Panorama Católico

¿Un Papa Mediático o un Papa Mediatizado?

El hombre actual, inclusive el católico de estos días, tiene una imagen muy distorsionada de Pío XII. Se lo tiene por un hombre amargo, presuntuoso, autoritario. Alguien desentendido de toda otra actividad que el cuidado de una ortodoxia fría y alejada de los problemas humanos ( ¡como si esto fuese posible!) Absorto en los tejemanejes entre la Iglesia y el poder mundano. Y dedicado a ceremonias pomposas y alejadas del sentir del pueblo.

Escribe Marcelo González

El hombre actual, inclusive el católico de estos días, tiene una imagen muy distorsionada de Pío XII. Se lo tiene por un hombre amargo, presuntuoso, autoritario. Alguien desentendido de toda otra actividad que el cuidado de una ortodoxia fría y alejada de los problemas humanos ( ¡como si esto fuese posible!) Absorto en los tejemanejes entre la Iglesia y el poder mundano. Y dedicado a ceremonias pomposas y alejadas del sentir del pueblo.

Escribe Marcelo González

Un papa mediático

El hombre actual, inclusive el católico de estos días, tiene una imagen muy distorsionada de Pío XII. Se lo tiene por un hombre amargo, presuntuoso, autoritario. Alguien desentendido de toda otra actividad que el cuidado de una ortodoxia fría y alejada de los problemas humanos ( ¡como si esto fuese posible!) Absorto en los tejemanejes entre la Iglesia y el poder mundano. Y dedicado a ceremonias pomposas y alejadas del sentir del pueblo.

Pocos parecen recordar que llevó el timón de la Barca de Pedro durante los trágicos años en que los totalitarismos azotaban la Europa cristiana, Rusia incluída (nación por la cual siempre tuvo particular afecto, y por cuya conversión realizó singulares esfuerzos). Tuvo que negociar con los más encarnizados enemigos de la Iglesia para rescatar prisioneros, salvar perseguidos o reunir a las familias dispersas. Y entre estos enemigos no quedan excluídos -ni mucho menos- los que ganaron la guerra. Y todo ello bajo amenaza de destrucción de la Santa Sede y de aplastamiento de las iglesias locales.

Tuvo que enfrentar el avance comunista, tanto el militar como el político. Sostener la Iglesia del Silencio. Frenar el ataque de la Nouvelle Theologie y las desviaciones del Movimiento Litúrgico que minaban su frente interno y sobrellevar el peso de un papado tan conflictivo bien entrados sus setenta y hasta pasados sus ochenta años de edad, con una salud muy precaria.

Fue fuerte y realista. Logró que la Santa Sede fuera respetada en medio de la mayor destrucción de Europa de la que se tenga memoria desde las invasiones bárbaras, e indudablemente mucho peor que aquella. La irracional destrucción de la abadía de Montecasino por parte los aliados es una muestra de los peligros que enfrentó este Papa, y de la viril fortaleza y habilidad diplomática con que los pudo sortear, sin por ello dejar de lado a ningún perseguido, empezando por los judíos, como tantos de ellos reconocen.

Era un romano. Amaba a la gente, y la gente lo amaba. Sentía verdadero gozo en rodearse de niños, de recién casados, de novios, de anciados, de soldados&#8230… Para cada uno de ellos tenía una alocución especial preparada por él mismo, personalmente, en largas horas de vela nocturna. Unas palabras siempre dirigidas a su corazón, desde la óptica particular de los oyentes, usando metáforas adecuadas a su mentalidad e intereses, pero medulares en su esencia doctrinal.

Pío XII fue un pontífice extremadamente popular. Miente la prensa ideológica (católica o laica) que lo acusa de “distante y frío”. Este hombre, noble de nacimiento, cuyo perfil hierático en sus retratos oficiales tantas veces se usa para mostrarlo antipático -en esta era de las imágenes donde se cultiva el estilo casual y con frecuencia grosero-, fue, sin embargo, un abuelo sonriente en las fotografías espontáneas. Poseemos una colección de bellísimas imágenes en blanco y negro que rezuman calidez y ternura paternal. Curiosamente, estas nunca están en los archivos de la gran prensa.

También es mentira lo de su “distancia” del pueblo. (La proximidad física a la gente no es requisito para ejercer santamente el pontificado, por lo demás). Apretaba manos desde la silla gestatoria -allí donde su jerarquía lo elevaba para ser visto por todos- y desde donde se inclinaba con rostro feliz, para tocar las manos extendidas de sus hijos y bendecirlos. Recibió en audiencia a millones de peregrinos, saludando casi inexorablemente a cada uno de ellos, al punto de volver a sus apartamentos con su dedo anular derecho sangrando a causa de los apretones enfáticos y reiterados de sus fervorosos visitantes.

