Panorama Católico

Un Concilio Discutido

Pocas personas bien informadas y de juicio crítico libre pueden poner hoy en duda la existencia de una profunda crisis en la Iglesia sin incurrir en un acto de deshonestidad intelectual. Tampoco pueden negar que esta crisis eclosionó después del Concilio. ¿Fue el Concilio “la causa” o tan solo un eslabón más en la cadena de causalidades?

Pocas personas bien informadas y de juicio crítico libre pueden poner hoy en duda la existencia de una profunda crisis en la Iglesia sin incurrir en un acto de deshonestidad intelectual. Tampoco pueden negar que esta crisis eclosionó después del Concilio. ¿Fue el Concilio “la causa” o tan solo un eslabón más en la cadena de causalidades?

¿Quiénes concibieron el cambio de rumbo conciliar? ¿Buscaban prevenir una crisis o se ilusionaron con los ideales del mundo? Esta discusión le es debida al pueblo fiel. Es hora de que los obispos dejen de actuar como policía ideológica y se abran a la reflexión sobre el estado de las cosas. El Concilio Vaticano II es discutible.

Escribe Juan Carlos Ossandón Valdés

Su Santidad Benedicto XVI nos ha sorprendido al conceder indulgencia plenaria a todos los que, al cumplirse los cuarenta años del inicio del concilio Vaticano II, rezásemos ante la Santísima Virgen, en agradecimiento por el don concedido a la Iglesia con tal acontecimiento.

En verdad, el concilio es digno de respeto desde muchos puntos de vista. Por ser un concilio de nuestra Santa Madre… por reunir a tantos obispos que sufrieron persecución por su lealtad a la Iglesia… por la eminente sabiduría de sus teólogos… por integrarse en el magisterio ordinario, etc. Sin embargo, cuando todos esperaban una primavera, en frase de Pablo VI, una exitosa renovación pastoral y litúrgica, contemplamos atónitos que sucedía exactamente lo contrario. Es que el Concilio había preferido ser el motor del cambio en vez de continuar la Tradición multisecular. Pero es condición indispensable, para que el magisterio ordinario sea recibido, el que se inscriba en esa Tradición. En caso contrario nos vemos forzados a separar la paja del grano. Ímproba labor que sólo el Magisterio está capacitado para llevarla a cabo sin dejar lugar a dudas.

Hace ya muchos años, Ralph Weiltgen, S.V.D., en su obra: “El Rin desemboca en el Tiber”, denunciaba una serie de maniobras que habrían servido a una minoría “progresista” para imponerse a la mayoría “conservadora”. Este libro nos mostraba hasta qué punto está “encarnada” la Iglesia y nos invitaba a recibir con cautela las doctrinas obtenidas con tales métodos.

Quisiera ahora reflexionar sobre dos hechos que se conocieron mucho después y que arrojan nueva luz sobre la magna asamblea. Se trata del pacto al que se sometió secretamente al Concilio y su más grave consecuencia: la violación de su reglamento interno.

Primero fue un rumor, pero ya todos lo aceptan como un hecho. Juan XXIII quería que los obispos que pastoreaban la grey tras la cortina de hierro pudieran asistir y traer su experiencia y sabiduría. Por desgracia el Kremlin se oponía. Tras largas negociaciones se obtuvo el tan ansiado permiso. Mas ¿a qué precio? El Vaticano se comprometió a no decir nada que pudiera ofender al “pueblo” ruso… es decir, al partido comunista. En otras palabras: al concilio se le impuso una “censura previa”, sin que los Padres tuvieran noticia alguna de su existencia.

La cosa es más grave de lo que a simple vista pudiera parecer… porque el concilio iba a ser “pastoral”… es decir, iba a tratar de los problemas concretos que desafiaban al pueblo de Dios. ¿Y qué problema había mayor que la persecución sangrienta que lo había afectado desde 1917? De Rusia a Europa, de allí a Asia y, finalmente, a América, la persecución se iba haciendo universal y despiadada. Es verdad que en algunas partes se salvaban las apariencias, pero la realidad profunda era la de una sistemática campaña que buscaba la extinción de la Iglesia. Aunque parezca increíble, del tema pastoral más urgente, el Concilio no pudo hablar. Su silencio perturbó a los fieles y dio pié a que, un poco por todas partes, se organizaran cristianos favorables al socialismo… que los dineros recolectados en Europa por los obispos fueren, con inusitada frecuencia, a llenar las arcas de organizaciones de fachada del partido comunista, y tanto y tanto escándalo como los que se vivieron inmediatamente terminado el Concilio. Todo ello fue favorecido por ese ominoso silencio, que hoy sabemos no fue buscado por los Padres, sino impuesto por el Sumo Pontífice y su pacto secreto. ¿Qué pensar de un Concilio censurado?

