Panorama Católico

Tarcisio Bertone, el cardenal que debía ayudar al Papa

Desde que es secretario de Estado, he expuesto a Benedicto XVI a dos problemas de imagen. La primera en Polonia, con el caso Wielgus. La segunda en Italia, con las maniobras para el cambio en el vértice de la conferencia episcopal.

por Sandro Magister

Desde que es secretario de Estado, he expuesto a Benedicto XVI a dos problemas de imagen. La primera en Polonia, con el caso Wielgus. La segunda en Italia, con las maniobras para el cambio en el vértice de la conferencia episcopal.

por Sandro Magister

ROMA, 15 de febrero del 2007 – “Estamos pensando en un relanzamiento de las comunicaciones de la Iglesia”, respondió seguro el cardenal Tarcisio Bertone al periodista que lo interrogaba a través de la radio.

Fue él, el cardenal, quien llamó por teléfono, “en directo”, a la muy sintonizada transmisión “Prima Pagina”, la mañana del martes 6 de febrero. Y habló de todo, de cuando jugaba fútbol, del sueño de tener un equipo del Vaticano en las Olimpiadas de Pequín, de Franz Beckenbauer acercándose de nuevo a la Iglesia gracias al Papa alemán.

Desde que es secretario de Estado, el extrovertido y locuaz cardenal Bertone se dedica bastante a los medios de comunicación. Pero con resultados hasta ahora decepcionantes.

Dos días después de esa intervención en directo en la radio, por ejemplo, Bertone se molestó mucho por la forma como el diario “La Stampa” relató la guerra de sucesión a la presidencia de la conferencia episcopal Italiana, por el puesto del cardenal Camillo Ruini. Reaccionó desmintiendo dos pasajes del relato.

Pero el único efecto fue el de reforzar la idea de que hay guerra. Y que en medio de ésta se encuentra él, el cardenal secretario de Estado.

* * *

Sin embargo, entre diciembre y enero, Bertone ya había salido mal de otra guerra de sucesión eclesiástica, esta vez en Polonia, por el arzobispado de Varsovia.

Sobre el candidato vencedor, Stanislaw Wielgus, pendía la sombra de haber colaborado con los servicios secretos del régimen comunista. Pero ni el nuncio vaticano en Polonia, Józef Kowakczyk, ni su directo superior en Roma, Bertone, se habían puesto a indagar seriamente en su pasado para advertir al Papa. Les bastó que Wielgus hubiese jurado en secreto delante del nuncio, el 2 de diciembre, no haber hecho jamás nada contra la Iglesia, aunque había actuado por años como espía.

Cuatro días después Benedicto XVI oficializó la nomina. El 21 de diciembre la confirmó solemnemente. Hasta que vio los documentos que mientras tanto salieron a la luz y vino a saber que Wielgus le había mentido incluso a él, al Papa.

A Benedicto XVI, dejado solo por una curia negligente, no le quedó más que cortar él solo, con la espada de la dimisión impuesta a Wielgus el 6 de enero, un nombramiento nacido mal y terminado pésimo.

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En Italia, la guerra de sucesión a Ruini es toda otra historia que todavía no termina. Pero también aquí la secretaría de Estado ha estado involucrada y es el epicentro de la misma, sin importar quien sea el titular del dicasterio.

Hace un año, cuando estaba a cargo el cardenal Angelo Sodano y estaba por caducar el tercer quinquenio de Ruini como presidente de la CEI, el entonces nuncio en Italia, Paolo Romeo, de acuerdo con Sodano, envió una carta a los 226 obispos italianos para pedirles, bajo secreto pontificio, que indicaran a quién querían como sucesor.

El inconveniente era que Benedicto XVI, a quien le toca en cuanto Papa y primado de Italia el nombramiento del presidente de la CEI, no pretendía en absoluto proceder de inmediato a la alternancia.

Y así, cuando el 14 de febrero del año pasado la carta de Romeo apareció en la prensa, inmediatamente el Papa, muy contrariado, dispuso reconfirmar en el cargo a Ruini “donec aliter provideatur”, hasta cuando no sea dispuesto de modo diferente. Y apuró la salida de Sodano.

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Bertone, ex mano derecha de Joseph Ratzinger en la congregación para la doctrina de la fe, entró en funciones como nuevo secretario de Estado el 15 de setiembre. Y un mes después Benedicto XVI, hablando a los estados generales de la Iglesia italiana reunidos en Verona, habría dado a entender que entre él y el cardenal Ruini había sintonía plena: una sintonía que debería haber proseguido también con el sucesor.

A inicios del otoño, pues, todo parecía listo para una sucesión pacífica, solicitada por el mismo Ruini.

El nuevo presidente de la CEI sería el cardenal Angelo Scola, patriarca de Venecia, amigo de Ratzinger desde los primeros años setenta, cuando estuvieron juntos entre los fundadores de la revista internacional de teología “Communio”.

Scola no tiene la diáfana claridad de un Ratzinger ni la argumentación inexorable de un Ruini, pero este límite para él es una ventaja. La fumosa fórmula “mestizaje de civilizaciones” que el gusta oponer al devaluado “clash of civilizations” le ha ganado aprobaciones en campo progresista. Así como la revista plurilingüe “Oasis” —creada por él en Venecia, que ha ido a presentar el pasado enero en Washington y en Nueva York— le da fama de “liberal” multicultural, a pesar de su proveniencia de Comunión y Liberación.

Junto al neo presidente Scola habría quedado como secretario de la CEI el obispo Giuseppe Betori, de la línea de Ruini, confirmado por el Papa la pasada primavera para otro quinquenio.

