Panorama Católico

VIII Centenario de Santa Isabel de Hungría

Una de las flores más bellas de la espiritualidad franciscana y la primera patrona de su Tercera Orden es santa Isabel de Hungría de quien en este año se cumple su VIII centenario. Efectivamente, Isabel nació en 1207 (s.XIII) en Presburgo (la actual Bratislava), antigua capital del gran reino de Hungría, hija de Andrés II y de Gertrudis Andech Meran.

Una de las flores más bellas de la espiritualidad franciscana y la primera patrona de su Tercera Orden es santa Isabel de Hungría de quien en este año se cumple su VIII centenario. Efectivamente, Isabel nació en 1207 (s.XIII) en Presburgo (la actual Bratislava), antigua capital del gran reino de Hungría, hija de Andrés II y de Gertrudis Andech Meran.

Escribe Ricardo Fraga

Según los piadosos relatos de la leyenda áurea su nacimiento estuvo rodeado de prodigios y anuncios proféticos. Prometida en matrimonio, desde la más tierna infancia, a Luis, hijo del landgrave de Turingia (Sajonia) Isabel pasó a educarse en la corte de este ducado, en el famoso castillo de la Wartburg, cerca de Eisenach.

A la edad núbil de catorce años contrajo efectivo enlace con Luis que contaba veintiuno. De esta casta unión nacieron tres delicados vástagos: Hermam (muerto a los diecinueve años), Sofía (futura duquesa de Brabante) y Gertrudis de Aldenburg que luego sería proclamada beata.

El tiempo conyugal concedido fue breve (apenas seis años) pero en su transcurso ambos esposos llevaron una intensa vida de oración y recogimiento, acrecentada en Isabel por una dimensión mística. Se cuenta que la joven duquesa había instruido a sus doncellas para que en los frecuentes éxtasis le tirasen del pie a fin de situarla nuevamente en el plano de las cosas ordinarias. En una oportunidad una de las criadas, por error, sacudió el pie al mismísimo landgrave con la consiguiente sorpresa que es de imaginar.

Sobrevenida una gran hambruna en la región Isabel construyó al pie de la colina una inmensa hospedería de socorro en la cual personalmente atendía a inválidos y menesterosos, induciéndolos al trabajo y practicando, con eficacia, las obras evangélicas de misericordia, tanto corporales como espirituales.

“Sus liberalidades atraerán sobre nosotros las misericordias divinas” fueron las proféticas palabras de su esposo cuando la maledicencia (que nunca falta) fue con quejas a él por los extremados gastos con que, a favor de los pobres, incurría su mujer.

En una ocasión acudieron los cortesanos a Luis con rumores de que Isabel había introducido a un leproso en el tálamo conyugal. Cuál no sería el asombro de aquél cuando, quizás arrebatado de furor, al levantar los lienzos advirtió la presencia radiante de Jesucristo crucificado o, como bien nota Dietrich de Apolda, primer hagiógrafo de la santa, “tunc aperuit Deus interiores principis oculos”, ya que aquéllos eran tiempos de fe profunda y cándida y los puros de corazón leían con facilidad los signos de la divina trascendencia.

En el mismo plano se inscribe el incidente del delantal cuando, sorprendida en flagrante acción de llevar alimentos a los necesitados, tales provisiones se transfiguraron en bellas y fragantes flores, suceso que constituiría después la característica de la casi totalidad de su iconografía (un hecho que también se relata, por asimilación, de santa Isabel de Portugal, su sobrina nieta).

Convocado a la santa cruzada, por parte del emperador Federico II, el landgrave Luis acude presuroso para embarcarse rumbo a la Tierra Santa, pero fallece en el puerto de Otranto (sur de Italia), estando Isabel encinta de su segunda hija. “El mundo ha muerto para mí”, fueron sus palabras al conocer, poco después, la triste noticia. El culto al beato Luis de Turingia ha sido confirmado por la Iglesia y su fiesta se celebra el 11 de septiembre. Sus restos fueron llevados a la iglesia abacial de Reinharsbrunn.

En ese momento comienza la pasión de la joven Isabel, ya que sin dolor no hay verdadera santidad. Expulsada, por su cuñado Enrique, de la Wartburg se confía a la dirección espiritual de maese Conrado de Marburgo e ingresa, en su condición de laica, a la Tercera Orden de la familia franciscana, recientemente instituida por san Francisco de Asís.

Es en esta breve etapa de su vida que se forja su madurez humana y sobrenatural y en la cual se manifiesta con mayor intensidad su devoción por los pobres y la pobreza, afianzándose en la sublime espiritualidad del “Poverello” ya que, como lo nota fray Agustín Gemelli, “Francisco no amó a los hombres por los hombres y por la satisfacción de sentirse bueno, como ciertos filántropos modernos. Los amó, sobre todo, por amor de Dios… y amó a las criaturas convirtiéndolas en fuente de gozo…”

Isabel, como su padre san Francisco, cantó también las loas del Señor: “loado seas, mi Señor, por todas tus criaturas…por el hermano sol… por la hermana luna…por las estrellas y el viento… por el agua y el fuego y la hermana madre tierra…”, mas no como un panteísta ecológico de nuestro agnóstico siglo, sino como un ferviente juglar de las huellas trinitarias en la Creación.

También Isabel recitó con frecuencia la transformadora plegaria: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz… donde haya odio ponga yo amor… donde haya tristeza ponga yo alegría…”, la perfecta alegría que fray Francisco enseñaba a fray León que se encuentra en la persecución y que debiéramos evocar en este mundo de ensoberbecimiento humano ya que, para llegar a Dios, se necesita la humildad y “todos los peligros y ruinas… no han provenido de otra causa que de la rebelión de la cabeza…” (“Florecillas”).

Nuestra santa vivió en plenitud los objetivos de la Tercera Orden, tal como lo destaca Benedicto XVI en su recentísimo “Jesús de Nazareth”: “la Tercera Orden significa aceptar con humildad la propia tarea de la profesión secular y sus exigencias, allí donde cada uno se encuentre, pero aspirando al mismo tiempo a la más íntima comunión con Cristo…”

Isabel pasó a la vida celestial en noviembre de 1231 y fue canonizada rápidamente en 1235. Sus reliquias se conservaron en Marburgo hasta que fueron profanadas por la barbarie protestante de Felipe de Hesse en 1539, trasladándolas a un lugar desconocido.

Santa Isabel de Hungría se sitúa en la larga estela de reyes surgidos de esta noble nación de la antigua cristiandad: san Esteban, san Emerico, san Ladislao y el beato Carlos IV de Habsburgo (+ 1922).

Es patrona universal de las obras de caridad y su fiesta litúrgica se celebra el 19 de noviembre.

De su oficio rescato como perla esta bella antífona: “ave gemma speciosa / mulierum sidus, rosa / ex regali stirpe nata / nunc in coelis coronata / salve, rosa pietatis / salve, flors Hungariae / salve, fulgens margarita / in coelestis sede sita / roga regem Majestatis / ut nos salvet hodie / lumen mittens caritatis / ac coelestis gratiae”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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