Salió a las calles de Roma bajo las bombas de la guerra para extender los brazos en cruz pidiendo al cielo misericordia por la Ciudad Santa y consolar al pueblo aterrorizado.

El mundo entero lo respetaba por su calidad intelectual y moral. Fue el padre de la humanidad sufriente durante la última Gran Guerra, (como fue pastor incansable de pobres y refugiados durante la Primera Guerra Mundial).

Y a pesar de todo este trato, tenía un porte majestuoso tan propio del Vicario de Cristo que su sola presencia produjo innumerables conversiones, especialmente de soldados, especialmente de protestantes. Recordemos el enorme crecimiento del catolicismo en los EE.UU. después de la guerra mundial, que se debe, en parte, al contacto con la Europa cristiana y al papel ejemplar de los capellanes militares católicos.

Pero también a que miles de soldados y oficiales pasaron por el Vaticano en tren turístico, o mientras ser reponían de sus heridas y volvían a sus destinos, y fueron transformados por la grandeza avasalladora de la Iglesia y de su Pontífice, algo que pulverizaba el vago deísmo, o el magro sentimiento evangelista en el que habían sido educados. Roma seguía siendo, en medio de la devastación europea, una prueba tangible de las verdades eternas, de la belleza y de la majestad de Dios, de la verdad, de la caridad, de la esperanza&#8230… y de la Providencia divinas.

Podemos decir que, en su tiempo y proporcionado a los medios del momento, Pío XII fue un papa “mediático”.

Los tiempos de Juan Pablo

Estamos viviendo los albores de un nuevo pontificado, que sucede al de otro papa mediático (el papa mediático por excelencia) y &#8230….El nuevo Papa, cercano a los 80 años, ha sido más bien un tímido intelectual, un hombre de gabinete y de aula universitaria. ¿Qué nos espera? ¿Es necesario que el nuevo pontífice sea un hombre que “salga bien” en los medios? ¿Quién puede competir con Juan Pablo II? ¿Será mejor que cambie el sesgo para no quedar opacado por su sombra? Los problemas son mucho más complejos que estos que la prensa suele plantear un poco a la ligera.

Sin duda, la estampa y la simpatía del papa Woytila serán difíciles de superar. Un hombre joven -en términos papales- y atlético al momento de su elección, cautivó inmediatamente por el irresistible carisma de su figura. Su sonrisa, sus gestos desacartonados: abrazos, caricias… tomarse de la mano de los jóvenes, ensayar unos pasos de danza o seguir el ritmo de un concierto de rock (gestualidad tan del gusto moderno) ¿quién las podrá igualar? Su capacidad para expresarse en tantas lenguas, su porte distinguido&#8230… Su increíble capacidad fotogénica: ¡hasta en el momento en que un guardia de su seguridad personal lo recuesta sobre el asiento del coche descapotado, tras haber recibido tres balas, esboza un gesto sonriente! No vale la pena abundar en las imágenes que todo tenemos en la memoria o que recuperamos de la enorme cantidad de material fotográfico que se ha publicado en estos días.

Sin duda ha sido un hombre amado por la gente. Pero como lo recibido se recibe al modo del recipiente, según enseña el Doctor Angélico, ese don no pudo ir más profundo (más allá del merecimento del pontífice, que es otro tema) que lo que las masas son capaces de amar. En este sentido, Juan Pablo ha sido más que un papa mediático (es decir, hombre de facilidad comunicativa con las multitudes a través de los medios)… ha sido un papa “mediatizado”. Ha sido, a su pesar probablemente, un producto vendible de los medios, que han aprovechado la oportunidad de explotar una suerte de merchandising papal. Leemos en una revista española de estos días, dedicada a nobles y notables, una fotografía cuyo epígrafe reza “Juan Pablo II, Superstar” (Ver portada).

Es verdad que le tocó reinar en la era de las comunicaciones, que es a la vez la era de la incomunicación. Y su público percibió en él una gestualidad atractiva, que valoró según sus propias inclinaciones y necesidades. En una era de “ídolos”, el papa fallecido fue en cierto modo también un ídolo. Naturalmente él no se postuló como tal, no al menos de modo consciente. Pero su mensaje fue principalmente gestual. El famoso “pedido de perdón” es mucho más impresionante por la ceremonia mediática que por el documento oficial ratzingeriano que lo aclara y acota.

En el contexto de la realidad eclesial actual, donde los grandes formadores, no ya de la opinión sino de la “realidad” misma, son los medios, el matiz que distingue un “festival” de un “congreso eucarístico” es demasiado poco perceptible. Ya hemos considerado en otros artículos de esta serie la “estrategia comunicativa” del pontífice fallecido. El supo y quiso aprovechar la relación con la gente como eje de esta estrategia, y su figura ha sido ideal, inmejorablemente funcional a ella. El punto a discernir ahora es hasta dónde y qué logró comunicar.

