Panorama Católico

Volúmen III

Nos preguntábamos al final de la nota segunda de esta serie qué elementos objetivos pueden dar pie a evaluaciones tan contradictorias sobre el pontificado de Juan Pablo II.

Nos preguntábamos al final de la nota segunda de esta serie qué elementos objetivos pueden dar pie a evaluaciones tan contradictorias sobre el pontificado de Juan Pablo II. Excluyendo las posiciones radicales de izquierda, que rezuman odio a la Iglesia, y dejando entre paréntesis por ahora la cuestión espinosa sobre cuáles son los límites dentro de los que las opiniones pueden considerarse "católicas", constatamos que se formulan juicios a la vez laudatorios y críticos simultáneos, y según quien evalúe, en sentido opuesto, sobre los últimos 26 años de pontificado.

Lo que diga Hans Küng, o los voceros de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, que reúne ex sacerdotes casados, homosexuales, revolucionarios políticos, etc. y postula la desintegración de la Iglesia jerárquica no debería importar a los efectos de este análisis. Ni tampoco el juicio del Rubén Dri o de Quito Mariani, uno "ex" y otro aún sacerdote en ejercicio de funciones pastorales. Sus críticas deberían ser ignoradas aquí, si no fuera porque ellos, desde su perspectiva muy cuestionablemente ortodoxa ven "aspectos positivos" en el pontificado que acaba de terminar.

Y no son frases de circunstancia o de captación de benevolencia. Ellos dicen directamente lo que piensan porque ya han quemado las naves y se han jugado por "un proyecto de Iglesia" a su gusto. Por eso desconciertan sus dichos laudatorios. Y también los recriminatorios. Nos proponemos en este comentario enumerar algunos de los puntos que generan estas contradicciones.

Concilio y Ecumenismo

Juan Pablo ha dedicado uno de los párrafos más sentidos de su testamento a alabar el Concilio Vaticano II y otro al ex rabino Mayor de Roma, Elio Toaff. No es sorprendente. Son puntos que han signado su pontificado: la aplicación "del Concilio" y el "ecumenismo" (incluímos dentro del término, por comodidad expositiva, también el diálogo interreligioso, aunque no sea estrictamente lo mismo). Por ellos ha sacrificado una de sus más caras aspiraciones personales, la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, según el pedido de la Virgen a Sor Lucia, la vidente de Fátima, que acaba de morir.

¡Pero si hubo tres consagraciones!, podría objetar un lector desprevenido. Ya comienzan las contradicciones. Sí, también dos de Pío XII, pero ninguna según el pedido de la Virgen. En el caso de Juan Pablo, el mayor obstáculo para la realización de esta consagración, junto con todos los obispos del mundo, con mención expresa de Rusia ha sido su afán ecuménico. Nada hubiese sido más dañino para la estrategia juanpaulina en esta materia que irritar a los ortodoxos con un pedido de "conversión" de Rusia.

Otra de las aspiraciones que el Papa fallecido debió postergar definitivamente fue la proclamación del dogma de la Mediación Universal de la Santísima Virgen. También por razones ecuménicas. Así lo dictaminó una comisión ad hoc que a mediados de los '90 se opuso tenazmente. Es verdad que todas las últimas proclamaciones dogmáticas han sido fuertemente resistidas: en tiempos de Pío IX, la Inmaculada Concepción causó escándalo… la Infalibilidad Pontificia llegó a generar el cisma de los Viejocatólicos. El dogma de la Asunción costó a Pío XII una insubordinación curial que debió sofocar usando toda su autoridad.

El Pastor Angélico jamás pudo hacer la Consagración de Rusia porque la estrategia de la Curia Vaticana era la búsqueda de una "convivencia" con el comunismo, opinión resistida por Pío XII, pero que ganaba adeptos en el alto clero. Esta idea fue abrazada entusiastamente luego por Juan XXIII y Paulo VI, con su famosa "Ospolitik", en la que se removió al clero "intransigente" se puso a los católicos de los regímenes comunistas bajo pastores que tenían relaciones "amigables" con el poder soviético. Esto explica también sus negativas a revelar el Tercer Secreto, a hacer la consagración y a que el Concilio condenara el comunismo. El gran testigo-víctima de esta política, practicada hasta las últimas consecuencias por el Mons. Casarolli, fue el Card. Minsdzsenty, primado y héroe nacional de Hungría. Paulo VI solo honró a la Virgen de Fátima con la Rosa de Oro, el máximo honor que la Santa Sede tributa a una mujer… Pero la Santísima Virgen es una mujer muy distinta de cualquier otra.

Un Papa anticomunista…

Luego del brevísimo interregno de Albino Luciani, accede inesperadamente el papa eslavo. Viene de la resistencia comunista en Polonia y todo parece indicar que será su feroz enemigo. Sin duda, fue uno de los artífices de la caída del comunismo soviético. Una de las piezas claves en la estrategia conjunta entre el Vaticano y Washington para apurar el desplome del régimen soviético, que ya no podía resistir demasiado.

