Panorama Católico

Tradis, go home

El Sr. Dardo Calderón observa en mi artículo “El neo-tradi” una paradoja ya desde el título. No la explicita, dándola por obvia, de modo que asumo el riesgo de interpretarla: neo en contraposición de tradi. Esta sería la paradoja. Otro lector, que firma MAB, aprueba la teoría del Sr. Calderón de que no tiene razón de ser el prefijo “neo” cuando el tradi en realidad es el católico. De modo que cuando un no-tradi se hace tradi en realidad está volviendo a casa.

El
Sr. Dardo Calderón observa en mi artículo “El neo-tradi”
una paradoja ya desde el título. No la explicita, dándola por obvia, de modo
que asumo el riesgo de interpretarla: neo en contraposición de tradi.
Esta sería la paradoja.

Otro
lector, que firma MAB, aprueba la
teoría del Sr. Calderón de que no tiene razón de ser el prefijo “neo” cuando el tradi en realidad es el católico. De modo que cuando
un no-tradi se hace tradi en realidad está volviendo a casa.

No
voy a ser yo quien discuta lo bien expresado y mejor testimoniado por ambos
comentaristas, porque estoy de acuerdo.

Pero subsiste (con perdón) un problema que
ambos distinguidos comentaristas dan por resuelto o tal vez inexistente, y me
temo que no sea tan fácil de obviar.

Es muy
acorde a los espíritus briosos (aun con letras) como el del Sr. Calderón dar
por sentado que fuera de la tradición no hay salvación. Es más, yo mismo lo he afirmado en esta serie desde un
comienzo, solo que escribí Tradición, para distinguir lo que es fuente de revelación de lo que más sociológicamente designamos
ahora, en estas décadas posconciliares, con el vocablo “tradición”: a saber, el movimiento de resistencia contra las
ideas heterodoxas que han ganado ampliamente a la jerarquía y feligresía de la
Iglesia Católica.

Esta
“tradición” es una reunión de sacerdotes y fieles bajo formas asociativas
contingentes, en actitud de defensa, propia y de la Fe, que combate en
particular por la liturgia, que es la bandera más ostensible de la Fe en el
caso. La confusión entre la lucha
contingente
y los principios eternos
que inspiran la lucha
puede obrar espantosos resultados, peligro de
confusión que corre el no-tradi, pero también el tradi.

El tradi puede tender a creer que no hay nada católico en los
remanentes de la Iglesia que subsisten (con perdón, de nuevo) en las estructuras eclesiásticas, y no faltarán copiosos
ejemplos para sustentar la teoría, aunque no la prueben. El no-tradi tiende, por el contrario, a creer que no puede haber
nada católico fuera de los límites de la legalidad canónica. Como si la Iglesia
fuese un club al que se pertenece o no se pertenece según lo dictamine la
Comisión Directiva.

Vayamos
por partes: si los que están fuera de la “tradición” no pertenecieran en modo
alguno a la Tradición, sería impropio pedirles que “vuelvan a casa”. No puede
volver quien no se ha ido o nunca ha estado. Algún vínculo esencial ha de haber habido en algún momento, y hasta puede ser que
continúe, en lo esencial, aún bajo
apariencias de ruptura definitiva.

Decir
que este vínculo es el bautismo resuelve las cosas con demasiada facilidad.
Especialmente cuando el no-tradi tiene una práctica religiosa
que difícilmente podamos tachar de mera superstición sin caer nosotros en
alguna suerte de superstición. Pongo por caso la piedad mariana, aún en sus
formas más aplebeyadas e imperfectas. Aunque el caso más interesante es otro.
El del no-tradi piadoso, a veces muy piadoso.

El
caso del no-tradi piadoso, que asiste a misa, en
cumplimiento no ya de una costumbre social, u obligación canónica, sino de un
precepto de la Iglesia y más aún, de un mandamiento de la Ley Divina. Paradójicamente
asiste, por amor a Dios, a un acto que le repugna. Le repugna el
cura, la iglesia, los ornamentos, cuando los hay, la ceremonia si cabe llamarla
así, la homilía, los cantos… Pero esto lo hace para cumplir con lo que manda
Dios: “santificar” las fiestas. ¿Cómo hace para santificarlas? Con el sacrificio de ir a un acto que le
repugna
, dice el no-tradi, estableciendo el
principio de suplencia de la santidad de un culto público deficiente y hasta
blasfemo por medio de un acto de penitencia personal. Principio novedoso y discutible,
por cierto.

El tradi le dirá, un poco escandalosamente: El mejor modo de
santificar la fiesta es no ir a esa (supuesta, falsa o parodia) de Misa. Pero
el no-tradi responderá: ¿adónde voy a ir si no tengo
nada mejor? El tradi le replicará: mejor es nada. El
no-tradi: hay consagración, hay sacrificio. El tradi: si hay consagración peor, porque hay profanación. El
no-tradi: usted quiere que vaya a esa misa de Uds.
que está muy bien pero hablan mal del papa. El tradi:
lo que hacemos es mostrarle las causas por las que a Ud. le repugna ir a misa…
etc.

