Panorama Católico

Tiempo de esperanza

La espantosa noticia de la entrevista de Francisco con una “pareja” en la que el “varón” es una mujer transexual, conocida hace horas, es un indicio más, aunque brutal, de que los tiempos se aceleran a una velocidad que tal vez siquiera sospechamos.

Texto al modo del P. Castellani, y en su honor.

La espantosa noticia de la entrevista de Francisco con una “pareja” en la que el “varón” es una mujer transexual, conocida hace horas, es un indicio más, aunque brutal, de que los tiempos se aceleran a una velocidad que tal vez siquiera sospechamos.

Se podrá decir que son más graves los pecados contra la Fe. Y a eso creo se puede responder, “per se” seguramente. Es decir, en una consideración abstracta. En concreto, hace más daño esta entrevista que cien declaraciones conciliares, al menos en lo inmediato, lo que se traduce en miles o millones de almas que pueden perecer.

Francisco está demoliendo lo que queda de la vida católica: la piedad sencilla, los matrimonios, la prole numerosa hasta el orden natural… donde a su modo se refugiaban los restos del catolicismo, salva la excepción de los que han resistido ya desde el Concilio o desde alguna instancia posterior. En esta categoría no corresponde hacer cuestión de salario. Los de la hora final cobrarán lo mismo que los del alba, según parece, o al menos eso bien podría ser si el “cobro” es la salvación. ¿O vamos a murmurar de Dios porque es bueno? (Mt. 20)

Así pues, todos están invitados y los que guarden sus costumbres y resistan estas terribles tentaciones, que lo deben hacer enfrentando a la jerarquía de la Iglesia, porque ella en masa ha defeccionado, también estarán, en su corazón (tal vez no tan claro por el momento en sus mentes) guardando la Fe, al menos de deseo.

Apocalipsis y Parusía

Esta particular confusión es propia del tiempo que corre y que no es nada difícil asimilar a lo que se ha profetizado sobre los últimos tiempos. Pero para entender bien la cuestión hay que hacer una distinción básica: no es que estos que corren hoy sean tiempos meramente “apocalípticos”: no lo son más que los del siglo primero. Porque el Apocalipsis, el libro postrero de la Revelación pública que la Iglesia ha incluido en su canon, arranca con la fundación misma de la Iglesia. Lo que solemos llamar así -por sinécdoque confusa- es la Parusía, es decir, la Segunda Venida de Nuestro Señor.

En este sentido, el Apocalipsis o Revelación conlleva en su título una cierta contradicción paradojal: lo que revela no se entiende. No se entiende del todo. No se entiende del todo, todo el tiempo.  Y de hecho todavía no se ha podido entender todo. ¿Por qué?

Porque Dios ha querido decir las cosas de un modo tal que a medida que nos acerquemos a ellas las vayamos entendiendo, con la condición de estar atentos, para lo cual es necesario llevar una vida justa (santa, todo lo santa que se pueda) y tener los ojos limpios de impureza doctrinal y sensual. Cuando el clero, y luego los fieles, que suelen marchar detrás del clero, ponen sus esperanzas en una especie de “paraíso terrenal”, verdadero sentido del Evangelio, dicen ellos, que nunca nadie entendió solo ellos, que son unas cabezas privilegiadas, entonces están fornicando con los reyes de la tierra (Apoc. 17,2 ; 18,1 y otros) según la expresión reiterada de las SS.EE. y del Apocalipsis reiteradamente.

O sea, hacen de la religión una esperanza humana, material: abrogan el mundo sobrenatural. De allí derivan teorías sobre el modo de lograr que ocurra lo que el Evangelio dice expresamente que nunca ocurrirá: que no haya pobres en la tierra, que haya una paz eterna fundada en el diálogo y el entendimiento, etc. Y muchas tonteras más.

De allí derivan, también, porque el Diablo es diablo, las tentaciones de “tolerancia” falsa, más bien de permisión y hasta promoción de la inmoralidad. Es lo que se ha visto en la Iglesia desde hace varias décadas, aún antes del Concilio, que no nació de un repollo. Cuando la máxima autoridad de la Iglesia en la tierra, el papa, hace lo que hizo y hará Francisco en los próximos meses, evidentemente la fornicación con los reyes de la tierra llega a una evidencia abrumadora, en algunos casos, literal.

Ante esto, los fieles solo podemos y debemos retraernos sobre nosotros mismos para fortalecer la mente y el corazón en las grandes virtudes, empezando por las teologales, y buscar los medios de salvación seguros. O sea, tal como los ha enseñado la Iglesia, mientras sobre su jerarquía podía decirse “haced como ellos os dicen, pero no como ellos hacen” (Mt. 23,3).  Enseñaban el bien, practicaban otra cosa, o maomenos, en fin. Hoy la mayoría no enseña ni la Verdad revelada, ni el bien que esta Revelación nos ha señalado, ni siquiera el orden natural que toda persona de recto juicio conoce sin haber sido instruida especialmente: que el matrimonio es base de la familia, que el hombre se casa con la mujer y tiene hijos, muchos, si puede. Y que no puede separarse si no lo separa Dios.

Lo hemos dicho aquí muchas veces, no está de más repetirlo: los medios son los sacramentos como los ha instituido la Iglesia desde los primeros tiempos, que, como sabe cualquier católico formado, tienen su origen en los Apóstoles que los recibieron de Cristo. Hubo una reforma o “deforma” litúrgica. No vamos a discutirla aquí, pero los resultados son evidentes. Volvamos a lo que la Iglesia nos ofreció siempre como medios seguros. Asegurémonos la salvación propia, la de nuestras familias, amigos, comunidad y hasta donde cada uno pueda. Porque vienen los tiempos terribles, según parece, aunque nadie lo sabe de cierto.

