Panorama Católico

Un Debate con el Padre Luis

Un buen amigo de Panorama ha dado nuestras señas a muchos productores de radio y TV bajo la calumniosa adjetivación de “vaticanólogo”. Inclusive bajo la más calumniosa de “teólogo”. Bien, cari amici, Uds. Saben que s.s.s. no es ninguna de las dos cosas, ni jamás lo será. Pero vaya uno a convencer a los productores, esos seres que viven aferrados a su agenda telefónica y cuando pasa algo que es noticia en la Iglesia buscan ávidamente en la V de “vaticanólogo” o en la T de “teólogo” hasta encontrar un nombre y un teléfono donde responda alguien que opine.

Escribe el Editor y Responsable

A nuestro director, le duele la cabeza
Y quiere que lo conviden con un vaso de cerveza…

(Cantilena popular de las murgas argentinas)

Lo cierto es que decenas de veces hemos respondido a radios diversas, preguntas tan diversas como la vida misma, tanto antes como después de la elección pontificia. Preguntas de personas que en algunos casos ignoraban los datos más elementales sobre la Iglesia, si bien tenían una clara opinión sobre los “cambios inexorables” que en materia de “fe y moral” deberían introducirse para salvarla de su extinción. Es curioso como se puede ser tan ígnaro en lo poco y tan sabio en lo mucho.

La más curiosa situación vivida en estos días de ajetreo mediático ha sido, sin duda, una entrevista &#8211…esta vez en estudio- acaecida en Radio América, tan inesperada como enriquecedora, para usar un término caro a los oídos clericales. Digamos que fue inesperada por el nivel de la fallida mesa. Y enriquecedora por el contacto personal con quien fue, a la postre, el único invitado que concurrió. De un panel de cuatro personas, sólo una de ellas se presentó, además de este cronista. ¿Adivinen quién? El P. Farinello.

El buen cura no sabía ni pizca de Panorama (o al menos no lo tenía en la mente) de modo que tras amable charla “fuera de micrófono”, cuando entramos al estudio me pareció leal advertirle que íbamos a estar en las antípodas doctrinales. ( ¡Vana esperanza mía!) Se manifestó algo sorprendido por mi cándida advertencia.

Antes de relatar otras impresiones, creo necesario decir que mi impresión personal del P. Farinello fue bastante más grata que la imagen que tenía de él a través de los medios. Me habló de su trabajo pastoral, de su preocupación por el avance de los protestantes sobre la feligrasía católica, de su dolor cuando la gente rechaza la “virgencita” que él les pide reciban en sus hogares porque son “evangélicos”. Me habló cariñosamente de su obispo y con dolor del desorden del clero, que muchas veces no respondía a los requerimientos de sus pastores… Digamos que me impresionó un hombre con una base de fe católica, más lejano de lo que esperaba de aquel hombre de chomba abrazado a Fidel Castro que solía tener en mente.

Luego, ya en el programa, dijo al aire (abusando de sus tiempos y tomándose los míos, porque el curita es bastante pícaro a la hora de mostrarse) que amaba la Iglesia y que todo se lo debía a Ella. Recordó sus humildes orígenes y que había llegado a ser alguien gracias a que la Iglesia le dio oportunidades. (Imagino que se las dio la Iglesia preconciliar, dada su edad… pero él no lo aclaró.)

Luego vino el tema polémico. Elegido ya Benedicto, el conductor planteó la pregunta del momento: ¿es realmente en nuevo pontífice un papa “ortodoxo”? Me ceñí a aclarar que medrados estaríamos si no lo fuera, porque lo contrario, la heterodoxia, es la negación de uno o varios puntos del dogma. Farinello eligió la opción no sabe/no contesta. Satisfecho el primer punto, la cosa pasó a si el nuevo Papa era “conservador”, y allí pude distinguir -al menos eso espero- la ambigüedad de la palabra, puesto que tan conservador puede ser Fidel Castro como Francisco Franco si no le ponemos al término un contexto que indique qué cosa es lo que se conserva. Por otra parte, en una Iglesia revolucionada, lo que todos parecen temer, al menos según los medios, es un regreso a la tradición (en que grado o materias sabe solo Dios). En tal caso, el pontificado tan temido sería más bien “revolucionario” que “conservador”… y en estas discusiones de poca monta discurrió buena parte del programa.

Tampoco se pudo hablar demasiado del tema moral (y aquí voy a Farinello, que es quien interesa) porque él utilizó permanentemente la estrategia no sabe/no contesta. Versó (casi digo verseó) más sobre la autobiografía y el anecdotario que sobre una exposición doctrinal. A cada pregunta directa del conductor, un hombre bastante lúcido para plantear temas, el Padre Farinello eludió sistemáticamente cualquier respuesta doctrinal. Su palabras fueron estas y/o parecidas: “Dejemos esos temas de moral sexual. La gente dice: los curas siempre hablando de sexo, parecen obsesionados… Hablemos del amor de Cristo, de una Iglesia que se da al mundo, a los pobres”… Bien, ya imaginan o han oído este discurso muchas veces y nada los sorprenderá. Lo que sorprende es la falta de contenido doctrinal. No digamos ya “mala doctrina” o “buena doctrina”, sino simplemente doctrina. Un cuerpo de afirmaciones que pretendan explicar su concepción del mundo y de la Iglesia. Nada. Cero. Todo cháchara.