Tan mal pintaban las cosas al interior de la asamblea, que algunos obispos decidieron encomendarse a la Sma. Virgen, y como ésta, después de sus apariciones en Fátima, había pedido la devoción a su Inmaculado Corazón y la consagración de Rusia, pensaron que había llegado el momento de dar curso a esta última petición. La ocasión no podía ser más propicia. La Virgen había pedido que el Santo Padre en unión con todos los obispos procediera a dicha consagración. La respuesta sería la conversión de Rusia y la paz mundial, por “un cierto tiempo”. Como todos los obispos estaban reunidos en Roma, bastaría que el Santo Padre acudiera a la asamblea y pidiera a los Padres allí reunidos que le acompañaran en su acto. ¿Podría alguien oponerse a tan sensata petición? Era una vergüenza que hubiesen pasado más de treinta años desde la fecha en que la Virgen pidió ese sencillo gesto cuya recompensa era enorme. A muchos les dolía esta “desobediencia” a una petición tan simple y fácil de cumplir.

Había un pequeño inconveniente: tal gesto no estaba en el programa del Concilio. Pero la reglamentación establecía que cualquier iniciativa que fuere apoyada por el 10% de los Padres, tenía que ponerse en tabla y ser discutida en un plenario. Manos a la obra. En pocos días consiguió que más del 20% de los Padres apoyara la moción y la presentaron a las autoridades pertinentes. Todo esto se hizo durante la tercera sesión. Al comenzar la cuarta, nada se sabía de la petición, ya que no aparecía en tabla. Hechas las consultas del caso, se supo que el Santo Padre había acogido la iniciativa y había determinado realizar la consagración en la sesión de clausura. Pero en vez del acto pedido, el Pontífice presentó a J. Maritain para que los Padres ovacionaran al verdadero inspirador del Concilio. ¡Qué confesión! ¡Así que Su Santidad prefirió escuchar la voz del hombre a la voz celestial! ¡Qué desaire a Nuestra Señora y tan inmerecido! Después de ello, bien merecido tenemos el desastre post-conciliar.

Me parece que no se ha meditado lo suficiente en el carácter pastoral del Concilio previamente censurado. Pocos entienden este lenguaje. ¿Qué es eso de ser “pastoral”? Lo más obvio: no es dogmático, que sería la otra alternativa. En palabras más comprensibles a los laicos. El concilio no va a fijar doctrina alguna, sino las líneas centrales de una nueva política eclesiástica. El término “política” debe ser explicado. Desde que se ha impuesto la “partitocracia”, entendemos por política la lucha entre los diversos partidos que se disputan el poder. Mas en la Iglesia no hay partidos organizados para tal fin. Pongamos un ejemplo, a ver si nos entendemos.

El presidente de la compañía anuncia al directorio que habrá un cambio de política. Hasta el presente se había dirigido al mercado de élite, al 10% más rico de la población, con productos caros, elegantes y exclusivos. Pero desde ahora se va a dirigir a un público más amplio con productos menos exclusivos, caros, etc., a fin de llegar a un público más amplio. Comprendemos de inmediato que no hay una lucha de poder dentro de la compañía, sino de un cambio de estrategia comercial. Eso es lo que el presidente llama “política”.

Pues bien, la Iglesia tiene la misión de salvar las almas para lo cual debe desarrollar una estrategia que le permite alcanzar al mayor número de almas posibles y a convencerlas de que usen los medios de salvación que ella les ofrece. Esa estrategia es su pastoral.

Terminado el Concilio se inició el cambio de pastoral, es decir, de estrategia. Y somos testigos del mayor desastre que se recuerde en la Iglesia causado por un cambio de pastoral. Claro está que no basta decir: “después de esto”, luego: “a causa de esto”. Sin embargo, la universalidad del hecho y su profundidad implican una causa universal que ha alcanzado a todas las esferas de la vida de la Iglesia. ¿Podría ser esa causa el Concilio? Muchos lo sostienen con vehemencia. Convendría abrir un diálogo intra eclesial y ver cuánta razón hay en la grave acusación. De hecho, su Santidad ha reconocido que la Iglesia parece un barco que hace agua y está a punto de zozobrar.

Tengo la impresión de que Su Santidad no tiene clara la causa del desastre que lamenta. Si la tuviese, ¿Por qué no la da a conocer? Dada la acusación tan grave que pesa sobre el Concilio, me parece bastante discutible que se den gracias por su realización como si todos estuviesen de acuerdo en ello. Más valdría comenzar el diálogo a la brevedad posible.

El mal ya está hecho y nada sacamos con lamentarnos. Mientras Su Santidad no inicie el ataque a las causas de la crisis, no queda más que cerrar filas en torno a la Santa Tradición y orar y acompañar la oración con penitencia para que Nuestro Señor apure la hora en que el Vaticano recapacite, comprenda de dónde se origina el mal que nos aplasta y enmiende rumbos. Para mayor gloria de Dios y bien de su Iglesia.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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