Panorama Católico

Vidas de santos

Compré una Vida de Santos recientemente y la leí con reverencia… hasta la página 28, en la cual comencé a sentir una sospecha luego traducida en certidumbre. El autor, cuyo nombre me reservo, pone tanto de imaginación piadosa como de certeza biográfica en muchos de los relatos. Y a veces más.

Compré una Vida de Santos recientemente y la leí con reverencia… hasta la página 28, en la cual comencé a sentir una sospecha luego traducida en certidumbre. El autor, cuyo nombre me reservo, pone tanto de imaginación piadosa como de certeza biográfica en muchos de los relatos. Y a veces más.

Dicho de otro modo, lo que no se sabe, se lo inventa. Pero lo inventa por la vía de la conjetura piadosa. Lo cual no sé muy bien si es obra laudable, sobre todo si no aclara que es una conjetura. No digo que sea una mentirijilla, pero se parece bastante.

Para no tomar casos reales, voy a transcribir una versión que, como dicen en Hollywood, está basada en casos reales. También voy a inventar un santo, rogando que no exista.

San Germán de la Cueva Umbria

Poco o nada se sabe con certeza de la vida de este santo portentoso. Se discute si vivió en Turingia en el siglo III o en Cartagena en el undécimo. Aunque lo más probable es que haya sido vecino de los arrabales de París allá por la sexta centuria. Tampoco hay certeza sobre si ha vivido a comienzos o fines del siglo, o tal vez a mitades de él.

Siendo niño sintió el llamado de la Fe por el ejemplo de los cristianos y se convirtió secretamente, lo que le valió la expulsión del hogar de su airado padre y el dolor de madre, que aunque pagana, sintió que una puñalada transía su corazón materno.

Germán, con sus pocos años emprendió la búsqueda de un lugar solitario donde hacer penitencia. Y llegado a lo alto de un desolado monte, donde ni las cabras más osadas se atrevían a transitar, decidió establecer su morada en una cueva sombría. Allí se nutría raspando musgos y masticando algunos insectos, mientras una milagrosa estalactita proveía el agua indispensable para sustentarse. Meditaba en su corazón las sagradas escrituras. Nadie supo de él por más de 20 años. A lo largo de los cuales no pronunció palabra ante humano alguno.

Cierto día en que se celebraba una fiesta litúrgica importante un ángel se apareció a Germán y le dijo estas o parecidas palabras:

Germán, vengo del Cielo.

¡Oh, sí!

Tengo la misión de enviarte ante el rey pagano de los turiferarios, Turfus I, el Grande, para que le prediques la Fe.

¿Cómo podría yo hacer tal cosa si soy un simple eremita?

Dios lo quiere y pondrá palabras convincentes en tu boca.

Haré según me indicas. Mas, ¿cómo podré yo llegar a dicho lugar?

Una cabra parida será tu guía y su cabritillo te despertará a la madrugada con sus dulces balidos. Ella te dará leche para que sostengas tu cuerpo y al cabo de cada jornada llegarás a un árbol de donde manará abundante miel.

Con tal certeza San Germán se lanzó a su cruzada de conversión de los turiferarios, que vivían allende el mar, que se discute si fue el hoy llamado Caspio o el Mar de Bering, que poco importa a los efectos de seguir el ejemplo de una vida tan edificante…

Cuando leo estas cosas me dan ganas de tirar por la ventana el libro, lo que no hago porque a renglón seguido hay otra biografía que se lee con provecho.

¿Cuál es el problema con San Germán? El problema no es que San Germán no haya existido (este que yo digo no existió, pero el de la verdadera biografía sí). Existió porque la liturgia lo recuerda. Lo que nadie recuerda mucho es dónde vivió, ni cómo exactamente se santificó sino de un modo muy vago. Pero estos devotos hagiógrafos que el P. Castellani denostaba con cierto contenido furor, creyendo hacerle un favor a Dios, y hacer más creíble a los fieles la existencia de estos santos (o más gordo el libro) inventaban un poquito.

Esta práctica piadosa ha sido uno de los elementos que invocaron los depredadores del santoral, borrando a tantos santos del santoral, allá por los años setenta. Santos que aunque la liturgia veneraba, según los modernistas post Vaticano II jamás habían estado en el mundo. Eran fruto de una mitología del pueblo sostenida con la complicidad de la Iglesia. Verdaderos santos ñoquis. (1)

Pero ahora tenemos el problema inverso: no son oscuros biógrafos bonachones, como el fraile que describe Castellani en “Benjamín Benavides” sino prelados y hasta papas los que han decidido, no borrar sino aceptar como santos a notorios herejes. Vuelven a inventar, pero esta vez no algunos milagritos nacidos del coleto de un fraile de pocas luces y buenas intenciones, sino que le dan un baño de santidad a la vida y a la doctrina la de notorios heresiarcas.

