Panorama Católico

Un recuerdo inédito del P. Castellani:

El testimonio del Dr. Hugo Giuliani no acerca un episodio poco conocido de la personalidad del P. Castellani

Por el Dr. Hugo Giuliani

Cuando el doctor Domínguez me pidió que le relatase alguna de mis reflexiones y recuerdos que pude haber atesorado durante mi relación profesional con el Padre Castellani, no sabría como explicar que ningún acontecimiento como ése, me hubiese desprendido más de las cosas de este mundo.

El testimonio del Dr. Hugo Giuliani no acerca un episodio poco conocido de la personalidad del P. Castellani

Por el Dr. Hugo Giuliani

Cuando el doctor Domínguez me pidió que le relatase alguna de mis reflexiones y recuerdos que pude haber atesorado durante mi relación profesional con el Padre Castellani, no sabría como explicar que ningún acontecimiento como ése, me hubiese desprendido más de las cosas de este mundo.

Fue en el invierno de 1970, cuando, entre los pacientes que esperaban ser atendidos, en el hospital donde yo trabajaba, (en el Instituto Municipal de Radioterapia) observé que un sacerdote se encontraba entre ellos, leyendo un libro. Pensé que se trataba de algún acompañante, pues al ver su tranquilidad creí que nada grave podría tener ese hombre que evidenciaba una fortaleza de un joven de 30 años que leía con tranquilidad su breviario. Al finalizar la consulta matinal, comprobé que el sacerdote aún estaba allí, en la sala desierta. Me acerqué a él y le pregunté si esperaba a alguien en particular, mirándome con una ternura extraña, me respondió que el enfermo era él, que venía a tratarse, pues “Tengo cáncer”.

En ese momento toda mi estructura de cancerólogo se tambaleó pues no estaba habituado a ese tipo de franqueza y a la vez, conmovido por la aceptación de su mal con tanta paz. Le pedí disculpas por la espera, e inmediatamente me dediqué a aquella persona excepcional.

Luego de examinarlo, comprobé que padecía realmente, un cáncer de la región latero posterior de la lengua. Ni más está decir que yo estaba más conmovido que él, cuando le propuse hacerle un tratamiento curieterápico con regulares posibilidades de curación, pero que tenía la ventaja de no ser mutilante como la cirugía, pero que en caso de fracaso siempre se podría acceder a ella, me respondió: “Estoy aquí y no vine solo”.

Una corriente de simpatía y compasión nació en mí desde aquel momento.

Al día siguiente, le implanté en pleno tumor, seis fuentes de radium, este implante es considerado como un martirio, pues no solo por la colocación de las fuentes en una región tan sensible, sino además, porque deben mantenerse implantadas por cinco días, estar aislado, no hablar y solo beber líquidos. Tampoco se puede anestesiar mucho, pues la infiltración de novocaína, deforma la geometría de la lesión haciendo imperfectos los cálculos de dosis. Todo esto se lo expliqué, hablándole con toda franqueza, como a un amigo de toda la vida, a pesar de la gran diferencia de edad. Mi paciente admitió todo u lo aceptó.

Durante los cinco días siguientes estuvo aislado (es ley hacerlo). Lo visitaba guardando las reglas de radioprotección. Él leía su breviario, no podía hablar por razones obvias pero me hacía comprender que está perfectamente bien, que no me preocupe. Cuando les retiré las agujas, era un sábado por la mañana, sus primeras palabras balbuceantes fueron: “Gracias hijo, mira que bello día”. Allí comprobé que miraba como un favor al cielo, lo que es una desgracia ante los ojos del mundo. Le expliqué que la reacción a las radiaciones sería más fuerte y dolorosa en los próximos quince días, no le dije nada más pues ya sabía que su coraje y su paz interior lo protegían.

Concurrió puntualmente a las siguientes consultas, siempre sin hacerse anunciar, pues no quería “privilegios”, pero yo, advertido de su presencia, lo hacía pasar a mi escritorio a pesar suyo. Ahora comprendo que lo hacía más por mí que por él. Mi ilustre paciente me enriquecía con sus diálogos, observaciones y ternura que mucho me ayudaban puesto que yo pasaba terribles penurias en aquellos días. En una de las consultas, al ver su boca inflamada, le pregunté si le dolía y contestó que no, yo insistí, pues se que era imposible que no doliese, entonces me contestó, “Doctorcito, usted se ha esforzado tanto conmigo que no quiero apenarlo”.

A los dos meses, el milagro se había consumado, la lesión había desaparecido. Yo partía para el extranjero, pues había ganado una beca en Francia. Nunca más lo vi, supe que recibió el llamado del Eterno en los años 80. Tuve una gran alegría, el saber que el tratamiento fue exitoso y Dios le esperaba para santificarlo.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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