Panorama Católico

Versiones perversas de la Liturgia (parte final)

 

 

Nuestra más famosa parlamentaria comunista, "Pasionaria", propuso que más valía "morir de pie que vivir de rodillas». Parece que su consigna triunfa todavía en los corazones de algunos curas y laicos, remisos a doblar sus rodillas inclusive ante Dios, en una actitud que no se justifica por superación de un pretendido abuso de "sacralización de la Iglesia".

Por Pedro Rizo
rizomart@infonegocio.com

Cambios extraños de la Liturgia

Puesto que la fe y la adhesión a nuestros pastores no nos obligan a decirles amén a todo y que los marxistas no hacen cambios sin un porqué, continuamos la reflexión sobre las traducciones como ya iniciamos con el Credo y la eliminación del latín. Pedimos disculpas por nuestras "quejas litúrgicas de consumidor", como llamó el profesor Julián Marías a las publicadas en sus memorables "terceras" del diario ABC, pero creemos que, sin duda de buena fe, nos confiamos demasiado a las predicaciones del CVII, y aplicaciones posteriores, sin apercibirnos de que los modernistas aprovechaban cualquier documento conciliar para meter su guinda de herejía, imperceptible por su apariencia de bondad pero ulteriormente manipulable. Esto se aprecia en documentos como, por ejemplo, los bellos textos de Lumen Gentium o Gaudium et Spes, por citar dos grandes, donde crípticamente se nos propone la igualdad de religiones o la separación Iglesia-Estado. Prevenidos de este ardid es natural que aparte de mirar los textos latinos nos fijemos más en las traducciones que son las que determinan la praxis catequética, especialmente en cuanto a la Misa cuya gota dominical puede fijar o borrar nuestra fe.

El Gloria y "[…] los hombres que ama el Señor"

Como sabemos, al recitar el himno de glorificación de Jesucristo, bella obertura al incomparable y santísimo Sacrificio de la Misa, empezamos con las palabras del ángel que en Belén anunció a los pastores el nacimiento del Salvador; las mismas que nos transmite el Evangelio (Lc 2, 14): "Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad." El Misal del Papa Pablo VI las incluye fielmente en latín: «Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis». Es la primera instrucción de la Nueva Alianza, el primer aviso de que quienes acogen la Buena Noticia obtienen la paz interna que sólo Dios puede dar; y la social que de ella resulta. La paz en este contexto es la marca de nuestra buena voluntad hacia Él. Una paz que los católicos no entendemos como el vulgo entiende: «No es mi paz como la que da el mundo.» (Jn 14, 27; 16, 33). Así es en el texto latino, pero no en la traducción española (y francesa) que nos impone esta otra versión: « […] y paz a los hombres que ama el Señor». Esta variación parece tan superflua que se hace sospechosa. ¿Cuál es la razón? Puede que se ajuste al propósito unificador de las religiones. Así, ahora, los hombres "a los que ama el Señor" ya no serán sólo los de buena voluntad; no ya unos hombres señalados por su actitud con Dios sino la especie humana entera, "los hombres todos" a los que ama el Señor no importando cómo sean. He ahí el mensaje revestido de bondades irrebatibles: Dios ama a los hombres indiscriminadamente. Desde luego que sí, podemos decir, en cuanto verdad "antecedente" obvia — ¡Vaya perogrullada que Dios ame a sus criaturas!—, pero no garantizada de su gracia en cuanto razón "consecuente" de nuestros hechos. Y el engaño de la traducción está ahí, en decir que Dios nos quiere a todos aun por contrarios que seamos al Dios encarnado, tanto en nuestra actitud como en nuestros hechos. Dios nos quiere a todos sin importar nada. Algo muy afín al "buenísimo" masónico y argumento de doble filo para hacer innecesario un Redentor.


