Panorama Católico

Última llamada para la Compañía de Jesús. A la obediencia

Los jesuitas eligen su nuevo general y discuten sobre los motivos de su
decadencia. Pero las autoridades vaticanas ya han dicho qué cosa
esperan de ellos: más obediencia al Papa y más fidelidad a la doctrina

 

por Sandro Magister

 


Los jesuitas eligen su nuevo general y discuten sobre los motivos de su
decadencia. Pero las autoridades vaticanas ya han dicho qué cosa
esperan de ellos: más obediencia al Papa y más fidelidad a la doctrina

 

por Sandro Magister

 

ROMA,
11 de enero del 2008 – Desde el día después de la Epifanía 226 jesuitas
de los cinco continentes están reunidos en Roma en congregación
general, la trigésima quinta desde que san Ignacio de Loyola (en la
ilustración con el Papa Pablo III) fundó la orden en el 1540.

La congregación elegirá al nuevo superior general de la Compañía,
en lugar de dimisionario Peter-Hans Kolvenbach. Y el 21 de febrero
Benedicto XVI recibirá en audiencia al nuevo electo, junto a los
delegados reunidos en Roma en representación de los casi 20 mil
jesuitas en todo el mundo.

Además la congregación discutirá un informe sobre las “luces y
sombras” de la Compañía y una docena de cuestiones referentes a la
identidad y la misión de los jesuitas en el mundo de hoy. Incluido su
voto de obediencia especial al Papa.

La discusión durará algunas semanas y será protegida por el
secreto. Pero se sabe cuales serán los puntos críticos. Los ha indicado
con palabras incluso ásperas, en la homilía de la misa que el 7 de
enero inauguró la cita cumbre, una autoridad no jesuita: el cardenal
Franc Rodé, prefecto de la congregación para los institutos de vida
consagrada.

Es fácil adivinar que el cardenal Rodé haya expresado el
pensamiento y las expectativas de Benedicto XVI. Lo que le preocupa al
vértice de la Iglesia es también en la influencia que los jesuitas
tienen sobre otras órdenes religiosas y sobre la formación de
sacerdotes y estudiosos de teología en las numerosas escuelas y
universidades que al Compañía administra en todo el mundo, comenzando
por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, fragua de tantos
futuros obispos.

"Veo con tristeza e inquietud – ha dicho Rodé en la homilía – que
va decayendo sensiblemente en algunos miembros de las familias
religiosas el 'sentire cum Eclesia' del que habla frecuentemente
vuestro fundador san Ignacio".

Y también:

"Con tristeza e inquietud veo también un creciente alejamiento de
la Jerarquía. La espiritualidad ignaciana de servicio apostólico 'bajo
el Romano Pontífice' no acepta esta separación".

Y más adelante:

"La diversidad doctrinal, de aquellos que a todos los niveles, por
vocación y misión, son llamados a anunciar el Reino de la verdad y del
amor, desorienta los fieles y conduce hacia un relativismo sin
horizonte. […] Los exegetas y los estudiosos de la teología están
comprometidos en colaborar para investigar y proponer las letras
divinas, bajo la vigilancia del sagrado magisterio, las riquezas en
ellas contenidas. […] Aquellos que deben vigilar sobre la doctrina de
vuestras revistas, de las publicaciones, lo hagan a la luz y según las
reglas para sentir 'cum Ecclesia' con amor y respeto".

No es un misterio que cuatro de los últimos siete teólogos
investigados por la congregación para la doctrina para la fe
pertenezcan a la Compañía de Jesús: Jon Sobrino, Roger Haight, Jacques
Dupuis, Anthony De Mello.

A continuación el texto completo de la homilía del cardenal Rodé,
pronunciada en español, el 7 de enero del 2008, en la iglesia romana
del Santísimo Nombre de Jesús, donde está sepultado san Ignacio de
Loyola:

"Reunir el amor de Dios con el amor a la Iglesia jerárquica"

por Franc Rodé
Queridos miembros de la XXXV Congregación General de la Compañía de
Jesús, para San Ignacio la Congregación General es un trabajo y una
distracción (Const. 677) que interrumpe momentáneamente las ocupaciones
apostólicas de un gran número de personas cualificadas de la Compañía
de Jesús. Diferenciándose netamente de cuanto es habitual en otros
Institutos, las Constituciones de la Compañía establecen que se celebre
en tiempos determinados y no muy frecuentemente.