Luego el conductor planteó el tema de la desersión impresionante de fieles que sufre la Iglesia. Es obvio que el problema preocupa a Farinello, porque él mismo me lo había dicho antes. Sin embargo, volvió a contar anécdotas sobre la bondad de Juan Pablo y la necesidad de abrirse a los pobres y al mundo…

Es verdad que no tenía muy en claro el tenor de las opiniones de su oponente en esta disputa. De modo que cuando oyó decir que este mal tenía su origen en las experiencias revolucionarias en materia litúrgica y moral, en la falta de una identidad católica y sacerdotal (mencioné el uso de la sotana, por ejemplo) por aquello de las celebraciones comunitaras (ex misas) y el ecumenismo indiferentista… el pobre hombre no lo podía creer. Quizás la sorpresa lo dejó desconcertado.

Terminé mi breve intervención postulando como solución a la dispersión de la feligresía el regreso a una prédica firme y clara de las verdades de la Fe, que genere certezas y no dudas a los fieles. Allí estuvo a punto de perder su característico atildamiento bonachón. Se limitó a objetar ” ¿para qué sotanas?”.

Nada pudo responder a la ejemplaridad de cientos de santos con sotana que realizaron magníficas obras de caridad y fueron amados por el pueblo, no precisamente en épocas en que la Iglesia fuese muy popular (Don Bosco y Don Orione, por citar dos que tanto bien hicieron en nuestros países). El buen padre Luis insistía en que “la gente no quiere la Iglesia del miedo” y que en este cónclave “ganó la Iglesia del miedo”. Con el debido respeto al Sumo Pontífice, por cierto. Esta fue su afirmación doctrinal más comprometida.

Para no hacer largo el relato, quisiera cerrarlo con una breve síntesis de mis impresiones.

– El P. Farinello no me pareció un hombre malintencionado (juzgue Dios su corazón, yo me limito a las apariencias) sino un hombre tan ideologizado que es incapaz de ver la realidad según otros criterios que los dialécticos marxistas. Y tan carente de formación que no puede practicar más que una religiosidad sentimental y vacía de contenidos dogmáticos (odia la mera palabra “dogma”).

– Su formación -sumamente precaria o quizás olvidada- no se acrecienta ni siquiera con la lectura de material heterodoxo. No lee nada. (“No tengo tiempo de leer nada” confesó. ¿Rezará su beviario, su rosario, meditará textos espirituales? Humm…).

– A la hora de evaluar su acción apostólica se limitó a decir: “Estoy cansado de juntar fideos para darle de comer a los chicos”. Entiéndase, “esto no es la solución”. Por cierto que no lo es, coincido. Pero no imagino a Don Orione diciendo “estoy cansado de darle de comer a mis asilados”. Falta en el buen P. Luis la trascendencia sobrenatural de sus “obras de caridad”. Son, interpretemos siempre las mejores intenciones, simples mociones sentimentales ante la miseria material. Busca la añadidura antes que el Reino de Dios y su justicia, por más que “justicia” se una de sus palabras dilectas. Pero para él “justicia” no significa “santidad”, o bien “santidad” significa otra cosa que hacer la voluntad de Dios en el cumpimiento cabal del deber de estado. En él, a saber, principalmente el deber sacerdotal, de dispensador de la gracia sacramental, de la fe, la esperanza y la caridad.

“Basta de predicar la resignación de los pobres a su pobreza”. Frente a una miseria dolorosísima y a pesar de todos sus fracasados intentos revolucionarios por erradicarla (incluyendo la política), el P. Farinello no ve lo evidente: que solo en el plano sobrenatural su amor por los pobres adquirirá algún sentido y dará frutos trascendentes. Sigue creyendo en “el cambio de estructuras”, en la “liberación de los oprimidos”, sin darse siquiera la oportunidad de considerar -con una mente abierta a la verdad- porqué tantos millones, durante tantos siglos han creído lo que la Iglesia les ha predicado y han vivido conforme a sus normas y a partir de allí emergieron de la miseria moral y material. (Primero el Reino, luego o simultaneamente, la añadidura. Esa es la fórmula).

– Impresiona que hasta cierto punto el P. Luis es un producto mediático que se ha creído su rol, sostenido por una prensa cuya forma mental gramsciana (anticlerical o clerical izquierdista) no deja de hacerle creer que él es el P. Farinello. ¿No alcanza a percibir que es un producto explotado por los que no aman a la Iglesia a la que él dice amar como a una madre? Y si es el mimado de los que desprecian y hasta odian a su madre, la Iglesia, ¿no alcanza a advertir que hay en su popularidad mediática algo que conflictúa con el amor y la fidelidad a ella que afirma de un modo tan convincente?

– ¿Por qué se niega a hablar de los temas centrales de la doctrina y se evade en un anecdotario confuso y en digresiones que no vienen al tema (con gran habilidad, por cierto). ¿Porque no cree en lo que dice la Iglesia pero teme manifestarlo abiertamente, como Quito Mariani? ¿O porque tiene miedo de decir algo que lo expulse de los medios? No podría responder, realmente, a estas preguntas.

Ante una experiencia como la relatada aquí, donde confieso que hube de cambiar, en honor a la verdad, una imagen prejuiciosa por un juicio de experiencia más benigno sobre el P. Farinello, no puedo, sin embargo sino confirmar con patética desesperanza el estado intelectual del clero que él representa, su deformación doctrinal y su nula capacidad para entender lo que la Iglesia es (hablamos de un sacerdote que ha pasado ya los sesenta años…). Su desesperante impenetrabilidad a toda argumentación, al menos en su rol de “cura mediático”.

Solo nos queda rogar por este clero vacuo de doctrina, atados a la Iglesia por un hilito tan precario que es inexplicable que no se haya roto aún, para que Dios los ilumine y los acerque a la fe del carbonero.

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