Panorama Católico

Verdades, Medias Verdades, Mentiras

La estrategia de imposición del aborto que se ha lanzado sobre los países hispanoamericanos es la misma que se usó en los EE.UU. a fines de los años 1960. En la siguiente nota es denunciada por el Arzobispo platense, Mons. Héctor Aguer.

Por S.E.R. Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata

La estrategia de imposición del aborto que se ha lanzado sobre los países hispanoamericanos es la misma que se usó en los EE.UU. a fines de los años 1960. En la siguiente nota es denunciada por el Arzobispo platense, Mons. Héctor Aguer.

Por S.E.R. Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata

En el mes de diciembre pasado, el ministro de Salud de la Nación aseguró que en la Argentina se practican 800.000 abortos por año. Con esta declaración corregía una anterior aseveración suya según la cual el cómputo se detenía en el medio millón. Para dar crédito a semejantes datos, la opinión pública bien podría solicitar que se explique cómo han sido obtenidos. ¿Cómo se hace para contabilizar más de dos mil operaciones clandestinas por día? Si se trata de un cálculo estimativo, sería bueno saber cuáles son sus fundamentos. ¿Acaso las denuncias de estas acciones ilegales? El ministro formuló aquellas declaraciones para responder a la acusación que se le había hecho de difundir al respecto cifras falsas.

No hace falta ceder a una excesiva suspicacia para pensar que, en efecto, pueden ser falsas. Es oportuno recordar, a propósito, el caso del doctor Bernard Nathanson, que fue director de la clínica de “salud sexual” más grande del mundo, donde practicó personalmente unos 5000 abortos. Aplicado luego al estudio científico del feto en el interior del útero materno reconoció que el fruto de la concepción es desde el primer instante un ser humano y se convirtió en un testigo calificado contra el movimiento abortista. Pues bien, Nathanson se atrevió a confesar: “yo fui uno de los fundadores de la organización que vendía el aborto al pueblo norteamericano”. Más aún, descubrió también sin tapujos la táctica empleada: “nos sirvieron de base dos grandes mentiras, la falsificación de estadísticas y encuestas que decíamos haber hecho y la elección de una víctima para achacarle el mal de que en Norteamérica no se aprobara el aborto… esa víctima fue la Iglesia Católica, o mejor dicho, su jerarquía de obispos y cardenales… Decíamos en 1968 que en los Estados Unidos se practicaban un millón de abortos clandestinos, cuando sabíamos que éstos no sobrepasaban los diez mil… pero esta cifra no nos servía y por eso la multiplicamos para llamar la atención. También repetíamos constantemente que las muertes por abortos clandestinos se aproximaban a las diez mil, cuando sabíamos que eran doscientas, nada más, pero esta cifra resultaba demasiado pequeña para la propaganda. Esta táctica del engaño y de la gran mentira, si se repite mucho, acaba por ser aceptada como verdad”.

Al presentar este antecedente no pretendo juzgar intenciones, pero sí recordar que existe una campaña internacional protagonizada por numerosas organizaciones, políticos de todos los niveles y medios eficaces de comunicación… constituyen una red dotada de recursos abundantes como para envolver a la opinión mundial. La denuncia efectuada por Nathanson pone en evidencia que no les importa la verdad, tanto en el caso del aborto como en lo que se refiere al SIDA o a la cuestión demográfica y las políticas de población.

El ministro de Salud de la Nación, que se mostró consternado al exhibir aquellas cifras astronómicas, considera que el remedio se encuentra en el programa oficial de salud reproductiva y sostiene que “estar en contra de este programa es realmente ser proabortista”. Esta maniobra argumental es una sutileza… se pasa de aguda, pero carece de verdad. En efecto, el programa, que bajo el eufemismo de “educación sexual” llega a adolescentes y jóvenes con información parcializada y reparto de anticonceptivos y preservativos, difunde una doble falacia. La primera: no se informa acerca del carácter potencialmente antiimplantatorio, es decir abortivo, de los anticonceptivos hormonales (la droga levonorgestrel y otras semejantes) y del dispositivo intrauterino (D.I.U.) El propósito de impedir la concepción queda reforzado por la posibilidad de evitar que el ser humano ya concebido encuentre en el endometrio materno el nido que necesita para comenzar su desarrollo.

La segunda falacia está implícita en el alegre reparto de condones y en la promoción de su empleo, con lo que se procura inculcar la práctica del “sexo seguro”. Habría que advertir, por lo menos, que tan seguro no es. Fuentes insospechables afirman que el preservativo no otorga una protección absoluta contra el embarazo no deseado y la transmisión de los virus del SIDA y del papiloma humano y de las otras enfermedades que se contraen por la actividad sexual desordenada. La Organización Mundial de la Salud ha informado que la tasa anual de embarazos con uso perfecto del preservativo (tal como debe ser usado y en cada uno de los contactos sexuales) es del 3 %, y que se eleva al 10-14 % cuando el empleo es inconsistente o incorrecto. En lo que hace al virus del SIDA se admite que la proporción de fallo varía entre el 10 y el 30 %… este riesgo ha llevado a la Dra. Helen Singer-Kaplan, de la Universidad de Cornell, a concluir que “confiar en los preservativos es coquetear con la muerte”. En Uganda, donde el SIDA avanzaba de modo imparable con los planes de reparto masivo de condones, se logró controlar mejor que en otros países la extensión de la plaga merced a un programa de promoción de la castidad: abstinencia sexual antes del matrimonio y luego fidelidad conyugal.

La campaña auspiciada por el Ministerio de Salud de la Nación parece orientada a infundir una sensación de seguridad ficticia que no favorece una conducta sexual auténticamente responsable. Así se maleduca a niños y adolescentes, con las consecuencias que son fáciles de prever. Nuestro pueblo, y especialmente los jóvenes y la muchedumbre de pobres, tiene derecho a que se le diga toda la verdad.

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