Es necesario, reunirla principalmente en dos ocasiones: para la
elección del Prepósito general y cuando han de ser tratadas cosas de
particular importancia, o problemas muy difíciles que tocan el cuerpo
de la Compañía.

Es la segunda vez en la historia de la Compañía que se reúne una
Congregación general para elegir un nuevo Prepósito general viviendo
todavía el predecesor. La primera vez fue en 1983, cuando la XXXIII
Congregación general aceptó la renuncia del tan amado P. Arrupe,
imposibilitado por una improvisa y grave enfermedad para ejercer las
funciones de gobierno. Hoy se reúne una segunda vez, para realizar,
delante del Señor, el discernimiento sobre la aceptación de la renuncia
presentada por el Rev.mo P. Kolvenbach, que ha guiado la Compañía por
casi veinticinco años, con sabiduría, prudencia, empeño y lealtad. Así
mismo, se procederá a elegir a su sucesor. Deseo presentarle,
Reverendísimo Padre Kolvenbach, a nombre de la Iglesia y al mío propio,
un vivo agradecimiento por su fidelidad, su sabiduría, su rectitud, su
ejemplo de humildad y pobreza. Gracias, P. Kolvenbach.

La elección de un nuevo Prepósito general tiene un valor
fundamental para la vida de la Compañía, no sólo porque su estructura
jerárquica centralizada concede constitucionalmente al General plena
autoridad para el buen gobierno, la conservación y el crecimiento de
todo el cuerpo de la Compañía, sino también porque, como dice muy bien
San Ignacio, como el bien o mal ser de la cabeza redunda a todo el
cuerpo…cuales fueran éstos (los superiores), tales serán a una mano
los inferiores (Const. 820). Por esto vuestro fundador cuando indica
las cualidades que ha de poseer el Prepósito general pone al primer
puesto que sea un hombre muy unido con Dios nuestro Señor y familiar en
la oración (Const. 723). Después de haber mencionado otras importantes
cualidades, que no se encuentran fácilmente reunidas en una sola
persona, termina diciendo si algunas de las partes arriba dichas
faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía y buen
juicio (Const. 735).

Me uno a vuestra oración para que el Espíritu Santo, padre de los
pobres, dador de las gracias y luz de los corazones, os asista en
vuestro discernimiento y en vuestra elección.

Esta Congregación se reúne también para tratar materias importantes
y muy difíciles que afectan tanto al cuerpo de la Compañía, como
también el modo con el cual actualmente esa procede. Los temas sobre
los cuales reflexionará la Congregación general vierten sobre elementos
fundamentales para la vida de la Compañía. Os interrogaréis ciertamente
sobre la identidad del Jesuita hoy, sobre el significado y los valores
de vuestro voto de obediencia al Santo Padre que desde siempre ha
cualificado vuestra Familia religiosa, la misión de la Compañía en el
contexto de la globalización, de la marginación, la vida comunitaria,
la obediencia apostólica, la pastoral vocacional, y otras temáticas
importantes.

En vuestro carisma y en vuestra tradición podréis encontrar
eficaces puntos de referencia para iluminar las opciones que la
Compañía tiene que realizar hoy.

Ciertamente durante esta Congregación todos vosotros realizáis un
trabajo importante, pero no es una distracción de vuestra actividad
apostólica. Debéis mirar con la misma mirada de las tres personas
divinas la redondez de todo el mundo llena de hombres, como os enseña
San Ignacio en la obra de los Ejercicios Espirituales (n. 102). El
ponerse a la escucha del Espíritu creador que renueva el mundo, el
regresar a las fuentes para conservar vuestra identidad sin perder
vuestro propio estilo de vida, el empeño para discernir los signos de
los tiempos, las dificultades y las responsabilidades de la puesta en
acto de las decisiones finales, son actividades eminentemente
apostólicas porque formarán la base de una nueva primavera del ser
religioso y del empeño apostólico de cada uno de los miembros de la
Compañía de Jesús.

