Panorama Católico

“Tiempo es de que comience el juicio por la casa de Dios”

“Santo Tomás escribe: “Todo sacerdote es elegido por Dios y colocado en la tierra para atender no a la ganancia y riquezas, ni de estimas, ni de diversiones, ni de mejoras domésticas, sino a los intereses de la gloria de Dios” (In Hebr., 5, lect. I). Por eso las escrituras llaman al sacerdote hombre de Dios (1 Tm. 6, 11), hombre que no es del mundo, ni de sus familiares, ni siquiera de sí propio, sino tan solo de Dios, y que no busca más que a Dios.

San Juan Crisóstomo dice: “Dios nos eligió para que seamos en la tierra como ángeles entre los hombres”. “Nuestro Salvador rogó en la cruz por sus perseguidores diciendo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34); y esta oración no vale a favor de los sacerdotes malos, sino que, al contrario, los condena, pues los sacerdotes saben lo que hacen. Se lamentaba Jeremías, exclamando: ¡Ay, cómo se ha oscurecido el oro, ha degenerado el oro mejor! (Lam. 4,1). Este oro degenerado , dice el cardenal Hugo, es precisamente el sacerdote pecador, que tendría que resplandecer de amor divino, y con el pecado se trueca en negro y horrible de ver, hecho objeto de honor hasta el mismo infierno y más odioso a los ojos de Dios que el resto de los pecadores. San Juan Crisóstomo dice que “el Señor nunca es tan ofendido como cuando le ofenden quienes están revestidos de la dignidad sacerdotal”.

De los malos sacerdotes parece se queja el señor cuando clama al cielo y a la tierra para que sean testigos de la ingratitud de sus hijos para con Él: Escuchad cielos, y presta oído, tierra, pues es Yahveh quien habla; hijos he criado y engrandecido, pero se han rebelado contra mí (1S 1,2). ¿Quiénes, en efecto, son estos hijos más que los sacerdotes, que habiendo sido sublimados por Dios a tal altura y alimentados en su mesa con su misma carne, se atrevieron luego a despreciar su amor y su gracia?

También de esto se quejó el Señor por boca de David con estas palabras: Si afrentado me hubiera un enemigo yo lo soportaría (Salmo 54, 3). Si un enemigo mío, un idólatra, un hereje, un seglar, me ofendiera, todavía lo podría soportar; pero ¿cómo habré de poder sufrir el verme ultrajado por ti, sacerdote, amigo mío y mi comensal? Mas fuiste tú el compañero mío, mi amigo y confidente; con quien en dulce amistad me unía (Sal. 54, 14, 15), Se lamentaba de esto Jeremías, diciendo: “Quienes comían manjares delicados han perecido por las calles: los llevados envueltos en púrpura abrazaron las basuras (1 Pedro 11,9; Ex 19, 6). ¡Qué miseria y qué horror!, exclama el profeta”. “Más le valdría al sacerdote que peca, ser un sencillo aldeano ignorante que no entendiese de letras. Porque después de tantos sermones oídos y de tantos directores, y de tantas luces recibidas de Dios, el desgraciado, al pecar y hollar bajo sus plantas todas las gracias de Dios recibidas, merece que la luz que le ilustró no sirva más que para cegarlo y perderlo en la propia ruina”. “Reveló el Señor a Santa Brígida que atendía a los paganos y a los judíos, pero que no encontraba nada peor que los sacerdotes, pues su pecado es como el que precipitó a Lucifer. Nótense aquí las palabras de Inocencio III: “Muchas cosas que son veniales tratándose de seglares, son mortales entre los eclesiásticos”.

“El sacerdote pecador cae al fondo del abismo, donde, privado de luz, llega a despreciarlo todo, aconteciéndole lo que dice el sabio: Cuando llega el mal, viene el desprecio, y con la ignominia el oprobio (Prov. 18,3). Este mal es el del sacerdote que peca por malicia, cae en lo profundo de la miseria y queda ciego, por lo que desprecia los castigos, las admoniciones, la presencia de Jesucristo, que tiene junto a sí en el altar, y no se avergüenza de ser peor que el traidor Judas, como el Señor se lamentó con Santa Brígida: Tales sacerdotes no son sacerdotes míos, sino verdaderos traidores. Sí, porque abusan de la celebración de la misa para ultrajar más cruelmente a Jesucristo con el sacrilegio. Y ¿cuál será, finalmente, el término infeliz de tal sacerdote? Helo aquí: “en la tierra de justicia sigue haciendo maldades, y no ve la gloria de Yahvé”(Is. 26, 10).

Su fin será, en una palabra, el abandono de Dios y luego el infierno. –Pero padre, dirá alguien, este lenguaje es en extremo aterrador. ¿Qué? ¿Nos quieres hacer desesperar? Responderé con San Agustín: “Si aterro, es que yo mismo estoy aterrado”. Pues dirá el sacerdote que por desgracia hubiera ofendido a Dios en el sacerdocio, ¿ya no habrá para mí esperanza de perdón? No; lejos de mí afirmar esto; hay esperanza si hay arrepentimiento, y se aborrece el mal cometido.

Sea este sacerdote sumamente agradecido al Señor si uno se ve asistido de su gracia, y apresúrese a entregarse cuando le llama según aquello de San Agustín: “Oigamos su voz cuando nos llama, no sea que no nos oiga cuando esté pronto a juzgarnos”. “Cuando el Señor castiga a un pueblo, el castigo empieza por los sacerdotes, por ser ellos la primera causa de los pecados del pueblo, ya por su mal ejemplo, ya por la negligencia en cultivar la viña encomendada a sus desvelos. De aquí que entonces diga el Señor: “Tiempo es de que comience el juicio por la casa de Dios” (1 Pedro 4, 17)”.

“La santidad de los Sacerdotes”, de San Alfonso María de Ligorio”

Envío de Flavio Mateos.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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