Panorama Católico

Tras la renuncia de Mons. Williamson

Ahora que el rayo cayó sobre el árbol, no faltan los que afilan las hachas para hacer leña. Ni los que por defenderlo resaltan un solo aspecto  de su personalidad, contribuyendo a consolidar la imagen monstruosa que los medios masivos han instalado en la sociedad.

Escribe el Editor y Responsable

Ahora que el rayo cayó sobre el árbol, no faltan los que afilan las hachas para hacer leña. Ni los que por defenderlo resaltan un solo aspecto  de su personalidad, contribuyendo a consolidar la imagen monstruosa que los medios masivos han instalado en la sociedad.

Escribe el Editor y Responsable

Conocí a Mons. Richard Williamson cuando era el P. Williamson, hace más de 30 años, en casa de un familiar mío que estudiaba en Econe. Creo sería su primera visita a la Argentina. Me impresionó su histrionismo: luego supe que era un instrumento aplicado a la enseñanza, su gran pasión.

Años más tarde, siendo yo colaborador de un diario platense lo entrevisté con ocasión de una visita. Yo venía teniendo un éxito considerable con mis notas, entrevistas y una sección de fantasía sobre las desdenturas económicas de la clase media, que llevaba por nombre, precisamente, Las Desventuras de Pedro Pymes.

Cuando presenté la nota a la redacción recibí un amable llamado de uno de los dueños del diario. “Sus servicios ya no son requeridos. Tenemos una excelente relación con el Arzobispo (por entonces Mons. Quarracino) y no queremos perjudicarla”. La nota ni siquiera se publicó. Fue un despido preventivo. Allí aprendí que acercarse a él era políticamente peligroso.

Durante sus años de director del Seminario de Winona, EE.UU. Mons. Williamson puso en cargos de confianza a algunos sacerdotes argentinos. Uno de ellos, a quien había favorecido particularmente por su talento le jugó una muy mala pasada. Esto oscureció su relación con la Argentina durante algún tiempo. Mons. Williamson es un hombre de gran franqueza. Por momentos puede uno sentirse incómodo por sus dichos. Pero siempre habla con el corazón en la mano. Es un verdadero Quijote británico. Detesta el engaño y consecuentemente, no tiene mayor aprecio por las cualidades diplomáticas. Da todo, cuando entrega su confianza. Las traiciones lo hieren profundamente.

En 2003 se hizo cargo del Seminario de La Reja, en La Argentina. Fue el continuador de la paciente obra del P. Dominque Lagneau y sus colaboradores, quienes resucitaron esta casa de formación golpeada casi a muerte por la defección de su director anterior. El P. Lagneau dejó un sólido plantel de profesores, que daría envidia a más de una universidad. Llevó adelante la estupenda obra de la Iglesia, inaugurada en 2001. Inició una obra de apertura de la FSSPX al catolicismo sano de la Argentina. Ya no eran tiempos de catacumbas, sino de reconquista, decía.

Mons. Williamson continuó y coronó esta obra con sus reformas en el sistema de enseñanza y el lanzamiento de dos modalidades pedagógicas que ya había practicado con éxito en Winona: el año de Humanidades y las Jornadas Anuales de Humanidades.  Su pasión por la enseñanza se aparejó siempre por su amor a la verdad. Y su modo desenfadado y poco habitual de transmitir la doctrina católica (en homilías, clases, mesas redondas) su enorme cultura tanto teológica y literaria como musical y artística, su esperanza de que en cada alma joven hay un santo en potencia, no importa el aspecto exterior o las actuales convicciones… ha sido un semillero fecundo de vocaciones. No solo sacerdotales, también de otras vocaciones propias de la vida cristiana.

Es un hombre de gran misericordia, característica esencial del corazón sacerdotal. Obispo, cada vez que ha podido, ha ocupado un confesionario durante las misas dominicales de La Reja. Confesando a todos, grandes y pequeños, de todas las condiciones, con la misma pasión sacerdotal.

Cuando el desgraciado hecho de Cromañón, incendio de un local bailable en el que murieron casi 200 personas, durante meses pidió oraciones por las almas de los muertos. ¡Pobrecitos, pobrecitos! Es su expresión habitual para referirse a los descarriados de este mundo. Cierta vez alguien le preguntó por los norteamericanos: “son el pueblo más generoso y más tonto de la tierra”. Y por los alemanes: “Pobrecitos, no quieren que les llueva fuego del cielo nuevamente”. Sobre los argentinos: “Dicen que son un pueblo orgulloso, pero no es verdad. Aquí yo veo que casi todos los hombres se confiesan con mucha frecuencia. No solo las mujeres. En Francia no es así”.  Y a un penitente que se acusó de distanciar demasiado sus confesiones por orgullo: “El orgullo con confesión lleva al cielo, el orgullo sin confesión lleva al infierno”.

Quizás su renuncia sea el mal menor. Pero no deja de ser un mal. Un mal inevitable. Es a él ahora a quien le cae fuego del cielo. Un fuego que va destinado no solo a él, sino a toda la obra tradicionalista y particularmente al Santo Padre Benedicto XVI. En definitiva, el objetivo es la Iglesia toda. Lo sabe, y se aparta en paz y en concordia.

Poca o ninguna importancia tiene ahora juzgar otra cosa sino al hombre. Más que juzgar, discernir. Es un alma grande, con corazón de niño. Es un Quijote con acento británico. Es una sacerdote de fe profunda y profunda misericordia. Es un enamorado de la verdad, y como todo caballero fiel, la propaga y la defiende, al estilo de Don Quijote, a veces con prudencia de paloma, siempre con candidez de paloma.

Si de algo sirve este testimonio, que sea para mostrar la nobleza de ese árbol que ha golpeado el rayo y ahora los mercaderes de la mentira periodística se regodean en destrozar.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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