Panorama Católico

¿Una regularización canónica de la FSSPX bajo Francisco?

Circula entre los fieles de la FSSPX un pedido de oraciones para que el Espíritu Santo ilumine a los miembros jerárquicos que deberán decidir sobre la propuesta de regularización canónica que la Santa Sede enviara a la Casa General de la congregación hace algunos meses. Esta reunión se desarrollará a lo largo de cuatro días, del 25 al 28 de junio en Suiza. 

 

Circula entre los fieles de la FSSPX un pedido de oraciones para que el Espíritu Santo ilumine a los miembros jerárquicos que deberán decidir sobre la propuesta de regularización canónica que la Santa Sede enviara a la Casa General de la congregación hace algunos meses, y que ha estado a consideración de los superiores de Distrito, Seminarios y otros sacerdotes que han ocupado estos cargos relevantes con anterioridad durante varios meses. Según un texto que se ha conocido, esta reunión se desarrollará a lo largo de cuatro días, del 25 al 28 de junio en Suiza. 

Como habitualmente, estas reuniones producen temores y ciertamente algo de tensión en la feligresía tradiconalista. Y expectativas demasiado entusiastas entre otras personas cercanas al tradicionalismo. Voces autorizadas de la institución han planteado públicamente sus puntos de vista: la base común es el rechazo de cualquier concesión doctrinal.

En lo prundencial se percibe, sin embargo, al menos dos criterios diferentes sobre la conveniencia de una regularización canónica para facilitar los objetivos de la institución.

– Uno considera que es inviable si no se garantizan ciertas condiciones de libertad para seguir el apostolado como hasta la actualidad.

– Otro, sostiene que aún en condiciones benignas, las consecuencias serían más dañinas que provechosas en diversos aspectos.

Pros y contras

Quienes sostienen la primera posición creen que una regularización canónica haría caer la hostilidad de los católicos de la Iglesia oficial; no del clero modernista y de la feligresía militantes, y convencida de la existencia de una “nueva Iglesia”, pero sí de los católicos apegados a la doctrina y deseosos de que se restablezca una disciplina tradicional, que mejore la calidad de la liturgia y la selección y calidad del clero.

Trabajando sin la carga de la “irregularidad”, también formulada con el teológicamente novedoso concepto de “comunión imperfecta”, la tarea apostólica tradicional se facilitaría. Por ejemplo, muchos que desean participar de la liturgia y de la formación, enviar sus hijos a los colegios o inclusive formarse en sus seminarios verían desaparecer escollos que para ellos hoy son infranqueables.

Esta mirada de las cosas encuentra ante sí no objeciones y tropiezos, no pocos producidos por la Santa Sede misma en los últimos meses.

La mirada de Mons. Fellay: la “foto completa”

En una entrevista en los EE.UU. otorgada al Catholic National Register, Mons. Fellay dio a entender su punto de vista favorable a esta posición. Pese a las características tan marcadamente modernistas de este pontificado, decía allí el Superior General, Roma estaría dispuesta a conceder una regularización sin condiciones. Esta ha sido la promesa de Mons. Pozzo, Presidente de la Comisión Ecclesia Dei, que entiende en estas tratativas.

El periodista insistió varias veces en la aparente contradicción de abrigar esperanzas de buena recepción de parte de un papa que encarna la versión más extrema conocida hasta hoy de las reformas conciliares, hostil a muchos obispos y cardenales moderados, etc. Inclusive hizo referencia a una eventual disconformidad de los fieles que acompañan a la FSSPX. Ante estas dudas, el obispo argumentó la existencia de un estado de gran disconformidad con el rumbo de la Iglesia oficial, la personalidad ciertamente poco fácil de comprender de Francisco, y el apoyo de sectores importantes del alto clero al desembarco “legal” de una fuerza tradicionalista significativa como necesidad para corregir desvíos. Esto y otros elementos que no explicitó conforman lo que él llama la “foto completa” de la situación, que a su entender y con razonable fundamento, solo algunos pueden ver y no se observa con facilidad desde el llano.

