Panorama Católico

Vida de Sor María de Jesús Crucificado

El 5 de enero se cumplen los 170 años del nacimiento de Sor María de Jesús Crucificado, la carmelita «arabecita» nacida y fallecida en Palestina, y una de esas almas a las que Dios quiso favorecer singularmen­te, para unirla íntimamente a su Pasión.

1º Galilea: la infancia

María Bauardí nació el 5 de enero de 1846, en Abelín, pequeña aldea de Galilea, a mitad de camino entre Nazaret y Haifa.

Sus padres, de raza árabe y católicos de rito griego, habían tenido ya doce retoños, que fueron muriendo uno tras otro en su más tierna edad. Por eso, en su profundo dolor y confianza en Dios, decidieron hacer una peregrinación a Belén para implorar de San José, ante el Pesebre, la gracia de tener hijos. Nueve meses más tarde venía al mundo María, y al año siguiente, para colmar la alegría de la familia, su hermanito Boulos (Pablo).

No tenía aún María tres años cuando murió su padre, y algunos días más tarde lo seguía su madre. Como era costumbre en Oriente, los niños fueron repartidos entre sus parientes: mientras Boulosquedó a cargo de una tía materna que vivía en un pueblo cercano, Maríafue confiada a un tío paterno, de condición acomodada, que algo más tarde se la llevaría a Alejandría.

De sus años de infancia en Galilea, María conservaría una gran capacidad de maravillarse ante la belleza de la creación, de la luz, de los paisajes en que todo le habla de Dios, y el fuerte sentimiento de que «todo pasa».

Así, en una ocasión, mientras jugaba con dos pequeños pajarillos, quiso bañarlos, pero las avecillas no resistieron y murieron en sus manos. Cuando estaba por enterrarlos sintió interiormente estas palabras: «¿Ves? Así es como todo pasa; pero si quieres darme tu corazón, yo me quedaré siempre contigo».

2º Alejandría: el martirio

María, ya en Alejandría, fue creciendo junto a sus tíos, sintiendo un fuerte atractivo para consagrarse a Dios. Mas sus tíos tenían para ella otros planes: a la edad de 12 años, se entera de que su tío quiere casarla con un joven, al que ya ha sido prometida. Decidida a darse totalmente a Dios, rechaza la proposición. Mediante persuasiones, amenazas, humillaciones y malos tratos, los familiares intentan hacerla cambiar de resolución.

A los tres meses de estos malos tratos, María va al encuentro de un amigo de la familia, que es musulmán, y le ruega que lleve a su hermano, que vive en Galilea, una carta de pedido de auxilio. Al oír la narración de las vejaciones que María sufre en casa de su tío, el hombre la exhorta a dejar a los cristianos, que son malos, y convertirse a la religión musulmana. María se niega tajantemente, declarando que Jesucristo es el único Dios verdadero, el único que puede salvarnos. En un arrebato de ira, el musulmán saca su cimitarra y le corta la garganta, la envuelve en un gran lienzo y la tira en un descampado. Era el 8 de septiembre de 1858.

El tajo que le hizo en la garganta medía 10 cm. de largo por 1 cm. de profundidad. Más tarde un prestigioso médico examinó la cicatriz, viéndose obligado a confesar que, desde un punto de vista científico, María no podía seguir viva.

Cuando vuelve en sí se encuentra en una gruta, asistida por una mujer de hábito azul (que más tarde sabrá ser la Virgen María), la cual, durante cuatro semanas, la cuida, alimenta e instruye. Le profetiza además que será primero hija de San José, y después hija de Santa Teresa de Jesús. Cuando ya está curada, la conduce a una iglesia para que se confiese, y allí la deja.

Más tarde, en 1874, en la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, María supo por re-velación, en una visión, que estuvo clínicamente muerta: «Me hallé en el Cielo. Vi a la Santísima Virgen María, a los ángeles y los santos recibiéndome con gran amabilidad; también vi a mis padres en su compañía. Vi el brillante trono de la Santísima Trinidad y a Cristo Jesús en su Humanidad. No había sol ni lámparas, pues todo era brillante, con luz. Luego alguien me dijo: “Tú eres una virgen, pero tu libro no ha terminado”».

A partir de entonces, María se puso a servir como doméstica, primero en Alejandría y luego en Beirut, eligiendo preferentemente a las familias pobres. En Beirut conoció a las monjas de San José, que la llevaron a Marsella.

3º Marsella: las Hermanas de San José

En mayo de 1865 María, a pesar de su salud frágil y de su mal francés, fue admitida al postulantado. Siempre dispuesta para los trabajos más pesados, pasaba la mayor parte de su tiempo lavando o en la cocina. Pero junto a dicha vida ordinaria, recibió por ese entonces el don de los estigmas (que, en su sencillez, creía ser una enfermedad), reviviendo cada semana la Pasión de Jesús, y comenzando a manifestarse toda clase de gracias extraordinarias. Eso acabó desconcertando a la Comunidad, que, al final de dos años de noviciado, no la admitió a seguir en la Congregación.

En ese momento una Hermana de la Comunidad, Madre Verónica, que había pedido entrar en el Carmelo, mientras esperaba en el convento de Marsella, tuvo que reemplazar a la maestra de novicias, que se hallaba enferma. Tuvo así la oportunidad de conocer a María, y dándole muestras de comprensión y aprecio, le propuso ir con ella al Carmelo. Así se cumpliría lo que le dijo la Virgen: «Serás primero hija de San José y después hija de Santa Teresa de Jesús».