De donde concluimos -en esta comparación precaria pero que consideramos útil- que hoy un papa de buena llegada a través de los medios tendría a su favor, como tuvo en su momento Pío XII o Juan Pablo, un auxiliar de gran provecho para la difusión del mensaje evangélico. Y en contra, la decadencia intelectual y la exacerbación sensible que estos medios han producido per se, más allá de los contenidos que transmiten.

Medios vs. Pensamiento

Es lamentable pero de lapidaria evidencia que el hombre actual, expuesto a muchísimas horas diarias de “mass media” diversos, acaba con las potencias intelectuales disminuidas y con los sentidos exacerbados. No se trata de que tenga un desprecio del pensamiento lógico. Simplemente lo desconoce. El concepto como abstracción de la realidad y la relación del pensamiento con las cosas parece ajeno a la mentalidad moderna. Se confunde el “pensar” con la masa informe de sensaciones… las ideas con los slogans… los juicios racionales con estados de ánimo. De donde la pulsión epontánea sustituye la lógica y el buen sentido. No solo en los simples, también en los “intelectuales”. No solo en los laicos, también en el clero, y en el clero de alta jerarquía. Por lo cual, la cuestión mediática se vuelve cada vez más espinosa y llena de rincones oscuros.

En la época del auge liberal decimonónico, la masonería divulgaba sus ideas por los diarios y las revistas, y los católicos contraponían diarios y revistas. Idea contra idea. Hasta San Pío X, el gran papa antimodernista recomendaba el uso inteligente, con carácter ofensivo y defensivo, de la “prensa católica” como poderoso auxiliar del Magisterio y la predicación. Y de hecho otro tanto se intenta hacer hoy, incluso por medio de Intenet. Pero, ¿podemos contraponer ya idea contra idea? Los términos del combate parecen bien distintos.

Para la mentalidad actual, la “imagen” es prioritaria. El debate televisivo será ganado por el que proponga mejor “imagen” (tono, gestualidad, pose&#8230…) antes que por quien razone con mayor rigor. La “razón” estará en quien convoque más multitudes y reciba más aclamaciones. Las campañas para cargos políticos -supuesta confrontación de ideas- son un gran campeonato de “imagen”, y el nuevo dogma que sustituye a la Verdad Revelada es el de las “encuestas de opinión”. Los candidatos ya no exponen sino que se exponen. Ya no afinan ideas, pero “miden” índices y operan en función de su acrecentamiento, en una suerte de ensayo y error. Pragmatismo puro, realidad virtual evanescente. Lo verdadero es aquello que el público percibe con agrado. A esta forma de ver el mundo se ha sumado buena parte de los obispos, creyendo sin duda adaptarse a los tiempos. ¿Qué hara el nuevo papa a la hora de revertir esta tendencia?

La estrategia del Papa Benedicto

¿Qué estrategia ensayará para enfrentar el mandato apostólico de predicar oportune et importune el nuevo Sumo Pontífice? ¿Podría ser fiel al mensaje evangélico si -desconfiando de la fuerza de la palabra divina- pusiera mayor énfasis en el “medio” y olvidara el “contenido”, cayendo en el peligroso sofisma de que “el mensaje es el medio”.

Hay datos nada irrelevantes que tener en cuenta para profundizar estas consideraciones: el Card. Ratzinger fue electo después de proponer un programa de visos claramente tradicionales. Por otra parte, más allá del ruido de la prensa, si bien se mira, se ven síntomas incipientes de fatiga de la sociedad respecto a los “medios”. El hombre de hoy, en un porcentaje pequeño pero nada despreciable, quiere algo más sustancial. Es cierto que la inmensa mayoría sigue con penosa indulgencia todo lo que les ofrece el Gran Hermano mediático en cualquiera de sus multiformes propuestas. Pero una porción cualitativamente importante de la sociedad, la pars sana, intelectualmente hablando, (esto incluye a gente de todas las condiciones sociales y educativas) quiere palabras plenas, fuertes, y hasta recias. Palabras que evoquen realidades naturales y sobrenaturales y no realidades virtuales.

También es cierto que la pars sana del clero, la que ha tenido mayor éxito apostólico cualitativamente hablando, es la que predica oportune et importune las verdades no gratas a los sentimientos modernos. Muchos pueden repudiar la verdad, y luego repudiarse entre sí. Y puede que sean pocos los que se regocijen al oír aquello que llena el corazón de verdad, paz y esperanza perdurable y sobrentural. Pero esos pocos son los que perdurarán fuertes en la Fe. Esos pocos son la esperanza del resto de la Iglesia y de la humanidad.

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