Lo que ocurrió entre esta entrevista y la actualidad

La promesa de Mons. Pozzo se vio desdibujada a poco por declaraciones del Card. Müller y del propio Francisco. No puede haber regularización sin aceptación acrítica del Concilio Vaticano II. La piedra de tropiezo sigue siendo el Concilio, origen de los cambios vividos en los últimos 50 años. Todos los temas que se disputan nacen allí: la Reforma Litúrgica de Montini, la

“libertad religiosa”, la “colegialidad”. Y todas las consecuencias prácticas de estas ideas novedosas, que finalmente, omitiendo por brevedad otros puntos importantes, ha ocurrido bajo este pontificado la temida “legalización” de algo que ya se venía realizando semi-clandestinamente: la abolición práctica de la moral matrimonial para dejar lugar a las versiones más variadas. Segundos mátrimonios, concubinatos, amor libre y también relaciones entre el mismo sexo, que no son considerados ya males sino bajo una mirada subjetiva y circunstancialista, como portadores de “valores dignos de respeto”.

Para allanar estas prácticas se otorgan instrumentos legales para “nulidades express”. Se legisla la remoción abreviada sin debido proceso de los obispos que se muestren remisos a seguir esta línea… y se maltrata a los defensores de la moral tradicional.

Este cuadro de situación no produce grandes expectativas sobre un ejercicio libre del apostolado para la FSSPX si eventualmente se sujeta a un régimen legal en lo inmediato.

Este pontificado, en algunos aspectos parecido al de Paulo VI, claro que con una degradación notable en las formas y hasta en la calidad literaria de sus documentos, impone sus objetivos bajo una capa de tolerancia y misericordia, pero con mano de hierro.

No estamos solos

En la misma entrevista, Mons. Fellay juzgaba que la garantía de cumplimiento de lo pactado por parte de las autoridades de la Iglesia estaba fundada en el acompañamiento de sectores que comenzaron a reaccionar y resistir estas tendencias. Reacción que creó expectativas en muchos de nosotros.

Es verdad que frente a este escenario que empeora al galope, se ha vivido una reacción esperanzadora pero fugaz. Algunos obispos y cardenales, durante los sínodos de la familia, han hecho conocer su oposición a la tendencia prohijada por Francisco, por momentos con palabras muy claras. Pero al publicarse la Exhortación Amoris Laetitia, documento final de ambos sínodos, la reacción se ha desdibujado notablemente. En lugar de potenciarse, al menos públicamente, se ha asordinado. Ya casi no queda autoridad de alto rango en la Iglesia que confronte y resista este documento funesto. Se limitan a reacciones bastante tímidas: desde los que dicen que la Exhortación no dice lo que dice (Müller), hasta los que se conforman con hacer notar que no se trata de una pieza del Magisterio (Burke). Poco frente al empuje brutal de la realidad.

Si hubo alguna reacción notable ha sido de los laicos, mucho más clara y firme que la del clero. Este punto tiene su importancia porque pone en cuestión otro argumento en el que Mons. Fellay basaba sus esperanzas de una regularización sin condiciones. El argumento de que la FSSPX no estaría sola ya en el reclamo de respeto a la doctrina de la Iglesiapierde fuerza ante los hechos que se producen casi a diario. Había motivos para estas esperanzas, es justo decirlo. Pero la publicación de A.L. ha demostrado hasta ahora que no hay tal resistencia o que no está dispuesta a ir más lejos que el silencio sufriente (sincero, sin duda) de algunos, de tal vez un considerable número de cardenales y obispos y muchos sacerdotes. Un silencio sufriente respetable, pero ya probado por el tiempo como insuficiente. Las palabras insinuadas, el doble discurso, la interpretación de textos heterodoxos torcidos a la fuerza como ortodoxos, la falta de una resistencia “cara a cara”, como la que Pablo hizo a Pedro cuando quería judaizar, ha demostrado su ineficacia. La secta modernista ha acorralado a los católicos que no quieren resistirla de frente, la tiene a un paso del abismo. Y ese abismo es el infierno.

Acordar, ¿con quién?

Tenemos también que considerar la calidad de las personas que eventualmente se comprometen a dejar a la FSSPX en libertad de hacer lo que ha hecho siempre. Principalmente el propio Francisco si tomara ese compromiso. Los que analicen estas circunstancias no deben olvidar quién es el personaje que hoy ocupa la Sede Romana, cómo opera, no solo en orden a su misión específica, sino también como actor político global. No se debe perder de vista quienes han sido sus colaboradores más cercanos, sus calidades morales e intelectuales. En la Argentina tenemos una ventaja respecto al resto del mundo: lo hemos visto actuar desde hace décadas de un modo sinuoso, solo manifiestamente leal con enemigos de la Iglesia.