Francisco irá a celebrar el centenario de Lutero. Del que ya Juan Pablo II hizo grandes elogios (2) y al que papa Ratzinger mostró benevolencia (3), dejando que se hablara de una “celebración conjunta” con los luteranos del quinto centenio de la dramática clavadura de sus 95 tesis en la Iglesia de Wittemberg, en alemán, para que los que no sabían latín se enteraran. Poco ha escuché que en algunos centros católicos tradicionales se teme una “canonización”. Conociendo al personaje, no a Lutero sino al otro, todo es posible.

Lutero no es un santo recordado en la liturgia al que le decoramos aspectos de su vida de los que no han quedado registros. Es un reconocido y ultrabiografiado monje herético, que además de sus teorías teológicas, y por sobre todo, tenía un endiablado vigor para destruir la Iglesia, no solo minando la fe y la moral de los fieles, sino yendo personalmente a demolerla maza en mano. Es el mayor demoledor de la Iglesia que ha conocido la Cristiandad.

De él la gran mayoría que sabe algo cree que es un adalid contra los abusos de poder de la Roma renacentista, corrupta, simoníaca, etc. Esto lo avalan diversos filmes que divulga el History Channel y no hay motivo para dudar de su seriedad histórica. Además se opuso a ese horror de las “indulgencias”. Y señaló a Roma como la “Gran Prostituta” y la “Sede del Anticristo”. El anticristo, para este frailecito agustino, era el papado. No siquiera el papa o un papa al que le tuviese tirria. El papado como tal.

Pero Lutero, el Dr. Lutero, como se hacía llamar en su ostensible humildad, era un desaforado calumniador, un instigador de saqueos y jefe de rebeliones populares que muchas veces terminaban en matanzas de hombres, mujeres y niños.

Asaltaba conventos y sometía a las monjas, dicho esto en el peor sentido. Y a pesar de estar “casado” con una ex religiosa, no perdonaba mujer que despertara sus lujurias. Lujurias que además no ocultaba, porque había tenido la precaución de fundar en las Sagradas Escrituras, con mucha imaginación por cierto, el principio de que la Fe salva sin la obras, y por lo tanto, por una insólita misericordia de Dios (tal vez les suene esta teoría) cuanto más pecado, más perdón, con el solo requisito de la Fe. Pecar fuertemente (la parte divertida) y creer fuertemente (la parte solemne y un poquito hipócrita). No era, sin embargo un corrupto. No podríamos celebrar a un corrupto.

Otra de las virtudes de este posible neo-santo fue la facundia, (Francisco diría “parresía”), gracias a la cual sus sermones consistían con frecuencia en violentas imprecaciones contra personas e instituciones, plenos de palabras obscenas y extraordinarias blasfemias, contra la Iglesia y sus dogmas. De esto se han avergonzado hasta sus seguidores, que tienen una edición canónica de sus obras prolijamente censurada.

Lutero dio por abolida toda la estructura eclesiástica y redujo la Fe a una libre interpretación de las Sagradas Escrituras, a las que el también muy libremente censuró con anterioridad, como para no quedar en orsai. Borró aquí y allá, como para acomodar la carga.

Claro que por más que haya suprimido y reinterpretado (¿y la sola scriptura para el resto de los cristianos donde queda?) en sus teorías estaba el germen de su propia muerte. Pronto habría tantas iglesias luteranas como luteranos decidieran leer las Escrituras y entenderlas a su modo. De no haber existido un francés paciente y racionalista que desde Suiza se tomó el trabajo de devolver al protestantismo una cierta estructura eclesiástica, el luteranismo habría durado tanto como el carisma del heresiarca, borrachín y blasfemador.

A este desbocado, criminal, herético, subversivo del orden social, “genocida”, violador y expreso enemigo de la Iglesia a la que llamaba Gran Ramera y del papado, al que consideraba sede del Anticristo, lo protegieron muchos príncipes alemanes que veían en la secta la oportunidad de hacerse de las propiedades de la Iglesia. Hizo una reforma en la que los ricos se alzaron con el dinero que se dedicaba, en no poca medida, a sostener a los pobres. A este tipo Francisco irá a celebrar.