Ahora la mirada se ensancha. Vosotros no trabajáis sólo para dar
una calificación religiosa y apostólica a vuestros hermanos Jesuitas.
Son muchos los Institutos de vida consagrada que participan de la
espiritualidad ignaciana, que miran con atención a vuestras elecciones;
son muchos los futuros sacerdotes que se preparan en vuestras
universidades y ateneos a ejercitar un ministerio; son muchas las
personas que dentro y fuera de la Iglesia frecuentan vuestros centros
educativos con el deseo de encontrar una respuesta a los desafíos que
la ciencia, la técnica, la globalización, la inculturación, el
consumismo, la miseria, ponen a la humanidad, a la Iglesia y a la fe,
con la esperanza de recibir una formación que los haga capaces de
construir un mundo de verdad y de libertad, de justicia y de paz.

Vuestro trabajar ha de ser eminentemente apostólico, con una
amplitud universal bajo el aspecto humano, eclesial y evangélico. Debe
ser siempre realizado a la luz de vuestro carisma, en modo tal que la
creciente preparación de los laicos a vuestras actividades no oscurezca
vuestra identidad, sino que la enriquezca con la colaboración de
aquellos que, provenientes de otras culturas, comparten vuestro estilo
y vuestros objetivos.

Me uno de nuevo a vuestra oración para que el Espíritu Santo os acompañe en vuestro delicado trabajo.

Como hermano que sigue con interés y con gran expectativa vuestros
trabajos y vuestras decisiones, quiero compartir con vosotros las
alegría y las esperanzas (GS. 1) así como las tristezas y las angustias
(GS. 1) que tengo como hombre de iglesia llamado a ejercer un difícil
servicio en el campo de la vida consagrada, en mi calidad de Prefecto
de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y para las
Sociedades de Vida Apostólica.

Veo con placer y esperanza los miles de religiosos y religiosas que
generosamente responden a la llamada del Señor y, dejando todo lo que
tienen, se consagran con un “corazón indiviso” al Señor para estar con
él y colaborar con él en su voluntad salvífica de conquistar todo el
mundo y así entrar en la gloria del Padre (E.Esp. 95). Constato que la
vida consagrada continúa siendo un don divino que la Iglesia ha
recibido del Señor (LG. 43) y por lo tanto la Iglesia desea vigilar con
solicitud para que el carisma propio de cada Instituto se conozca cada
vez más y, con los necesarias adecuaciones a los tiempos actuales, se
mantenga siempre intacto en la propia identidad para el bien de toda la
Iglesia. La autenticidad de la vida religiosa es caracterizada por el
seguimiento de Cristo y por la consagración exclusiva a Él y a su Reino
mediante la profesión de los Consejos evangélicos. El Concilio
Ecuménico Vaticano II enseña que esta consagración será tanto más
perfecta cuanto por vínculos más firmes y más estables se represente
mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Esposa, la Iglesia
(LG. 44). No se puede separar la consagración al servicio de Cristo de
la consagración al servicio de la Iglesia. Así lo consideró San Ignacio
y sus primeros compañeros cuando redactaron la Formula de vuestro
Instituto, en la cual se dibuja la esencia de vuestro carisma: servir
al Señor y a su Esposa, la Iglesia, bajo el Romano Pontífice (Fórmula
I). Veo con tristeza e inquietud que va decayendo sensiblemente también
en algunos miembros de las Familias religiosas el sentire cum Eclesia
del que habla frecuentemente vuestro fundador. La Iglesia espera de
vosotros una luz para restaurar el sensus Ecclesiae. Vuestra
especialidad son los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. De esta
obra magnífica de la espiritualidad católica forman parte integrante y
esencial las reglas del sentire cum Ecclesia. Son como un broche de oro
con el cual se cierra el libro de los Ejercicios Espirituales.