Protector de personas de conducta reprobable. Implacable en la persecución de sus objetivos y de sus enemigos. No se trata del bondadoso papa Benedicto XVI, aún con sus errores doctrinales. Es otra calidad de persona, y cuando se acuerda algo no basta el “qué”, sino que hay que considerar seriamente el “con quién”. Los que consideran que las condiciones están dadas tal vez tengan una visión algo ingenua de este hombre multifacético, misterioso e increiblemente sagaz.

Si no cumple, ¿se denuncia el acuerdo?

Los propulsores del acuerdo a veces argumentan de un modo un poco simplista: si la parte Romana no cumple, se denuncia el acuerdo. Decisión tan grave como la de aceptar una regularización canónica, que obliga en buena fe a someterse a la autoridad eclesiástica actual en sus decisiones cotidianas, no solo ya en el reconocimiento de su legitimidad, no es posible a la ligera. No es tan sencillo como “denunciar el acuerdo” por incumplimiento.

Ante todo, la primera acción, el acuerdo, tendrá su costo interno. Luego la segunda tendrá su costo externo que se sumará al interno ya devengado. Los que sientan que se arriesga la obra realizada en aras de ciertas facilidades para continuar la tarea apostólica con más facilidad (más allá de los exhaltados que siempre cuestionan todo) sentirán minada su confianza. Si los resultados no son buenos, el deterioro será muy grande y extendido. Y si se debe dar marcha atrás y denunciar lo acordado, quienes ponían sus esperanzas en una “comunión plena” como un bien para la Iglesia pensarán que el verdadero motivo de la resistencia de los tradicionalistas es la vocación de rebeldía y no su fidelidad a la Tradición. Pocos, adentro y afuera de la FSSPX, comprenderán el paso en falso como un acto de confianza defraudado. De modo que lo que se buscaba ganar, la confianza de muchos, logrará el efecto contrario, la pérdida de la confianza de todos.

Mons. de Galarreta y su postura contraria

Es evidente que Mons. de Galarreta y con seguridad Mons. Tissier de Mallerais no se suman a los que consideran viable tal regularización en las circunstancias actuales. Así lo ha hecho público el primero en una homilía pronunciada durante las ordenaciones sacerdotales de Winona, EE.UU. en la fiesta del Sagrado Corazón, a comienzos de junio:

“El problema que vive hoy la Iglesia no es solo una de las consecuencias, sino que todo después del Concilio es un árbol malo; todo lo que ha venido está virtualmente ya en semilla en el Concilio Vaticano Segundo.

“Si hoy enfrentamos el escándalo de la comunión a los divorciados “recasados”, es porque la legislación posconciliar y su práctica, que permitió invertir los fines del matrimonio, debilitó su indisolubilidad e introdujo en él el personalismo, inventando un nuevo bien del matrimonio: el bien personal de los esposos.

“Todas estas doctrinas, que por años han estado permeando la Iglesia, están contenidas en el Concilio, en la Gaudium et Spes, que establece esos principios. Y cuando el papa actual permite todas estas cosas, vemos solamente un desarrollo homogeneo del error.

“A la vez, nos apabulla ver que no hay una reacción general en la Iglesia contra estas medidas, que no hay un grupo de obispos o cardenales que se opongan públicamente a este escándalo. Esto muestra la gravedad del modernismo, que en primer lugar desarma y luego hace desaparecer los anticuerpos de defensa.

“[…] en lo que respecta a nosotros es siempre lo mismo: para ser reconocidos tendremos que aceptar las novedades conciliares”.

Esta es precisamente la cuestión que unifica los criterios de las partes: no hay compromiso de la doctrina posible.

En estos días de deliberación, ciertamente, estarán presentes estas y otras consideraciones que no están a nuestro alcance. Roma, sin embargo, parece empeñarse en enviar, a último momento, el mensaje que haga inviable toda posibilidad de admitir un espacio libre para los que proponen “hacer la experiencia de la Tradición”. Sobre el momento mismo de las decisiones, hacen llegar su exigencia inaceptable. Tal vez sea esta la iluminación que los miembros de este capítulo piden al Espíritu Santo: que por una vez Francisco sea claro y muestre lo que no piensa conceder.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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