Ni siquiera su censura contra las indulgencias mal predicadas tuvo algún mérito. Porque las indulgencias son privilegios que la Iglesia ofrece a los fieles, en especial en los Años Santos (de hecho este en el que estamos las tiene). Hay obras piadosas indulgenciadas. “La limosna cubre la multitud de los pecados”, (I Pedro 4-8) lo ha repetido el propio Francisco. Ciertamente es la Sede de Pedro, el “llavero” del cielo, la única que puede administrar la sobreabundancia de gracia que nos ha merecido el Sacrificio de la Cruz. “Lo que atareis en la tierra…”

Una de las limosnas que la Sede petrina puede agraciar con remisión de pena y sufragio de vivos y difuntos (4) es contribuir a la construcción de una iglesia. Si los predicadores de tales indulgencias fueron simoníacos o no es otro tema. Tanto como decir que tal cura quiere cobrar por dar la comunión. Se impone el castigo del cura, no abolir la Eucaristía.

Finalmente, un papa puede celebrar a una personalidad trascendente en la historia de la Cristiandad sin que sea santa. Se ha celebrado a Cristóbal Colón, a Dante Alighieri y otros. Hombres geniales y profundamente cristianos, aunque no necesariamente santos dignos de los altares.

Pero celebrar a uno de los más grandes enemigos de la Iglesia, de la Cristiandad, de la unidad del Occidente; al que puso los cimientos de este mundo moderno enemigo de todo lo santo, que potenció a un grado increíble los males contra los que la Iglesia predicaba y trabajaba: esclavitud, injusticia, violencia masiva, lujuria, avaricia, concentración del poder y la riqueza en manos de pocos y explotación de los más humildes, perversión de las buenas costumbres, materialismo práctico y naturalismo llevado, finalmente, al hastío y la búsqueda de lo preternatural como satisfacción de la sed de trascendencia e infinito… Digo, celebrar al padre de este mundo moderno y contemporáneo jalonado de crueldades debería producir en nosotros una profunda nausea. Es como celebrar al Padre de la Mentira.

Notas

(1) A los lectores que no conocen la jerga política argentina les aclaramos que se dice “ñoqui” a un empleado estatal que cobra pero no trabaja, ni siquiera asiste a su lugar y hasta muchas veces solo es un nombre en la nómina sin lugar asignado. Pero con sueldo.

(2) “En la práctica, los esfuerzos científicos de los investigadores evangélicos y de los católicos, que han logrado resultados excelentes, han conducido a un panorama pleno y diferenciado de la personalidad de Lutero y a una complicada conexión de los acontecimientos históricos en la sociedad, en la política y en la Iglesia de la primera mitad del siglo XVI. De todos modos, lo que ha salido a la luz de modo convincente es la profunda religiosidad de Lutero, que ardía de ansia abrasadora por el problema del la salvación eterna”.

Carta de Juan Pablo II al cardenal Willebrands, 31 de octubre, 1983: A AS 77, 1985, págs. 716-717.

(3) ”Actualmente, el diálogo ecuménico ya no puede ser alejado de la realidad y de la vida de fesin que produzcan daño a las iglesias. Por lo tanto, dirijamos juntos nuestra mirada hacia el año 2017, que recuerda los 500 años de la publicación de las tesis de Martín Lutero acerca de las indulgencias. En esa ocasión, los luteranos y los católicos tendrán la oportunidad de celebrar en todo el mundo una conmemoración ecuménica común, para luchar por las cuestiones fundamentales a nivel global, no – como usted mismo acaba de decir – como una celebración triunfal, sino como una profesión común de nuestra fe en el Dios, uno y trino, en la obediencia común a nuestro Señor y a su palabra. Debemos dar un lugar importante a la oración en común y a la oración interior dirigida a nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los mutuos agravios y la culpabilidad de los mutuos errores respecto a las divisiones. Parte de esta purificación de conciencia es la mutua valoración por los 1.500 años que precedieron a la Reforma, y que tenemos en común”. Benedicto XVI a jerarcas luteranos. 24 de enero de 2011.

L’Osservatore Romano, 2 de febrero de 2011 pp. 3-4.

(4) “Y, por tanto, que todos, lo mismo vivos que difuntos, que verdaderamente hubieren ganado todas estas indulgencias, se vean libres de tanta pena temporal, debida conforme a la divina justicia por sus pecados actuales, cuanta equivale a la indulgencia concedida y ganada. Y decretamos por autoridad apostólica a tenor de estas mismas presentes letras, que así debe creerse y predicarse por todos bajo pena de excomunión latae sententiae”.

León X, Bula Cum postquam a los suizos, del año 1519. Dz 740 a.

 

Vínculos de interés

Según la prensa, la Santa Sede levantó la excomunión a Lutero en 1999. También aquí.

Encíclica Ut Unum sint de Juan Pablo II

Declaración conjunta católico luterana sobre la gracia avalada por la Santa Sede.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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