Pero el Apocalipsis es oscuro

Claro que es oscuro. Inclusive muy oscuro si uno está medio paveando con menudencias de todos los días sin vivirlas con el espíritu cristiano. Tampoco es que no se pueda entender nada. Se va entendiendo. Principalmente, como toda profecía, a medida que se cumple.

Las profecías en general son “oscuras” porque están dadas para decir sin decir. Para decir algo que debemos “guardar estas cosas medtitándolas en nuestro corazón” (Lc 2,19) hasta que el tiempo se cumpla. Así fueron las profecías sobre el Mesías, que se entendieron diáfanamente cuando murió y aún después, cuando el centurión le clavó el costado… casi literalmente. Y luego con la Resurrección, etc.

El don de profecía se mantiene en la Iglesia, inclusive cuando la Revelación pública está cerrada. Esto significa que solo es “de Fe” lo que se ha dicho en las SS. EE. hasta la última letra del Apocalipsis. Lo otro no es “de Fe”, pero no significa que sea falso. Dios suscita profetas y hace revelaciones por medio de ellos para sostener la Fe desmayada del pueblo fiel cuando los tiempos son tan duros.

Fátima, por ejemplo, ha recibido todo el apoyo de la Iglesia: autorizó su culto, beatificó a dos de sus tres videntes, ha convertido el lugar de las apariciones en un santuario de los más grandes de la Cristiandad. Ha sido visitada por los papas y honrada por ellos. La Iglesia ha tomado para sí (¿por qué habría de hacerlo?) la responsabilidad de revelar su parte tercera oficialmente (aunque tengamos dudas de que algo pueda faltar y no tengamos dudas de que la interpretación de Ratzinger en su momento fue uno de los peores papeles que protagonizó el futuro papa Benedicto). Es difícil desdeñar Fátima sin perder de vista uno de los acontecimientos más importantes de la historia moderna. Y lo que queda. Es una grosera petulancia.

El mensaje de Fátima no es nada oscuro, pero tiene su misterio al final, en la visión de los pastores que precede a la profecía de la conversión de Rusia. Como es algo en curso es fácil equivocarse y uno solo puede hacer conjeturas. Con el paso de los años, no obstante, algunas cosas se aclaran. Pero lo que no resulta confuso es que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María y que los castigos que amenazan al mundo pueden mitigarse si se reza por la conversión de los pecadores y el papa consagra Rusia a su Corazón Inmaculado.

¿Acaso Dios va a retrasar su hora porque nosotros recemos y hagamos penitencia? Sí, claro. Lo ha hecho ya en la historia, según relata la Biblia (Jonás 3, 1-10) y presumiblemente lo ha hecho ya durante las grandes crisis de la Cristiandad. Lo segundo es presunción porque no está en la Revelación oficial. Pero no todo está en la Revelación de lo que es, al menos de un modo explícito.

Ni siquiera todo lo que Cristo dijo. De donde la Tradición es uno de los instrumentos que sirve para la interpretación de las Escrituras. Junto con el Magisterio. Es regla de interpretación. Por eso la machacona insistencia en la Tradición, que no es un invento de los tradicionalistas, sino solo su bandera.

Dios es muy amplio. Puede darnos una Revelación oficial y a la vez una fuente “oficiosa”, que llamamos revelaciones privadas, aunque no todas sean verdaderas, no todas estén bien transmitidas, no todas… etc. Por eso hay que cuidar mucho de no caer en el “aparicionismo” y convertir estas supuestas o reales apariciones en regla de interpretación del Magisterio, como hacen muchos neciamente.

Dios es amplio. Podría terminar la historia el año que viene, o podría escuchar las oraciones de los que han rezado y sufrido en y por su nombre a lo largo de este siglo pasado tan trágico y hacer un milagro moral. Regenerar a la humanidad por medio de una regeneración de la Iglesia…

Dios es amplio. Podría establecer un reino de mil años (Apoc. 17, 7) después de la “resurrección primera” (Apoc 20, 6), como afirma el Apocalipsis, pero esto no lo sabemos bien porque sigue siendo parte de la oscuridad de esta revelación.

En su amplitud, Dios podría suscitar a un cardenal de la Iglesia que lidere un movimiento de regreso a la Tradición, el cual podría ser sostenido por una potencia mundial cristiana… ¿Se sorprenderían si les dijera que algo así está ocurriendo?

  • Pero no se puede afirmar que esto va a ser así…
  • Yo no dije que vaya a ser así.
  • Pero Ud. dice que vendrá el milenio
  • Minga, yo no digo nada ni lo podría decir.

Yo digo mi opinión y digo que es tal por lo que valga, que es decir poco. Tratemos de no revestir las opiniones de cada uno de ropajes de sabiduría y rigor más allá de lo que tengan de tales porque lo hemos recibido de sabios que además han sido santos. Y tratemos de no hacerle decir a los sabios lo que nosotros queremos que digan.

Y sobre todo, tratemos de no perder el tiempo resolviendo enigmas imposibles que ya resolverá Dios como y cuando quiera, probablemente pronto. No perder el tiempo precioso de nuestra salvación en petulancias y caprichos.

Velar y orar, (Luc 21, 36) y mantener la lámpara provista de aceite (Mt. 25, 1-13).

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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