Panorama Católico

Volúmen II

En esta segunda nota de la serie "Saldo de un Pontificado" seguimos comentando aspectos de los 25 años del reinado de Juan Pablo II. A fin de trascender lo meramente anecdótico o laudatorio, tan recurrido por los medios en estos días, tratamos de hilvanar reflexiones sobre el momento tan particular de este tiempo de duelo y precónclave con una mirada sobre el estado de la Iglesia.

En esta segunda nota de la serie "Saldo de un Pontificado" seguimos comentando aspectos de los 25 años del reinado de Juan Pablo II. A fin de trascender lo meramente anecdótico o laudatorio, tan recurrido por los medios en estos días, tratamos de hilvanar reflexiones sobre el momento tan particular de este tiempo de duelo y precónclave con una mirada sobre el estado de la Iglesia. La mirada aspira a ser tanto retrospectiva cuanto prospectiva, porque a la vez que intentamos concluir sobre lo que nos ha dejado Juan Pablo II, pretendemos entrever cuáles serán las dificultades que deberá enfrentar su sucesor.

Escribe Marcelo González

Aunque ya despunten las críticas (omitimos los agravios groseros de la izquierda delirante) la masa de declaraciones sobre la figura del pontífice muerto sigue siendo encomiástica.

Es necesario comenzar a preguntarse, aún en este tiempo de duelo, puesto que son los días preliminares de una decisión trascendental para la Iglesia y el mundo, -cual es la elección del sucesor de Juan Pablo II, que se iniciará el 18 de abril- si esta alabanza de los que lo han criticado por "ultraconservador" no es una reacción hasta cierto punto lógica ante ciertas contradicciones que signaron el pontificado que acaba de terminar.

Las propias perspectivas que se dibujan respecto al nuevo pontífice parecen poner en realce estas contradicciones. Se preguntan "vaticanólogos", declaracionistas varios y hasta humildes "movileros" si el próximo papa será "tan conservador" como este (lo cual, naturalmente sería la ruina de la Iglesia, a su experto ver) o bien si será "tan progresista" como este (algo que obviamente todos los católicos y no católicos se supone deseamos con fervor, aunque no se nos haya preguntado al respecto).

¿Cómo es posible formularse ambas preguntas al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto? Bien, violentando el principio de no contradicción, dirá un filósofo. Y aunque esto es frecuente en el discurso inconsistente del hombre actual, sin embargo -aun sin saberlo- los que emiten estos juicios no siempren hablan de este tema bajo el mismo aspecto (aunque con frecuencia hablen al mismo tiempo).

Sí, el papa fue "conservador" en temas morales, es decir, fue firme en la defensa de la moral católica. Inclusive supo acuñar algunos lemas que, desde el punto de vista propagandístico, han logrado un impacto en esta sociedad, tan sensible a los preconceptos. El más famoso sin duda ha sido "la cultura de la muerte" . Es un modo impactante de evocar muchos de los males morales que agobian al mundo actual. Un éxito comunicativo.

Pero el slogan no basta. Debe ser la puerta de entrada a un mundo de conceptos y de preceptos de moral natural y de revelación divina. Aquí es donde juega su papel el Magisterio, un papel que no es secundario sino esencial en el orden del ser. El Papa es el Doctor Universal. Su -digámoslo en términos actuales– estrategia comunicativa debe ser funcional al Magisterio. Nadie medianamente lúcido puede dudarlo. Pero esta es una materia en la que el Papa es falible. Bien puede errar en la eficiacia de su modo de transmitir las verdades de la Fe, adoptando formulismos excesivamente secos aunque precisos o modos de comunicar más dirigidos al corazón, pero menos conceptuales.

En apariencia, en esto de llegar a los corazones, el Papa fallecido tuvo un gran éxito. En cuanto a dejar en ellos una avidez por indagar en las verdades de la Fe y en los preceptos morales parece no haber logrado tanto. Pocos han ido a las fuentes magisteriales. Sus propios obispos y sacerdotes -en casos más numerosos de los que pudiera haberse imaginado hace 25 años- omitieron fundamentar el "slogan" con la doctrina clara y nítida en sus cartas pastorales y homilías. Y también un importantísimo número de sacerdotes y fieles laicos con funciones dirigentes, cuadros de la feligresía. Con más razón el pueblo fiel. Han preferido imitar al Papa en su modo de dirigirse a las multitudes, pero han omitido el deber de "enseñar" a cada alma bajo su cuidado pastoral las nociones claras y formular las admoniciones que personal o colectivamente requería la corrección de las conductas morales descaminadas.

