Panorama Católico

Un año de Pontificado de Benedicto XVI

Al cumplirse el primer año del Pontificado del Papa Ratzinger subsisten muchas perplejidades en el campo tradicional. Sin embargo hay que destacar hechos que, sin ser altisonantes, van marcando una tendencia distinta de la que dominó en los pontificados de las décadas precedentes.

 Escribe Marcelo González

Al cumplirse el primer año del Pontificado del Papa Ratzinger subsisten muchas perplejidades en el campo tradicional. Sin embargo hay que destacar hechos que, sin ser altisonantes, van marcando una tendencia distinta de la que dominó en los pontificados de las décadas precedentes.

 Escribe Marcelo González

Desde algunos sectores de la así denominada “Tradición” católica, o también “tradicionalistas”, suele verse el primer año del actual pontificado con ojos pesimistas. Se enumeran largas listas de hechos presuntamente confirmatorios de una tendencia “progresista” irremediable en el actual pontífice. Otros matizan su actuación valorando ciertos gestos inusuales en la era posconciliar.

Desde otra franja tradicionalista y más generalizadamente en el ala “conservadora”, en cambio, se celebra. El Papa está rectificando los rumbos callada y efectivamente, podría ser la frase que sintetice el fundamento de este alborozo. A su estilo y con sus tiempos, la nave de la Iglesia está siendo calafateada… a instancias del Sumo Pontífice se ha comenzado el proceso de “achicar” el agua de la sentina. Algo que parece urgente, porque el lastre de desorden moral, indisciplina litúrgica, heterodoxia doctrinal y franca rebeldía a la autoridad, ha llevado la línea de flotación muy peligrosamente cerca de la superficie del mar.

No faltan los progresistas que celebran también. Pero ellos plantean las cosas con un aire de resignación: no es tan malo como parecía. No se atreverá a dar un paso atrás. Una síntesis de este pensamiento queda plasmada en el largo y diríamos –después de una audiencia de cuatro horas– desleal artículo del Prof. Hans Kung, publicado en el New York Times y prolijamente reproducido por el “católico” La Nación de Buenos Aires.

Ni tanto ni tan poco

Una evaluación sensata de los hechos del primer año de Benedicto debería considerar.

1)   De donde venimos en la Iglesia en los últimos 50 años.

2)   De donde viene el propio Papa, en su itinerario intelectual y teológico.

3)   Cuál es su capacidad real de gobernar en las circunstancias heredadas del papado anterior.

4)   En qué temas puede verse una cierta “continuidad” y en que otros un “cambio de rumbo”.

5)   Hasta qué punto la “agenda vaticana”, que planifica con mucha anticipación la actividad papal, lo ha determinado.

Desarrollar estos puntos significaría un artículo que excede largamente el propósito del presente. Además de que numerosas veces hemos tocado estos temas en las páginas de Panorama. Sin embargo no podemos dejar de señalar algunos hechos que dan al actual pontificado, a nuestro entender, unos rasgos muy diferentes de los anteriores pontificados posconciliares.

Criterio de realidad

El Papa Benedicto es conciente y admite en público, de un modo explícito -aunque con más frecuencia implícitamente– que la nave de la Iglesia “hace agua por todos lados”. Reconocer la existencia del mal, buen principio para recuperar la salud.

Luego está el tema del diagnóstico. Hay males, pero ¿cuáles son? El Papa parece verlos con claridad: confusión en la Fe, aquelarre litúrgico, derrumbe moral del clero y los fieles. Apostasía general. Pero el diagnóstico, además de describir los síntomas, implica esencialmente encontrar la causa de la enfermedad o del sindrome, cuadro más complejo, que cerraría mejor la comparación.

En esto, el tradicionalismo más rancio se anega en la desesperación del escepticismo: “¿No es evidente que la causa de esta crisis es el Concilio Vaticano II?”, sería una síntesis de su posición. Pero el Papa insiste en defender el Concilio.

A veces sorprende que desde esta perspectiva no se vea al Concilio más como la eclosión de una crisis preexistente, que como el origen puntual de todos los males que sufre la Iglesia. Claro, del Concilio Vaticano II derivaron otros muchos males, esto es verdad. Sin embargo, a la hora de ir al origen de todo este trágico período de la Iglesia, ¿no es necesario remontarse mucho más allá?

Leyendo a Castellani, un teólogo casi indiscutido en estos ámbitos, vemos que la Iglesia llegó al Concilio Vaticano II en el estado de indefensión espiritual en que se hallaba porque un gusano la corroía desde mucho antes. Otra cosa es ver el Concilio como el punto de partida de una etapa peor y más grave de la crisis precedente, visión con la cual concurrimos. En especial por su efecto de “bomba de fragmentación” sobre el cuerpo eclesial. De él salieron las directivas (mal interpretadas, si Uds. quieren) que desguazaron los medios de renovación de la Fe, de la vida litúrgica y de la moral, supliéndolos por otros que, bajo razón de lo mismo, a saber, renovación de la auténtica vida cristiana, la descuartizaron sin piedad.