"Altar" del novus ordo missae

Y puesto que todos somos amados por igual, la paz es para todos los hombres. Yo no tiene que filtrarse por la buena voluntad de los que creen el que llega, el anunciado niño de Belén. (Mt 11, 20-27)

La conclusión subconsciente que se nos sugiere está a la vista: la paz de ahora es un derecho del hombre, la paz que antes Dios daba individualmente a sus criaturas, por su buena voluntad hacia Él, ahora debe entenderse para el mundo entero incluso ocultando que son dos paces distintas pues, aunque nombradas ambas con la misma palabra "paz", no se distingue espontáneamente la que procede de Dios de la que procede del mundo. Es un concepto grosero que nos sumerge en la ignorancia de que la paz según el mundo es una paz material, como el vivir vegetal, que se libera de Dios; mientras que la paz que procede de Él es la única fuente de todas las paces. Ahora entendemos por qué se le pide a Dios cuenta, como es noticia de los periódicos por boca de tres católicos relevantes: "¿Dónde estuvo Dios cuando estalló una guerra?" (Don José Bono, político y ministro español); ¿Por qué permitió Dios las muertes de un accidente de Metro en Valencia?" (Don Juan Carlos, Rey de España), o al visitar Auschwitz (Papa Benedicto XVI) cómo permitió Dios aquellas cámaras de gas. Una novedad que nos deja perplejos (Job 2, 9-10) pues implica hacer a Dios responsable de nuestras desgracias. Esto sí que es de verdad la religión del hombre, el humanismo más radical, la religión que pone firmes a Dios según los pasos de un subrepticio programa: Primero fue el descartarse de la Tradición (Juan XXIII y Pablo VI en sus actos); seguidamente, el ecumenismo disparatado de Juan Pablo II que pide perdón por los sufrimientos que la Iglesia causó a la Humanidad —¿Y la indefectibilidad tan esgrimida?—, y, ahora, esto de recriminarle a Dios por el sufrimiento y el azar de la muerte. Porque, según se ve, la paz es un derecho natural echado a perder por los fanatismos religiosos; tanto así, que se llega a decir que si no hubiera credos el mundo sería un paraíso y el hombre, estupidez inmortal de los ilustrados, criatura sin dolo ni malas inclinaciones. (Nótese la contradicción de que nos otorguemos un origen inmaculado y al tiempo se lo discutamos a la Virgen María, la madre de Dios.)

La segunda conclusión señala que en este Nuevo Orden mundial la única religión posible es la religión de la paz. La paz arriba citada, entendida como entreguismo, el dejar mansamente que la fe del catolicismo sea atacada y deformada hasta su desaparición de la tierra por virtud de obediencia a la fundación y desprecio al Fundador. A partir de las versiones del Ordinario de Pablo VI la paz a los hombres que ama el Señor es un derecho natural del hombre y deja de ser la respuesta del cielo a una actitud previa de búsqueda y deseo de Dios. Y puesto que Dios nos quiere a todos, todos somos por eso uno en todas las religiones. Otro matiz muy posconciliar es que se llama paz sólo a rehuir la guerra, a dejarse matar; es decir una paz no fundada en la Justicia —de Dios— y la Verdad —de Dios— sino en el miedo a perder la vida terrena que hasta un microbio puede quitarnos. Incluso allí donde los cristianos son perseguidos, masacrados, desposeídos sólo se piensa en la paz y no en el derecho de sus creencias. Se proyecta un tipo de paz como el de la mansedumbre de Cristo que cumple su deber de ir como cordero al holocausto (aquí sí bien aplicada la palabra), y se olvida el deber de defender el reino de Dios, incluso con la fuerza, que es lo que da paz a las conciencias. (Lc 12, 49-52). Esta paz de ahora no es la de los hombres vueltos a Dios, con buena voluntad, sino la paz del pluralismo, una paz sin almas, descolocada de la fe. Una vida ya no fundada en valores de orden sobrenatural, superiores a la misma vida, sino en una nueva religión de poco fuste cuyos fieles no ven digna de confesar hasta la muerte.