También sin duda, una de las alternativas del bloque comunista -de haberse mantenido el statu quo– hubiera sido huir hacia delante precipitando una guerra sobre Europa Occidental, guerra de consecuencias impredecibles. Esto fue evitado por la inteligente estrategia conjunta de Juan Pablo y Reagan. Y seguramente también por las diversas consagraciones "imperfectas" que se realizaron. El muro cayó. Se abrieron las puertas de las cárceles y el sistema opresivo y criminal se derrumbó en buena parte del mundo, dejando sin fiananciación a otros gobiernos de su signo.

¿Se convirtió Rusia? ¿Se acabó el comunismo?

Rusia no se convirtió, si por ello entendemos su regreso al redil de la Iglesia. Hay, sí, en muchísimos cristianos ortodoxos un deseo ardiente de unirse a Roma, pero conservándose dentro del rito oriental. Y esto es lo que los ortodoxos no pueden permitir: la desersión masiva de sus filas. Por eso juegan al ecumenismo, pero con condiciones estrictas: la Iglesia Romana no recibirá en su seno a conversos ortodoxos. Esto fue pactado en los Acuerdos de Balaamand, Líbano (1993) – elogiados por Juan Pablo en su Ecíclica Ut Unum Sint- y varios obispos ortodoxos que pidieron unirse a Roma fueron rechazados, en cumplimiento de dichos acuerdos.

Por otro lado, ¿se acabó el comunismo? Colapsó la vieja estructura del Estado soviético, pero sus dirigentes se han quedado con una porción enorme de poder "privatizando" sectores productivos, financieros y hasta militares de sus despojos. Y conformando una oligarquía mafiosa de la más alta peligrosidad. Rusia está sumida en la miseria material y espiritual. Su tasa de natalidad ha caído a pique y el nivel moral de la población es penoso. Lo ha expresado recientemente una mente lúcida como la de Alexander Solyenitzin: "Rusia se hunde en el Tercer Mundo". Por otra parte van resurgiendo los partidos comunistas, a la sombra del fracaso liberal. No es esto, evidentemente, lo anticipado por la Virgen cuando dijo "Rusia se convertirá".

El peligro comunista en Occidente

Y en Occidente, ¿se conjuró el peligro comunista? Si vamos a los comités de los pocos que aún se reconocen miembros de PC veremos una reunión de nostálgicos. Si consideramos a Rusia como amenaza militar, sin duda parece mucho menos preocupante, a pesar de que el comunismo está volviendo a tomar el poder en varios países ex soviéticos por la vía eleccionaria. Pero el comunismo evoluciona permanentemente. Desde hace ya décadas, dentro de las filas marxistas se criticaba la "burocracia" soviética y se proponían alternativas, porque los resultados no eran los esperados. La fe cristiana, lejos de desaparecer, daba mártires y resistía heroicamente. De allí que se ensayara la insurrección trotskista en América, infiltrando la Iglesia por medio de la Teología de la Liberación, -luego militarmente derrotada en los ’…70 y agazapada a la espera de mejor oportunidad tras las condenas vaticanas. Hoy vuelven a asomar ambas bajo formas de "resistencia social" e insurrección armada, asociadas al narcotráfico.

Pero, sobre todo, el gran éxito comunista de fines del siglo XX hasta el presente ha sido la estragegia gramsciana, que toma su nombre del ex Secretario General del PC italiano, Antonio Gramsci. Postula la llegada al poder en las sociedades occidentales por medio del copamiento de las "superestructuras", es decir, todos los ámbitos de la cultura y el espíritu: arte, medios de comunicación, leyes, educación, religión… Y promover desde ellos la destrucción de los principios tradicionales: Destrucción del principio de autoridad. Exhaltación de todas la pasiones concupiscibles e irascibles. Destrucción de la familia y de los sistemas educativos por medio de subversión gremial y la experimentación ideológica. Tergiversación del orden natural por medio del divorcio, el aborto, la perspectiva de género, la exhaltación del homosexualismo, la contracepción masiva, la eutanasia… Bajo una ilusión de "democracia" y libertad, ejercer la tiranía del "pensamiento único"… ¿No es esto lo que está sucediendo? ¿Acaso no son los viejos militantes del PC y de los movimientos trotskistas los que hoy están en el poder en gran parte de Occidente bajo apariencias light como socialistas, socialdemócratas, "verdes", liberales, etc.?

El contexto eclesial

En este contexto mundial encuentra la muerte el Papa. Debemos insertar ahora el contexto eclesial.

Juan Pablo fue siempre un conciliar entusiasta, desde su participación como perito primero y como padre conciliar luego, com obispo y durante su reinado como Sumo Pontífice hasta su muerte. Lo ha dejado referido expresamente en su testamento, un documento íntimo en el que no pondría sino aquellas cosas que más profundamente hubiesen marcado su alma.

Muchos de los jóvenes teólogos y obispos conciliares de los años sesenta y setenta, que han asumido funciones de gobierno en su madurez, en especial en la Curia Romana, y muy especialmente después del reinado de Paulo VI, han debido poner freno a las consecuencias del Concilio que ellos mismos impulsaron entusiastamente.