La Luz de la Tradición

El Papa dice que hay que “interpretar el Concilio a la luz de la Tradición”. Esta afirmación es un avance notable. Por otra parte, ¿podría decir algo más, aun si quisiera, desde el volcán en el que está asentado el solio pontificio? ¿No es ésta una admisión implícita de que ese Concilio –del cual el Santo padre Pío decía “acábenlo cuanto antes, por amor de Dios”– es un paquete mal atado, una frazada de parches que, además, cuando nos tapa la cara nos deja los pies a la intemperie? ¿Qué otra cosa han hecho los defensores ortodoxos del Concilio durante los últimos 40 años sino tironear inútilmente de la frazada?

El Papa ha hecho más aún: ha planteado la dicotomía “hermeneútica de la ruptura” vs. la “hermeneútica de la continuidad”, desautorizando ante los ojos de los fieles a muchos que, en nombre del Concilio han decidido poner en práctica sus propios delirios.  “Es que el Papa ama su propia obra, fue uno de los peritos más progresistas del Concilio y no quiere admitir los errores…” dirán algunos. Puede ser, pero, en tal caso, queda para su fuero íntimo. En lo externo, aún si insuficiente, ningún Papa posconciliar ha ido tan lejos… es el reconocimiento de más alto nivel jerárquico jamás realizado sobre la tragedia que significó el Concilio, sea esta debida a la mala interpretación de los heterodoxos o a una inusitada ambigüedad de sus textos, o porque los obispos del Rhin manipularon las sesiones… o lo que Uds. quieran.

En última instancia, solo se puede tener paciencia y esperar que la autoridad eclesiástica se expida en forma definitiva sobre un problema respecto al cual –con mayor o menor autoridad- solo podemos opinar.

Los nombramientos

Los esperados nombramientos se hacen desear. El del ahora Card. Levada en Doctrina de la Fe ha sido una gran desilusión. Según algunos, ha determinado el inexorable ruinoso final de su pontificado. Es verdad que Mons. Levada tiene muy malos antecedentes en su gestión como obispo y arzobispo. Su tolerancia con los curas pedófilos y homosexuales –lo que fue política oficial del episcopado norteamericano durante décadas- es inexplicable y bochornosa. ¿Por qué lo querría Benedicto como su sucesor en Doctrina de la Fe, él que ha lidiado personalmente con ese sórdido problema? Podemos conjeturar muchas cosas, que en general nos dejan un mal sabor o incógnitas. Nada más por ahora.

Otros nombramientos, sin embargo, parecen auspiciosos: Mons. Domenico Sorrentino en Asís (con la puesta en caja de los frailes, bajo su jurisdicción). Parece que no habrá más “asises”. Mons. Ranjith en Culto Divino. Este prelado ha dicho en uno de sus últimos libros (La Misa de Todos los Tiempos) "La reforma litúrgica no parece haber dado lugar al esperado despertar y revivir de la Fe”. Se sabe que es fiel devoto de la Misa Tradicional y está en la línea sucesoria natural del Card. Arinze. Por otro lado, la defenestración de Mons. Fitzgerald y la degradación de su Comisión Pontificia para el Diálogo Interreligioso no dejan de alentar esperanzas de un cierto correctivo en la materia. El resto está por verse.

¿Existe todavía una liturgia católica?

Pero si hay un rasgo notorio del Papa Ratzinger es su preocupación por la liturgia. En 2001 ha dicho, por citar uno entre decenas de casos, en reportaje a la prensa italiana: "Tantas personas se lamentan hoy del hecho de que ya no haya dos misas iguales hasta el punto de llegar a preguntarse si existe todavía una liturgia católica". (Card. J. Ratzinger, La Stampa, 29 de diciembre de 2001).

De los dichos pasó a los hechos. Para comenzar, emplazó a los poderosos “neocatecumenales” a dejar de hacer aquello que es esencial a su novedosa praxis litúrgica, ordenándoles restaurar el altar y la prédica por los sacerdotes. No olvidemos que sus estatutos acababan de ser visados por Juan Pablo II y el movimiento es económica y numéricamente muy importante.