La creatividad en acción

De estas no inocentes traducciones surge otra consecuencia: Dios, Padre y Creador, que tanto amó al mundo que mandó a su Hijo para religarnos con Él —«Seréis enseñados por Dios mismo.» (Is 48, 17; Jn 6, 45)—, resultará que hizo su plan en vano pues no importa si le hacemos caso o si le mandamos a la porra. Su favor se presume seguro para todos como predestinación irrevocable. Con lo cual se acaba la catolicidad y se impone el pluralismo. Distingamos: pluralismo es que todos los credos son válidos; catolicismo es que un solo credo, el católico, está destinado a todo el mundo. Así, Jesucristo sería uno más, en contra de que "sólo por Él se va al Padre" (Jn 14, 6); así, todas las religiones serían válidas, en opuesto al deber de "enseñar a todas las gentes." (Mt 28, 19) Tal vez estos desvíos expliquen que en estos últimos años se han enseñado cosas nunca imaginadas, como las que citamos a continuación, de entre cientos: « […] todos los hombres pertenecen a la Iglesia católica.» (CATECISMO de 1992, cfr. 836).- « […] aunque no conserven la unidad de la comunión con el sucesor de Pedro.» (Idem cfr. 838.) «Cuando los herejes [incluso sin abjurar de su error] reciben la Eucaristía se construye la Iglesia de Dios.» (Encíclica UT UNUM SINT, Juan Pablo II, cfr. 12, 1993).- «Entre los herejes y los católicos existe una comunión de fe.» (Idem, cfr. 75).

El Sanctus y "[…] el Señor, Dios del universo".

Dentro del tema pacifista aún tenemos la traducción del Sanctus. El texto latino sigue diciendo: «Dominus Deus Sábaoth», cuya traducción es: "Señor Dios de los ejércitos". Pero que en español ha de significar: "Señor Dios del universo." Misterio lingüístico aún sin descifrar. Hagamos una libre suposición.

Téngase en cuenta que el término "Sábaoth", que es arameo, se refiere a los ejércitos, a la fuerza militar coercitiva, pues recuerda las palabras del rey David que proclama a Dios como guía de sus ejércitos y autor de sus victorias (1 Sam 17, 45), anticipándose a lo que doscientos años más tarde repetiría el profeta Isaías: «Santo, Santo, Santo es Yahvé-Sábaoth (Dios de los ejércitos); llena está toda la tierra de su gloria.» (Is 6, 3). Los traductores progresistas lo sabían muy bien y por eso lo adulteraron para borrar a los ejércitos y hacernos alabar al "Señor Dios del universo". Un cambio muy propio de los simpatizantes con la masonería, su mundialismo y su Gran Arquitecto… De ahí, quizás, el antimilitarismo de evitar cualquier reconocimiento a la necesidad de los ejércitos. Porque los comunistas eclesiales, tan abundantes en los tiempos de las traducciones, nunca pudieron ver a los militares… excepto los que estaban de su lado.

Una curiosidad más puede apreciarse en el Sanctus. Este himno se canta cuando va a empezar la Consagración pues estamos anunciando al Jesús que enseguida va a ser inmolado; igual que cuentan los Evangelios de su entrada en Jerusalén. A punto de tenerle vivo sobre el altar, decimos: "Bendito el que viene en nombre del Señor", a modo de preparación a inmolarse de inmediato en la Misa, que es lo que le da el nombre de Sacrificio. Parece que nadie ve el alarde de mal gusto o indecorosa casualidad de incluir en tan serio momento las palabras: "Dios del universo", especialmente familiares a la masonería cuya repugnancia a Jesucristo es bien sabida. Vamos, digo yo que una vez aceptada la supresión de los ejércitos podría haberse elegido: "Dios de la tierra", "Dios de los cielos" o "Dios de nuestras almas"; pero, no, tenía que ser Dios del universo… Y si no intercalaron: "Gran Arquitecto", quizás fue por miedo a enseñar demasiado el rabo.

Cambios extraños de la Liturgia

¿… y por qué de rodillas?