4º Pau: el Carmelo

María fue recibida con alegría en el Carmelo en junio de 1867. Al mes de llegar tomó el hábito y recibió el nombre de Sor María de Jesús Crucificado, nombre que contiene sus grandes amores: Jesús, María y la Cruz. Insistió, con todo, en ser admitida como «hermana conversa», pues se encontraba más a gusto en el servicio de los demás, y tenía gran dificultad para leer, lo que le impedía el rezo del Oficio divino. Su simplicidad y su generosidad se ganaban los corazones de todos. Con todo, no dejaba ella de reprocharse su excesiva vivacidad en algunas ocasiones.

Entre todos los dones que Dios le concedió por ese entonces (don de profecía, éxtasis, estigmas), y los ataques del demonio que permitía, lo que realmente expresa el fondo de su ser es la percepción intensa de ser «nada» frente a Dios, que lo es todo; razón por la cual, cuando hablaba de sí misma, se llamaba siempre «la pequeña nada».

«La humildad se contenta con no ser nada, no se apega a nada, no se cansa nunca de nada. Está dichosa, es feliz dondequiera que esté, está satisfecha con todo… ¡Bienaventurados los pequeños!»

5º India: fundación del Carmelo de Mangalore

En 1870, después de tres años en el Carmelo de Pau, Sor María de Jesús Crucificado fue enviada con un pequeño grupo para fundar el primer monasterio de carmelitas en Mangalore, India, donde profesaría el 21 de noviembre de 1871.

Allí prosiguieron sus experiencias extraordinarias, pero sin impedirle afrontar los trabajos más pesados y las incomodidades propias a una nueva fundación. Durante sus éxtasis, algunas veces se la veía con el rostro resplandeciente, mientras que otras veces el demonio parecía tomar posesión de ella, haciéndole vivir terribles tormentos y combates. Dada la extrañeza de los fenómenos que entonces empezó a experimentar, nadie parecía entender lo que ocurría en su alma; su mismo director espiritual, el Padre Efrén María, la creyó bajo los efectos de una verdadera posesión diabólica; y por esta razón la hizo regresar, en septiembre de 1872, a su primer Carmelo de Pau.

En Pau, Sor María de Jesús Crucificado vuelve a encontrar su vida simple como «hermana conversa» en medio del cariño de sus hermanas de religión, y su alma se dilata. Durante ciertos éxtasis ella, que es casi analfabeta, en la exultación de su gratitud hacia Dios, improvisa poesías de gran belleza, llenas de frescura y de un atractivo totalmente oriental, en las que la creación entera canta a su Creador; o bien, enardecida por la aspiración de su alma hacia Dios, se la ve elevarse milagrosamente hacia la cima de un árbol, sobre una rama que no soportaría ni siquiera a un pajarillo…

6º Belén, Nazaret y su entrada en el cielo

Poco después de regresar de Mangalore, por indicación del cielo, Sor María de Jesús Crucificado comienza a hablar de la fundación de un Carmelo en Belén. Aunque a ello se oponen muchos obstáculos, se van disipando paulatina y aun inesperadamente. En este proyecto el Señor le brin­da el apoyo fiel de una benefactora, Berta Dartigaux, y de su confesor, el Padre Estrate, de la Congregación de Betharram.

La ansiada autorización para fundar el Carmelo de Belén llega por fin de Roma el 20 de agosto de 1875. Un pequeño grupo de carmelitas se embarca rumbo a Tierra Santa. El Señor mismo le indica a Sor María la elección del lugar y la disposición de los edificios. Como es la única que habla árabe, se le encarga el seguimiento de los trabajos: «inmersa en la arena y en la cal», se gana la simpatía de los obreros. La comunidad puede instalarse en el monasterio en noviembre de 1876, mientras se prosiguen ciertos trabajos.

Sor María se preocupa también por la fundación de un Carmelo en Nazaret, viajando allí y comprando un terreno en agosto de 1878. Durante este viaje Dios le reveló el sitio exacto de Emaús, que ella hizo adquirir para el Carmelo.

De vuelta a Belén, retomó la supervisión de los trabajos bajo un calor sofocante. Allí, trabajando en las obras, al llevar de beber a los obreros, cae de una escalera y se fractura un brazo, que no tarda en gangrenársele, llevándola rápidamente a la muerte.

Ya gravemente enferma, pidió perdón por sus faltas a la comunidad, en presencia del obispo. En su última noche le trajeron la comunión. Al sugerirle una Hermana las palabras: «¡Jesús mío, misericordia!», ella contestó: «¡Oh sí, misericordia!» Estas fueron sus últimas palabras. Besó luego la cruz, recibió la absolución, y expiró. Era el 26 de agosto de 1878. Tenía entonces 32 años de edad.

En la personalidad de Sor María de Jesús Crucificado destaca su gran humildad y sencillez. Tenía un gran don para aconsejar a las almas y explicar la teología con una cristalina transparencia, fruto de su fe y sobre todo del amor que la consumía. Se ejercitó de continuo en las virtudes más sólidas y seguras, como son la humildad y la obediencia. Como Carmelita suspiró siempre por una vida de ocultamiento, imitando a la Virgen en su silencio, y suplicando instantemente al Señor, para no llamar la atención de nadie, que suprimiera las señales externas de sus estigmas.

Actualmente parte de sus restos descansan en el Carmelo de Belén, junto a los restos de su director espiritual, el Padre Estrate, y a los de su bienhechora. 

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