El 28 de noviembre ha dicho en la Fundación Latinitas: “Quisiéramos reforzar la tradición del uso del latín en la Iglesia, tanto en los ritos como en la disciplina eclesiástica puesto que estamos corriendo el riesgo de que esta lengua desaparezca”. Se sabe que promueve, (su hermano, Georg es un ilustre músico sacro) el retorno al canto tradicional de la Iglesia. Y que abriga largamente un proyecto de “reforma de la reforma” litúrgica de la cual puede esperarse algún bien cuanto menos.

Esperamos con ansias el despido de Mons. Marini. En especial ahora que en la Misa In Cena Domini del Jueves Santo de 2006 el Papa hizo doble genuflexión, antes y después de elevar la hostia, retomando una rúbrica del misal antiguo y desautorizando los cacareados dichos del ceremoniero papal sobre la intrascendencia teológica de dicho gesto. Sin duda el Papa Ratizinger tiene un doctorado en “romanitá” y sabe enviar los mensajes a sus destinatarios.

¿Basta a las persecuciones?

El Papa Benedicto, lo saben todos quienes lo han tratado en la Curia romana, es un hombre de carácter dulce y bondadoso. No han de gustarle las injusticias ni las persecuciones. También se comenta que se reprocha no haber sido más flexible en 1988 cuando Mons. Lefebvre le pedía a Roma cuatro obispos.

Los gestos de apoyo a los sectores tradicionalistas, tan odiosos para el episcopado europeo, parece habrán de fructificar en un primer momento en la devolución del derecho de ciudadanía al rito Tradicional, que es uno de los pedidos de la FSSPX antes de iniciar charlas de reconciliación. El Papa considera la restauración del dicho rito, una reparación del patrimonio cultural y espiritual de la Iglesia. Y parece dispuesto a refrendar el indulto universal a perpetuidad de San Pío V sobre la Misa Tridentina. Se espera el documento, que según fuentes insospechables de tradicionalismo ya está firmado, de un momento a otro.

Apertura al mundo, novedades doctrinales, inculturización.

La reprimenda a los obispos de Austria… más recientemente a los de Costa de Marfil, en la cual puso en cuestión al menos el “modo” de aplicar la llamada “inculturización”, el tono más doctrinal y espiritual de muchas de sus alocuciones…  anteponiendo los valores morales universales de la doctrina católica a las hartantes “razones pastorales” en nombre de las cuales se ha destruido la Fe. Es un rasgo que no podemos ignorar si nos preciamos de honestidad intelectual.

Su admonición sobre los que abandonan la Fe. “Cuando el peligro de perder la fe se hace patente, es un deber cortar toda comunicación con aquellas personas que se han alejado de la doctrina católica”. (…) “Hay que reconocer el peligro y aceptar que uno no se puede comunicar con aquellos que se han alejado de Dios”.

No parece una línea de continuidad con la “apertura al mundo”, sobre la que también ha tildado de “ingenuos” a quienes “han subestimando la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que ha sido una amenaza para el progreso humano en todos los períodos de la historia y en toda y cada una de las constelaciones históricas. Estos peligros, con las nuevas posibilidades y el nuevo poder del hombre sobre la materia y sobre sí mismo, no solo no han desaparecido sino que se han incrementado hasta alcanzar un a nueva dimensión: una mirada a la historia del presente nos lo muestra con toda claridad”. Para agregar luego que “El Concilio no pudo haber tenido la intención de abolir la oposición evangélica a los peligros y errores humanos”.

Finalmente, el Jueves Santo, durante la Misa In Cena Domini, el Papa Benedicto dijo: El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios tiene que vivir en nosotros y nosotros en él. Esta es nuestra llamada sacerdotal: sólo así nuestra acción de sacerdotes puede dar fruto".

Este es, a vuelo de pluma, nuestro modo de ver algunos rasgos distintivos del primer año del pontificado Benedictino. El resto está por verse. Y por merecerse.

Malum, mala, male.

Cabría preguntarse, por último, ¿qué hacemos por el Pontífice, para que el Señor lo ilumine, lo guíe y lo proteja de sus enemigos? ¿Rezamos por él?  ¿Nos sacrificamos por él y por toda la jerarquía de la Iglesia? ¿Rezamos por los sacerdotes?

Los que respondan en su conciencia “no”, empiecen por allí. Los que puedan decir en conciencia “sí, con todo fervor”, deberemos recordar las razones por las cuales Dios, aparentemente, no escucha nuestras oraciones. Según san Agustín, si Dios no escucha nuestra oración es: quia malum, quia mala, quia male:

-porque somos malos, o
-porque pedimos cosas malas, o
-porque las pedimos de mala manera.

¿No será que al rezar un padrenuestro por la Iglesia, en lugar de la frase correcta muchas veces decimos “hágase mi voluntad…”?

Oremus pro Pontifice Nostro, Benedicto.

Pero con el padrenuestro sin cambios… por favor.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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