Nuestra más famosa parlamentaria comunista, "Pasionaria", propuso que más valía "morir de pie que vivir de rodillas». Parece que su consigna triunfa todavía en los corazones de algunos curas y laicos, remisos a doblar sus rodillas inclusive ante Dios, en una actitud que no se justifica por superación de un pretendido abuso de "sacralización de la Iglesia" (?), sino que es la manifestación pública de que se perdió la fe católica: la fe en Jesucristo-Dios y en la Eucaristía, dogmas señeros de identidad católica. La Iglesia se ha desacralizado, sí, y por la única causa posible como lo es la pérdida de su norte espiritual. Más claro, porque fue tomada por ideologías globalizadoras e invadida por tropa de revanchistas de clase, materia prima que el marxismo explota como nadie. Francamente, para los curas que sientan así, mejor que alardes ridículos de rebeldía, ¿no les sería mayor honra dejar de vivir subvencionados y marcharse de la Iglesia hacia ámbitos más afines?

Es la fe la que nos pone de rodillas.- La Biblia abunda en ejemplos de que arrodillarse es propio del creyente, tanto si para adorar como si para orar. Recordemos el libro del Éxodo: «Al instante, Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró…» (Ex 34, 8) Y el segundo libro de las Crónicas donde se cuenta: «[…] el rey y todos los presentes doblaron sus rodillas y se postraron.» (2 Cr 29, 29) Cosa que hicieron porque estaban delante del altar que el rey Ajaz en años pasados había apartado del culto.

Y si del Antiguo Testamento somos nietos más aún somos hijos del Nuevo donde este impulso de adoración se hace natural ante la figura de Cristo. Así, los Evangelios nos muestran que unos peregrinos del Oriente, sabios escudriñadores de los astros, se humillaron arrodillándose ante el Niño Dios después de explicar a Herodes el motivo de su largo viaje: «Venimos a adorarle.» (Mt 2, 2) Son muchas ocasiones las descritas en los Evangelios: «Viendo esto Simón Pedro se postró a los pies de Jesús…» (Lc 5, 8) Otra es aquella en que la madre de los Zebedeo le pide privilegios "postrándosele". (Mt 20, 20) Del mismo modo el leproso que «suplicante y de rodillas» pide ser limpiado (Mc 1, 40); o el joven rico que «corrió a su encuentro y arrodillándose…» (Mc 10, 17); o las piadosas mujeres que acercándose a Cristo resucitado besan sus pies y le adoran. (Mt 28,9). Muchos ejemplos podríamos añadir aunque, particularmente, el que más me impresiona es el de aquel día en que el diablo decidió tentar a Jesús (Mt 4, 11) y huye chasqueado en sus pretensiones de superioridad —«Haz como yo te digo»— mientras que los ángeles del cielo le adoran y le sirven. Hablando entre bautizados, qué reducido hombre el que nunca se contempló a sí mismo delante de Dios. En esta suerte no hay que pensar en nada pues es automática la necesidad de humillarle todo, el alma, el pensamiento y todos los quereres.

Y no sólo es lo propio de los creyentes ante el misterio de Cristo sino de Él mismo que cuando oraba al Padre, de lo que los evangelistas nos cuentan se escapaba a lugares apartados, a orar a solas, lo hacía tanto arrodillado (Lc 22, 41) como de bruces (Jn 6, 15). Si se sabe delante de Dios, arrodillarse es para el católico una necesidad instintiva. Ese arrodillarse es la forma física de un previo postrarle el alma a sus pies, necesidad del orante, se encuentre donde se encuentre. El Papa Juan Pablo II, nos lo probó en su visita a Lourdes porque, aquel anciano casi impedido, se deshizo de la silla de ruedas y oró ante la Gruta postrado y de rodillas.


El Padre Pío se negó a rezar la misa nueva

Resulta, pues, chocante que lo que han hecho el propio Jesús ante su Padre así como todos los santos de la Iglesia, ahora haya católicos que rehúsen hacerlo incluso ante la Santa Hostia elevada en las misas. Y todavía hoy muchos supuestos sacerdotes que tampoco se quieren arrodillar en la Consagración y se inventan un gesto de semi reverencia incomprensible. ¿Qué cree usted que se puede pensar de tal actitud? No se corte, dígalo… "—Hombre, es que pueden tener artrosis de menisco…" "—Ya, pero que no les dolería para recoger del suelo un mísero dólar." La razón más probable es que no son sacerdotes de la Iglesia sino hombres que perdieron la fe y la sustituyeron con ideologías. Igualmente los fieles, incluidos los que pasan por conservadores.