Y sumado a esto, habría seguido su ascenso el verdadero astro emergente del episcopado italiano, Cataldo Naro, obispo-teólogo de Monreal, a punto de ser promovido a Palermo y, en lapso de pocos años, como cardenal, previsible número uno de la CEI.

Pero a fines de setiembre, en esos mismos días, Naro murió por una falla en la aorta y Betori debió ser operado por un aneurisma cerebral. La alternancia en el vértice de la CEI fue postergada y, más aún, todo pasó de nuevo a discutirse.

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Es aquí que Bertone entra en juego. Para la conferencia episcopal Italiana él quisiera un rol y una disposición diferente, con la presidencia confiada no a un cardenal sino a un obispo de nivel medio, como ya ocurre en otras naciones.

Primera consecuencia: la línea ya no sería más dictada principalmente por un líder con autoridad y capacidad de acción plena e indiscutible, sino que sería elaborada con procedimientos más “colegiales”.

Otra consecuencia: correspondería al Papa y a la secretaria de Estado fijar los principios doctrinales y definir su impacto político, mientras a la CEI le tocaría un rol menos definitorio, menos intervencionista y más "pastoral".

Sobre los principios “no negociables” de la vida y de la familia Bertone no es un corderito, es inclusive más intransigente que Ruini. Pero desde que, cerca a la Navidad, este propósito suyo de revolucionar la CEI empezó a saberse, el nutrido ejercito de los adversarios del cardenal Ruini, tanto dentro de la Iglesia como en las tiendas políticas, comenzó a considerar al secretario de Estado entre sus filas.

Bertone tenía en mente algo distinto. Pero mientras tanto, paso a paso, construía su propio equipo de incondicionales, todos provenientes como él del Canavese y de la diócesis de Ivrea.

Como nuevo nuncio en Italia, en lugar de Romeo promovido a Palermo, colocaba a Giuseppe Bertello. Y para la secretaria de la CEI, en lugar del convaleciente Betori (que en realidad se ha recuperado muy bien), calentaba el nombramiento del actual obispo de Ivrea, Arrigo Miglio.

Para la presidencia, para hacer el contrapeso geográfico, proponía en cambio a un hombre del sur, el capuchino Benigno Papa, arzobispo de Taranto y vicepresidente de la CEI para el sur de Italia.

A mediados de enero Bertone estaba seguro de haber convencido al Papa de la bondad de los nombramientos que él le proponía. Y en efecto no le había sido difícil abrirse camino. Como cardenal, Ratzinger se había manifestado varias veces en términos críticos respecto a las conferencias episcopales.

Veía en ellas “estructuras burocráticas” que sofocan la autoridad propia de cada obispo, que producen una mole de documentos “pálidos y chatos” porque son fruto de interminables mediaciones en descenso. Sosteniendo esto, Ratzinger tenía en mente sobre todo a dos poderosas conferencias episcopales, la de Alemania y la de los Estados Unidos, ambas controladas por obispos y cardenales progresistas. Mientras al contrario, en Italia, él siempre ha visto con favor el afianzarse del liderazgo de Ruini, más todavía después de ser elegido Papa, por la conducción de la audaz batalla en defensa del embrión y después, en estas semanas, en defensa de la familia fundada en el matrimonio. Pero, al sugerir su receta para el “post-Ruini”, Bertone había tenido cuidado de tranquilizar a Benedicto XVI: la CEI no saldría debilitada, sino más fuerte, con todos los obispos más responsabilizados.

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Así, el 2 de febrero, cuando el cardenal Ruini se presentó en audiencia al Papa, la víspera de viajar a Turquía a celebrar misa en la misma Iglesia donde un año antes había sido martirizado el sacerdote Andrea Santoro, descubrió que cuanto se murmuraba era verdad y estaba muy próximo a ser ejecutado.

En corto: Benigno Papa presidente, Miglio secretario, Betori retirado, Scola fuera de juego.

Contra este último le había llegado a Benedicto XVI también una carta del cardenal Severino Poletto, arzobispo de Turín y pupilo del cardenal Sodano. El nombramiento de Scola como presidente, advertía Poletto a nombre de otros obispos del Piemonte, habría dividido en vez de unir a la CEI.

Naturalmente Benedicto XVI tomó nota de los argumentos de Ruini contra la que parecía de hecho una abjuración pública de su presidencia y una decapitación de la CEI en un momento crucial. Y volvió a reunirse con él después de su regreso de Turquía.

Pero en los días sucesivos la prensa nacional dio por hecha la operación Bertone. Más aún, en el círculo de los contrarios a Ruini, empezó a difundirse la idea de un arreglo político entre el secretario de Estado y el líder del gobierno de izquierda, el católico Romano Prodi: la oferta de una presidencia de la CEI menos intervencionista, a cambio de una ley sobre las uniones de hecho —propuesta por el mismo gobierno— que sea menos agresiva.

Pero basta seguir, día tras día, el martilleo en aumento de las tomas de posición de Benedicto XVI y de Ruini en defensa de la “unicidad irrepetible” de la familia para entender como terminará la historia.

Para la presidencia de la CEI está de nuevo en carrera Scola, o el titular de una diócesis cardenalicia. Como secretario se queda Betori.

En cuanto a Bertone y a los otros prelados de la curia, les predicará los ejercicios espirituales, durante toda primera semana de cuaresma, el batallador cardenal Giacomo Biffi. Llamado por el Papa XVI.

Fuente: Chiessa

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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