La
discusión es larga y no viene al caso seguirla aquí. Solo demostrar que el no-tradi, al resistir, siquiera con su repugnancia, aquello
que el tradi combate con efectiva reedificación, de
alguna manera está añorando tener lo que el tradi tiene, aunque dificultades muy dificultosas,  muchas veces insalvables y otras
invencibles, impidan al no-tradi tomar las posiciones
del tradi.

El
no-tradi en esta circunstancia tiene un pie y tal vez
los dos en la casa. Porque además, -y esto no es un motivo menor de confusión-
él está en la casa, físicamente, y ante el sacerdote, legalmente constituido,
mientras que los tradis en general tienen una
precariedad canónica extrema, al menos si a la letra de la ley nos remitimos.

Por
eso, el Sr. Calderón tiene razón, y el Sr. MAB lo apoya con su testimonio de
neo-tradi, en el sentido de que la condición del neo-tradi es un retorno a casa. Una casa de la que lo sacaron
cuando era chico, casi sin memoria y que va descubriendo de a poco o presiente
oscuramente.

Pero
el Sr. Calderón no tiene razón al decir que quien no está en la tradición está
completamente escindido de la Tradición, si es que lo ha dicho, que creo que sí
aunque en otro comentario, y que por lo tanto el neo-tradi es tradi sin neo.

La
cosa es más que complicada. Al no-tradi lo sacaron
sin sacarlo. De modo que él sigue en casa,  pero le cambiaron la madre, el padre, la historia, los muebles y los
cuadros. Incluso cuando a veces mantengan el mismo nombre que tenían antes…
Complicado, ¿no?

-Pero,
¿cómo pretende que la gente entienda?

Bueno,
uno es optimista. Y además, para ese entendimiento obran otras fuerzas
persuasivas que las de esta pobre argumentación, e inclusive que las de las más
elevadas peroratas. Una fuerza persuasiva admirable radica, por ejemplo, en el
culto apostólico, del rito tradicional. Con el paso del tiempo, el Novus Ordo en virtud de su bastarda progenie protestante ya
no es más que un conglomerado de invenciones personales. De modo que un
católico que conserva esos lazos esenciales tiene repugnancia por él o al menos
una fría indiferencia.

Pero
cada uno se deja persuadir hasta donde quiere y puede. Lo que se recibe, se recibe a modo del recipiente, conocido
apotegma de Santo Tomás. Y por eso, respondiendo a otra cuestión que también
plantea el Sr. Calderón en su comentario, digo que lo mismo que se le ofrece al
neo-tradi A y produce un efecto fulminante de
convicción, ofrecido en cambio al neo-tradi B no le
hace ni cosquillas… O lo deja en una fría y quejosa actitud de crítica sobre
los detalles del altar o el acento del cura. O, de un modo más grave pero no
menos superficial, sobre las críticas al modernismo.  Si uno va a Francia, no puede quejarse de
que la gente hable francés.

Cerrando
ya esta enojosa entrega de la serie, quisiera recordar que la Iglesia, y la de
tiempos indiscutibles y ya consagrados por la historia, solía tener una visión
más abierta respecto a los límites que formaban la divisoria entre su membrecía
y los ajenos. Hoy, en cambio, los límites casi se han borrado, y por eso tanto reclamamos
su restablecimiento. Pero no de un modo tal que se vuelva una cortina de hierro
por la que solo se pueda pasar arrastrándose bajo el fuego de las
ametralladoras.

Pongo
por caso la invitación que extendiera el Papa a los anglicanos para participar del
Concilio. El papa Paulo III, a los anglicanos y protestantes, al concilio de
Trento. A los obispos. A participar con voz pero sin voto. O la audiencia que
diera el Emperador e ilustre compañía de teólogos a Lutero para exponer sus
doctrinas en la Dieta de Worms.

Ni anglicanos
ni protestantes fueron, y el Emperador tuvo el impulso de colgar a Lutero de un
poste, después de oírlo… lástima que había dado su imperial salvoconducto.

A veces
no hay caso, pero la Iglesia intenta siempre que vuelvan a casa. Si no se ha
roto el vínculo esencial -¿quién puede decirlo sino Dios?- algo queda de tradi en todo católico, por confundido que esté. Pero solo
el tradi íntegro puede ser católico íntegramente, que es el único modo de serlo, porque el
católico es esencialmente un eslabón de la cadena que comienza en Cristo y sus
apóstoles y llegará hasta donde Dios disponga en esta tierra, cadena que se
llama Tradición. Tradidi
quod et accepi.

La
Iglesia intenta siempre que vuelvan a casa. Y si la Iglesia lo hace, nosotros
también lo debemos hacer, aunque hoy la cosa se complica un poco porque tenemos
la casa intrusada.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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