Cada domingo los templos muestran en el momento de la Elevación la trágica división que vive la Iglesia: unos fieles se arrodillan, otros se quedan de pie, otros más están sentados y algunos hablando por teléfono. Por un lado están los conscientes de que ese pan consagrado es el mismo Jesús, visado seguro en la hora de la muerte y promesa de cosas "que el corazón del hombre no es capaz de entender"; y, por otro lado, cada vez en mayor número están los que ignoran a qué están asistiendo, a causa de sus corazones de piedra… y sus cabezas de serrín. (Ez 36, 26)

La comunión en la mano.- ¿Saben? La Historia de la Iglesia de Fernando Mourret dice que antiguamente se repartía en la mano, en las ocasiones solemnes en que se comulgaba, hasta que se suprimió y se colocaba directamente en la boca en evitación de accidentes y sacrilegios. Ahora parece que hemos vuelto a lo primitivo nada más que para copiar sus defectos. En la catedral de Madrid los canónigos en la misa de doce te dan la comunión en la mano y, como la falta de barandilla obliga a recibirla de pie, tuercen el gesto cuando alguien se arrodilla, pues… les incomoda inclinarse. Y eso que la Catedral es la hacienda pastoral del Cardenal Arzobispo donde se han gastado dineros como para que barandilla y reclinatorios sean una insignificancia. ¿Qué pasa en España con las misas y con los obispos? Casi hay que ir a Roma o a Londres para asistir a una honrosa celebración de la Misa católica. En Londres es lugar obligado el templo de San Felipe Neri, sede que fue del Cardenal Newman. Cada domingo se ofrecen cinco misas dos con el Misal antiguo, el de Trento y antes de Trento, y las demás, con el de Pablo VI, pero en latín. Sólo cuatro sacerdotes bastan para repartir la comunión a lo largo de la barandilla eucarística a un público tan numeroso como el que antaño llenaba el templo de Medinaceli (capuchinos), en Madrid. Sólo son cuatro sacerdotes, ayudados por monaguillos que colocan a cada comulgante la bandejita que evite accidentes. Y en pocos minutos toda la nave ha comulgado. Nada de repartirse por el templo entre los fieles, de pie y a empujones, de modo que al cura —o "el ministro" de la comunión, hombre o mujer— frecuentemente se le caiga al suelo alguna sagrada forma, que recoge y sigue repartiendo. (¿Han pensado en que ese suelo fue pisado por miles de zapatos que trajeron de la calle lo que sólo los perros saben? ¡Pobre Eucaristía y pobres curas!)

Leamos qué dice el Código de la Iglesia: «[…] Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía […] recibiendo este sacramento […] con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración.» (CIC c. 898) ¿Qué signo más claro de devoción ante la infinita majestad que el doblar la rodilla? ¿Puede creerse que la "suma adoración" se ofrece manteniéndonos de pie, de tú a tú delante de Dios? A lo mejor los Evangelios dicen algo sobre esto: «Y el fariseo, de pie, decía en su interior […] no soy como los demás […] En cambio el publicano ni se atrevía a levantar los ojos…» (Lc 18, 10 y ss). ¿Cómo se pueden cambiar las cosas de manera que por un lado vaya la teoría y por otro la práctica. Habría que escudriñar en ciertas escuelas y universidades católicas, por ejemplo las de Alemania, cuyos grandes nombres manipulan como nadie la historia de la teología enseñando otra nueva como si fuera "la buena", la que da brillo. A la Iglesia, a "somostodos", le gustaría entender para qué sirven esos doctorados si quienes los ostentan pierden finalmente la fe aplastados por el oficio. Parecen titulaciones para adornar los orígenes humildes. ¿O, quizás, para graduarse en los programas del progresismo? ¡Vaya desperdicio de vida saber tanto para perder su utilidad! Si el honor y la gloria han de ser para ellos y no para Dios, mejor les sería dedicarse a la vida civil donde abundan más los medios de conseguirlos. Desatención con el resto de fieles.- Cómo se explicará que no se corrija esta carencia de religión delante del Santísimo Sacramento. Es no sólo una contradicción con la fe y una insolencia sino una grave desatención con el resto de los fieles. Después de producirse la consagración, la Hostia y el Cáliz, que en ese momento son el cuerpo y la sangre de Cristo, se exponen a la adoración de los fieles. Pero, si estos a su antojo se quedan de pie, sólo hacen estorbar al que sí quiere adorar. Hay obispos que opinan que esto, igual que comulgar de pie, es indiferente; "que lo que importa es que el corazón sienta"… ¡Oh, qué bonito! Y qué hipocresía… La hipocresía de aquellos clérigos que a costa de Cristo, destino del respeto que a ellos se muestra, le racanean la reverencia que procuran para sí mismos. Por supuesto, no nos oponemos a tal reconocimiento pero sí a la paradoja de que "las formas se guarden con ellos" y ante Dios admitan toda licencia. Porque, si «lo que importa es que el corazón sienta», ¿para qué acudir a la Misa de domingo? Quedémonos cómodos en casa y que la colecta nos la hagan por televisión.