El propio Paulo VI debió dar un fuerte tirón de riendas a ciertas tendencias, por medio de algunas encíclicas (Humanae Vitae, Mysterium Fidei) pero le tocó a Juan Pablo II acotar la mayoría de las desviaciones. La "Teología de la Liberación", los temas morales, cierto recambio episcopal en algunas regiones donde el desmadre era completo… y ya sobre el final de su pontificado, el regreso a concepciones más tradicionales en materias críticas, incluso contra sus propias iniciativas ecuménicas: "Dominus Iesus", para desacelerar el creciente indiferentismo (fuertemente propiciado por los encuentros interreligiosos) y "Redemtionis Sacramentum" ante el descalabro litúrgico.

Propiciar y frenar a la vez

Pero -siempre la contradicción, característica de este pontificado- la política viajera del Papa y sus iniciativas ecuménicas lo expusieron a innumerables abusos, muchas veces impuestos por las conferencias episcopales que lo recibían o como exigencias de quienes eran invitados a los encuentros por la paz. Cabe recordar el disgusto del Papa en una celebracion en Oceanía, cuando se presentó a hacer una lectura litúrgica una joven indígena desnuda de la cintura para arriba. O cuando una hechicera india realizó cierta ceremonia pagana en México, durante la beatificación de dos mártires nativos, muertos por sus hermanos de sangre por no abjurar de la Fe de Cristo… Otro tanto ocurrió en Asís… cuando algunas confesiones exigieron expulsar los crucifijos del convento de San Francisco…

Pero en otros casos el pontífice mismo tomó la decisión de hacer gestos demasiado significativos como para no producir perplejidad en los fieles: besar el Corán, (libro de inspiración gnóstica, donde se niega la divinidad de Cristo), introducir una petición en el Muro de los Lamentos o dejarse ungir por una sacerdotiza hindú.

También ha causado consternación el "pedido de perdón" de 2000, acto fuertemente resistido en la Curia Romana e inclusive desconsejado por el Card. Ratzinger, que redactó el documento en términos mucho más suaves de lo que la imagen mediática del acto público y los comentarios de la prensa luego transmitieron. El propio Vittorio Messori, un juanpaulista de indiscutible fidelidad ha formulado duras críticas a este acto, que consideró conllevaba solo humillación para la Iglesia y confusión a los fieles católicos y a los no católicos. De hecho ninguno de los que han sido objeto de este "mea culpa" formuló a su vez el "mea culpa" propio por los daños y persecusiones causados a los cristianos y a la Iglesia. Más vale asumieron el gesto como algo que les era debido y hasta se quejaron de que no hubiera ido más lejos.

Por eso los sectores liberales y marxistas lo elogian como el papa que mostró una "nueva Iglesia" reconciliada con el mundo, y a la vez lo critican por no ir más lejos.

Temas no discutidos

Porque el Papa nunca cedió, sin embargo, a presiones enormes para cambiar la doctrina moral de la Iglesia ni dejó de pregonar la "cultura de la vida". Y retomó el timón de la Iglesia con firmeza en algunos temas críticos. Gobernó con un poder personal supremo, como corresponde al Sumo Pontífice y puso un muro a los que propician la abolición del celibato y el sacerdocio femenino. Por lo cual los sectores más progresistas, como es el caso de su antiguo amigo Hans Küng, lo acusan de haber "traicionado el espíritu y la alegría del Concilio" voviéndonos a una "Iglesia medieval" gobernada por un "Fhürer".

Por eso los sectores más conservadores lo elogian como el papa que desarmó la amenaza comunista y frenó los excesos, aunque, en silencio, estén profundamente disgustados por su política ecumenista.

Y los más tradicionales le recriminan en público su ecumenismo y el identificar la imagen de la Iglesia con su propia figura, cediendo a la tentación de la "popularidad", que le ha permitido llenar las plazas y estadios mientras las iglesias se vacían y Europa abjura masivamente de la Fe y en Hispanoamérica los fieles se pierden de a millones.

El balance del Card. Ratzinger

Y podríamos seguir enumerando críticas y contracríticas, alabanzas y contraalabanzas, pero es prudente detenernos aquí. Hoy, a pocos días del Cónclave sabemos con toda certeza que dos fuerzas casi irreconciliables se enfrentarán. Ambas tienen algo que agradecer y algo que reprochar a Juan Pablo II. Uno de sus más cercanos colaboradores y hombre de confianza, el Card. Ratzinger ha dicho, en las meditaciones del Vía crucis escritas por él para esta Pascua de 2005, estas elocuentes palabras: " ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison –… Señor, tan piedad de nosotros. (cf Mt 8,25). (Via Crucis del 24 de marzo de 2005).

No pueden ser palabras ingenuas. Son un esbozo de crítica a la situación actual de la Iglesia y quizás también unos lineamientos de programa para el próximo pontificado. Al menos, el programa del sector más conservador de la Iglesia.

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