Nadie dirá jamás -ni dentro ni fuera de la Iglesia- que adhiere a la "cultura de la muerte". Pocos podrán definir con perfiles netos, sin embargo, en qué consiste o cual es la doctrina positiva que la Iglesia sustenta, y a partir de la cual condena el error. Porque el mal no tiene entidad sino que es una negación del bien.

¿Cuántos sacerdotes, obispos, teólogos, fieles, pueden hoy definir nítidamente la doctrina de la Iglesia, fundada en la Divina Revelación, sobre lo que por oposición se ha llamado, también con gran éxito mediático, "cultura de la vida"? Y menos aún la practicarán. Las cifras estadísticas y la realidad cotidiana nos lo demuestran de un modo aplastante, más allá del pequeño rebaño de familias numerosas de vida ejemplar que son las joyas de la feligresía católica. Y de aquellas que lo son de deseo, aunque Dios no les haya concedido la gracia de tener muchos o siquiera algún hijo. Y de entre ellas, ¿cuántas han puesto con lucidez todo su empeño en darles un entorno cristiano para vivir su niñez y su educación?

Hoy podemos leer que la Iglesia antes del Concilio Vaticano II tenía un concepto "veterinario" de la unión conyugal y que gracias a las supuestas doctrinas conciliares se ha podido descubrir el valor del "goce unitivo". Esta canallada grotesca la afirman ¡sacerdotes católicos!, que confunden los fines primarios de la unión conyugal con los secundarios. Que mienten respecto a cuál "era" (sigue siendo, en realidad) la doctrina "preconciliar", puesto que por secos y aburridos que hayan sido los tratados de teología moral o algunos documentos magisteriales, ninguno deja de exponer claramente que Dios ha dispuesto un medio para la procreación. Y que dicho medio coadyuva a fines primarios: la perpetuación de la especie humana y su educación… y a fines secundarios: la mutua ayuda y la satisfacción de las inclinaciones naturales con que el Creador ha querido también dotar el medio que dispuso para alcanzar tales fines primarios.

Curiosamente no ven contradicción entre la voluntad de Dios al dotar al hombre de tan vasta fecundidad y la contracepción -hoy casi siempre abortiva-. Ni tampoco ven con preocupación la "banalización del sexo" (no hablemos del pecado mortal, la castidad, la pureza…). Ni la evidente contradicción que supone el quiebre del voto matrimonial, contrariando el mandato divino que aparece ya en el Génesis y que Nuestro Señor elevó luego a la categoría sacramental. Por eso piden se admita volver a casar a los divorciados. "No separe el hombre lo que Dios ha unido…" no significa nada para ellos o es tortuosamente interpretado. "Si un hombre deja a su mujer y se casa con otra, comete adulterio", les parece una frase que enigmática.

No es necesario ir mucho más lejos, ni traer ejemplos de las aberraciones morales extremas. Quedémonos en el orden cotidiano, en lo que usualmente oye el fiel de boca del cura de su parroquia. O de lo que NO oye. De la sonrisa cómplice ante la pregunta que busca justificación del pecado… de la "confesión" permisiva o del silencio timorato. El solo modo de vestir y de tratarse de las juventudes parroquiales… o movimientistas… modo del que participa el propio sacerdote… es una legitimación de conductas que contrarían la "cultura de la vida".

Por eso, a modo de cierre provisorio de estas reflexiones volvemos sobre la pregunta inicial. El mensaje sobre la "cultura de la muerte" fue emitido e impactó en la masa católica. Pero ¿se entendió, más allá del slogan? ¿En qué medida? Y donde no se entendió, o no se quiso entender ¿hubo una insistencia solícita de los pastores en la recordación de la doctrina? ¿O un temor cómplice? ¿Tuvo éxito la prédica juanpaulina en favor de la vida y la familia?

Es difícil saber dónde habríamos llegado sin ella. Pero donde hemos llegado no es donde deberíamos estar.

Los católicos liberales dicen que la Iglesia pierde fieles porque no "relaja" sus preceptos morales. ¿No será que los pierde porque los ha relajado en demasía, en los hechos y ya en buena medida también en los dichos de muchos miembros de la jerarquía y "teólogos" omnipresentes? Y que más allá de la voluntad del Pontífice que acaba de morir, hubo algunos otros aspectos de su pontificado que coadyuvaron a debilitar su prédica moral.

Este será el tema del tercer balance de este pontificado.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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