En vuestras manos tenéis los elementos para profundizar y actualizar este deseo, este sentimiento ignaciano y eclesial.

El amor a la Iglesia en toda la extensión de la palabra – sea la
Iglesia pueblo de Dios, sea la Iglesia jerárquica – no es un
sentimiento humano que va y viene según las personas que la componen o
según nuestra conformidad con las disposiciones emanadas por aquellos
que el Señor a puesto para regir la iglesia. El amor a la Iglesia es un
amor fundado sobre la fe, un don del Señor el cual, porque nos ama, nos
dona la fe en El y en su Esposa que es la Iglesia. El amor a la Iglesia
presupone la fe en la Iglesia. Sin el don de fe en la Iglesia no puede
existir el amor por la Iglesia.

Me uno a vuestra oración para pedir al Señor que os conceda la
gracia de creer siempre más y de amar siempre más esta Iglesia que
profesamos una, santa, católica y apostólica.

Con tristeza e inquietud veo también un creciente alejamiento de la
Jerarquía. La Espiritualidad ignaciana de servicio apostólico bajo el
Romano Pontífice no acepta esta separación. En las Constituciones que
os ha dejado como norma de vida, Ignacio quiere verdaderamente plasmar
vuestro animo y en el libro de los Ejercicios (n. 353) escribe: debemos
tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la vera Esposa
de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre Iglesia
Jerárquica. La obediencia religiosa se comprende sólo como obediencia
en el amor. El núcleo fundamental de la espiritualidad ignaciana
consiste en reunir el amor de Dios con el amor a la Iglesia jerárquica.
Vuestra XXXIII Congregación recogió esta característica de la
obediencia declarando que “la Compañía reafirma en espíritu de fe el
tradicional vínculo de amor y de servicio que la une al Romano
Pontífice”. Habéis retomado este principio en el dicho “En todo amar y
servir”.

Sobre esta línea, seguida siempre por la Compañía en su historia
pluricentenaria, debe ponerse también la XXXV Congregación general que
se abre con esta liturgia celebrada cerca de los restos de vuestro
Fundador para indicar vuestra voluntad y vuestro compromiso de ser
fieles al carisma que os ha sido dejado en herencia y de actualizarlo
de la manera que mejor responda a las necesidades de la Iglesia en
nuestro tiempo.

El servir de la Compañía es un servir bajo la bandera de la Cruz
(Fórmula I). Todo servicio realizado por amor implica necesariamente un
vaciamiento de uno mismo, una kenosis. Pero dejar de realizar cuanto se
desea realizar para hacer cuanto desea la persona amada es un
trasformar la kenosis a imagen de Cristo que, sufriendo aprendió a
obedecer. (cf. Heb. 5,8). Por esto San Ignacio, realísticamente, añadió
que el Jesuita sirve a la Iglesia bajo la bandera de la Cruz (Fórmula
I).

Ignacio se puso a las ordenes del Romano Pontífice para no
equivocarse in via Domini (Const. 605) en la distribución de sus
religiosos por el mundo, y hacerse presente allí donde las necesidades
de la Iglesia fueran mayores.

Los tiempos han cambiado y la Iglesia tiene hoy que afrontar nuevas
y urgentes necesidades. Menciono una, que a mi juicio es hoy urgente y
al mismo tempo compleja, y la propongo a vuestra consideración. Es la
necesidad de presentar a los fieles y al mundo la auténtica verdad
revelada en la Escritura y en la Tradición. La diversidad doctrinal, de
aquellos que a todos los niveles, por vocación y misión, son llamados a
anunciar el Reino de la verdad y del amor, desorienta los fieles y
conduce hacia un relativismo sin horizonte. La verdad es una, que
siempre puede ser más profundamente conocida. Garante de la verdad
revelada es el Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce
en el nombre de Jesucristo (Cf. DV. 10). Los exegetas y los estudiosos
de la teología están comprometidos en colaborar para investigar y
proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio,
las riquezas en ellas contenidas (Cf. DV. 23). Vosotros, a través de
vuestra larga y sólida formación, vuestros centros de investigación, la
enseñanza en el campo filosófico-teológico-bíblico, os encontráis en
una situación privilegiada para realizar esta difícil misión.
Realizadla con el estudio y la profundización, realizadla con la
humildad, realizadla con la fe en la Iglesia, realizadla con el amor
por la Iglesia.