Mucho se ha dicho que lo de arrodillarse es una reacción más a la herejía luterana. Déjenme citar dos testimonios históricos interesantes y curiosos en favor de que la adoración es tradición muy anterior a Trento.

UNO.- Cuando en el año 1532 las clarisas de Chambéry, Francia, reparaban la Sábana Santa, dañada en un incendio, lo hacían con agujas de oro, en una sala grande y soleada, arrodilladas y manteniendo encendida una vela que les excitaba el recuerdo tangible del Señor. Y esto porque creían que aquella prenda envolvió su cuerpo.

OTRO.- Sesenta años antes, 1466, en representación de su primo el rey de Bohemia visitaba Castilla el Barón de Rosmithal, acompañado de un «numeroso séquito de más de cuarenta personas y cincuenta y dos caballos». Su objeto era observar el progreso de las armas en la Cristiandad y visitar santuarios marianos. Después de pasar por el país de los bascones, el Barón cumplimentó a Enrique IV de Trastamara, de cuyos vicios y abandono a manos de moros y judíos doy por enterado al lector. El Barón se quedó en la ciudad de Olmedo (Valladolid) durante meses de mutuos agasajos, torneos y festejos. El caballero bohemio se trajo a dos cronistas que detallaron muchas curiosidades de su viaje, especialmente las costumbres de los pueblos. El llamado Shaschek, del que hay referencia en nuestra Academia de la Historia, al comentar cómo se celebraba la Misa en Castilla, empezó así: «De esta ciudad (Olmedo) no tengo que escribir otra cosa sino que sus habitantes son peores que los mismos paganos, porque cuando alzan en la Misa el Cuerpo de Dios ninguno dobla la rodilla, sino que se quedan en pie como animales brutos, y hacen una vida tan impura y sodomítica que me da pena y vergüenza contar sus maldades…» (CONDESA DE YEBES, "Spínola el de las lanzas y otros retratos históricos").

Bien dicho, "animales brutos". Es el calificativo apropiado para quienes ignoran valores sobrenaturales como los que define y ampara la fe católica. Muy aplicable, sin duda, al ser racional y con alma inmortal, que aun diciendo creer en Dios le ignora o, peor aún, se le pretende igualar. No terminaré sin subrayar el revelador maridaje, salvados los siglos, de la degeneración del culto y la subsiguiente corrupción de la sociedad que el cronista bohemio señala respectivamente en libertinajes y sodomías. No es al revés, como piensan los que desean exculpar los errores de la Iglesia, sino que por ser imposible la unión del vicio y la virtud, la parte fácil a sacrificar es siempre el culto sagrado y la sana doctrina, de modo que la sociedad civil y eclesiástica queda indefensa, como hoy se aprecia, ante los enemigos del alma. Que son, como enseñaban los pequeños catecismo de antaño: "Mundo, Demonio y Carne".

Fuente: Minuto Digital

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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