene incapaz de atajarlo. ¡Gol de cabeza de Sócrates a último momento! Aunque el mismo Sócrates no pudo verlo porque cayo al suelo a resultas de su cabezazo, y aunque de Empédocles de Acragas se dijo que jugó drogado, el gol fue objetivo. Esto no impidió una porfiada discusión filosófica movida por los antipositivistas, pero Kung Fu Tzeu silbateó y dio por terminada la semifinal:

http://www.youtube.com/watch?v=xzFniypn2a4

Sócrates lo hizo. Sócrates lo hizo.



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