Aquellos que, según vuestra legislación, deben vigilar sobre la
doctrina de vuestras revistas, de las publicaciones, lo hagan a la luz
y según las “reglas para sentir cum Ecclesia” con amor y respeto.

Me preocupa además, la separación siempre creciente entre fe y
cultura, separación que constituye un impedimento grave para la
evangelización (Spientia Cristiana, proemio).

Una cultura llena del espíritu cristiano es un instrumento que
favorece la difusión del Evangelio, la fe en Dios creador del cielo y
de la tierra. La tradición de la Compañía, desde los primeros tiempos
del Colegio Romano, se ha colocado siempre en la encrucijada entre la
Iglesia y la sociedad, entre la fe y la cultura, entre la religión y el
secularismo. Retened tales posiciones de vanguardia tan necesarias para
trasmitir la verdad eterna al mundo de hoy, con un lenguaje de hoy. No
abandonéis este reto. Somos conscientes que la tarea es difícil,
incómoda y arriesgada, y a veces poco apreciada, si no mal entendida,
pero es una tarea necesaria para la Iglesia y es parte de vuestro modo
de proceder. Los compromisos apostólicos pedidos a vosotros por la
Iglesia son muchos y muy diversos, pero todos tienen un denominador
común: el instrumento que los realiza debe, según una frase ignaciana,
ser un instrumento unido a Dios. Es el eco ignaciano al Evangelio
proclamado hoy: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Quien está
unido a mi y yo en él, da mucho fruto (Jn, 15,15). La unión con la vid
que es amor, se realiza solo a través del intercambio de amor
silencioso y personal que nace, en la oración “del conocimiento interno
del Señor, el cual por mí se ha hecho hombre y se extiende integro y
vivo a cuantos están cerca de nosotros y a cuanto está cerca de
nosotros”. No es posible transformar el mundo, ni responder a los retos
de un mundo que ha olvidado el amor, sin estar bien enraizados en el
amor.

A Ignacio le fue concedida la gracia mística de ser contemplativo
en la acción (anotaciones al examen, MNAD 5,172). Fue una gracia
especial donada gratuitamente por Dios a Ignacio que había recorrido un
fatigoso camino de fidelidad y largas horas de oración en el retiro de
Manresa. Es una gracia que, según el Padre Nadal, está contenida en la
llamada de todo Jesuita. Guiados por vuestro magis ignaciano tened
abierto vuestro corazón para revivir el mismo don, siguiendo el mismo
camino recorrido por San Ignacio de Loyola en Roma, que fue un camino
de generosidad, de penitencia, de discernimiento, de oración, de celo
apostólico, de obediencia, de caridad, de fidelidad y de amor a la
Iglesia jerárquica.

Mantened y desarrollad, a pesar de las urgentes necesidades
apostólicas, vuestro carisma, hasta ser y mostraros delante del mundo
como “contemplativos en la acción” que comunican a los hombres y a la
creación el amor recibido por Dios y los orienta de nuevo hacia el amor
de Dios. Todos comprenden el lenguaje del amor.

El Señor os ha elegido para que andéis y llevéis fruto y vuestro
fruto permanezca. Id y llevad fruto en la confianza que todo aquello
que pidáis al Padre en mi nombre o lo dará (cf. Jn. 15,16).

Me uno a vosotros en la oración al Padre, por Jesucristo su Hijo y
en el Espíritu Santo, junto a María, madre de la Divina Gracia ,
invocada por todos los miembros de la Compañía bajo el título Santa
Maria della Strada, para que os conceda la gracia de “buscar y
descubrir la voluntad de Dios sobre la Compañía de hoy que construye la
Compañía del mañana”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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